Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—El esposo de Georgiana… ¿Cómo es su título? Ah, sí. Ravensholt.

—¿El duque de Ravensholt es el esposo de una de tus amigas?

—Oh, sí. Georgiana está en cama porque está embarazada de nuevo y por eso no vino a la boda, pero me llegó una nota de ella, me dijo que Ravensholt te mataría si yo se lo pidiese.

Damian me dijo algo en ese sentido. ¿Crees que debería decirles a los dos que me has roto el corazón para que te rompan algo a ti?

—Preferiría que no lo hicieras.

—Es cierto. ¿De qué me serviría que tú sufrieses? No me traería paz.

—Beatrice...

—Quería pensar que eras diferente.

—Lo soy.

—No, porque sé que no debería amarte y no creo que pueda dejar de hacerlo nunca. Soy como mi madre. Me has roto el corazón, no quiero perdonarte y no paro de pensar en que debería hacerlo porque te amo.

—Oh, pequeña. Es bueno que me ames.

—No lo es. No me cortejaste; tu nota sobre que debíamos casarnos fue una orden; mi boda fue apresurada y… ¡Todo esto es un desastre!

Las lágrimas comenzaron a llenarle los ojos.

—Deja que te lo compense, te prometo que te haré feliz.

—No. Lo has estropeado todo. Yo empezaba a confiar en ti.

Rosehaven sintió una presión desagradable en el pecho.

—No quise traicionarte, ahora me doy cuenta de que tuve que haber hecho las cosas de otro modo.

—No me sirven de nada tus lamentos, Rosehaven.

—Sí, lo sé.

—Vete, quiero estar sola.

—No. Necesito abrazarte, consolarte. Deja que me acerque, Beatrice. No huyas de mi contacto.

Cada vez que él había tratado de abrazarla ella había puesto distancia.

—No. Me seducirás y te será muy fácil hacerlo. Siempre estoy pensando en ti. Siempre quiero que me hagas el amor. Eso no puede ser bueno.

—Lo que dices es el mejor regalo que una esposa puede hacerle a un hombre.

—¿Y qué he recibido a cambio? Un dolor terrible en el corazón.

Edmund se acercó un poco a ella.

—¿Puedo sentarme a tu lado?

—Siempre haces lo que te viene en gana, ¿por qué me pides permiso?

—Porque soy un tonto. Me doy cuenta de lo mal que he actuado. Pude haberte cortejado públicamente, haber tratado de enamorarte y dejar que eligieses por ti misma. Necesito que superemos esto, Beatrice.

Él ya estaba sentado a su lado y ella no había escapado.

—No creo que pueda dejar atrás todo el dolor que siento.

—Tendré que ser mejor para ti. Permíteme que te demuestre que puedo ser el hombre que necesitas.

—Me gustaría matar a tu querida Honoria —dijo en un tono de voz burlón— con mis propias manos.

—Ella me hizo un favor con la nota, solo pretendía ayudar a un caballero desesperado por una mujer terca. El culpable soy solo yo.

—Me molestó la nota, es cierto, pero lo que me disgustó fue ver la familiaridad que teníais. Edmund por aquí, Edmund por allá, querida por aquí, querido por allá…

—Sabía que estabas celosa.

—Quiero estar sola para odiarte en silencio y tranquilamente. Sal y deja la botella donde estaba.

—No puedo hacer eso. Si te dejo, sé que corro el riesgo de perderte. Permite que te muestre lo que no logro que comprendas con palabras, Beatrice. Quisiera abrazarte hasta que dejaras de pensar que soy tu enemigo. Necesito consolarte y demostrarte todo lo que no consigo explicar con palabras.

—No. Eso sería peor. Vete —insistió.

Permanecieron en silencio. Él no obedeció, por descontado.

—Deja que te abrace. No me rechaces, por amor de Dios, sé que sufres por mi culpa.

—Si me tocas, caeré otra vez y te rogaré que me hagas el amor. Estoy tan enamorada de ti… ¿cómo podré desenamorarme? ¿Hay algún tónico para eso?

—Espero que no. No haremos el amor hoy, solo necesito abrazarte, por favor.

Ella se cubrió el rostro con ambas manos.

—Dios santo, soy exactamente como mi madre. Te odio y no puedo dejar de pensar en que necesito que me abraces, que me beses, que me hagas el amor… Me he convertido en todo lo que no deseaba ser.

Edmund sentía una tristeza tan intensa por la desesperación que percibía en ella que no sabía cómo actuar.

—Deja que te consuele, cielo mío.

Le pasó una mano sobre los hombros y ella no retrocedió. Así que la acomodó sobre su pecho y acabaron tumbados en la cama.

—Me duele el corazón y el alma —se lamentó la marquesa al tiempo que bostezaba.

—Lo siento tanto, Beatrice. Estaba tan obcecado con tu terquedad que no me di cuenta de que yo estaba siendo más cabezota que tú.

—Uhm…

—No solo estoy loco por ti. Estoy completamente enamorado de ti. Por eso sé que, si te dejo sola, te volverás a distanciar de mí. No quiero perderte. Si me quedo sin ti, sería como dejar de respirar. ¿Lo entiendes? Eres mi tesoro más valioso.

Él esperó a que ella dijese algo. Como no se movió y no comentó nada sobre su confesión, bajó la mirada y se dio cuenta de que se había quedado dormida.

—Edmund… —murmuró en sueños—, voy a dejar de quererte.

En ese momento él sintió un miedo increíble. La envolvió mejor en sus brazos.

—No te dejaré escapar. Ahora que sé que me amas, haré que tu amor crezca y jamás se extinga. Te prometo que seré el hombre que esperas que sea.

—Mamá, perdóname por cometer tu mismo error —dijo, para luego suspirar con fuerza.

El marqués la abrazó con más devoción. No pensaba abandonar su lucha hasta conseguir lo que quería.

—Duerme, amor mío. Yo te protegeré mientras viva y a partir de este momento lo haré mejor, te lo juro.

No sabía qué ocurriría cuando ella se despertase con dolor de cabeza y la mente clara, pero tenía esperanza.

Su esposa le había hecho un par de confesiones inesperadas.

Sabía que el whisky le había soltado la lengua y que no le había mentido.

Lo amaba y eso tenía que contar para algo.

Lograría llegar a ella y hacerle comprender que tenía que perdonarlo.

Con ese pensamiento comenzó a dormirse. Estaba convencido de que al día siguiente todo mejoraría. Así que cuando se despertó y se dio cuenta de que estaba solo en la cama entró en pánico.

—¿Beatrice? —la llamó.

No obtuvo respuesta. Se levantó de un salto, recorrió la habitación y abrió la puerta que comunicaba con la suya por si se había ido allí.

Vacía.

Edmund salió al corredor.

Un criado que pasaba por allí se detuvo al verlo.

—¿Dónde está lady Rosehaven? —El hombre vaciló. Eso fue suficiente para que el estómago de Edmund se cerrase—. ¿Dónde está mi esposa? —lo presionó.

—La marquesa salió temprano, milord. El sol todavía no había despuntado.

—¿A dónde?

—No me lo dijo, milord.

Rosehaven apretó los puños con fuerza. La felicidad absurda con la que se había dormido desapareció de golpe.

¡Maldición!