Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 10 #6
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Capítulo 10 #6

—Entonces tendrás que esperar y confirmar que mis palabras no son mentiras como las de Loxley, pero te agradecería que, mientras no cometa ningún error a tus ojos, no me vuelvas a comparar con él.

Ella suspiró. Él se había tensado y con bastante razón.

—Lo haré —le dijo—. Hay algo que debes saber de mí. Mi madre, antes de partir de este mundo, me dijo que debía buscar un hombre adecuado y que yo no debería darle nunca motivos para serme infiel o para quejarse de mí.

—¿Es por ello por lo que te has convertido en una marquesa impecable? ¿Quieres mantener mi interés y que esté orgulloso de ti?

—Sí —le aseguró.

—Oh, Beatrice, me fascinaste cuando no me concediste ni un poco de tu interés y me demostraste que eres una persona sin frivolidad que se preocupaba por los demás. Eres inteligente. Además, viste al hombre que hay tras el título y la fortuna y no me tuviste miedo. Me gusta esa mujer.

—Pero he observado cómo me miras desde que me visto más… menos…

—Sí. No puedo negarlo. Tu sencillez me cautivó y el modo en el que te ves ahora…

No puedo quejarme de nada. Confieso que he echado de menos estas semanas a la arpía que no necesitaba adornos para destacar sobre las demás, y que me gusta verte tan…

espectacular. El vestido de anoche era… Tuve que contenerme para no romperle los huesos a más de uno.

—¡Rosehaven!

—Lo que trato de decirte es que me gustaría que tomes las decisiones que te hagan feliz. Llamativa o discreta, creo que me pondré a tus pies de igual modo.

—Mentiroso… —Ella no se creía nada.

—Supongo que es otro asunto que voy a tener que demostrarte. Me gustan muchísimo los retos y debo advertirte que no siempre juego limpio cuando algo importante es la recompensa por mi tenacidad.

—¿Qué esperas de mí como tu esposa?

—Nada. Lo estás haciendo muy bien por tu cuenta.

—¿Y qué hay de… de… de…?

—¿De la intimidad?

—Sí. ¿Cuántas veces piensas visitar mi habitación?

—Quiero que vuelva a ocurrir lo de anoche, Beatrice. Preferiblemente muchas veces. Así que podríamos hacer esto… ¿cuando nos apetezca?

—Supongo que es razonable.

—¿Consideras que lo hice tan bien anoche como para que te vuelva a apetecer pronto?

—Tal vez.

Ella soltó una risa involuntaria. Edmund se quedó mirándola.

—Eso.

—¿Qué?

—Eso es lo que llevo semanas buscando. Me gusta escucharte reír con franqueza.

Beatrice perdió la sonrisa.

—No quiero prometerte cosas que quizá no pueda darte.

—No te he pedido ninguna promesa.

—Entonces, ¿qué quieres?

Rosehaven tardó un momento en responder.

—Que dejemos de tratarnos como enemigos. Una tregua, ya te lo he dicho.

Ella contempló su rostro. Parecía una petición muy pequeña para todo lo que existía entre ambos.

—No sé si puedo confiar en ti todavía tal y como sospecho que deseas. Loxley hizo un trabajo encomiable en ese aspecto.

—Lo sé.

—Pero quizá he sido injusta contigo en algunas cosas.

Rosehaven alzó ligeramente las cejas.

—¿ Lady Rosehaven acaba de admitir que podría haberse equivocado?

—No arruines el momento con tu arrogancia, te lo ruego.

—Perdóname. Continúa.

Beatrice respiró hondo.

—Podríamos intentarlo.

Edmund dejó de bromear.

—¿Intentar qué?

—Más allá de una tregua. Ser marido y mujer de verdad. Sin que tú me persigas constantemente y sin que yo salga corriendo cada vez que te acercas.

—Me gustaría mucho, Beatrice. Tengo la sensación de que voy a disfrutar mucho de nuestro armisticio. No obstante, los acuerdos importantes merecen formalizarse.

—Damian cierra los acuerdos con un apretón de manos —dijo, sin darse cuenta de lo que en verdad estaba planteándole.

—Detesto que lo llames por su nombre.

—¿Celoso? —bromeó, a pesar de que sabía que eso era completamente imposible.

—Tremendamente —reconoció mortificado.

—¿Tú tienes celos de Damian? —preguntó, sin dar crédito.

—No solo de Harrowmere. De todos los que te miran pensando en que podrían poseerte. No lo dije por decir, Beatrice. He tenido muchísimas ganas de romperle el cuello a más de uno.

—Por amor de Dios… —masculló ella.

—No hablemos más de eso. ¿Sellamos nuestro trato?

—Sí, es cierto.

Beatrice comenzó a mover la mano para alzarla.

—Un apretón de manos me parece poca cosa para el gran paso que vamos a dar.

Ahí ella se quedó con la boca abierta. La expresión de su esposo ya le estaba diciendo lo que él pretendía.

—El sol ha salido.

—Lo sé —apuntó él sin perder la sonrisa ni ocultar la lujuria que destilaba su mirada.

—Pero… —comenzó ella a objetar.

—Me gustaría mucho hacerle el amor a mi esposa. ¿Tienes algún inconveniente en que volvamos a darnos placer ahora mismo, cielo mío?

Ella suspiró de modo teatral. Muy resignada.

—Si es tan importante para ti…

—De vida o muerte —le aseguró, mientras se colocaba encima de ella para comenzar a besarla.

Edmund tenía un par de ideas para que ella comenzase a familiarizarse con él. No usaría su delicada boca, de momento, para que le diese placer, pero sí que preveía colocarle una mano sobre su virilidad para que lo llevase al cielo.

Había tanto que ambos tenían que explorar que la expectación ya lo tenía más que listo para conquistar su feminidad.

¡Qué divertido y prometedor se le antojaba el matrimonio en esos momentos!