Capítulo 12
Una inesperada reacción
Su esposa tendría que conformarse con media hora, pues ese era el tiempo que Edmund logró quedarse en el despacho sin hacer nada.
No podía dejar las cosas así. Rosehaven estaba atravesando la casa para ir en busca de Beatrice.
Le habían dicho que su marquesa estaba en su dormitorio, así que probó primero a abrir la puerta del corredor. Cerrada. Llamó.
—¿Beatrice?
Nada.
Volvió a llamar.
—Abre la puerta.
Más silencio.
Edmund apretó los dientes y fue a su propia habitación. La puerta que comunicaba ambas alcobas estaba cerrada también.
Giró el pomo varias veces y no cedió. Beatrice había echado la llave desde el otro lado.
Rosehaven permaneció inmóvil durante unos segundos, mirando aquella puerta como si acabara de recibir una afrenta personal. Después apoyó ambas manos sobre su cintura y soltó una maldición muy escandalosa.
Su esposa le estaba dejando claro que lo quería fuera de su vida.
Se lamentó porque no tenía que haberle facilitado la retirada.
Si ella volvía a encerrarse en sí misma, tal vez, no podría recuperarla de nuevo.
Dios librase a los hombres estúpidos de las mujeres cabezotas.
¡Un momento! Ella sí era más terca que una mula, pero él no era ningún estúpido.
¡Muy bien! Un poco tonto, solo admitiría eso.
Rosehaven volvió a golpear la madera con fuerza.
—Beatrice, ábreme. Sé que estás ahí. No pararé de aporrear la puerta hasta que me dejes entrar.
—¡No! —La respuesta llegó amortiguada desde el otro lado y consiguió que Edmund apretase los dientes con tanta fuerza que fue un milagro que no se le saltase ninguno.
—Abre. No pienso quedarme aquí toda la noche hablando con una puerta.
—Entonces, vete —le propuso.
—Abre de una maldita vez.
—He dicho que no. Aporrea la puerta todo cuanto quieras.
Rosehaven apoyó una mano sobre la madera e inclinó la cabeza. Intentaba contener la irritación que llevaba media hora creciendo en su interior.
—Beatrice, te advierto que si no abres esa puerta, voy a echarla abajo.
Hubo unos segundos de silencio.
—No tienes tanta fuerza. No eres Hércules, solo un necio insensible —planteó ella al fin.
Edmund soltó una risa sin humor.
—Es evidente que todavía me conoces muy poco. Si te digo que pienso entrar, lo haré como sea.
Retrocedió un paso y se preparó para embestir.
—Si mueres en el intento no pienso llorarte. Ahora mismo te odio con todas mis fuerzas —le aseguró.
—No quiero romperla; tampoco quiero darles a los criados un espectáculo que mañana recorrerá Londres, pero si me obligas, lo haré.
Así que tienes exactamente diez segundos para abrir.
Piensa en lo que se escribirá en los periódicos si se llega a saber que tu esposo ha tenido que derribar una puerta para poder llegar a ti.
No será agradable —trató de persuadirla.
—No vas a hacer nada.
—Diez.
—¡Rosehaven!
—Nueve.
—No pienso abrir.
—Ocho.
—¡Vete al infierno!
—Siete.
—¡Ni se te ocurra!
El marqués retrocedió otro paso y calculó dónde golpear con el hombro. Esperaba que la antigüedad de la puerta jugase a su favor.
—Seis.
Escuchó movimiento al otro lado.
—Cinco.
La llave giró con brusquedad. La puerta se abrió un palmo y divisó el rostro furioso de su esposa.
—¿Contento?
Edmund iba a responder alguna impertinencia, pero se quedó observándola con atención.
Algo no encajaba. Se veía diferente. Beatrice tenía el cabello suelto, las mejillas encendidas y los ojos brillantes por haber llorado, sin embargo, había algo más, algo muy extraño en ella.
Entonces percibió un olor que reconocía.
—¿Has estado bebiendo? —preguntó alarmado.
Beatrice intentó cerrar la puerta, pero Edmund colocó el pie antes de que pudiera hacerlo.
—No.
—No mientas.
—No es que sea asunto tuyo, pero sí, un poco.
Empujó la puerta y entró en la habitación. La botella estaba sobre una mesa cercana. Su mejor whisky . Edmund se volvió hacia ella.
—Dijiste que no bebías.
—También dije que no quería casarme contigo y ya ves lo bien que me ha ido respetando mis propias decisiones.
Es un líquido espantoso, aunque… me siento más ligera.
Te sigo odiando, pero no consigo recordar bien el motivo exacto.
¡Ah, sí! Eres un pomposo arrogante, estúpido, desagradable, sapo verde, pomposo arrogante…
—Has repetido dos veces el mismo insulto.
Ella se encogió de hombros.
—Porque lo eres por partida doble.
Rosehaven miró la botella y suspiró. Había desaparecido una cantidad considerable.
—¿Por qué has bebido?
—Para que desaparezcas de mi cabeza, así que podrías haber tenido el buen juicio de no venir a molestarme. Quiero estar sola.
—Da la casualidad de que no puedo estar lejos de ti y menos sabiendo que estás enfadada.
—¿Enfadada? Eso se queda muy corto para lo que me has hecho sentir. Llegué a casa pensando que me habías visto a mí, a la poco llamativa hija de Loxley, y que te volviste loco por mí…
—Estoy loco por ti.
—… y me entero de que nuestra boda te salvó de un… de un… —siguió ella sin atenderlo—. ¡Deja de moverte, Rosehaven! —Lo veía un poco borroso y debía ser porque él se iba de lado a lado.
—No me estoy moviendo, eres tú la que lo hace. Vas a tener un fuerte dolor de cabeza en cuanto se te pase el efecto.
La culpa lo golpeó de inmediato. Beatrice nunca bebía. Él mismo la había oído rechazar el champán en su almuerzo de bodas con una firmeza que lo sorprendió.
Rosehaven cogió la botella y la dejó fuera de su alcance cuando observó que ella se disponía a volver a cogerla.
—¡Eso es mío! —le gritó.
—Ya has tenido bastante.
—No eres mi padre.
La frase salió tan deprisa que él se quedó inmóvil. Beatrice también se dio cuenta de lo que había dicho. Lo había dicho solo porque el alcohol le había quitado buena parte de una prudencia que normalmente la obligaba a esconder cada emoción.
—No —apostilló Edmund—. No lo soy. Es bueno que al fin te hayas dado cuenta.
—Te odio —repitió la dama.
Aquello dolió más de lo que Edmund esperaba. Beatrice caminó hasta la cama y se sentó en el borde con menos elegancia de la habitual.
—No deberías estar aquí.
—No pienso dejarte sola así.
—Estoy perfectamente bien.
—Estás ebria.
—Estoy un poco borracha. —Ella lo miró a los ojos y trató de enfocar mejor la vista—: ¿Sabes qué es lo peor?
Que quiero creerte. Supe que me traerías problemas en cuanto te vi.
¿Quién podía resistirse a un hombre así?
Eres sencillamente perfecto, tan apuesto, esa sonrisa tan radiante, todos esos músculos…
Y luego está lo que sabes hacer tan bien con la lengua, pero es verdad que eso no lo sabía entonces.
—Beatrice…
Ella suspiró.
—Quería que me besase un hombre como tú antes de elegir a un esposo tranquilo. Ibas a ser mi regalo especial, pero lo estropeaste todo.
La furia había desaparecido de su voz y eso lo inquietaba.
—No creo que mis besos estropearan nada, pienso que te asustaron mucho.
—Es cierto —le concedió ella—. Te lo confesaré, no me gusta Calder, creo que nunca me ha gustado. Además, dudo que él sea de la clase que besaría a una mujer ahí .
Rosehaven le sonrió.
—Estoy de acuerdo contigo, ese hombre no sabría qué hacer con una mujer tan magnífica como tú.
—Y tus otros besos, los normales, digo, son…
oooooh. Caí rendida a tus pies nada más sentir el roce de tus labios sobre los míos.
Fue humillante perderme mientras me besabas en aquel jardín.
Siempre había pensado que mi madre fue una mujer muy poco inteligente.
¿Cómo pudo enamorarse de alguien tan despreciable como Loxley?
Él le rompía el corazón una y mil veces, y ella volvía a caer en sus falsas promesas porque lo amaba.
Lo amó incluso mientras la muerte la acechaba y él estaba divirtiéndose con alguna actriz o una viuda.
Me avisó de lo que no tenía que hacer. Es como si todavía la estuviese viendo delante de mí —cerró los ojos—.
Mi madre estaba recostada en la cama, era tan bonita…
tan buena… Me dijo que no buscase a un hombre que no hiciese volver la cabeza a todas las mujeres cuando entraba en un salón.
«No te dejes conquistar por el caballero que mejor sonría, que baile con mayor elegancia o que sepa decir exactamente lo que deseas escuchar.
Las virtudes que deslumbran a una muchacha también atraen a todas las demás.
No cometas mis errores», me dijo. Y yo he hecho todo lo contrario.
Solo tenía que buscar a un hombre decente, a quien las mujeres no persiguiesen porque así sería más fácil que él me fuese fiel.
¡Noooo! Tuviste que llegar tú y trastocar todos mis planes. No te quería…
Él se enderezó.
—Sé muy bien que no me querías.
—Y luego me enamoré de ti como una estúpida.
—¿Me amas? —preguntó asombrado.
—Pensé que había sido Cecily la que escribió aquella nota en el periódico. Cecily o Aurelia. Más Cecily.
—¿Por qué? —preguntó ceñudo.
—Porque es nuestra columna. Nosotras escribimos la Pluma Indiscreta , pero es un secreto y no se lo puedo decir a nadie.
—Se pasó una mano por la frente—. Me dijeron que ellas no habían sido y no las creí.
Les grité bastante. Lavinia también me aseguró que no había tenido nada que ver y dudé de ella; incluso llegué a pensar que Georgiana había extendido sus tentáculos porque podría haberle llegado algún rumor —le dijo en voz muy baja—.
Acusé a Damian de haberlo publicado él porque ya estaba harto de tenerme en su casa. Fui una amiga horrible por tu culpa.
—Lo siento, no sabía que esa columna era vuestra. La usé porque está de moda y me imaginé que Honoria sabría simular el estilo. —¡Dios! Sus amigas y ella eran las responsables de esa sección del periódico. ¿Cómo iba a saberlo él?
—El esposo de Aurelia no se sorprendió en absoluto cuando se enteró de que la columna es nuestra. Creo que Aurelia ya se lo había insinuado y el duque también lo debe saber. Georgiana no tiene secretos con su marido, estoy segura.
—¿Qué duque?