Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 10 #5
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Capítulo 10 #5

Entonces ella comprobó exactamente a qué se refería su marido.

No le daba tregua. Esa lengua infame la estaba matando de placer.

Ella solo podía concentrarse en la necesidad que le causaba.

Era como si ansiase llegar a un lugar, como si su cuerpo le rogase algún tipo de tregua.

Y entonces sintió que un dedo se alojaba en su canal y casi perdió la cordura.

—¡Edmund!

—Siénteme, disfrútame, Beatrice. Busca la liberación, no la fuerces, solo déjate llevar por mis caricias —le dijo, para luego volver a darle placer con la boca.

Un segundo dedo se unió al primero y la presión de la lengua masculina sobre su nudo de nervios hizo que ella sintiese que iba a morir.

—¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios mío! No puedo… ¡Ooooooh! —terminó de gritar su liberación.

Y Edmund, tan inteligente como era y sabiendo que estaba a punto de dejarse de nuevo en evidencia debido a la gran lujuria que lo invadía, se colocó de inmediato sobre su esposa —quien lo recibió con las piernas bien abiertas— y con una facilidad que le hinchó el pecho de orgullo, comenzó con la conquista.

Beatrice estaba relajada, sonriendo satisfecha, por lo que su cuerpo, nada más sintió que volvía a ser reclamado, hizo que necesitase sentirse llena de él.

En cuanto se dio cuenta de que en verdad no sentía molestia alguna, comenzó a moverse al compás que le marcaba su marido.

No había ni rastro de pudor o vergüenza.

Tanto era así que ella había abierto los ojos y tenía la mirada directamente sobre los ojos de Edmund.

Se ocupaba de ella con una paciencia exquisita, aprendiendo cada reacción, deteniéndose cuando percibía incertidumbre y regresando a los besos cuando la tensión amenazaba con devolverla a sus pensamientos.

Hasta que Beatrice dejó de pensar por completo y comenzó a moverse de un modo tan poco civilizado que hizo que él apretase los dientes.

—Si sigues así, esto terminará muy pronto. Te deseo demasiado y no podré mantener el ritmo que me demandas.

—No pares…

—¡Dioooos! —murmuró.

—Más, más… —le demandaba ella.

—Ven conmigo, Beatrice. Hazlo ahora… —le ordenó, al tiempo que se acomodaba mejor sobre el lecho para poder desplazar una mano y acariciar el punto de placer que lograría que ella volviese a volar.

—¡Edmund! —chilló llena de dicha cuando su dedo comenzó a friccionar de nuevo esa perla.

—Eso es, cielo. Así… Ven, ven conmigo, volemos juntoooooos… —Y no pudo reprimirse más. Sintió que su semilla caliente y densa se derramaba en el interior de su esposa.

—¡Edmuuuuund! —gritó su nombre cuando el estallido de lujuria se produjo.

Y así, poco a poco recuperaron el aliento, entre susurros, manos entrelazadas y una intimidad que ninguno de los dos había conocido durante aquella primera noche desastrosa.

Cuando todo terminó, el marido se tendió junto a su mujer, y ella permaneció acurrucada contra él con la respiración todavía un poco irregular.

Edmund apenas se atrevía a moverse, no quería romper la gloria del momento.

Había imaginado que se sentiría satisfecho, quizá incluso triunfante después de semanas de rechazo, lo que no había previsto era que acabaría experimentando una felicidad tan plena que no se parecía a nada que hubiese conocido antes.

Beatrice confiaba en él, se había rendido a sus caricias y no porque fuera su esposa.

Ella había decidido darle una oportunidad y los dos lo sabían.

¿Por qué tendría ella tanto miedo de que ambos pudiesen ser un matrimonio hecho por amor?

¿Amor? ¿La amaba? Sabía que se había encaprichado de ella en cuanto casi lo mandó al infierno nada más verlo, incluso Loxley se había mofado de él cuando le insinuó que amaba a su hija, pero hasta ese momento no se habría atrevido a examinar detenidamente lo que en realidad sentía por ella.

Tan ocupado había estado persiguiéndola y haciendo que entrase en razón, que no se había dado cuenta de que estaba completamente enamorado de su mujer.

Edmund le besó el pelo y le pasó una mano sobre la cadera para encerrarla en un abrazo lateral. Ella buscó el contacto contra su pecho y al poco tiempo percibió cómo la respiración de Beatrice se volvía profunda y regular.

Se había dormido entre sus brazos. Rosehaven sonrió en la oscuridad, dado que solo quedaban las brasas de la chimenea. Unos pocos minutos después, el marqués terminó también en los brazos de Morfeo.

***

A la mañana siguiente, Beatrice se despertó con una sensación extraña. Tenía calor. Después percibió el peso de un brazo que le rodeaba la cintura y fue ahí cuando el recuerdo completo de la noche la atravesó.

Cerró los ojos y no pudo evitar la sonrisa que apareció en su rostro. Había cometido un error. Una temeridad monumental, deliciosa y absolutamente irreparable.

Rosehaven dormía detrás de ella y su respiración le rozaba con suavidad la nuca. Beatrice permaneció inmóvil mientras trataba de reconstruir cada una de las decisiones equivocadas que la habían llevado hasta allí.

Había bajado la guardia. Peor todavía: había disfrutado muchísimo haciéndolo.

Así que no había ninguna posibilidad de continuar convenciéndose de que podía vivir junto a Edmund manteniendo la distancia.

Aurelia se lo había dicho. Su amiga le explicó que en cuanto un hombre y una mujer hacían el amor, el resto no importaba demasiado, y que, si él era el hombre adecuado, entre ambos se formaría un vínculo invisible y que, si lo protegían de todo mal, sería irrompible. Beatrice se había negado a creerlo.

¡Estaba perdida! Su marido había logrado derribar no una defensa, sino el muro completo que ella había construido a su alrededor.

—Percibo tu rigidez. ¿Vas a decirme que anoche cometimos un error? —La voz adormilada de Edmund le llegó junto al oído. Él se estaba preparando para lo peor.

—¿Crees que lo que ocurrió fue un error?

—Yo no he dicho eso. Y si me preguntas qué creo que fue lo que sucedió, te diré que fue un desenlace lógico para nuestra situación. Somos un par de recién casados que debería hacer precisamente lo que hicimos. De lo que me arrepiento es de no haberlo hecho mucho antes.

—Uhm… —murmuró, sin saber qué más debería decir.

—Necesito un poco de orientación, no un sonido incomprensible.

—¿A qué te refieres?

—Si vas a actuar como si no hubiese sucedido nada trascendental entre nosotros…

—Sé que todo entre nosotros después de anoche ha cambiado, Rosehaven —se apresuró a decirle. Cabría señalar que ella estaba mirando al frente mientras él seguía abrazándola desde atrás.

—Usas mi título, eso parece que no ha cambiado.

—¿Acaso no eres el marqués de Rosehaven? —Necesitaba mantener esa pequeña distancia, aunque no entendía el motivo.

—No discutiré sobre eso. Ahora dime si estás cómoda con lo que sucedió anoche o lo consideras un error.

—No, no me siento culpable, si es eso lo que me estás preguntando, aunque no sé si estoy cómoda con todo lo que hicimos.

—¿Hicimos? No, cielo, tú hiciste solo lo que te pedí, y lo hiciste muy bien, pero la próxima vez que me dejes hacerte el amor, me gustaría que cooperases más.

—¿Ya estás enumerando tus exigencias?

—Es bueno que no hayas mencionado que no habrá una próxima vez. No me quejaré porque me regañes debido a mis exigencias. ¿Te gustó lo que sentiste, Beatrice?

—Sí —dijo con la boca pequeña.

—Bien. Démonos entonces un poco de tiempo. Podría decirse que hemos alcanzado una pequeña tregua. ¿Estás de acuerdo?

—Sí.

—¿Crees que podrás mirarme a los ojos sin ruborizarte cuando te atrevas e enfrentar mi mirada?

—No, no creo que pueda.

El marqués dejó escapar una sonora carcajada. Y la marquesa decidió darse la vuelta para quedarse frente a él. ¡Maldito fuese! Seguro que ella estaba hecha un desastre y él se veía como si fuese Adonis mismo.

—No me gusta que se rían de mí.

Edmund le acarició la mejilla.

—Jamás me atrevería a burlarme de una mujer que me hizo rogarle que me permitiese meterme en su cama, Beatrice.

—Anoche fue muy diferente a lo ocurrido la primera vez —dijo ella.

Él sonrió ligeramente.

—Espero que eso sea un elogio.

—No te acostumbres demasiado. Te he concedido una tregua, pero no sé cuánto tardarás en terminar con ella.

—¿Yo? ¿Crees que seré yo quien lo estropee?

—Aurelia me dijo que Damian siempre tiene la culpa de todo lo que va mal entre ellos.

—Ya me había dado cuenta de que llamas por su nombre de pila a Harrowmere. ¿Por qué a mí no?

—Es porque Cecily siempre se sale con la suya. Insistió en que él debía ser solo Damian para las dos y así se quedó.

—¿Debo convencer a tu amiga para que me llame Edmund para que tú lo hagas?

—Poco a poco, Rosehaven. Te he concedido lo que dijiste que tanto deseabas, creo que puedes estar satisfecho. Te aseguro que no ha sido nada fácil para mí.

—¿Por qué tienes tanto miedo de que podamos ser cercanos, cielo?

Ella suspiró.

—Aprendí mucho observando el matrimonio de mis padres.

—¿Tan infelices fueron?

—Sí. Mi madre cometió el error de enamorarse por completo de un hombre que no la merecía. Loxley es… Tiene tantos vicios… Lo desprecio. Mi madre agonizaba en la cama y él se marchó para beber, jugar y seguramente buscar placer.

—No soy como él, Beatrice —le dijo con seguridad.

—¿Acaso no apuestas?

—No. Lo dejé el año pasado.

—¿Bebes?

—No cuando no procede.

—¿Y qué hay de las mujeres?

—Te lo dije. No comparto lo que es mío y, por lo tanto, tampoco me dejaré compartir. Estoy casado contigo y tengo la intención de honrar mis votos.

—¿Sabes cuántas veces le dijo algo parecido mi padre a mi madre?