Capítulo 11 #4
—Oh, sí. Eso me lo dejaste perfectamente claro. Yo te repugné muchísimo nada más verme, pero no lo suficiente para impedir que gimieses mientras te besaba. ¿Crees que Calder hubiese sido tan paciente contigo como yo?
—No, por supuesto que no. Calder desconocía que, si lo hubiese aceptado, te habrías quedado sin la finca y perdido todas las mejoras que allí hiciste. ¿Qué hubiese ocurrido si él lo hubiera sabido? Creo que habría luchado más que tú. Es un premio suculento, ¿no te parece?
—No lo suficiente. Tuve la paciencia de un santo contigo.
Me besabas cuando te apetecía, temblabas entre mis brazos y después actuabas como si yo fuera indigno de casarme contigo.
Era suficientemente bueno para besarte, para excitarte y para permitir que descubrieras hasta dónde podías llegar conmigo, pero no para convertirme en tu esposo. No eres tan inocente como te crees.
—¡Eso es repugnante!
—Bueno, lo es tanto como yo, ¿no crees?
—¡Yo tenía miedo de ti!
—¡Y yo estaba obsesionado con una mujer que parecía decidida a utilizarme para descubrir cuánto placer podía obtener antes de casarse con otro!
Eres igual de repugnante que yo. Una dama preocupada por su reputación no juega así con un hombre —añadió con dureza—.
Mucho menos con uno al que después pretende rechazar como si nada hubiese ocurrido.
Beatrice se quedó sin habla. Edmund también pareció comprender que había ido demasiado lejos, pero estaba muy alterado para retractarse.
—¿Así que ahora soy una mujer sin reputación?
—No he dicho eso.
—Lo has insinuado.
—Porque me estás acusando de haber urdido todo esto por dinero cuando tú tampoco fuiste precisamente inocente.
Beatrice sintió que las lágrimas volvían a acumularse, pero se negó a permitir que la debilitaran.
—Tu propuesta fue una orden.
—¿Qué?
—La carta. Ni siquiera me pediste que me casara contigo. Dijiste que teníamos que hacerlo.
—Porque estaba furioso contigo por negar lo que había entre nosotros.
—Porque necesitabas asegurar Yorkshire.
—¡No sabía nada de Yorkshire cuando decidí que te quería por esposa! ¿Cuántas veces necesitas escucharlo?
—¿Y esperas que te crea? ¿Tú? ¿Persiguiendo durante semanas a una mujer que no hacía ningún esfuerzo por agradarte, que vestía como una institutriz y que te insultó desde la primera conversación?
Edmund suspiró.
—Así que eso es lo que piensas. Que me muevo por puro interés. A tus ojos no soy digno y sospecho que jamás lo seré.
—Es lo que veo.
—Pues has debido de estar ciega desde que nos conocimos, porque no podía apartar los ojos de ti mientras tú estabas concentrada en otro.
Beatrice se rio sin humor.
—Explícamelo entonces. Estoy deseando escuchar cómo el Marqués Radiante, siempre rodeado de mujeres hermosas que prácticamente suspiraban cuando entraba en una habitación, perdió la cabeza por una mujer que no merecía ni un segundo vistazo.
—Porque tú eras diferente.
—Eso no significa nada.
—Para mí lo significó todo.
—No lo suficiente para permitirme elegir.
—¡Porque estabas eligiendo mal! —se quejó él.
—¡Era mi derecho!
—¡Yo no estaba dispuesto a perderte!
Beatrice respiró con dificultad.
—Ahí está. Siempre tú. Lo que tú querías. Lo que tú decidiste. Calder debía desaparecer porque tú así lo querías. Yo debía casarme contigo porque tú lo necesitabas.
Edmund se acercó y la pegó a su cuerpo. Ella no retrocedió. Estaban el uno muy cerca del otro. Ambos sentían la rabia recorrer todo su cuerpo.
—He hecho lo impensable por ti, Beatrice.
No estoy orgulloso de mi proceder. Calder es solo la punta del iceberg.
Me maltratabas sin piedad y yo, como un triste perro, volvía a por más.
Sabía que una mujer que me besaba así no podía ser indiferente.
Luché con todas mis fuerzas. ¿Pretendías que me quedase de brazos cruzados viendo cómo un hombre que no te apreciaría jamás lograba casarse contigo?
¡Nunca! No solo aparté de ti a Calder, soy culpable de un delito mucho mayor.
Y lo peor de todo es que creo que si volviese atrás seguiría mis mismos pasos.
Ahora que veo que lamentas tan profundamente estar casada conmigo, no lo tengo tan claro.
—¿Qué más has hecho, Rosehaven? Si Calder solo era la punta del iceberg, tal y como has dicho, ¿qué más hiciste por Yorkshire? Sé valiente, sé un hombre y confiesa tus pecados. Dime toda la verdad ahora. Es lo menos que me merezco.
—¡Maldita seas, Beatrice! Mis finanzas hubiesen sufrido por la pérdida de la inversión, pero hubiese encontrado la manera de recuperar el dinero en caso de que te hubieses casado con Calder.
¿No sabes que todavía tendría suficientes recursos como para pleitear y demostrar que fui engañado por tu padre?
Habría acabado recuperando cada guinea. Lo que no estaba dispuesto a perder era a ti.
—Di. Qué. Hiciste —lo retó con rabia.
Rosehaven la soltó y apartó la mirada de ella. Beatrice se quedó en su lugar.
—Nada de esto tenía que ver con Yorkshire y tarde o temprano lo averiguarás o te darás cuenta.
—Se pasó una mano por el rostro con auténtica desesperación y luego valoró sus opciones.
Ella tenía razón, debía decirle la verdad.
Arriesgarse y confiar en que ella podría entenderlo, así que tomó una larga bocanada de aire y luego añadió—: Fui el responsable de la nota.
—¿Qué nota?
Él volvió a mirarla.
—La que apareció en el periódico, la que escribe la Pluma Indiscreta .
Beatrice dejó de respirar. ¡Dios santo, lo sabía! Cecily era la única capaz de haberse aliado con Rosehaven bajo la creencia de que obraba por un bien mayor. ¿O habría sido Aurelia? ¿Lavinia? ¿Georgiana desde el campo?
—¿Quién te ayudó? Dime quién fue —lo urgió.
—¿De verdad no te lo imaginas?
—Sí, sí que me lo imagino, quiero escuchártelo decir. —Cecily encabezaba la lista, claramente.
—¿No te basta con saber que yo lo urdí todo?
—Habla de una vez —le ordenó.
Él suspiró, derrotado. Sería mejor ponerlo todo sobre la mesa. Peor no podía irle, ¿cierto?
—Fue… Honoria, fue lady Marston —confesó al fin.
La antigua autora de una de las columnas sociales más conocidas de Londres. Beatrice se sintió completamente estúpida por haber pensado mal de sus amigas. ¡Ellas no la habían traicionado!
—Honoria —repitió, al darse cuenta de las implicaciones que su confesión tenía.
Ella había entrado en el despacho de Damian para repartir su veneno de modo gratuito y ellos eran inocentes—.
Dios mío… —murmuró al comprender la magnitud de su error.
Y a pesar de su dura acusación, sus queridas amigas, esas a las que había evitado desde que se casó, eran inocentes.
El crimen que ella había cometido le dolía más que la traición de su marido.
—Beatrice...
—Es lógico —comenzó a hablar consigo misma—.
Ella tenía los contactos, sabía cómo funcionan los chismes que recibe el periódico y cómo enviarlos, y no le costó nada relatar lo que seguramente acordaste con ella.
—Se dio cuenta de un detalle importante.
Alzó la mirada y lo buscó—: ¿Te reuniste con mi padre?
—Tenía que dejarle un par de cosas claras a Loxley; me reuní con él después de que apareciese la nota. Y fue ahí cuando me enteré de lo referente a Yorkshire. Tu padre me lo contó todo.
—Sigue siendo convincente que el mayor sinvergüenza de Londres tenga que validar tu versión de los hechos. ¿Qué le ofreciste por su silencio?
—No fue por su silencio.
—¿Cuánto?
—Acordé con él una cantidad, no estoy seguro de cuánto fue ahora mismo, pero lo hice para tratar de que se comportase mejor, no para que mantuviese nada escondido.
—Eres el demonio, Rosehaven. He cometido un terrible error y nuestro matrimonio no se puede deshacer. ¿Qué haré ahora?
Edmund perdió finalmente el control.
—Soy culpable de pedirle ayuda a Honoria, de enviar la nota, de inventarme todo aquello para ponerte en un aprieto y que me aceptases.
Sabía que eras muy testaruda y no quería perderte.
No lo hice por la maldita finca. Lo hice porque te vi, te escuché y me dejaste fascinado.
Te quería a cualquier precio. Acúsame de volverme loco porque te quise de inmediato.
No iba perderte. Y durante estas últimas semanas los dos hemos comprobado que nuestro matrimonio es sólido.
Estamos bien juntos, Beatrice, ni tan siquiera tú puedes discutir lo que acabo de afirmar.
—¿Es eso lo que te dices cada noche para tranquilizar tu conciencia?
—¿Qué querías que hiciese? Te perseguía, me dabas esperanzas cuando reaccionabas a mis besos y luego me repudiabas. ¿Pretendías que me quedara sentado esperando mientras tú perseguías a ese pescado frío de Calder? —insistió de nuevo.
—¡Nada! ¡Eso era exactamente lo que debías hacer! O mejor todavía, tuviste que haberme cortejado adecuadamente, debiste haberme preguntado si quería casarme contigo. No forzarme a aceptar tu mano.
—Te habrías negado.
—¡Claro que lo habría hecho! —le dio la razón.
—Y por eso hice lo que consideré que debía hacer.
No iba a perderte entonces y no lo haré ahora.
Así que tendrás que confiar en mi palabra, porque Yorkshire no significó nada para mí, te quería a ti y solo a ti.
Aceptarás lo que digo, olvidarás esta discusión y te alegrarás de que todo haya salido bien.
—¿Te estás escuchando? —Ella no daba crédito.
—No te dejaré marchar. Si estás pensando en irte, no vas a hacerlo.
—Ahora sí que estás hablando como un loco. No eres mi carcelero.