Capítulo 13
Una justa disculpa
Beatrice se había despertado mucho antes de que comenzara a clarear.
Durante unos instantes permaneció inmóvil, sin comprender qué era aquella presión cálida sobre su cintura ni por qué tenía la mejilla apoyada contra algo firme.
Después recordó dónde estaba, quién dormía a su lado y todo lo sucedido la noche anterior regresó de golpe a su mente.
Alzó la mirada y lo vio. Rosehaven seguía profundamente dormido.
Tenía un brazo alrededor de ella y el rostro justo a la altura del pelo, como si incluso dormido necesitara asegurarse de que continuaba allí.
Beatrice cerró los ojos. La cabeza le dolía de una manera espantosa, tenía la boca seca y una sensación de vergüenza comenzaba a abrirse paso entre unos recuerdos que le gustaría olvidar.
Había bebido mucho, lloró bastante más y lo había insultado.
Y estaba casi segura de haberle dicho que lo amaba y que la Pluma Indiscreta era cosa de sus amigas y ella.
¡Dios santo!
Recordaba también haberse dormido en los brazos de su marido, bien acurrucada contra él y que, pese a todo el dolor que seguía sintiendo, había dormido mejor de lo que debería haber sido posible.
Todo ese asunto le resultaba insoportable.
Necesitaba pensar. Sí, eso era. Su prioridad debía ser aclarar las ideas sobre si creía o no todo lo que él le había contado.
¡Mentira! Esa no debía ser su prioridad; había un asunto muchísimo más apremiante, pues debía disculparse con Aurelia, Cecily e incluso con Damian.
Con muchísimo cuidado, levantó el brazo de Edmund y lo apartó de su cintura.
Él murmuró algo incomprensible y Beatrice se quedó paralizada, esperando que abriera los ojos.
No lo hizo. Rosehaven volvió a colocarse mejor sobre la almohada con el ceño ligeramente fruncido, quizá molesto porque había perdido el calor de su esposa.
Beatrice lo observó unos segundos con suma atención.
Era bastante molesto que un hombre capaz de complicarle tanto la existencia pudiera parecer tan inofensivo mientras dormía.
Era tan apuesto y se veía tan perfecto… Parecía más joven, menos arrogante y mucho más fácil de querer.
Eso último fue precisamente lo que la obligó a levantarse.
Se vistió sin llamar a su doncella. Eligió lo primero que encontró y se recogió el cabello de cualquier manera, sin concederle importancia alguna a la imagen de marquesa impecable que tanto esfuerzo le había costado construir durante aquellas semanas pasadas.
Pidió que le preparasen el carruaje y cuando abandonó la casa, el cielo todavía estaba oscuro y Londres apenas comenzaba a despertar.
No le dejó ninguna nota a Edmund. No pensaba huir, solo necesitaba unas horas lejos de él, recuperar la lucidez y arreglar el daño que les había causado a sus amigas. Después ya decidiría qué hacer con su matrimonio.
Entre pensamiento y pensamiento llegó a la residencia de Harrowmere.
Beatrice bajó del carruaje y permaneció unos segundos frente a la puerta sintiéndose absurdamente culpable.
No eran horas de presentarse en casa de nadie, ni siquiera de unas personas que la habían tratado siempre como parte de su familia; aun así, no sabía a dónde más acudir.
Hizo sonar la campana y esperó.
Nada. Volvió a tirar de ella con mayor fuerza y un minuto después oyó movimiento al otro lado, y cuando finalmente la puerta se abrió, un lacayo todavía adormilado la miró con mucho asombro.
— Lady Rosehaven —la saludó el criado, enderezándose de inmediato.
—Lamento mucho la hora. Necesito ver a lady Harrowmere y a lady Cecily por un asunto urgente.
No hizo falta que el hombre fuera a buscarlas. El ruido de la campana había conseguido despertar a media casa.
Beatrice apenas había cruzado el vestíbulo cuando aparecieron varias figuras en la escalera. Damian estaba delante, con una bata oscura; Aurelia avanzaba unos pasos detrás de él y Cecily, envuelta en una bata de color claro, se asomaba ya por encima del hombro de su hermana.
Los tres se detuvieron al verla.
Damian fue el primero en comprender que aquella visita no podía traer nada bueno.
—¿Tengo que ir a buscar a Rosehaven y darle su merecido? —preguntó desde la escalera.
Beatrice, pese a todo, sonrió.
—No. Puedo meterlo en vereda yo sola.
—Eso no lo dudo —respondió el conde, mientras bajaba los últimos escalones—. Lo que me preocupa es qué ha hecho para que aparezcas aquí antes del amanecer.
Aurelia ya había llegado hasta ella.
—Beatrice, ¿estás bien?
Aquella pregunta casi consiguió hacerla llorar otra vez.
—No demasiado.
Cecily bajó corriendo los últimos peldaños y la cogió de la mano.
—Ven conmigo —le ordenó la hermana de la condesa.
—¿No puedo saber primero si debo preparar mis pistolas de duelo? —inquirió Damian.
—Tú no tienes pistolas de duelo —comentó Aurelia.
El conde las observó desaparecer hacia el piso superior y soltó un suspiro.
—Algún día descubriré por qué siempre soy el último en enterarme de las cosas importantes en mi propia casa.
Y como nadie se molestó en responderle, Damian decidió irse a dormir, pero antes pasaría por la habitación de su pequeña Clara para asegurarse de que siguiese durmiendo plácidamente; por lo menos no se habían escuchado lloros. Ni los de su hija ni los de Beatrice.
Así pues, las tres amigas se encerraron en la habitación de Cecily. Aurelia condujo a Beatrice hasta un sillón cercano al fuego, todavía bajo porque nadie había tenido tiempo de avivarlo, y Cecily se sentó frente a ellas.
—Tengo que pediros perdón.
Cecily frunció el ceño.
—Eso suena serio.
—Lo es —corroboró Beatrice.
Aurelia le sostenía la mirada.
—¿Es por el asunto de aquella columna que salió en el periódico? —preguntó con suavidad, dado que era el único asunto que las tres tenían por resolver.
Beatrice tragó saliva.
—Sí.
Se frotó las manos porque de repente las tenía heladas.
—Vosotras me dijisteis que no habíais escrito aquella nota y no os creí. Os acusé de haber decidido por mí, de querer echarme de esta casa, de empujarme hacia Rosehaven... —Miró a Aurelia—. Incluso acusé a Damian.
Cecily hizo una mueca.
—Eso último probablemente no le haya preocupado demasiado. Está acostumbrado a que lo acusen de todos los males de la humanidad. Mi hermana siempre lo hace. Te juro que Damian tiene la paciencia de un santo mártir.
—Cecily… deja que Beatrice hable.
—Oh, sí, por supuesto.
—Además, yo no acuso a Damian de nada; te acuso a ti siempre —apostilló la condesa.
Beatrice no pudo evitar ofrecerles una sonrisa muy débil, aunque desapareció enseguida.
—Yo estaba equivocada. Ninguna de vosotras tuvo nada que ver.
Aurelia se inclinó hacia delante.
—¿Cómo lo sabes?
Beatrice respiró hondo.
—Porque Rosehaven fue el responsable.
Las dos hermanas se quedaron con la boca abierta.
—¿Qué? —saltaron las dos al mismo tiempo cuando comprendieron lo que acababan de escuchar.
—Él lo organizó todo. La nota, el rumor sobre mi padre y las supuestas negociaciones matrimoniales... todo.
—Pero él no podría haber escrito algo así —se apresuró a decir Cecily.
—Lo sé. No fue él quien escribió el texto. Tuvo ayuda.
Aurelia y Cecily no entendían nada.
—¿La de quién?
— Lady Marston, conocida como lady Honoria antes de casarse.
El silencio que imperó fue mucho más elocuente que cualquier exclamación.
—¿La antigua autora de los Susurros del Salón ? —preguntó Cecily finalmente.
Beatrice asintió.
—La misma. Rosehaven y ella son muy amigos y por lo visto le pidió que lo ayudase a… acorralarme con ese escrito.
Cecily se levantó del sillón.
—Ese hombre es un auténtico demonio. ¡Qué inteligente fue!
—Sí lo es. ¡No! —saltó Beatrice al darse cuenta de lo que su amiga acababa de decir—. No es inteligencia, es… es… es… ¡Un patán! —se le ocurrió al final.
—De acuerdo, un patán inteligente será.
—Cecily —la reprendió Aurelia.
—Pero es verdad.
Beatrice se pasó una mano por la frente.
—Le pidió ayuda porque sabía que ella podía imitar el estilo.
Lady Marston conocía los mecanismos de las columnas sociales y sabía cómo hacer llegar un texto al periódico.
No importaba que ambos no supieran que nosotras éramos quienes escribíamos la Pluma Indiscreta .
—No hacía falta que les confesase que ella se había ido de la lengua y le había contado a su marido ese secreto. Los problemas de uno en uno.
Aurelia estaba muy seria.
—¿Por qué lo hizo?
—Porque quería que me casase con él. Ya os lo he dicho, trató de acorralarme.
—Eso ya lo sabemos —dijo Cecily—. La pregunta es por qué pensó que tenía derecho a manipularte de ese modo.
—Porque estaba convencido de que yo lo rechazaría si me preguntaba directamente si quería casarme con él.
—Y tenía razón en eso —admitió Cecily—. Lo tratabas como si tuviese la peste negra.
—Beatrice le dirigió una mirada bastante feroz—.
No lo estoy defendiendo —le aclaró de inmediato a su amiga—, solo señalo que por aquel entonces tu esposo ya te conocía bastante bien.
Hasta yo sé que no se puede besar a un hombre y luego mandarlo al infierno sin más si él no ha cometido ningún pecado.
—¡No estás siendo de ayuda! —se quejó la marquesa.
Aurelia ignoró el intercambio entre ellas y preguntó:
—¿Ese es el motivo por el que estás aquí?
Beatrice bajó la mirada.
—Entre otras cosas.
No tenía intención de hablarles de Yorkshire todavía. Ni siquiera ella sabía exactamente qué pensar de aquella parte de la historia y no soportaba la idea de escuchar en voz alta lo que más temía: que Edmund se hubiese casado con ella por una propiedad.
—¿Quieres hablar de ellas? —le preguntó la condesa.
—Me encontré con lord Calder ayer y me dijo algunas cosas.
Cecily se dejó caer de nuevo en el sillón.
—Esto mejora por momentos —murmuró la joven.
—Rosehaven habló con él antes de nuestra boda.
Aurelia frunció el ceño.
—¿Sobre ti?
—Le dijo que se mantuviera apartado.