Capítulo 11 #5
—¿Locura? Sí, eso es exactamente lo que me sucedió.
Me volví loco, Beatrice. —Edmund comenzó a caminar hacia el otro extremo del despacho y regresó hacia ella, estaba demasiado alterado para permanecer quieto.
Luego le dijo—: Desde que te conocí, no podía dormir pensando que podrías acabar casada con él.
Me imaginaba a ese hombre tocándote como yo quería hacerlo, entrando en tu habitación, besándote, teniendo derecho a todo lo que yo deseaba de ti, mientras tú te convencías de que eras feliz porque habías elegido al hombre adecuado para ti.
¡Yo soy el adecuado para ti! —se reafirmó—.
Y ahora que estamos casados, sabes que él no lo habría sido, así que no intentes siquiera negarlo —la avisó con rotundidad.
—Te diré lo mismo que le he dicho a Calder cuando me ha preguntado si había hecho bien en apartarse de mí.
—Maldita sea… ¿Has hablado de nuestro matrimonio con él?
—Ya no sabremos ninguno qué hubiese ocurrido con el pasado si todos hubiésemos actuado de diferente modo —siguió ella sin reparar en lo que él acababa de decir.
—¿Qué te ha propuesto Calder? ¿Te ha invitado a su cama? Oh, sí, podría hacerlo, dará por hecho que te he instruido bien, lo cual es cierto, y tú siempre lo has preferido antes que a mí…
—¿Quieres que te abofetee, Rosehaven? —lo cortó de inmediato.
—¡Sigo estando tremendamente celoso de alguien como Calder! Abofetearme por contarte mis mayores temores no hará que desaparezcan.
La admisión la sorprendió, pero no iba a claudicar. Seguía teniendo muchas dudas sobre él.
—No pienso olvidar nada de lo que ha sucedido, Rosehaven.
—Me arrepiento de haberte hecho daño. No de haber luchado por ti.
Beatrice negó con la cabeza.
—Admite que fue por Yorkshire y veremos cómo podremos seguir adelante —trató de razonar con él.
—¡No! —La voz de Edmund resonó por todo el despacho—.
Yorkshire no tuvo nada que ver contigo. Cuando fui a ver a tu padre y me lo contó, ya había decidido casarme contigo.
Creía que la finca era mía desde hacía un año.
Loxley fue quien me habló del fideicomiso y me acusó exactamente de lo mismo que tú estás haciendo ahora.
¡Tienes que creerme! Te he contado lo de la nota, ¿por qué te mentiría en esto?
—Porque esto, como tú lo llamas, es más humillante que la nota.
—Humillarme fue lo que tú me hiciste a mí, Beatrice. Admite que no me trataste bien ni cuando nos casamos. ¡Me echaste de tu cama!
La marquesa se acercó un paso a él.
—Está bien, hablemos de humillaciones. Centrémonos en la partida de cartas que jugaste con Damian y de la que no me habías contado nada.
¡Ni cuando te he dicho que sabía lo de la finca de Yorkshire has sido capaz de hablar de cómo se la ganaste a mi padre!
Tú estabas allí. Me viste convertida en una apuesta, Damian te dijo que si ganabas tendrías que casarte conmigo y puedo imaginarme lo rápido que te marchaste solo con las ganancias que deseabas conservar.
¿Y pretendes convencerme de que apareces un año después por pura casualidad?
Vamos, Rosehaven, tu defensa no se sostiene.
—Es cierto que no había mencionado lo de aquella infame partida de cartas; lo admito, pero no lo había hecho porque no había necesidad de herirte.
Estaba más que claro, cuando me has lanzado la acusación a la cara, que ya sabías cómo había logrado hacerme con la casa y los terrenos de Yorkshire.
¿Pretendías que te relatase cómo Aldrich y tu padre jugaron con tu reputación como si no valieses más que una yegua de cría?
¿Qué bien te habría hecho eso? Además, Harrowmere dejó bien claro que él no pretendía nada deshonesto contigo, que había hecho todo aquello para salvarte de las garras de ellos.
Y cuando me habló de que si finalmente ganaba tendría que casarme contigo, me terminó de convencer de que él no era como tu padre y Aldrich, y si no hubiese sido así, te aseguro que llevarías más de un año siendo mi esposa, porque gané esa partida del infierno y acepté quedar en tablas porque no podía casarme con una mujer a la que no conocía en esas condiciones, y mi honor me hubiese impulsado a ofrecerte mi mano y presionarte para que aceptases.
Si estás enfadada a pesar de que te estoy contando la verdad sobre Yorkshire y no quieres creerme, ¿qué hubieses pensado de mí cuando me hubiera presentado en tu puerta diciéndote que debido a una apuesta de cartas debías casarte conmigo? —la retó.
—Ooooh, pero tú ya mencionaste algo sobre una partida de cartas y yo lo pasé por alto porque Aurelia me lo contó más tarde. Pensabas que yo sería una presa fácil.
Él se llevó las manos a la cabeza en un gesto de absoluto asombro.
—¿Fácil? ¿Tú, una mujer fácil? Beatrice, he tenido que hacer uso de todo mi ingenio y astucia para tenerte donde te quería.
No he empleado nunca tanto esfuerzo en perseguir a una mujer, y como vuelvas a mencionar que solo lo hice por la condenada finca que administraba tu maldito padre, te juro que te sentaré en mi regazo y te daré un par de azotes —la avisó.
Edmund dio un paso hacia ella, aunque se detuvo cuando Beatrice retrocedió y apretó los labios con fuerza.
Sería tan fácil creerlo…, pensó la marquesa.
—Me has hecho mucho daño y, sinceramente, no te creo. Has decidido por mí todo el tiempo, incluso ahora sigues haciéndolo.
Edmund soltó una maldición.
—¿Qué quieres? ¿Que incendie la estúpida finca por ti?
—Podrías habérmelo contado, porque sospecho que es un secreto que te hubieses llevado a la tumba.
Rosehaven tardó en responder y fue consciente de que se había condenado un poco más.
—Sabía cómo sonaría —reconoció al fin.
—Exactamente como está sonando ahora.
—Te envié la nota aquella mañana, luego hablé con tu padre, me enteré de aquello y cuando regresé a casa tú ya habías aceptado ser mi mujer.
Y Dios sabe lo que me costó hacer todo eso porque estaba mal, incluso eché mano de un truco sucio con la ayuda de Honoria.
Por ti mandé mi honorabilidad al cuerno.
—Dices que lo averiguaste antes de casarnos, te lo guardaste porque decidiste por mí. ¿Y eso debería hacerme feliz?
—No, sé que no. Fui egoísta, lo reconozco. Si te decía que había descubierto que la propiedad dependía de nuestro matrimonio, estaba convencido de que saldrías corriendo.
—Simplemente decidiste ocultarlo —insistió.
—Sí.
Beatrice cerró los ojos.