Capítulo 11
La prueba definitiva
Los días siguientes fueron tan agradables que Beatrice comenzaba a preguntarse si había pasado demasiado tiempo empeñada en encontrar dificultades donde quizá no las hubiese.
Edmund y ella seguían compartiendo la cama cada noche.
Después de que ambos hubiesen hablado con sinceridad, ella no había encontrado motivos para seguir distanciada.
El matrimonio de sus padres fue un desastre, pero también podía inspirarse en la unión de Aurelia y Damian. ¿Por qué no hacer eso último?
Las distancias entre ambos se habían reducido de un modo que incluso los sirvientes advertían.
Desayunaban juntos siempre que podían, Edmund acudía algunas tardes a buscarla a la salita donde ella revisaba asuntos de la casa, y Beatrice había adquirido la costumbre de entrar en su despacho cuando quería preguntarle algo sin enviar primero a un criado.
Habían vuelto a discutir también, aunque las disputas terminaban muchas veces con una sonrisa, una provocación o un beso que ninguno parecía interesado en evitar.
Para cualquiera que los observase desde fuera, los marqueses de Rosehaven parecían una pareja recién casada muy cómplice.
Aquella mañana había salido de compras acompañada por su doncella y un lacayo.
Necesitaba recoger unos guantes encargados días atrás y había decidido aprovechar para visitar dos establecimientos de Bond Street, donde todavía esperaba encontrar algunas telas adecuadas para los nuevos vestidos que estaba encargando.
— Lady Rosehaven, buenos días.
La marquesa acababa de salir de una tienda cuando escuchó que alguien la saludaba, así que se volvió y tardó un breve instante en reconocer al hombre que avanzaba hacia ella.
—Lord Calder, buenos días tenga usted también.
El vizconde le sonrió y realizó una reverencia correcta, aunque al levantar la cabeza volvió a mirarla con un asombro que no consiguió disimular del todo.
—Permítame felicitarla. Me enteré de su reciente enlace al regresar a Londres.
—Gracias.
—Debo confesar que casi no la había reconocido.
Beatrice sonrió con suavidad.
—Espero que eso no sea una crítica.
—En absoluto. El matrimonio parece haberle sentado extraordinariamente bien.
Ella aceptó el cumplido con una inclinación de cabeza.
—Ha sido un período de muchos cambios.
Calder continuó observándola algunos segundos antes de soltar una pequeña risa. La estaba examinando con muchísima atención.
—Ahora entiendo todavía mejor por qué Rosehaven tenía tanta prisa.
Beatrice no supo qué responder a aquello.
—Me alegra volver a verlo en Londres; tengo entendido que ha estado en su finca campestre.
—Se quedó pensando en qué hubiese sucedido si él no se hubiese ido a toda prisa.
¿Hubiera podido ser feliz con el vizconde?
Negó con la cabeza para sacarse ese pensamiento de encima, no tenía sentido preguntarse qué habría podido ocurrir en caso de no haberse casado con Rosehaven.
—Así fue. Tenía varios asuntos pendientes y pensé que alejarme unas semanas sería lo… más sensato. Aunque en estos momentos no sé si tomé… la mejor decisión.
Hubo algo en la manera en que expuso esa reflexión que llamó la atención de la marquesa.
Beatrice tuvo el buen juicio de hacerles un gesto a la doncella y al lacayo para indicarles que no los necesitaría por el momento.
Ambos sirvientes se retiraron para dirigirse al carruaje.
Nadie en la calle les prestaba atención a Beatrice y a Calder.
—¿Lo más sensato? ¿La mejor decisión?
Calder pareció arrepentirse de la elección de palabras.
—No quisiera que interpretase mal lo ocurrido, lady Rosehaven.
—¿De qué estamos hablando? —Ella se había perdido algo.
—Creo que debería pedirle disculpas por mi comportamiento. No actué como debí haberlo hecho. Aquella mención en el periódico… Creo que debí haber aprovechado mejor la situación y haber hablado con usted seriamente. ¿Me comprende? No estoy demasiado orgulloso de mis actos.
Beatrice le sostuvo la mirada sin avergonzarse.
—Le seré franca, milord. No quiero que piense que hizo algo mal en el pasado.
Nunca existió ningún compromiso entre nosotros.
Es cierto que disfruté de su compañía y tuve una opinión muy favorable de usted.
La sigo teniendo. No tiene que justificar ante mí ninguna decisión que tomara entonces.
—La marquesa estaba convencida de que él estaba refiriéndose al asunto de no haber hecho lo supuestamente correcto después de que apareciese la nota en el periódico.
Y en honor a la verdad, ella había utilizado la Pluma Indiscreta para forzar una situación que debería haberse producido de modo más natural.
El vizconde le agradeció aquellas palabras:
—Es más generosa de lo que merezco. Tuve que haber sido más valiente, lo reconozco.
—No veo por qué.
Calder miró por un instante hacia el lugar por el que transitaban los carruajes de la calle antes de volver a observarla con atención y luego suspiró.
—Porque debí ser totalmente honesto con usted antes de marcharme y eso requería un valor que me faltó.
Beatrice sintió una ligera inquietud.
—¿Honestidad sobre qué?
—Sobre Rosehaven.
Aquello bastó para que toda su atención se concentrara en él.
—Dígame a qué se refiere, se lo ruego.
Calder exhaló despacio.
—No me comporté bien con usted y creo que merece saber la verdad.
Soy muy consciente de que cuando la reputación de un hombre y una mujer se ligan creando expectativas de un modo tan público como logró hacer aquella columna, un verdadero caballero debe actuar como corresponde a su condición. No obstante, él fue más que evidente.
Ella supo de inmediato que ese «él» no tenía otro significado más que el de referirse a Rosehaven. Estaba bastante tensa, y muy interesada en la historia también.
—Hable sin rodeos, milord. Necesito escuchar lo que creo que tanto le perturba.
—No sé si será buena idea que le explique…
—Con el debido respeto, lord Calder —lo interrumpió—, si lo que va a contarme me concierne, deberé ser yo quien juzgue la pertinencia del relato. Así que lo animo a continuar, por favor.
El vizconde asintió.
—Cuando Rosehaven vino a verme por el asunto del canal comprendí que usted le interesaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir. En realidad, ya lo intuí nada más ver su interacción con usted durante el baile. Fue bastante evidente, ¿sabe?
Beatrice mantuvo la expresión tranquila.
—Dudo mucho de que Rosehaven se permita ocultar lo que le interesa. Yo misma fui testigo del modo tan directo con el que lo abordó a usted para hablar sobre ese asunto que acaba de mencionar del canal.
—Sí, eso mismo considero yo también. —Calder sonrió, pero la sonrisa desapareció pronto y siguió hablando—: Durante nuestra reunión, hablamos de las tierras, del proyecto y de la necesidad de contar con mi apoyo. Y en algún momento la conversación terminó desviándose hacia usted.
El pulso de Beatrice se aceleró.
—¿Por qué?
—Porque Rosehaven quería dejarme algo claro.
—¿El qué?
Calder tardó demasiado en responder. Ella sabía que estaba eligiendo sus palabras y no lo presionó.
—Se dice de él que es muy honorable, pero le aseguro que eso no excluye que pueda ser bastante intimidante.
—¿Qué le dijo mi esposo, milord? —lo presionó entonces.
—Que no me acercase a usted —le confesó.
Beatrice sintió que algo se agitaba en su interior, sin embargo, no permitió que se reflejara en su rostro.
—Comprendo.
—No, me temo que todavía no. —El vizconde se veía cada vez más incómodo—.
Ya que he comenzado a narrar el asunto, no creo conveniente detenerme.
Y no lo haré. Rosehaven sabía que yo llevaba tiempo intentando conseguir la colaboración de un ingeniero especializado en mejoras fluviales para otro proyecto.
Es uno de los mejores en su campo. El hombre era difícil de localizar y todavía más complicado de convencer para que aceptase nuevos encargos.
Su esposo había conseguido interesarlo en el canal y se ofreció a facilitarme también una reunión privada con él.
Beatrice permaneció impasible mientras un sinfín de reacciones contradictorias se agolpaban en su interior.
—Y supongo que lo hizo a cambio de que usted se apartase de mí. —No fue una pregunta.
Calder no intentó negarlo:
—Sí —le confirmó.
La respuesta era inequívoca. Beatrice sintió primero ira y después incredulidad.
Y, escondido debajo de ambas, algo mucho más vergonzoso.
Eso era una absurda satisfacción al imaginar a su marido tan celoso como para ser capaz de negociar con otro hombre para apartarlo de su camino.
¡No! Eso último estaba mal. No podía sentirse orgullosa, porque…
porque… ¡porque no podía! Nada tenía que ver el hecho de que ella hubiese sido capaz de alterar tanto a un hombre como Rosehaven para llevar a cabo tal locura.
Oh, Dios santo… Ya lo recordaba. Fue durante aquel baile en el que Rosehaven le aseguró que Calder no iba a asistir, y lo que comenzó con una broma donde ella lo acusó de estar celoso…
¡Era verdad! Su marido se encargó de apartarlo de su camino, ¡si se le dijo él mismo!
Le aseguró de modo claro que no quería a Calder cerca de ella. ¡No fue ninguna mentira!
—Y usted aceptó porque su proyecto era más interesante que una mujer que, por aquel entonces, ya había dejado claro que favorecía su compañía frente a la de los demás caballeros —le explicó con cierta suavidad.
—Eso no es así.
—¿No? —le preguntó con una sonrisa triste. Un hombre que de verdad la hubiese querido habría hecho lo mismo que Rosehaven: luchar por ella. No estaba contenta por el proceder de su esposo, pero Calder había obrado de un modo todavía peor, porque había dejado claras sus prioridades.
El vizconde negó con la cabeza.
—No estoy orgulloso de lo que hice —reiteró—. Lo lamento.
—No necesito que se disculpe conmigo.