Epílogo
La próxima locura
Habían pasado varios meses desde aquella noche en la posada y, para sorpresa de Beatrice, el amor había resultado ser mucho menos inquietante de lo que siempre había imaginado.
En esos momentos, estaba recostada en uno de los sofás del salón principal de su residencia londinense con un libro abierto sobre el regazo, aunque llevaba bastante tiempo sin pasar de página.
Edmund ocupaba el sillón situado frente a ella y leía a medias también, pues de vez en cuando levantaba los ojos por encima del volumen para comprobar que su esposa continuaba donde la había dejado diez minutos antes, después de haber entrado en la estancia y haberla besado minuciosamente.
Beatrice terminó por darse cuenta de su escrutinio.
—No voy a desaparecer; deja de vigilarme.
—Eso dijiste la última vez que decidiste levantarte de la cama sin avisarme y te encontré hablando con el ama de llaves en el recibidor. Tu obligación es dejar que tu esposo se ocupe de todo mientras tú descansas.
—Bajé una escalera, Edmund. No crucé a nado el Canal de la Mancha. No estoy inválida.
—El médico ha dicho que debes reposar y tener mucho cuidado.
—Ha dicho que no haga esfuerzos innecesarios y no los estoy haciendo.
—Yo creo que sí.
—Caminar no es un esfuerzo innecesario.
—Depende de cuánto camines y lo lejos que te lleve de mí.
Beatrice cerró el libro y lo contempló mientras le sonreía.
—Empiezo a sospechar que este embarazo va a proporcionarte la excusa perfecta para convertirte en un tirano formidable.
—No necesito ninguna excusa para eso. Ya sabes que, en todo lo que se refiere a tu salud y seguridad, lo soy. Más, si tenemos en cuenta que vas a convertirme en padre.
Ella soltó una carcajada y Edmund sonrió satisfecho.
Había descubierto, con el paso de los meses, que pocas cosas le agradaban más que hacer reír a su esposa, especialmente desde que Beatrice había dejado de preocuparse por comportarse en todo momento como la marquesa perfecta que una vez creyó que debía ser.
Seguía siendo elegante cuando deseaba serlo, llevaba vestidos capaces de hacer que Edmund tuviese serias dificultades para recordar sus buenos modales y dirigía su casa con una eficacia que él admiraba profundamente, pero también había días en los que aparecía durante el desayuno con un vestido sencillo, el cabello recogido con poca gracia y ninguna intención de impresionar a nadie.
Edmund disfrutaba de ambas mujeres porque, según ella insistía, siempre habían sido la misma.
Beatrice terminó dejando el libro sobre la mesita.
—Estaba pensando en Yorkshire.
El gesto de Edmund cambió.
—¿Te arrepientes de lo que acordamos?
—No.
La finca ya no pertenecía a ninguno de los dos.
Después de regresar a Londres, Edmund había ordenado revisar de nuevo cada documento relacionado con la propiedad y, cuando tuvo todas las posibilidades sobre la mesa, le preguntó a Beatrice qué deseaba hacer con la finca.
Hablaron durante días.
Finalmente vendieron Yorkshire, incluidas las mejoras que Edmund había realizado y otras que seguían llevándose a cabo y que aumentarían su valor todavía más cuando finalizasen, como el canal, por supuesto, y él dispuso que la cantidad correspondiente quedase colocada en un fideicomiso para Beatrice, protegido de sus propios negocios y destinado a proporcionarle una seguridad que nadie pudiera arrebatarle jamás.
Ella había protestado, y mucho, por un gesto que no era necesario.
Edmund no aceptó quedarse con el dinero de una propiedad que legalmente le había pertenecido a su esposa, y Beatrice terminó claudicando después de conseguir que él descontase el valor de las inversiones realizadas allí.
Aquella negociación probablemente contuvo más discusiones que muchas sesiones del Parlamento, pero todas se llevaron a cabo con una sonrisa.
—Todavía creo que fuiste demasiado generoso —dijo ella.
—Y yo continúo creyendo que esa discusión terminó hace meses.
—Podrías haber ganado mucho más si no la hubieses vendido.
—Recuperé mis inversiones y con eso tengo suficiente.
—Edmund...
Él cerró su libro.
—Beatrice, tengo suficiente dinero para que nuestros nietos puedan permitirse ser unos inútiles si así lo desean, aunque espero que no.
La finca pertenecía a tu madre y fue tuya pese a que tu padre no te lo dijese.
Ahora su valor está protegido para ti y para nuestros hijos.
Me parece un resultado bastante razonable.
Ella bajó la mirada hacia su vientre.
—Nuestro hijo. Uno para empezar.
—O hija.
—Pensaba que querías un heredero.
—Quiero a ese bebé —respondió, al tiempo que señalaba con la mirada su abdomen—. Lo que resulte ser cuando llegue al mundo me parecerá excelente.
Beatrice sonrió.
Había pasado tantos años convencida de que el matrimonio significaba vigilar constantemente el afecto de un hombre, mantener su interés, anticiparse a sus deseos y tratar de impedir que encontrase en otra mujer aquello que su esposa dejaba de ofrecerle, que la realidad de vivir junto a Edmund había terminado desmontando lentamente muchas de las enseñanzas que había asumido desde bien joven.
No era un matrimonio perfecto. Discutían en algunas ocasiones, pero siempre se reconciliaban en unos términos de lo más interesantes… Sí, en la cama.
Su Marqués Radiante continuaba siendo desesperantemente arrogante en determinadas ocasiones y la dama seguía teniendo una lengua mucho más rápida de lo que le convendría a una mujer de su posición. El punto de unión era la paciencia y el amor.
Beatrice se llevó una mano hasta su vientre.
—¿Sabes una cosa?
Edmund la observó por encima del libro que había vuelto a abrir.
—Contigo esa pregunta siempre resulta peligrosa.
—Estoy satisfecha con mi vida. Contigo.
—¿Solo satisfecha? Después de todo mi esfuerzo esperaba, como mínimo, que estuvieses deslumbrada o algo por el estilo.
—No he terminado todavía la explicación. —Él cerró la boca y le sonrió, por lo que Beatrice le devolvió la sonrisa—. Durante años tuve miedo de convertirme en mi madre. Y creo que al final sí me he parecido mucho más a ella de lo que pensaba.
Edmund dejó el libro a un lado.
—Tú eres única, cielo mío —le dijo con dulzura.
—Soy igual que ella, porque te amo con la misma intensidad y con todo mi corazón, espero con ilusión a nuestro hijo y me importa muchísimo que nuestra casa sea un lugar al que ambos queramos regresar. —Lo miró con una expresión tranquila—. Ella quería exactamente lo mismo.
Edmund se levantó y cruzó la distancia que los separaba.
—Existe una diferencia importante.
—Lo sé.
Él se inclinó y le besó la frente.
—Para mi suerte, tú escogiste mejor marido.
Beatrice se echó a reír.
—Ahí está tu modestia.
—No pienso fingir modestia en algo tan evidente.
—Es cierto; Loxley fue un desastre y tú eres lo contrario de lo que encarna mi padre. Todo ha resultado bien —admitió ella.
Edmund le acarició la mejilla.
—Todo ha resultado extraordinariamente bien —puntualizó lleno de satisfacción.
—Sí, es cierto. Cada día me demuestras que me amas.
—Y pienso continuar haciéndolo hasta que estés harta de mí.
Beatrice le rodeó el cuello con los brazos.
—Entonces vas a necesitar una vida muy larga, dado que no me cansaré jamás de tenerte a mi lado y amarte.
—Pues yo haré lo mismo. —Se besaron para sellar la promesa.
Beatrice lo miró con tanto amor reflejado en los ojos que él confiaba en que su mujer estuviese observando lo mismo en los de él.
—¿Te importaría mucho si escribo dentro de unos meses que el Marqués y la Marquesa Radiantes esperan a su primer hijo? Estoy deseando que la sociedad sepa que hemos sido bendecidos con amor y un embarazo.
—Ah. Interesante. Me preguntaba cuándo volveríamos a hablar sobre ese secreto tuyo que no habías vuelto a mencionar.
—Me ha parecido que era un buen momento.
—Haz lo que desees, cuando te plazca, Beatrice. Solo quiero que seas feliz.
—No puedes contarle a nadie que sabes que estamos detrás de la columna de chismes.
—Eso ya lo sabía. No te preocupes.
—Te amo tanto, Edmund…
—Te adoro, mi perfecta marquesa.
Él se volvió a acercar para robarle un beso a su mujer y ella se abandonó completamente a él. Le gustaba tanto el modo en el que la besaba…
—Si sigues así, creo que tendremos problemas serios, esposa mía —le dijo él después de separarse de ella.
Beatrice lo agarró por el pañuelo de la corbata y de nuevo reclamó sus besos. Y quizá habrían continuado besándose durante bastante más tiempo si la puerta de la estancia no se hubiera abierto de golpe.
—¡Oh, por amor de Dios! —La voz de Cecily consiguió que Beatrice apartase la boca de la de su marido.
Edmund volvió lentamente la cabeza para observar quién los había interrumpido y se tragó una pequeña maldición.
Cecily estaba en la entrada acompañada por Aurelia y Lavinia. Las tres los contemplaban con expresiones muy diferentes. Aurelia parecía divertida, Lavinia intentaba disimular una sonrisa y Cecily se mostraba irritada porque consideraba que acababa de presenciar algo bastante innecesario.
—¿No podéis anunciaros o llamar a la puerta? —le preguntó Edmund.
—¿Quién iba a pensar que estabais… haciendo cosas indebidas durante el día? —respondió la hermana de Aurelia.
—Un beso entre casados no es nada indebido, Cecily.
—Sí, ya, por eso tú estás colorada y él se ve… No se ve muy feliz ahora mismo. ¿Es ahora a él a quien no le gustan tus besos, amiga mía? —preguntó sin recato Cecily.
Beatrice comenzó a reírse. Solo a su amiga se le ocurriría decir algo semejante.
—Da la casualidad de que me gustan muchísimo los besos de mi esposa.
—Sí, bien, estáis muy enamorados y todo eso. Todas nosotras lo sabemos.
—¿Supongo que debería irme? —inquirió el marqués.
—Por favor, sí —le pidió su marquesa—. Si las chicas están aquí y han entrado de ese modo tan intempestivo, significa que tienen novedades importantes que contarme.
—De acuerdo, pero no deberías alterarte.
Beatrice se echó a reír de nuevo. Su preocupación era adorable.
—Estoy riéndome, no dando a luz.
—El médico te ha recomendado reposo. No quiero que lo olvides.
—Estoy reposando. Y te aseguro que no puedo olvidar lo que me dijo el médico porque no paras de recordármelo.
—Acabas de incorporarte y quiero que estés cómoda.
Cecily puso los ojos en blanco.
—Aurelia, ¿Damian también se volvió tan insoportable cuando estabas embarazada?
—Mucho peor. ¿Te has olvidado de que me seguía a todas partes?
—Es cierto. No me acordaba de lo ridículo que se volvió. Espero que mi esposo no me trate como si fuese una figura de cristal cuando vaya a tener un hijo —protestó Cecily.
—¿Estás pensando en casarte, hermana? —inquirió Aurelia sorprendida—. ¿Es por eso por lo que nos has convocado con tanta urgencia?
Rosehaven comprendió que estaba claramente fuera de juego y decidió marcharse. Se inclinó hacia su esposa y le dio otro beso, deliberadamente lento solo para irritar a Cecily.
—Nos veremos después. Si necesitas algo o te sientes mal, quiero que me avises de inmediato.
—Estaré bien. Ellas me cuidarán. No te preocupes, Edmund.
Él sonrió y se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió hacia las tres visitantes.
—No alteréis a mi marquesa.
—¡Fuera! —exclamó Beatrice entre risas.
Edmund abandonó finalmente la estancia sin perder la sonrisa.
Cecily esperó hasta que la puerta se cerró.
—¡Ese hombre está peor que Damian! —soltó.
—¡Lo he oído! —advirtió Edmund desde el corredor.
Las cuatro soltaron una carcajada.
Georgiana era la única ausente. Su embarazo avanzaba bien, pero el médico había insistido en que permaneciera en el campo y evitase viajes innecesarios, una recomendación bastante parecida a la que Beatrice había recibido recientemente.
La duquesa había prometido regresar a Londres en cuanto pudiera y exigía, mediante cartas, informes muy concretos sobre sus vidas.
Aurelia ocupó un sillón y Lavinia se sentó cerca de Beatrice.
Habían pasado meses desde aquella terrible situación en la posada y, aunque Lavinia nunca había contado todos los detalles de lo sucedido, algo había cambiado en ella.
Conservaba su alegría, su ironía y buena parte de su carácter, pero había una nueva cautela en su mirada.
Ninguna la presionaba para descubrir los detalles. Sabían que cuando estuviese preparada, hablaría.
La que parecía bastante inquieta y ansiosa esa mañana era Cecily.
—Hay algo de lo que necesito hablaros —expuso la hermana de Aurelia.
Beatrice arqueó una ceja.
—Eso imaginaba. No acostumbras a organizar reuniones antes del almuerzo simplemente porque eches de menos nuestras caras.
—Oh, yo siempre os echo de menos. Me gusta discutir con vosotras y guiaros en vuestro camino. Solo Dios sabe dónde estaríais las tres sin mí.
—Siempre tan modesta… —se quejó Lavinia.
Cecily no le hizo caso y sacó una hoja cuidadosamente doblada.
—Hay algo importante que debo enseñaros.
Aurelia frunció el ceño.
—Estás especialmente extraña hoy, hermana.
—Sí, y es por una buena razón.
Beatrice se incorporó un poco más.
—La incertidumbre me está matando. Di de una vez lo que sea, Cecily.
—Es un asunto complicado y…
Lavinia extendió una mano.
—Déjame ver lo que tienes ahí —demandó la hoja.
Cecily no se lo entregó. Desdobló lentamente el papel.
—Creo que será mejor que os lo lea.
Entonces comenzó a leer en voz alta:
NOTICIAS DE SOCIEDAD
Pocas novedades han agitado tanto los corrillos de esta temporada como la llegada a Londres de cierto duque cuya fama de hombre implacable le precede con la puntualidad de una mala noticia.
Su presencia, fría y tan poco dada a la cortesía superflua como al desmentido, ha bastado para devolver a la conversación un asunto que, de ser ciertos los rumores, llevaba dos temporadas cuidadosamente sepultado bajo el silencio.
Se murmura, en efecto, que lady C. W . no sería tan libre como muchos creían, pues existiría entre dicha joven y el ilustre duque un compromiso, contraído en circunstancias que esta columna no se atreve aún a calificar, aunque no faltan lenguas dispuestas a hacerlo en términos mucho menos benévolos.
Las versiones más repetidas sostienen que el caballero no ha venido a la ciudad a cortejar, sino a tomar posesión de lo que considera suyo.
Y, si bien esta cronista no acostumbra a hacerse eco de toda exageración nacida entre tazas de té y abanicos mal disimulados, sí convendrá en que hay visitas cuyo propósito resulta demasiado serio para confundirse con una simple cortesía.
Si el rumor se confirma, Londres habrá de asistir, no al nacimiento de un romance, sino al cumplimiento de un acuerdo. Y pocas cosas despiertan mayor curiosidad en sociedad que ver a un duque presentarse, sin sonrisa y sin prisa, para reclamar a su presa.
La Pluma Indiscreta.
Cuando Cecily terminó, Beatrice no supo en realidad qué acababa de escuchar, mientras que Lavinia se quedó con la boca abierta. Por su parte, Aurelia sentía que el mundo bajo sus pies comenzaba a tambalearse.
—Oh, Dios… ¿En qué lío te has metido ahora? —le preguntó lady Harrowmere llena de pavor.
Fin.