Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Damian reparó en el grito y, tras varias horas de silencio, se situó a su altura.

—¿Inquieto mientras imaginas calamidades, Rosehaven?

—En absoluto —mintió.

—Tienes la misma expresión que ponía yo cada vez que Aurelia desaparecía de mi vista durante más tiempo del que me gustaba. Están locas, ¿recuerdas? Sobrevivirán perfectamente. Además, Cole no permitirá que nada malo les ocurra.

—Eso no me tranquiliza.

—Me lo imagino, pero después de escucharte maldecir con tanta fuerza pensé que debía animarte un poco.

Continuaron cabalgando en silencio un poco más y Rosehaven decidió que tal vez le viniesen bien algunos consejos. Harrowmere era un hombre casado. Felizmente casado.

—¿Alguna vez pensaste que la habías perdido? —preguntó Edmund.

Damian tardó en responder.

—Sí. Todos los comienzos son difíciles. El padre de ella es igual de miserable que el de tu marquesa. Hubo circunstancias que hicieron que nos distanciásemos bastante por su culpa… y, luego, yo compliqué todavía más las cosas. No fue fácil, te lo aseguro, pero lo hemos conseguido.

—¿Y qué hiciste para llegar hasta donde estás?

—Todo lo que hizo falta para conseguir que nunca se vaya de mi lado.

Rosehaven soltó una risa amarga.

—No me sirves de ayuda. Eso que dices ya lo he hecho varias veces y no consigo afianzar nuestra relación.

Damian asintió.

—Sé lo frustrante que resulta una mujer convencida de que tiene razón en todo y no quiere confiar en su esposo. Ten paciencia, no puedo darte un consejo mejor.

Siguieron cabalgando, solo haciendo las paradas necesarias, y cuando llegaron a la primera posada donde tal vez podrían estar según las indicaciones de Cole, desmontaron. Estaban cansados, sudorosos, polvorientos y llenos de esperanza.

Entonces Damian reconoció a un hombre que se dirigía hacia ellos.

—¡Cole!

—No tuve otra opción, milord. Su esposa es bastante mejor que usted amenazando, no se ofenda.

—Ya lo creo que lo es, lo aprendió de mí, probablemente. ¿Dónde están?

—Me he asegurado de que nadie las moleste.

Están reunidas en una salita privada dentro de la posada, segunda puerta a la derecha.

Puse a un lacayo vigilando la puerta y tiene orden de marcharse a descansar en cuanto lo vea a usted.

Yo decidí quedarme aquí fuera porque me imaginaba que pronto llegaría y querría un informe.

—¿Ellas están bien?

—Perfectamente —le confirmó.

—¿La muchacha a la que perseguían está con ellas? —Damian se refería a Lavinia. Rosehaven lo supo también.

—Así es, milord. Sana y salva.

—¿Y sola?

—Sí. Ella estaba sola cuando la encontramos.

—Bien. Gracias por tu ayuda. Me encargaré a partir de aquí. Entra y que te sirvan una buena cena, pide una habitación y descansa. Te lo has ganado.

Rosehaven se adelantó y corrió hacia donde el denominado Cole les había indicado.

Cuando la puerta de la salita se abrió, Edmund recorrió la estancia buscando a la mujer de su vida.

Cuando la identificó, no se lo pensó dos veces; fue hacia ella, la alzó de la silla y luego la abrazó con todas sus fuerzas.

—Beatrice… —murmuró lleno de alivio—. Estás bien. Dios mío, estás bien.

—Edmund...

Fue la primera vez que lo llamó por su nombre de pila en público. El marqués Radiante se quedó asombrado y tuvo que separarse para ver su reacción. Su esposa también pareció darse cuenta de lo que acababa de suceder.

—Vuelve a decir mi nombre, cielo mío.

Los ojos de la marquesa se humedecieron de pronto. ¿No podría dejar de llorar nunca?

—Edmund… Edmund… Mi Edmund… —insistió.

Ahí Rosehaven supo que estaba perdido y no se percató de nada ni en nadie más que ella.

No vio que Aurelia se llevaba una mano a la boca mientras sonreía, ni tampoco que Lavinia, quien tenía razones suficientes para llorar por lo que le había ocurrido, empezaba a hacerlo por la dicha y no por la tristeza.

Incluso Cecily, menos dada a sentimentalismos, desvió el rostro para ocultar su emoción.

El marqués le cogió ambas manos a su esposa y se colocó de rodillas ante ella.

—Perdóname, te lo suplico, cielo mío.

Beatrice comenzó a sollozar más copiosamente.

—Oh, Edmund… —logró articular.

—No puedo pedirte que olvides nada, tampoco voy a tratar de convencerte de que todo lo que hice estuvo bien porque terminó llevándote hasta mí.

Ya no quiero ganar esta discusión, Beatrice.

—Le apretó las manos—. Necesito a mi esposa junto a mí cada día hasta que no pueda ver otro amanecer.

Quiero a la mujer que me hizo perder el juicio desde el primer momento, la que discutía, me desafiaba y me rechazaba sin piedad, la misma que me ha confesado que me ama, porque fue ella, fuiste tú —clarificó—, amor mío, la única mujer que ha logrado que mi corazón se estremezca con solo ver o recordar tu sonrisa.

—Beatrice le estaba sonriendo, aunque las lágrimas no dejaban de rodar por sus mejillas—.

Esta tuvo que haber sido la declaración que debiste escuchar antes de pedirte matrimonio.

Llega tarde, pero es completamente sincera.

He pasado todo el camino pensando que quizá habías decidido abandonarme y he comprendido algo que debería haber sabido mucho antes.

No me importa no tener razón si el precio es perderte.

No me importa Yorkshire, mi orgullo, mi reputación ni ninguna de las cosas que antes consideraba imprescindibles para mí.

Puedes pedirme cualquier cosa y trataré de dártela.

Pídeme tiempo, distancia, paciencia, sinceridad, incluso que me calle cuando empiece a comportarme como el pomposo arrogante que tantas veces has dicho que soy…

Lo tendrás. A cambio, no me hagas vivir sin ti.

Entonces le rodeó la cintura con los brazos y apoyó el rostro contra su vientre, como un hombre que ya no sabía qué otra cosa hacer para demostrar cuánto necesitaba a la mujer que tenía delante.

—No tienes que hacer esto, amor mío —le dijo Beatrice—. Fui tuya desde nuestro primer encuentro y sé que tengo que dar gracias a Dios por haberte encontrado. ¡Te amo! —exclamó al tiempo que lo abrazaba desde la altura.

—Yo te amo muchísimo más, mi Marquesa Radiante —insistió—.

Te amo mucho más de lo que sabía que era posible amar a alguien.

Y no quiero que vuelvas a pensar jamás que existe cualquier otra condenada cosa en este mundo que pueda valer para mí una mínima parte de lo que vales tú.

Si mañana perdiese todo cuanto poseo y todavía te tuviese a mi lado, seguiría considerándome el hombre más afortunado de Inglaterra.

Beatrice comenzó a llorar de nuevo. No era la única; Aurelia y Lavinia también lo hacían.

Y sí, Cecily era la que más trataba de contener el llanto, pero no lograba conseguirlo.

¿Qué hacía Damian? Como buen caballero viril que era, y después de haber comprobado que su esposa estaba bien, se había acercado a una ventana y se empeñaba en no escuchar nada.

—Edmund...

—No he terminado —la cortó.

El marqués alzó el rostro hacia Beatrice.

—Te prometo mi lealtad mientras viva. No porque seas mi esposa ni porque haya pronunciado un voto delante de Dios, sino porque no quiero a ninguna otra mujer.

No existe nadie a quien desee conocer como te conozco a ti, nadie con quien quiera discutir, despertarme, envejecer o pasar una vida entera averiguando cuándo debo insistir y cuándo tengo que aprender a retroceder.

—La voz comenzó a fallarle por primera vez—.

No sé cómo hacer todo esto bien todavía.

Creo que tú tampoco. Pero quiero aprender contigo.

Solo contigo. Así que dime qué necesitas de mí y lo haré.

Si quieres que espere, esperaré. Si necesitas enfadarte durante un mes, aceptaré cada una de tus maldiciones.

Si quieres que me marche ahora mismo, lo haré, aunque me destroce.

Solo te pido que no cierres definitivamente la puerta.

Dame la oportunidad que tendría que haberte pedido desde el principio.

Beatrice lo miraba sin poder hablar, así que se colocó de rodillas frente a él y comenzó a besarle el rostro por todas partes. Sus amigas se dieron la vuelta mientras suspiraban.

La marquesa comprendió al fin la gran suerte que había corrido con él.

La misma que Aurelia. Edmund había cometido muchos errores con ella, algunos imperdonables, como elegir su futuro sin consultarle, pero estaba loca por él y tendría que dar un paso hacia la confianza.

Lavinia lloraba por un hombre que no la había considerado lo bastante valiosa como para enfrentarse honestamente a las consecuencias de sus promesas.

Un desgraciado que había utilizado su amor, sus esperanzas y su confianza hasta dejarla sola en la habitación de una posada.

Edmund, con sus muchos defectos, no podría hacer nunca nada así. Ahí estaba su esposo. Un hombre que podría haberse casado con cualquiera con solo sonreírle y que, pese a ello, la había elegido a ella. Que había luchado por ella.

Le había enviado flores cuando ella se escondía, soportó sus rechazos, esperó semanas sin entrar en su cama porque ella se lo pidió…

¡Dios! Su marido había respetado cada negativa cuando habría podido recordarle todos los derechos que la sociedad le concedía a un marido, la había querido antes de que ella comenzara a vestirse para ser admirada, incluso la encontró hermosa cuando Calder apenas reparaba en ella…

Llevaba años aterrada ante la posibilidad de parecerse a su madre y quizá, en su esfuerzo por evitarlo, había terminado heredando precisamente una de las peores cosas de su padre.

Loxley no confiaba en nadie y no tenía en cuenta las necesidades de otra persona que no fuese él mismo.

Además, no perdonaba. Su padre se tomaba cualquier error como una ofensa personal y utilizaba cada debilidad de los demás para justificar las suyas.

Su madre había llevado la indulgencia demasiado lejos, eso era cierto, pero Beatrice se daba cuenta de que vivir en el extremo contrario tampoco podría hacerla feliz.