Capítulo 10 #4
La marquesa suspiró. Había sido el primer hombre que le descubrió el poder de un beso y estaba cansada de conformarse con el recuerdo.
Beatrice había reconstruido en su cabeza cada uno de los besos que habían compartido, la forma en que Rosehaven conseguía hacer que olvidase cualquier propósito cuando la estrechaba entre sus brazos, el calor de su cuerpo pegado al suyo y aquellas manos que parecían conocer siempre el modo exacto de tentarla.
Deseaba volver a sentir todo aquello. Necesitaba hacerlo.
Quería comprobar si el deseo que la perseguía cuando estaba sola, especialmente por la noche, era tan intenso como recordaba, si sus besos podían volver a hacerla temblar, si conseguiría abandonarse durante unos minutos sin que el miedo apareciese para recordarle todas las razones por las que debía mantenerse alerta.
Sus anhelos eran peligrosos, pues no quería perderse en él, ni permitir que el placer borrase por completo a la mujer que había sido antes de convertirse en su esposa.
Entonces recordó a su madre. Lady Loxley le había hablado de lo que significaba ser una buena esposa, y si había decidido cumplir con su papel de marquesa, no podía fingir que la intimidad se quedaba fuera de esas obligaciones.
Tal vez entregarse a su esposo no significase necesariamente desaparecer dentro de él.
Podía concederle aquella parte de sí misma, aprender a complacerlo y aceptar lo que él pudiera hacerle sentir sin renunciar por ello a su voluntad.
Al menos, eso era de lo que estaba tratando de convencerse mientras permanecía frente a Rosehaven, sabiendo que estaba mucho más cerca de decirle que sí de lo que quería reconocer.
Además, si él hubiese utilizado su autoridad como marido o su habitual arrogancia, ella habría encontrado una razón para enfadarse. En cambio, Rosehaven permanecía, pacientemente, esperando una decisión que había dejado por completo en sus manos.
¡Estaba hecha un lío!
—No sé qué quieres que diga.
—La verdad sería un buen comienzo.
—Ser honestos no nos ha servido demasiado.
—Porque has tratado de negar la verdad desde nuestro comienzo —apuntó con suavidad—.
Creo que, si quisieras que te dejase en paz ahora mismo, ya me lo habrías dicho.
—La dama quiso protestar, pero Edmund volvió a levantar una mano y le acarició la mejilla—.
Si esta noche me dejas entrar, será porque tú lo has decidido, y te prometo que, si me lo consientes, no te arrepentirás de tu decisión.
No será como la noche de bodas. No te pediré más que confíes un poco en mí, te tumbes y cierres los ojos.
Dame una oportunidad, Beatrice. —Y la última parte le salió como una súplica.
—Yo…
—Por favor —rogó de nuevo, pensando que ella iba a negarse—.
Llevo semanas intentando descubrir qué debo hacer para que mi esposa deje de mirarme como si fuese un auténtico villano.
Los dos necesitamos ceder un poco para que nuestro matrimonio no se convierta en una pesadilla.
Creo que nos haría bien hacer el amor de verdad , no solo consumar nuestra unión.
Será un punto de partida. Una oportunidad y algo de confianza es lo único que te pido.
La sinceridad de aquella reflexión consiguió atravesarla. Miró al suelo. Estaba cohibida.
—¿Tumbarme y cerrar los ojos? —Sonaba fácil.
—Sí, eso y un poco de confianza en mí —reiteró—. No hace falta que hagas nada más.
Ella levantó nuevamente la mirada.
—Está bien —murmuró en un tono casi inaudible.
—Gracias a Dios —musitó él.
Beatrice no sabía quién cerró primero la distancia que los separaba, solo era consciente de que un instante después estaban besándose.
El beso se inició sin prisa, pero tanto se deseaban que el sosiego duró poco. Ella se había olvidado de cuánto podía aturdirla aquel hombre con un simple beso si decidía bajar la guardia.
Edmund la condujo lentamente hacia el interior del dormitorio sin dejar de besarla.
Cuando ella vaciló, él se detuvo y esperó hasta que Beatrice volvió a buscarlo para continuar el interludio amoroso.
Necesitaba que confiase en él y al sentirla abalanzarse sobre su cuerpo mientras gemía, supo que había derribado parte de sus defensas.
Edmund murmuró su nombre contra su piel, como si hubiese emitido una plegaria, sin arrogancia ni mostrándose triunfal. Había deseo, sí, pero también una ternura sincera que le confirmó a la marquesa que estaba actuando como debía.
—No tienes que demostrarme nada esta noche, cielo mío —le dijo.
—Tú tampoco.
—Entonces estamos de acuerdo en algo.
Beatrice sonrió. Fue una sonrisa pequeña, casi involuntaria, pero Edmund sintió como si acabara de recibir el regalo más extraordinario de su vida.
La besó de nuevo. Esa vez, Beatrice no se resistió en absoluto.
Dejó que las caricias despertaran lentamente aquello que había reprimido durante semanas, permitió que Edmund la guiase sin apresurarla y descubrió con una mezcla de sorpresa y vergüenza que el placer podía ser muy diferente cuando no estaba empeñada en combatir cada sensación.
Rosehaven tampoco tenía prisa. Había imaginado demasiadas veces aquel instante ardoroso y no estaba dispuesto a estropearlo tratando de vencer una batalla que Beatrice ya no estaba librando. Agradeció que hubiese la luz suficiente de las llamas de la chimenea para poder verla.
La ayudó a desvestirse y tan vergonzosa se sentía ella que estuvo todo el tiempo con los ojos cerrados.
Edmund no paraba de sonreír. Su mujer estaba muy azorada, pero ponía muchísimo de su parte.
Había hecho bien en desnudar sus sentimientos para que ella les permitiese a ambos poder gozar haciendo el amor.
Sin que Beatrice abriese los ojos, el marqués la ayudó a acomodarse sobre la cama.
Se quedó quieta mientras escuchaba cómo él se ocupaba de desvestirse.
Beatrice no quería pararse a pensar que estaba desnuda frente a su esposo.
¡Él la había visto sin una puntada de ropa!
¿Qué pasaría si abriese un ojo y le echase una miradita a Edmund?
Ladeó la cabeza y despegó un párpado. ¡Dios! Era un ejemplar magnífico. Acero puro, una espalda ancha y fuerte, y una cintura estrecha y… velludo. Tenía bastante pelo. Decidió que eso no le disgustaba. Siguió mirando hacia abajo y…
—¡Oh, cielos! —musitó cuando vio su artilugio masculino o como se llamase eso . ¿Hombría, lo llamó él? ¿Mástil, comentó Aurelia? Lo que fuese. Eso era bastante grande y… ¿había estado en su interior la otra vez? ¡Imposible!
—No te asustes —le dijo de inmediato, al tiempo que corría hacia ella.
Su mujer ya se había incorporado y tenía los ojos muy abiertos.
El marqués sabía exactamente lo que ella debía estar pensando—.
Ya he estado dentro de ti y te prometo que no va a ser como la primera vez.
Te juro por mi vida, mi título y mi fortuna que hoy solo habrá placer, Beatrice.
Ella no se atrevió a hablar, así que asintió, se recostó y volvió a cerrar los ojos.
Seguiría al pie de la letra lo que él le había indicado porque de otro modo saldría corriendo debido a lo asustada que estaba.
Se concentró en los besos que él le estaba dejando por el cuello.
A continuación, le lamió el lóbulo de la oreja y le dio un pequeño mordisco. Ella ya volvía a suspirar. Por él.
—Eres tan preciosa, cielo mío… Siempre me he preguntado cómo serían estos dos.
—Dejó caer la palma de la mano contra el primer seno.
Él estaba situado de lado, sin que su cuerpo presionase el femenino.
Lo amasó y ella se estremeció, por lo que arqueó la espalda y él aprovechó para pegar la boca al pecho que tenía más cerca mientras su mano le acariciaba el otro.
En cuanto se engulló el pezón, Beatrice gritó.
—¡Ay!
El marqués se detuvo de inmediato y la observó. Su esposa tenía los ojos bien apretados.
—¿Te he hecho daño?
—No. Lo que ocurre es que no pensé que fueses a… a… —tragó saliva—. A hacer lo que has hecho.
—Quiero lamerte entera, cielo mío.
—¿Qué?
—Mi lengua está ansiosa por saborear cada centímetro de tu piel. Desde que te di el primer beso no he dejado de pensar cómo sabrías en… en otro lugar.
Ella frunció el ceño. No pensaba abrir los ojos.
—¿Dónde?
—Será mejor que te lo muestre. Recuerda que todo lo que voy a hacerte es sólo para ti. Quiero que disfrutes, te prometo que no te haré daño ni te ocurrirá nada malo.
Ella afirmó con la cabeza. El pudor se había anulado en cuanto su marido mamó de su pecho y el deseo la hizo estallar en llamas. Mentiría si no confesase que sentía mucha curiosidad por conocer los secretos que encerraba el acto íntimo.
—Confiaré en ti, Edmund.
—Me gusta muchísimo cómo suena mi nombre en tus labios, así que te agradecería que cuando te deshagas, lo grites con fuerza, Beatrice. Trata de darme ese gusto, por favor.
Ella no lo entendió, y no tuvo tiempo de preguntarle a qué se refería, porque su esposo se había colocado de forma delicada sobre su cuerpo y ya estaba lamiendo su cuello mientras sus manos le acariciaban los pechos con paciencia.
Edmund volvió a mamar de ella y Beatrice pensó que se moriría de placer.
Le besaba ambos pechos mientras le dedicaba palabras de ánimo y le decía lo mucho que le complacía que confiase en él.
Y entre beso y beso, Edmund llegó hasta lo que ocultaban sus rizos oscuros.
—Recuerda que has dicho que confiarías en mí. Quédate quieta ahora, Beatrice. Necesito hacer esto tanto como respirar.
—¿El qué has de…? ¡Oh, Dios! —exclamó cuando sintió la lengua de su marido directamente sobre sus pliegues íntimos.
—Estás tan húmeda, tan deliciosa… Voy a comerte entera, cielo.