Capítulo 13 #3
—Una joven dama ha partido esta mañana hacia el norte con un caballero. Creemos que pueden intentar llegar a Escocia.
Cole no hizo preguntas inconvenientes, porque ya se imaginaba el asunto.
—¿Cuánto tiempo llevan de ventaja?
Cecily miró la nota y a continuación dijo:
—No lo sé con seguridad. Pocas horas.
—Entonces podemos alcanzarlos si se detuvieron o cambiaron de carruaje.
—Necesitamos comprobar que ella está bien —añadió Beatrice.
Cole asintió.
—Prepararé un carruaje y dos hombres.
—Nosotras iremos con usted —le dijo Cecily.
Él miró a Aurelia.
— Lady Harrowmere, quizá debería reconsiderar...
—Yo también iré —lo frenó—. La niñera ya tiene órdenes para ocuparse de mi hija y es preciso que vaya. No me convencerá de otra cosa —le aseguró Aurelia.
Cole comprendió enseguida que discutir sería perder tiempo, pues le había escuchado decir eso mismo a lord Harrowmere en relación con su esposa en multitud de ocasiones.
Se pusieron en marcha y cada minuto parecía alejarlas más de Lavinia, aunque Cole había conseguido reconstruir parte del recorrido según su experiencia viajando a Escocia.
Cecily apenas hablaba, por lo que Beatrice y Aurelia intentaron varias veces obtener el nombre del caballero durante el viaje.
—No —repetía ella.
—Podríamos encontrarlo con mayor facilidad si supiéramos quién es —argumentó Beatrice.
—Cole no necesita saberlo, ya sigue su recorrido. Además, en cuanto los encontremos descubriréis quién es él y yo no habré tenido que romper mi palabra.
Aurelia la observó con seriedad. Ninguna insistió después de aquello.
Finalmente, lady Lavinia fue encontrada casi al anochecer, cuando Cole consiguió localizar el rastro definitivo.
Un carruaje había parado en una posada situada junto a una carretera secundaria.
Averiguó que el dueño del vehículo había abandonado el lugar hacía menos de una hora, pero que una joven dama seguía allí.
Y así se lo explicó a las tres mujeres que lo acompañaban.
Cecily fue la primera en bajar en cuanto Cole les narró lo que había averiguado y entró en la posada casi corriendo, seguida por Aurelia y Beatrice.
Cole permaneció cerca, muy atento a cualquier movimiento.
Su patrón ya se enfadaría mucho cuando averiguase lo sucedido, así que mejor que ninguna sufriese daño alguno.
Encontraron a Lavinia en un salón privado y estaba sola. Sentada junto a una ventana, todavía llevaba el vestido con el que había salido de Londres. Tenía el aspecto de una mujer derrotada y las manos entrelazadas sobre el regazo. Cuando vio entrar a sus amigas, su expresión fue de puro júbilo.
—Sabía que me encontraríais. Dios santo, lo sabía y no puedo estar más que agradecida por veros.
Cecily llegó hasta ella y la abrazó.
—Lavinia...
Entonces se sumaron a la muestra de felicidad y alivio Aurelia y Beatrice.
—Estás bien, estás bien —repetían las amigas de Lavinia.
Cuando se separaron, el rostro de las tres amigas le confirmaba a Lavinia que esperaban una explicación. Ella negó con la cabeza.
—Por favor, no puedo hablar, no me preguntéis lo que ha sucedido. —Luego miró a Cecily—. Ni tan siquiera tú me hagas un interrogatorio, te lo suplico.
—No pensaba hacértelo —dijo la aludida— y, salvo decirles a Beatrice y a Aurelia que habías huido con un caballero, no les he contado nada más porque te lo juré. Las tres nos conformamos con que estés bien.
—No tienes que explicarnos nada —estuvo de acuerdo Aurelia.
—Solo necesitamos saber que estás bien —apuntó lady Rosehaven.
Lavinia asintió.
—Tengo el corazón roto. En mil pedazos, además.
Creía que él era diferente, pero no lo es.
Pensé que me daría lo mismo que Aurelia había encontrado con Damian.
Estaba terriblemente equivocada porque mi amor no ha sido suficiente para sostenernos a los dos.
No era el hombre adecuado para mí. He cometido una imprudencia imperdonable.
—Entonces… ¿él se ha marchado y no hay posibilidad de que…? —comenzó a preguntar Aurelia.
Lavinia volvió el rostro hacia la ventana.
—Sí. Se ha marchado y esto supone el final para los dos.
Cecily cerró los ojos un momento y suspiró.
—Estaremos a tu lado, Lavinia, y lo superarás —le aseguró la hermana de Aurelia.
—Eso siempre —le confirmó Beatrice.
Al examinar mejor a su amiga, lady Rosehaven se dio cuenta del terrible dolor con el que estaba cargando.
Un supuesto caballero había logrado hacerla huir con él, después, por algún motivo desconocido, él la había abandonado.
No sabía si el hombre había conseguido aquello que buscaba, porque tal vez su única pretensión había sido la de yacer en la cama con ella.
No sabía si Lavinia habría cedido, si se habría negado o si habían discutido antes o después de llegar allí.
Tenía muchas preguntas, pero todas ellas tendrían que esperar hasta que Lavinia decidiese contarles lo sucedido. Ninguna la presionaría.
Luego comenzó a pensar en su propia situación. Rosehaven había sido caballeroso, le había propuesto matrimonio, e incluso antes de casarse y a pesar de que él hubiese podido seducirla por completo, no lo había hecho. Era un hombre honorable, en ese aspecto. No podía negarlo.
Movió la cabeza de lado a lado para centrase en lo fundamental en esos momentos. Lo importante era que su amiga estaba sana y salva y que todas la ayudarían a seguir adelante.
Como era tarde, tendrían que pasar la noche en la posada. Se les ocurrió pedir un poco de té para templar los nervios y estuvieron al lado de Lavinia sin preguntarle nada sobre lo ocurrido, tratando de hablar sobre otros asuntos.
Y así, sentadas delante de una tetera humeante, fue precisamente como las encontraron Rosehaven y Harrowmere en aquella salita privada.
La puerta se abrió con tanta fuerza que chocó contra la pared. Edmund apareció primero y Damian entró justo detrás de él.
Los dos hombres tenían el aspecto de haber recorrido medio país dispuestos a matar a cualquiera que se interpusiera en su camino.
El marqués se centró solo en su mujer.
—Beatrice… —murmuró.
Su esposa ni siquiera tuvo tiempo de responder o actuar antes de que él cruzara la habitación y la envolviera entre sus brazos.
Harrowmere estaba haciendo lo mismo con su condesa.
Aurelia y Beatrice se buscaron con la mirada mientras las abrazaban sus respectivos maridos. Las dos sabían que iban a tener problemas. Así lo confirmaba la expresión de auténtico pavor que habían estado observando en sus esposos antes de que comprobasen que estaban bien.