Capítulo 11 #2
—No hice lo que hice solo por el interés que pueda creer que tuve por conocer al hombre con el que su esposo me puso en contacto.
Y no fue tampoco por falta de valor… al menos no del todo, quiero creer.
Y sí, le debo una disculpa porque yo me daba perfecta cuenta de que usted me favorecía; no obstante, no debemos olvidar quién es Rosehaven, cómo es él físicamente, y el poder que tiene con las mujeres.
—El vizconde introdujo una mano enguantada en el bolsillo de su abrigo y volvió a sacarla sin hacer nada con ella—.
Así que, en aquel momento me convencí de que no tenía sentido disputar una batalla que acabaría perdiendo.
Comprendí que él no iba a dar su brazo a torcer, fue por la forma en la que me dijo que debía dejarla en paz, ¿sabe?
Usted parecía interesada en mí, sí, pero Rosehaven…
En fin, era evidente que estaba dispuesto a todo por lograr su cometido y, seamos sinceros, él es bastante apuesto, tiene un rango mayor que el mío y su fortuna no es nada desdeñable.
Nunca me imaginé que pudiese ganar la guerra, así que me retiré, por así decirlo.
Consideré que esa pelea era mejor no disputarla —insistió—.
La pregunta llega tarde, pero necesito saberlo porque no estoy orgulloso de cómo me comporté, pues debí haberle preguntado a usted antes de marcharme…
Bien ahí va mi cuestión: ¿me equivoqué al apartarme de usted, milady ?
Beatrice estaba luchando por mantener todos sus impulsos y gestos bajo control. Quería abofetear a Rosehaven por ser tan… tan… ¡tan algo! Y también a Calder, porque entre los dos habían decidido su futuro sin tener en cuenta su opinión. ¡Hombres!
Carraspeó y compuso su sonrisa más educada.
—Lamento tener que decirle que es algo que ninguno de los dos, tres si incluimos a mi esposo, podremos saber ya.
Lo único cierto es que acepté casarme con Rosehaven y puedo decir que no me arrepiento.
—Además, ella sospechaba que Calder estaba más impresionado con su nuevo aspecto que el que había mostrado antes de casarse.
Así que se había equivocado al suponer que él valía más que el resto de los caballeros.
En esos momentos en los que lo estaba mirando a los ojos, veía cómo el vizconde se arrepentía porque ella ya no era tan poco agradable físicamente como antes.
Beatrice tenía ese presentimiento. Y eso, maldito fuese su marido, era un punto muy valioso para él, porque Edmund luchó por una sencilla mujer sin dote con todas sus fuerzas.
¡Y pensar que ella había favorecido al vizconde por encima de Rosehaven!
Estaba claro cuál de los dos había sido la elección más acertada.
—Sí, usted está casada y no tiene sentido hablar más sobre el asunto.
—Así es, felizmente casada y no veo la necesidad de remover el pasado.
El hombre suspiró.
—De nuevo le debo otra disculpa por haber hablado de un asunto que debería haberse quedado enterrado.
—No se preocupe —le dijo, sin saber qué más podría comentar al respecto.
—Cuando regresé y supe que se había casado con él, pensé que mi decisión había sido acertada. Hoy ya no estoy tan seguro.
Calder la miró con una mezcla de pesar y resignación.
Aunque ella estaba viendo un atisbo de deseo en su mirada.
Lo reconocía porque era lo mismo que veía cuando Rosehaven no podía esconder sus sentimientos cuando ella estaba cerca y él trataba de controlarse.
¡Vaya! Definitivamente, Calder la había descartado solo por no ser tan hermosa como se veía en esos instantes.
Beatrice guardó silencio.
—Debería haber luchado un poco más —admitió él—. Quizá el resultado hubiese sido el mismo, pero al menos no tendría que preguntarme qué habría ocurrido si no me hubiese dejado presionar.
—No se atormente más.
No iba a decirle al vizconde que lo había elegido por encima de todos los caballeros. Aquello pertenecía a una Beatrice anterior y, por encima de cualquier enfado con Rosehaven, no pensaba humillar a su marido diciéndole a otro hombre que había sido su primera opción.
—Muy afortunado, ya lo creo. Rosehaven se ha llevado un verdadero diamante. Sí. Es un tipo con mucha suerte.
Beatrice no supo si quería reírse o enfadarse. Si lord Calder hubiese sabido lo cerca que estuvo de convertirse en su esposo… ¡Mentira! No lo estuvo porque, aunque fue ella quien lo eligió, él la dejó sola cuando saltaron los rumores.
—Mi marido, muy probablemente, diría que la suerte no tuvo nada que ver.
—Sí, estoy convencido de que así sería. Le deseo lo mejor en su nueva vida como lady Rosehaven.
Calder le hizo una reverencia y ambos se despidieron, sabiendo que jamás volverían a mencionar ese asunto.
Beatrice se quedó sonriendo como una tonta. Estaba enfadada con su esposo, sí, aliviada también, porque, al parecer, Rosehaven había sido, sin lugar a duda, su mejor opción. Sin embargo, ella debía llamarlo al orden por la gran libertad que se tomó con lord Calder sin haberla tenido en cuenta.
¡Dios! Había logrado hacer que el Marques Radiante perdiese la cabeza cuando ella era solo una mujer apagada y gris que no había podido llamar poderosamente la atención de Calder.
La marquesa decidió que lo regañaría un poco por lo que había hecho y luego harían el amor apasionadamente para hacer las paces y olvidar el asunto.
Podría pedirle que usase su boca ahí , para que ella valorase la posibilidad de perdonarlo. ¿Quién le habría dicho a Beatrice que estaría en plena calle pensando en la pecaminosa lengua de su esposo dándole placer de ese modo tan indecente?
¡Rosehaven la había corrompido por completo! Ay, pero qué delicioso era dejarse corromper… Notó que se estaba acalorando más de lo recomendable y se obligó a dejar de pensar en el modo tan soberbio en que su esposo le hacía el amor.
Lo que procedía era estar muy enfadada con su marqués, pues su marido la había querido con una seguridad absurda, arrogante y posesiva, hasta el extremo de considerar que ningún otro hombre debía tener oportunidad de arrebatársela.
Oh, Dios santo… ya estaba sonriendo otra vez con ese pensamiento.
¿Cómo lograría amonestar debidamente a su esposo por haber actuado mal si no era capaz de esconder que estaba complacida con él?
Practicaría su expresión más severa durante el viaje de regreso a casa.
Y con ese pensamiento puso rumbo a su dulce hogar.
Lady Rosehaven no había dicho una sola palabra durante el trayecto.
Su doncella, lo bastante inteligente como para comprender cuándo una dama necesitaba silencio, tampoco intentó iniciar ninguna conversación y se limitó a acompañarla hasta el vestíbulo antes de retirarse.
Preguntó por su esposo y le dijeron que Rosehaven no estaba en casa.
El mayordomo le explicó que el marqués había salido por la mañana y que le pidió que le dijesen a ella que llegaría antes del almuerzo.
Necesitaba hablar con él mientras todavía conservase cierta claridad sobre lo que quería decirle, antes de que la furia se mezclase demasiado con aquella otra emoción mucho más difícil de admitir.
Porque estaba enfadada, aunque sonriese. ¡Muchísimo!
Rosehaven había apartado deliberadamente a Calder de su camino y había utilizado una necesidad del vizconde para conseguirlo.
No importaba que Calder hubiese aceptado por voluntad propia ni que Edmund no lo hubiera amenazado…
del todo. Había intervenido en una decisión que le correspondía tomar únicamente a ella.
Rosehaven había hecho justo aquello que Beatrice más temía de cualquier hombre: gobernar su vida.
Y, sin embargo, había algo terriblemente halagador en saber que él había sentido tantos celos.
Su padre jamás habría hecho algo semejante por su madre.
Loxley no habría apartado a un rival porque temiese perderla.
Probablemente habría considerado que la atención de otro hombre era un inconveniente menor mientras su esposa siguiese cumpliendo con sus obligaciones.
Edmund, en cambio, había visto a Calder acercarse y había decidido que no toleraría siquiera la posibilidad de perder a Beatrice.
Era posesivo, arrogante y manipulador.
¡Oh, cielos! Ahí estaba de nuevo sonriendo como una tonta, pero ¿qué podía hacer una mujer a la que jamás le habían dedicado más atención que la que exigía la etiqueta?
No, no podía consentir que eso volviese a suceder.
Él tenía que aprender a consultarle las cosas, a confiar en ella, tal y como Beatrice estaba aprendiendo a confiar en que él le sería fiel.
No podía permitir que su marido descubriera que bastaba con cometer un abuso en nombre de los celos para que ella terminase encontrándolo romántico.
Se dirigió al despacho y decidió esperarlo allí, mientras ensayaba su expresión de enfado.
Su santuario estaba hecho un auténtico desastre.
Había documentos esparcidos sobre el escritorio, dos cartas sin guardar, un libro de cuentas encima de otro y varios papeles que amenazaban con caerse al suelo.
Beatrice hizo una mueca. Desde que se había ocupado con mayor seriedad de la administración de la casa, había descubierto que su esposo podía ser extraordinariamente meticuloso con los grandes asuntos y muy descuidado con cualquier papel que creyera reconocer a simple vista.
Le gustaba tenerlo todo siempre a mano. Era algo desordenado.
Bajó la mirada y vio que había una carta en el suelo. Beatrice se inclinó para recogerla. Era una misiva de un abogado.
No pretendía leerla. Al menos, eso se dijo mientras la colocaba sobre el escritorio. Sin embargo, un par de palabras captaron su atención antes de que pudiera apartar los ojos.
Lady Loxley. Yorkshire.