Capítulo 11 #3
Se quedó inmóvil. Se trataba de la finca de la que le habló Aurelia.
Aquella propiedad que su padre había perdido durante la partida de cartas.
Ella no se había olvidado de que tenía esa conversación pendiente con él, pero era demasiado humillante para haberla sacado a colación, más cuando habían establecido una tregua.
Beatrice cogió el documento de inmediato.
Comenzó a leer el texto con curiosidad, pero a medida que avanzaba, el desconcierto se hacía cada vez más patente en su rostro.
Para cuando terminó, la embargaba una sensación tan fría que habría podido helar todo el infierno con el roce de uno solo de sus dedos.
El abogado informaba a Rosehaven de que se había confirmado la existencia del fideicomiso vinculado al acuerdo matrimonial de la difunda lady Loxley.
Explicaba que, efectivamente, la finca nunca había podido ser transmitida de manera plena por lord Loxley, y que tras la muerte de su esposa los derechos habían quedado vinculados a su hija.
El asunto se había solucionado por completo una vez celebrado el matrimonio entre él y ella y que, cualquier dificultad respecto al disfrute y administración de la propiedad quedaba resuelta.
Había un párrafo añadido al final, escrito con una familiaridad que demostraba que el asunto había provocado más de una discusión entre el abogado y su cliente:
Le reitero mis disculpas por no haber detectado antes la cláusula.
Por fortuna, su matrimonio ha eliminado cualquier riesgo sobre las cantidades invertidas.
La finca de la difunta lady Loxley queda ahora vinculada a usted a través de su esposa y, teniendo en cuenta las mejoras realizadas, todo apunta a que la operación acabará proporcionándole ganancias muy considerables y su patrimonio está a salvo.
La mano comenzó a temblarle. Ya podía ver aquella frase decorando su lápida cuando la pena la matase por completo:
Aquí yace lady Rosehaven, cuyo matrimonio eliminó cualquier riesgo sobre las cantidades invertidas.
Cerró los ojos. De repente, todas las piezas sobre el tablero se reordenaron en su cabeza. El canal del que él había hablado cuando lo conoció era para construirse en la finca que, al parecer, fue de su madre.
Un recuerdo lejano acudió entonces a su memoria.
Su madre le había rogado en más de una ocasión a Loxley que les permitiese instalarse en Yorkshire, pero él siempre se había negado y las envió a otra de sus fincas…
¡La misma propiedad campestre que acabó vendiendo años después porque la ruina lo perseguía ya entonces!
Beatrice nunca había entendido el motivo de aquella negativa, y comenzaba a sospechar la verdad.
Su padre no había querido que su esposa descubriese hasta qué punto le pertenecía Yorkshire a ella.
¡Oh, cielos! Rosehaven apareció en la fiesta de Aurelia y dejó muy claro su interés por una chica sin ningún atractivo ni dote solo porque la necesitaba.
¡La finca donde él había invertido mucho dinero era en realidad propiedad de Beatrice!
Los celos hacia Calder, la necesidad de apartarlo de ella…
No fue ninguna locura romántica… ¡Fue porque no podía permitirse perderla!
Y aquella propuesta matrimonial que nunca había sido una verdadera proposición, sino poco menos que una orden escrita después de que la Pluma Indiscreta pusiese su nombre al lado del suyo…
Él le dijo que tenían que casarse. ¡Claro que él tenía necesidad de casarse con ella a la mayor brevedad posible!
Dios santo. ¡La cara que debió poner él cuando se marchó de aquella partida creyendo que se llevaba un botín y luego se enteró de que debió haberla incluido a ella en la negociación!
¡Qué humillación!
Beatrice dejó caer la carta sobre el escritorio.
Después de la fiesta de Aurelia, se había pasado semanas preguntándose por qué un hombre como Edmund Bellgrave, admirado por todas las mujeres, se mostraba tan insistente con una dama que se había esforzado por no llamar la atención y había sido especialmente desagradable con él.
Al fin lo comprendía. ¡Qué necia! Estúpida, más bien.
Una gran tonta de primera. Después de hablar con lord Calder, se había pasado buena parte del viaje sonriendo porque su marido había hecho todo lo posible para conseguirla.
¿Cómo no iba a hacerlo si Yorkshire dependía de que ella lo aceptase como su marido?
Caminó hasta la ventana porque necesitaba aire y permaneció allí mientras las lágrimas empezaban a caer sin que pudiera impedirlo.
Comenzó a sollozar porque él no la había querido jamás.
Solo fue un medio para un fin. La había utilizado.
No la amaba. Entonces soltó un grito mucho mayor porque, hasta ese mismo instante, no se había dado cuenta de que ella ansiaba con toda su alma y corazón que él la amase del mismo modo en el que ella lo hacía.
¡Estaba completamente enamorada de un vil traidor, un villano sin escrúpulos!
Volvió a sollozar sin poder controlar su dolor, así que no escuchó entrar a su marido.
—Beatrice…
Al escuchar su nombre se volvió de inmediato. La humillación le subía por la garganta. Trató de controlar las ganas de devolver el contenido de su estómago.
—Oh, Dios… —murmuró al ver que el demonio mismo la miraba con tanta preocupación. ¡Qué bueno era interpretando su papel!
Rosehaven cerró la puerta y cruzó el despacho hacia ella casi corriendo.
—¿Qué ha ocurrido?
Extendió los brazos para abrazarla. Beatrice retrocedió.
—¡No me toques! —chilló.
Edmund se detuvo de inmediato debido a la vehemencia de su petición.
—¿Qué?
—¡He dicho que no me toques! —volvió a gritarle.
La desesperación que había sentido al verla llorar se transformó rápidamente en desconcierto y en auténtico pavor.
—¿Quién te ha hecho daño? —exigió saber.
Beatrice soltó una risa amarga.
—Oh, Dios. No puedo creer que me embaucases con tanta facilidad. Resultas tan convincente en tu papel como esposo preocupado… Ya puedes dejar de mentirme. No hace falta que sigas fingiendo que te preocupas por mí. —El dolor había sido sustituido por la furia más cruel.
Rosehaven frunció el ceño.
—No sé de qué hablas.
—Yorkshire. —No hizo falta decirle más.
El rostro de Rosehaven cambio. Estaba ceniciento. Y eso fue suficiente para que él entendiese lo que podría estar sucediéndole a su mujer.
—Las cosas no son como…
—Lo sabías —lo cortó.
—Beatrice...
—¡Lo sabías! Sabías que la finca que creías tuya, era en realidad mía.
—Sí, pero...
—¿Desde cuándo lo sabes?
Edmund miró hacia el escritorio y vio los papeles.
—Has leído la carta de Merriweather.
—Contéstame.
—Sé lo que te puede parecer todo esto, pero te equivocas. Decidí casarme contigo y luego supe que la finca había pasado a tus manos tras la muerte de tu madre.
Beatrice se echó a reír entre lágrimas.
—Por supuesto que sí.
—Es la verdad.
—Qué conveniente.
—No sabía nada del fideicomiso cuando empecé a cortejarte.
—¿Cortejarme? ¿Así llamas a aparecer donde yo estaba y apartar a Calder de mi lado?
Edmund endureció el rostro.
—¿Me estás diciendo que preferías ser la esposa de Calder que la mía? —dijo con enfado.
—¿Esa opción estuvo sobre la mesa, Rosehaven? Porque yo creo que no. Tu empeño en que me casase contigo hizo que fueses a hablar con él para dejarle claro que esperabas que se apartase.
—Eso no debería resultar ninguna novedad. Yo mismo te avisé de que no lo quería cerca de ti.
—Dios santo… es cierto. Calder estaba seguro de que tú no te rendirías, pero lo que desconoce es tu verdadera motivación. Tal vez debería avisarlo, porque está muy apenado creyendo que tuvo que haber hecho más para conseguirme. —Se quedó un momento pensativa—. ¿Sabrá él también lo de la finca?
El marqués se cuadró ante ella. Los celos comenzaban a corroerlo por dentro.
—Uhm… Veo que ese tonto ha regresado a la ciudad. Intuyo que has tenido una agradable charla con el hombre por el que suspirabas, el que a la primera ocasión te dejó sola. —Fue inevitable, los celos de imaginársela conversando con el vizconde resultaban incontrolables.
—Me he encontrado con Calder, sí. Ha sido bastante específico al explicarme cómo le dijiste que…
—Y tienes que saber que lo volvería a hacer, Beatrice —la cortó, al suponer lo que ella iba a decirle.
—Eso no ha estado nunca en duda, Rosehaven. Sé que habrías actuado del mismo modo, incluso con mayor insistencia para tenerme.
—Me alegro de que lo comprendas, porque así de…
—¡Oh, deja ya de interpretar el papel de marido amoroso, por amor de Dios! —lo interrumpió—. Resultas ridículo. Admite que todo lo hiciste por la finca.
—No puedo admitirlo porque eso sería mentira. Jamás hubiese permitido que te casases con otro que no fuese yo. Después de estas semanas, pensaba que había quedado claro cuánto te quería.
—Cierto. ¿Cuánto invertiste en Yorkshire antes de saber que no te pertenecía en verdad? Te lo pregunto porque me gustaría saber el valor exacto que tengo, ya sabes, en términos económicos.
Edmund la miró como si acabara de abofetearlo.
—La que está siendo ridícula eres tú.
—¡Yo había elegido a Calder por una buena razón, Rosehaven!
No quería que esto sucediese. Deseaba a un hombre sensato, honorable, que sería un marido ejemplar.
¡No te quería y me casé contigo sabiendo que tenía una soga apretada al cuello que en cualquier momento se tensaría! —le echó toda su furia a la cara.
—Te cuidado con lo que digas, Beatrice, porque no podrás desdecirte después. Y lamento tener que señalar que tú sí que querías a Calder, pero él no estaba lo más interesado en ti.
—¿Y lo habría estado si, como tú, hubiese sabido lo que iba a aportarle al matrimonio? Creo que esa finca es un tesoro.
—Lo es porque yo he invertido mucho dinero allí. Antes de mi intervención no valía nada. Te equivocas si crees que tu adorado Calder hubiese actuado de otro modo.
—Ahí está. No era tan difícil hacer la confesión, ¿verdad, Rosehaven?
—Deja de escupir mi título como si te repugnase.
—No es solo tu título lo que me repugna.