Capítulo 11 #6
—¡No puedo confiar en ti! Ahora te daré yo mi versión: partida de cartas, luego alejaste a Calder, escribiste una nota para acorralarme, después te enteras de lo de Yorkshire y me lo ocultas. ¿Me he dejado algo?
—Lo hice porque te quería como mi esposa, por ti misma, no por ningún bien que me aportases.
—No es suficiente.
—Pactamos una tregua. Debemos respetarla —le recordó.
Ella soltó una risa muy triste.
—Nuestra tregua empezó después de que ya hubieras cometido todas las traiciones necesarias.
—No las llames así.
—¿Cómo quieres que las llame?
—Errores.
—¿Errores? Un error es olvidar una cita. Tú has ido quitando obstáculos hasta dejarme un solo camino.
—Porque ese camino te llevaba hasta mí y era el correcto.
—¡Sigues sin entenderlo! Crees que actuaste bien y no lo hiciste.
Volvió a llorar y aquello pareció hacerle más daño a Edmund que cualquiera de sus acusaciones. Al marqués le dolía el corazón al verla así.
—No quería perderte, Beatrice.
—Y ahora quizá lo hayas conseguido.
Rosehaven palideció.
—No digas eso.
—No sé qué voy a hacer.
—Eres mi esposa.
—Imposible olvidarlo, te lo aseguro.
—Me perteneces, al igual que yo soy tuyo. ¿Qué mal hay en ello? Estábamos bien, no dejemos que esto nos separe.
—¡Todo! Todo está mal. Me has roto el corazón y no lo entiendes.
—Tú me lo has roto a mí muchas veces. Y no solo antes de casarnos.
La mujer que tengo delante se viste como si cada salón fuese una batalla que tiene que ganar.
Sonríe cuando corresponde, jamás discute conmigo delante de nadie, administra mi casa como si hubiese nacido para hacerlo y se comporta con una corrección que debería hacerme el marido más orgulloso de Londres. Eres la perfección misma y no me gusta.
—¿No te gusta?
—Sí, no me agrada el cambio.
Beatrice lo miró como si estuviese loco.
—He hecho exactamente lo que se espera de mí.
—Yo no esperaba eso de ti. Te quería tal y como eras, sin cambiar absolutamente nada. Cambiaste y no me consultaste lo que yo quería. Todos los hombres de Londres te admiran y eso no me gusta especialmente —le confesó.
La ira de Beatrice aumentó.
—¿Así que también vas a criticar mi aspecto?
—La primera vez que te vi llevabas uno de los vestidos menos favorecedores que he contemplado en mi vida y apenas te habías arreglado el cabello.
Sin joyas. Y aun así no pude dejar de mirarte porque sobresalías.
Echaba de menos a la mujer que me desafiaba.
Eras una mujer segura de sí misma, valiente, interesante, fascinante.
¡Formidable!, aunque tengo que admitir que ahora mismo te veo furiosa, radiante y dispuesta a arrancarme la cabeza y…
me encanta que vuelvas a ser la que eras, pero estoy asustado por si no logro convencerte de que todo lo he hecho por los dos.
—¿Detestas que me preocupe por mi aspecto y que sea dócil? ¿Es eso lo que estás diciendo? —No entendía nada.
—Me molesta que hayas decidido que tienes que convertirte en otra mujer para agradar a toda la maldita sociedad, incluyéndome a mí. Ya eras perfecta para mí antes, me casé contigo porque eras perfecta tal y como eras. Yo no he cambiado y creo que me quieres.
—Y eso me lo dice un hombre que se inventó un rumor, lo publicó y aleja pretendientes con los que teme competir.
—¡Por amor de Dios! —se quejó él.
Beatrice se apartó cuando él trató de abrazarla.
—No puedo seguir escuchándote —le dijo. A continuación, se encaminó hacia la puerta.
Edmund la siguió un par de pasos.
—¿A dónde vas, mujer?
—Necesito pensar.
—No te vayas.
—No quiero estar contigo.
—Bien, no lo estés, pero no salgas de casa.
—¿Es una orden?
—Una petición.
—¿De qué tienes miedo?
—Ya lo sabes.
—Ah, sí… Yorkshire.
—Dime qué tengo que hacer para solucionar esto y lo haré.
—No puedes arreglarlo. Ese es el problema.
—El problema es que no me crees.
—No. No te creo —le confirmó.
Ella se volvió hacia él cuando agarró el pomo de la puerta. Tenía los ojos rojos, el rostro húmedo y una expresión tan herida que Edmund se sentía morir por dentro.
—Por favor, Beatrice…
—No me sigas.
—Necesitas calmarte.
—Y tú, aprender que no puedes conseguir todo lo que deseas simplemente porque has decidido que debe pertenecerte. Yo merecía mucho más de lo que he recibido de ti.
Abrió la puerta.
—Beatrice...
—No.
Salió y cerró tras ella. Rosehaven no se atrevió a seguirla.
Durante varios minutos no se movió. Seguía mirando la puerta por la que su esposa acababa de desaparecer y trataba de convencerse de que lo más inteligente sería concederle espacio.
Tiempo para que analizase la situación y comprendiese que él no había hecho casi nada malo.
Beatrice estaba furiosa y tenía motivos. Bueno, pues él también estaba herido porque ella no había creído su versión.
Unos días de distancia les permitirían a ambos recuperar el juicio. Ella terminaría comprendiendo que había interpretado mal sus motivos; él encontraría una manera de explicarse sin gritar y podrían retomar aquella tregua que tan bien había empezado.
Sí.
Eso haría.
Le daría tiempo… ¿Qué más podía hacer si no?