Capítulo 14
Una carrera hacia la victoria
Esa mañana, el marqués de Rosehaven maldecía por cada minuto de más que había permanecido dormido.
Y lo hacía mientras terminaba de vestirse con una precipitación que consiguió que su ayuda de cámara renunciase a intentar colocarle correctamente el pañuelo de la corbata.
Edmund ya estaba bajando las escaleras de dos en dos porque sabía exactamente a dónde tenía que dirigirse.
Había dormido hasta mucho más tarde de lo habitual, algo que no le habría molestado en otras circunstancias, pero aquella mañana cada hora que había pasado inconsciente se le antojaba una traición cometida por su propio cuerpo.
Beatrice se había marchado. ¡Lo había abandonado en la cama mientras dormía!
No le dejó ninguna nota y solo el cochero fue capaz de decirle dónde había llevado a su mujer durante la madrugada.
Comprendía que su marquesa estaba herida, furiosa y que tenía motivos para querer alejarse de él, pero ¿abandonarlo?
Recordaba perfectamente que Harrowmere le había dicho que siempre podría regresar a su casa en caso de ser necesario y él no podía vivir sin Beatrice a su lado. La amaba demasiado como para no seguir luchando.
Todo el trayecto hasta la residencia de lord y lady Harrowmere se lo pasó imaginando posibilidades que se volvían más desagradables cuanto más trataba de rechazarlas.
Beatrice podría pedirle al conde que la ayudase a marcharse de Londres o, incluso, decidir que deseaba vivir separada de él.
¿Y qué haría si su esposa se negase a regresar junto a él durante semanas, meses o incluso más tiempo del que Edmund quería permitirse concebir?
Estaban casados. La ley y la sociedad podían darle una seguridad que cualquier hombre menos desesperado habría considerado suficiente, pero él sabía que ninguna norma podría obligarla a entregarle aquello que de verdad quería de ella.
La quería contenta, sonriéndole y segura de que él la había elegido por todo lo que valía. ¿Cómo lograría hacérselo comprender?
Cuando llegó a casa de Harrowmere, encontró mucho movimiento en el vestíbulo. Dos criados atravesaban la estancia cargando algunas cosas, uno de los lacayos hablaba apresuradamente con el mayordomo y el conde figuraba a la derecha conversando con otro de sus sirvientes.
Rosehaven apenas tuvo tiempo de quitarse los guantes.
—¿Dónde está Beatrice?
Damian se detuvo.
—Buenos días a ti también.
—Harrowmere —lo saludó con los dientes apretados, aunque pareció una amenaza.
Algo en la expresión de Edmund debió resultar suficientemente revelador, porque el conde se puso serio.
—Se presentó en mi casa en plena madrugada y me imagino que tú tienes la culpa.
Rosehaven soltó el aire que llevaba reteniendo sin darse cuenta. Al menos la había encontrado.
—Quiero verla. —No iba a confirmar o negar que él era el culpable de la huida de su marquesa. Además, la verdad estaba bastante clara.
—Me temo que eso no podrá ser posible.
La tranquilidad se esfumó.
—No puedes interponerte entre mi esposa y yo —se cuadró el marqués.
Damian levantó una mano al ver que Rosehaven iba a desplegar toda su furia contra él.
—Antes de que empieces a comportarte como un loco, debo decirte que Beatrice no está en casa y que mi esposa y Cecily tampoco.
Edmund lo miró con el ceño fruncido.
—¿A dónde han ido?
—Es una excelente pregunta. Por lo visto, las tres insensatas han decidido emprender una misión por su propia cuenta sin contar tan siquiera conmigo.
—¿Qué clase de misión? ¿Dónde diablos están?
—Acabo de regresar a casa, así que eso precisamente estoy tratando de averiguar. Agradecería un poco de paciencia, Rosehaven. —El conde ladeó la cabeza y miró al lacayo que estaba a su derecha para decirle—: Por favor, Simon, sigue explicándome las instrucciones de Cole.
El sirviente dio un paso hacia ellos.
—Como le decía, milord, el señor Cole me pidió que le dijese que las tres damas se dirigían al norte porque, por lo visto, tenían que seguirle la pista a alguien, creo que a una joven de la que no me dieron detalles y a un caballero.
—Damian se imaginó quién sería la muchacha y el motivo para mantener un poco de discreción—.
La condesa le aseguró a Cole que iba a marcharse, con o sin su ayuda.
Tuvieron una discusión que ganó la condesa, según me pidió Cole que le informase.
Dejó esta nota con la ruta que pensaba seguir para que usted se sumase al improvisado viaje. Y esa otra carta es de su condesa.
El lacayo le tendió sendos papeles y luego se marchó de inmediato para darles intimidad a Rosehaven y a Harrowmere.
Damian los abrió y leyó las indicaciones de cada uno.
—¿Adivinas el problema que tenemos entre manos, Rosehaven?
—Comprendo que una de sus amigas… lady Lavinia, si mal no recuerdo, se ha debido marchar posiblemente hacia Gretna Green y que no debe estar sola.
—Sí, yo también he deducido lo mismo que tú.
—Así que nuestras esposas —continuó Rosehaven—, junto con lady Cecily, no han podido esperar y han salido tras ella con la ayuda de Cole, quien supongo que será uno de tus hombres de confianza.
—Yo no lo habría podido resumir mejor. ¿Vienes conmigo?
—¿Acaso lo dudabas?
Harrowmere soltó una breve risa.
—Confío en que seas un buen jinete, vamos a tener que correr bastante, Rosehaven.
—¿A qué estamos esperando para salir?
—Cuatro damas temerarias, una carretera hacia Escocia y ningún hombre con suficiente autoridad para impedirles hacer lo que se les ha metido en la cabeza. Cuando las encuentre a todas, voy a explicarles un par de cosas, y eso puede que incluya también a tu marquesa.
—Sí, bueno, preferiría que me dejases a mí a Beatrice, si no te importa.
Ambos ya estaban dirigiéndose a los establos.
—¿Porque tienes que disculparte con ella por un par de cosas?
—Edmund no dijo nada, así que Damian lo presionó—: La nota que me ha dejado mi mujer es bastante breve.
No explica nada sobre vuestro matrimonio, solo que Lavinia podía estar en problemas y que tenían que salir de inmediato.
Sin embargo, cuando vi a Beatrice esta madrugada supe, que algo no estaba bien.
Rosehaven apretó los labios y a continuación suspiró.
—Tenemos algunos asuntos que resolver, es cierto.
—¿Es grave?
La pregunta no contenía amenaza alguna, ni tampoco esa irritante superioridad que el conde podía adoptar cuando creía que tenía motivos para recordarle a cualquiera que Beatrice estaba bajo su protección. Harrowmere parecía bastante preocupado y Edmund agradeció que fuese así.
—Creo que puedo solucionarlo.
Damian levantó ligeramente las cejas.
—¿Crees?
—Si ella pone algo de su parte.
El conde soltó una pequeña risa.
—Entonces te convendrá convencerla de que vale la pena que dé su brazo a torcer. Sé de lo que habló, todas ellas están condenadamente locas, amigo mío.
Rosehaven asintió.
—Haré todo lo que esté en mi mano.
—He aprendido que cuando una mujer como Beatrice está convencida de algo, la lógica sirve de poco.
Tendrás que encontrar otro recurso. Tuviste que haberla visto no hace mucho regañarnos a mi mujer, a Cecily y a mí.
Te digo que es una arpía de primera, no te ofendas.
—La recordaba en el despacho soltando veneno sin remordimiento alguno.
Rosehaven sonrió.
—Sí que lo es. Y por eso me gusta tanto —reconoció.
Damian se colocó delante de su montura cuando llegó a las cuadras.
—¿Quieres contarme qué hiciste? Tenemos un camino que espero que no sea demasiado largo o tortuoso. Si quieres hablar, te escucharé.
Edmund negó con la cabeza.
—No. Agradezco la oferta, pero prefiero guardarme mis asuntos para mí.
—Perfecto. Yo habría hecho lo mismo que tú, dado que no puedo serte de mucha ayuda para convencerla de que te perdone, hayas hecho lo que le hayas hecho.
Rosehaven lo miró con cierta sorpresa.
—¿Así de simple? ¿Sin mofas ni insistir para satisfacer tu curiosidad?
—Oh, te aseguro que tengo curiosidad por saber por qué tu mujer salió en plena madrugada de tu casa, pero no tanta como para interrogarte.
Mi objetivo ahora mismo es encontrarlas y, si cuando lo hayamos hecho, mi condesa me dice que debo darte algún toque de atención…
porque te aseguro que esas damas se lo cuentan todo entre ellas, no tendré más remedio que hacerlo. Hasta entonces estás a salvo.
Por primera vez aquella mañana, Edmund estuvo cerca de sonreír.
—Me parece razonable.
—Lo soy más que ellas, te lo garantizo.
Fue después de esa charla cuando comenzaron a cabalgar hacia el norte, y Edmund tuvo tiempo para pensar en cómo debería comportarse cuando volviese a tener cara a cara a Beatrice.
Se concentró en sus pensamientos, en el movimiento del caballo, el aire frío y la necesidad de mantener un ritmo audaz para tratar de llegar hasta su marquesa lo antes posible.
No podía dejar de pensar en el pasado. Recordaba la noche de bodas, cuando ella había levantado una barrera entre ambos con tanta facilidad que él llegó a pensar que jamás encontraría el modo de derribarla.
Después, lo sorprendió y se convirtió en la esposa perfecta que todos admiraban mientras la mujer que lo había fascinado desaparecía detrás de una máscara educada.
Ah, pero ella le había confesado que estaba enamorada de él, así que tenía mucho que ganar y poco que perder si se mostraba razonable y la convencía de que se quedase para luchar juntos por lo que tenían.
¡Podrían ser tan felices! Los dos se amaban. ¡Un momento! Si se amaban, ¿por qué demonios se había marchado de su cama sin decirle una sola palabra? ¿Y si la había perdido para siempre?
Ese pensamiento lo inquietaba. El amor no había sido suficiente para retenerla. Hasta entonces había pensado que aquel hermoso sentimiento terminaría imponiéndose sobre cualquier obstáculo, pues tenía la creencia de que, si conseguía que ella lo quisiera, todo lo demás se resolvería.
¡Qué brillantemente estúpido había sido! Un hombre podía ser amado y no ser digno de confianza.
—¡Maldición! —gruñó con fuerza.