Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Aurelia había tenido miedo y también desconfió de Damian.

Y, en algún momento, su mejor amiga decidió que amar significaba aceptar un riesgo que ninguna promesa podía eliminar por completo.

Eso se llamaba confianza. En esos momentos era ella quien tenía que hacer lo mismo.

Además, sobre Yorkshire, él tenía razón.

Ella lo había estado pensando detenidamente y su marido podría recuperar sus inversiones o encontrar alguna forma de conseguir lo que quería sin casarse con ella.

Y si hubiese sido un hombre sin honor, la hubiese podido seducir para forzarla a convertirse en su amante y tener la finca a salvo, porque él sabía cuánto lo deseaba pese a que ella lo negase.

Edmund no era así. No era Loxley. No le mentiría.

Había confesado varias verdades de lo más embarazosas y no tenía motivos para desconfiar de él sobre la propiedad.

—También tengo parte de culpa. Me fui enamorando de ti mientras intentaba convencerme de que te detestaba.

Cada vez que me besabas me prometía que sería la última.

Cuando te ibas, pensaba en cuándo volvería a verte.

Me enfurecía que aparecieses y me irritaba todavía más si no lo hacías.

Estoy enamorada de ti. Te amo, Edmund Bellgrave.

Te amo cuando me desesperas y cuando eres capaz de hacer que me sienta la mujer más hermosa de una habitación sin decir una sola palabra.

Te amo porque me viste cuando yo había dedicado años enteros a intentar que nadie me mirase.

Me quisiste cuando no tenía nada que ofrecerte salvo problemas, respuestas desagradables y una determinación absurda por mantenerte lejos de mí.

Te amo porque me has hecho descubrir que puedo desear a un hombre sin perderme a mí misma.

Siempre pensé que amar era una debilidad.

No. Amar al caballero adecuado me hace más fuerte.

A tu lado, podré soportar cualquier cosa.

Y sí, amar con tal intensidad requiere muchísimo valor.

Y si tengo que arriesgar mi corazón para saber si podemos ser felices, quiero hacerlo contigo y solo contigo.

Con el hombre que convirtió todos mis planes sensatos en un desastre, y después consiguió que ese desastre se pareciese mucho a la vida que siempre había deseado sin saberlo.

Soy tuya para siempre, Edmund, pero no volverás a decidir por mí jamás ni volverás a ocultarme nada nunca.

—Gracias a Dios… —musitó él, para luego decirle solemnemente—: Te lo juro. He aprendido de mis errores.

Ambos se pusieron en pie y durante unos segundos permanecieron mirándose con una sonrisa plena.

—Los dos hemos cometido muchos errores —le dijo ella.

—Lo sé.

Beatrice respiró hondo.

—He pasado toda mi vida pensando que amar a alguien era como entregarle un arma con la que acabaría destruyéndome.

Lo vi en mi madre y juré que nunca permitiría que un hombre tuviese ese poder sobre mí.

—Lo miró directamente a los ojos—. Pero quizá la grandeza del amor no esté en encontrar una relación que jamás sea puesta a prueba.

Tal vez consiste en superar juntos aquello que podría separarnos.

Él asintió.

—Así lo creo yo también.

Beatrice acercó una mano a su mejilla y su marido se pegó para disfrutar del contacto y la calidez.

—Mi padre jamás se habría esforzado tanto por mi madre.

Loxley habría considerado solo una molestia a cualquier hombre que se acercase a ella y no habría perdido una sola noche de sueño temiendo que pudiera dejarlo porque nunca creyó que pudiera hacerlo.

Te creo; pienso que solo me quieres por mí misma.

Quiero intentarlo, Edmund. Esta vez de verdad.

—Yo también.

Fue a besarla tal y como deseaba hacerlo.

Colocó los labios sobre los de su esposa y se dejó llevar al igual que ella.

Un beso dulce, necesario, muy satisfactorio, y justo cuando más lo estaban disfrutando ambos, se escucharon varios carraspeos muy incómodos.

Edmund miró alrededor como si acabara de recordar que había otras personas en la habitación.

Damian, que permanecía junto a la ventana, le señaló el pasillo.

—Hay habitaciones libres. Cole se habrá ocupado de que ya tengas la tuya dispuesta. Mi condesa y yo nos retiraremos también, y Cecily y Lavinia harán lo propio. —Cabe decir que, como Damian les tenía mucha confianza a todas, siempre las trataba sin tanta etiqueta, incluida Lavinia.

—Excelente —consideró Rosehaven.

Antes de que Beatrice pudiera decir algo al respecto, Edmund la alzó en sus fuertes brazos.

—¡Oh, cielos!

—¿Te disgusta que te lleve en volandas?

—No, pero puedo caminar.

—Lo sé.

—Bueno, no me importa. Siempre me ha gustado estar entre tus brazos —señaló, al tiempo que apoyaba la cabeza en el cuello de su esposo.

Y mientras salían a toda prisa de allí, escucharon cómo Cecily y Lavinia gruñeron porque Damian también estaba alzando en brazos a su condesa para llevarla a su habitación.

Aquella noche, Edmund y Beatrice hicieron el amor no solo para reconciliarse. Fue un juramento hecho de carne, suspiros, amor y muchísimo placer. No hubo prisa ni desesperación, sí una promesa que ninguno de los dos se atrevería a romper jamás.