Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Oh —murmuró Cecily—. No podemos negar que además de un patán inteligente, es un gran estratega. Quitarse de encima a la competencia… Rosehaven lo hizo bien.

—No lo hizo bien, Cecily.

—¿Acaso tú y yo no escribimos la nota sobre Calder y un paseo por Hyde Park para ayudarle a dar el paso para acercarse a ti, Beatrice?

—Sí, es cierto, pero no es lo mismo.

—¿En qué se diferencia lo que él hizo de lo que tramamos nosotras? Yo creo que es lo mismo, solo que a él le salió bien la jugada y a ti no.

—Aurelia, ¿estás de acuerdo con Cecily? —preguntó algo desesperada.

—Creo que sí, lo siento.

Cecily se debatía entre el orgullo y la compasión hacia su amiga.

—No pongas esa cara —la reprendió Beatrice.

—¿Qué cara? —inquirió Cecily de inmediato.

—Sé lo que estás pensando.

—No pienso nada.

—Sí, Cecily, te conozco demasiado bien. Estás admirando a Rosehaven y encuentras romántico que él haya perdido de ese modo la cabeza.

—No he dicho nada, pero ahora que lo comentas, amiga mía, me parece una reflexión magnífica. ¿Un hombre honorable que no tema incendiar el mundo por una mujer? Encuentro esa reflexión de lo más interesante.

—Aurelia, ¿estás de acuerdo con Cecily? —volvió a buscar apoyo.

—Lo siento, pero de nuevo: sí. Sé que Damian es un hombre bueno, pero también soy perfectamente consciente de que, si yo le pidiese algo impensable, no se lo pensaría dos veces y lo haría.

Ahí está nuestra verdadera conexión. Esa mezcla de amor aderezada con locura…

—dijo ensoñadora—. Creo que tu marido te admiraba desde antes de la boda.

Solo bastaba con haber visto cómo te miraba.

—Es cierto —habló Cecily—. Te miraba de un modo que… —No terminó la frase; ella suspiró. Y la condesa se unió al gesto también.

—¿Cómo me miraba? —Era la primera noticia que tenía.

—Ay —tomó la palabra Cecily de nuevo—, como si tú fueses un manjar y él estuviese hambriento.

¡Hasta yo sé eso, Beatrice! ¿No te diste cuenta?

Incluso Damian estuvo nervioso por si él saltaba sobre ti antes de que el ministro de Dios os declarase unidos en sagrado matrimonio.

Aposté con Damian a que Rosehaven no aguantaría más de diez minutos participando en el almuerzo nupcial.

Damian dijo que yo perdería, lo cual ocurrió, porque, aunque tu esposo se veía…

ansioso por ya sabes qué, las circunstancias lo obligarían a guardar las formas.

—¡No puedes hablar de ese modo, Cecily!

—¡Fue Damian quien planteó la apuesta, no yo! Además, no soy tan inocente como te crees.

—No quiero escucharte ahora, hermana. Centrémonos en Beatrice.

—Cierto. ¿Cuál es el problema en realidad, querida? —le preguntó la hermana de la condesa.

—¿De verdad creéis que Rosehaven sentía admiración por mí? —preguntó al tiempo que se mordía el labio.

—¡Por supuesto! —saltaron ambas a la vez.

Aurelia soltó una exhalación que podría haber sido una risa y Cecily se carcajeó.

Beatrice volvió a ponerse seria.

—No estamos bien. Yo… no sé si puedo confiar en él.

La condesa se inclinó hacia ella y le cogió una mano.

—Sé exactamente por lo que estás pasando. Damian y yo… bueno, tú estuviste allí y viste cómo fue aquello. ¿Quieres quedarte aquí hasta que te aclares?

Beatrice sintió que la garganta se le cerraba.

—No lo sé. Necesito pensar sobre mi futuro, pero la idea de estar lejos de él me… me…

—¿Te impide respirar correctamente?

—¡Sí! No puedo imaginarme estar sin él y eso me aterra.

Me he pasado la vida convencida de que jamás le daría tanto poder a un hombre y veo que me he convertido en mi madre.

¿Y si él me falla? Me he despertado esta mañana con un montón de dudas y solo sabía que tenía que venir a pediros perdón y que vosotras me ayudaríais.

Cecily se levantó, cruzó la corta distancia que las separaba y se arrodilló junto a ella.

—No tienes que disculparte con nosotras jamás.

—Os acusé injustamente.

—Estabas asustada.

—Eso no me daba derecho a haberos tratado como lo hice.

—Se acabó el asunto de las disculpas —intervino Aurelia—. Todo está bien, siempre lo ha estado y siempre lo estará.

Beatrice las miró a ambas y comenzó a llorar de nuevo.

—Sois demasiado buenas conmigo.

—No —dijo Cecily—. Somos tus amigas. Es diferente.

Aurelia se inclinó y la abrazó. Cecily se unió a ellas y durante unos minutos ninguna necesitó decir nada más.

Estuvieron conversando durante más de una hora en la que Beatrice dio gracias por tenerlas a su lado. Entonces llamaron con suavidad a la puerta. El sol casi estaba despuntando.

La doncella de Cecily entró con una pequeña nota en la mano.

— Milady , han traído esto para usted. El mensajero dijo que era urgente.

Cecily se incorporó y la doncella le entregó la nota doblada y luego se marchó.

—¿De qué se trata? —preguntó Aurelia.

—No puede ser de él, todavía es demasiado pronto… —murmuró de modo ininteligible, mientras abría la misiva.

—¿Qué mascullas, Cecily? —se interesó la condesa, al no haber podido escuchar lo que decía su hermana.

—Es de Lavinia —aseguró la interpelada.

Mi querida Cecily:

Sé que te enfadarás conmigo y probablemente tendrás motivos, pero no puedo seguir viviendo como si mis sentimientos no existieran.

Él ha vuelto a prometerme que todo será diferente y que, si confío en él, podremos estar juntos lejos de Londres.

Hemos partido hacia el norte y espero que, cuando recibas estas líneas, estemos ya demasiado lejos para que nadie pueda detenernos.

Sé que te levantas tarde y que te darán la nota pasadas las doce, por favor, no te enfades.

Te prometí que te diría si cometía alguna locura y te estoy avisando con esta carta.

No me juzgues antes de conocer toda la historia. Me ha jurado que me ama y que solo yo importo. Recuerdo lo que me has dicho sobre él y también sé que prometí escucharte, pero esta vez mi corazón me grita que debo ser feliz.

Guarda mi secreto un poco más, te lo ruego. Igual que yo he guardado el tuyo.

Perdóname.

Tu amiga para toda la eternidad, L.

Cecily terminó de leer y se puso completamente pálida.

—No, por amor de Dios…

Aurelia se levantó y se colocó a su lado.

—¿Qué sucede, hermana?

Cecily volvió a leer la nota como si esperase haberla entendido mal.

—Se ha ido.

—¿Quién?

—Lavinia.

Beatrice se acercó a sus amigas.

—¿A dónde?

Cecily suspiró.

—Hacia Escocia, estoy segura de que ese miserable la ha embaucado con una boda rápida y ella ha lanzado las preocupaciones al vuelo.

Las otras dos tardaron unos segundos en comprender lo que había dicho.

—¿Lavinia se ha fugado con un hombre? —La condesa no podía creérselo.

Cecily asintió.

—Sí —confirmó.

—¿Con quién?

—No puedo decíroslo. No es mi secreto.

Beatrice la miró incrédula.

—Cecily, nuestra amiga acaba de huir con alguien del que al menos Aurelia y yo, no sabemos nada.

—Lo sé.

—Entonces dinos quién es.

—No puedo.

Aurelia se acercó a su hermana.

—¿Por qué?

Cecily cerró los ojos.

—Porque se lo juré por mi vida.

—¿Qué clase de promesa puede ser más importante que encontrar a Lavinia?

—Una que le hice y no pienso romper.

Beatrice y Aurelia intercambiaron una mirada llena de asombro.

—Dinos lo que puedas compartir con nosotras —argumentó Beatrice.

Cecily apretó la nota entre los dedos.

—Sé que lleva enamorada de él desde la temporada pasada y que le ha prometido amor eterno más veces de las que puedo contar. Y también sé que está comprometido con otra mujer, aunque al parecer puede que ya no lo esté… no lo sé, pero todo esto me da muy mala espina.

Aurelia se quedó paralizada.

—¿Comprometido?

—Sí.

—¿Y ha huido con Lavinia hacia Escocia?

—Eso parece.

—Entonces dilo de una vez, Cecily. ¿Quién es?

La joven negó con la cabeza.

—No puedo hablar de su identidad. Se lo juré y no romperé mi promesa.

—Esto ya no es un juego.

—¡Lo sé! —exclamó Cecily—. ¿Creéis que no he intentado hacerla entrar en razón?

Le he dicho una y otra vez que ese hombre no la quiere como ella cree, que si realmente pretendiera casarse con ella habría solucionado primero su compromiso.

Lavinia está enamorada. Está completamente ciega y cree que el amor imposible que se tienen solucionará la gran complicación.

Beatrice sintió que el estómago se le encogía.

—¿Crees que de verdad piensa casarse con ella?

Cecily suspiró. ¿Por qué la vida tenía que ponerles tantas pruebas?

—No lo sé. Pero yo… yo creo que no.

Aquello fue suficiente. Cecily les permitió leer la nota a las otras dos.

Aurelia se dirigió hacia la puerta a toda prisa.

—Voy a buscar a Damian.

Y como era de esperar cuando una mujer necesitaba su mayor apoyo, su esposo no estaba en casa.

Harrowmere había salido poco antes por un asunto que el mayordomo no supo concretar y nadie sabía exactamente cuánto tardaría en regresar o dónde habría podido ir.

Aurelia sospechaba que tenía asuntos que atender en el Parlamento, y también eran cuestiones de suma importancia, pero no podía estar segura de su paradero.

La condesa comenzó a pensar en una solución factible.

—No podemos esperar —advirtió Beatrice—. Tenemos que actuar de inmediato.

Aurelia estuvo de acuerdo.

—Necesitamos a alguien que pueda seguirles el rastro.

Cecily pensó en el mejor hombre de Damian de inmediato.

—¿Hay posibilidad de avisar a Finch?

—Él ya no está en Londres; regresó a casa con Elspeth cuando Beatrice decidió casarse con Rosehaven. Damian tiene otro hombre —recordó Aurelia—. Coged lo indispensable. No podemos perder el tiempo y… sé quién nos acompañará.

Se llamaba Nathaniel Cole, aunque todo el mundo en la casa lo conocía simplemente como Cole.

Era un hombre de unos treinta y tantos años, discreto, de rostro anodino y una extraordinaria capacidad para pasar desapercibido.

Damian lo utilizaba desde hacía poco para aquellas tareas que exigían más ojos que preguntas y Cole le había demostrado que era muy bueno en su trabajo.

Así fue como Aurelia comenzó a explicarle lo necesario al hombre que tenía que ayudarlas: