Capítulo 10 #3
Honoria terminó despidiéndose unos minutos después porque su marido la reclamaba desde el otro extremo del salón. Antes de marcharse le cogió la mano a Beatrice.
—Tenemos que volver a vernos. Quiero conocer mejor a la mujer que ha conseguido atrapar en sus redes a Edmund.
—Yo diría que fue él quien me atrapó —apuntó con sencillez.
—Ah, ¿sí? —preguntó interesada la otra dama—. Tomaremos un té pronto y me contarás todos los detalles de esa afirmación.
—De acuerdo, tengo varias amigas que se morirían por conocerla. —Aunque la dama había cambiado su trato hacia Beatrice, la marquesa no se atrevió a hacerlo, pese a que su rango social fuese mayor que el de la otra.
Honoria se rio ante el halago y luego se marchó contenta de allí. Beatrice la siguió con la mirada durante algunos segundos.
—Es una mujer fascinante.
—Siempre lo ha sido —afirmó él de inmediato.
Beatrice volvió el rostro hacia su marido.
—Y parece que tenéis mucha confianza.
—Hace años que somos amigos.
—Eso he comprobado. Muy amigos, ¿no?
Edmund la observó con creciente interés.
—¿Te molesta?
—¿Por qué iba a molestarme?
—No lo sé, pareces irritada.
—No digas tonterías, no estoy celosa.
—¿Celosa? —Su asombro no podía ser disimulado.
—¿De dónde sacas que estoy celosa?
—Acabas de decir que no estás celosa, Beatrice.
—He dicho irritada.
—Y yo te digo lo que he oído. Celosa, no irritada. —Entonces no se le ocurrió nada mejor que hacer que sonreírle abiertamente a su esposa.
—¿De qué te ríes?
—Sonrío, no me río —clarificó.
—Te estás riendo y eso sí que me irrita.
—¿Seguro que te irrita y no te pone celosa?
—Deja de sonreír —le ordenó.
Edmund tuvo que contener una carcajada. Ahí estaba al fin. Tenía delante a la mujer que recordaba, la que fruncía el ceño, lo desafiaba y parecía a punto de decirle que era tan inútil como una lámpara encendida bajo el sol.
¡Y estaba terriblemente celosa! Bueno, tal vez no terriblemente, pero sí lo bastante para que él sintiese esperanza.
Por fin se había dado cuenta de que le importaba un par de viejas botas hessianas cómo se vistiese ella; lo que él necesitaba era que recuperase ese ímpetu, esa frescura de carácter que los hacía a ambos olvidarse de las condenadas reglas sociales cuando estaban juntos.
Después de semanas de incertidumbre, podía ver un poco la luz.
No había perdido a Beatrice —si era que ella alguna vez había sido suya de verdad—, su formidable dama seguía allí, escondida bajo aquella marquesa impecable que se había empeñado en construir para él.
Así que solo tenía que encontrar la manera de llegar hasta ella.
¿Cómo podría obrar semejante milagro?, se preguntaba mientras contemplaba a su mujer. Y ahí fue cuando surgió una idea que consideró infalible. Edmund acababa de decidir que ya había tenido suficiente paciencia.
Aquella noche iba a seducirla.
—He visto a Lavinia en el fondo del salón. Voy a saludarla, luego nos veremos.
—Sí, luego… —dijo en un tono que ella no comprendió—. ¿Beatrice? —la llamó y ella se detuvo.
—¿Qué?
Edmund se acercó a ella y le susurró en la oreja:
—No debes tener celos de Honoria, nunca hemos sido nada más que amigos.
—¿Y qué me importará a mí lo que acabas de decir? —preguntó mientras trataba de contener su alegría. No le gustaba que la mujer a la que admiraba y su esposo hubiesen podido tener algo más que una sana amistad.
—Sospecho que te importa mucho más de lo que estás dispuesta a admitir. No te preocupes —continuó antes de que ella pudiese hablar de nuevo—, tu secreto está a salvo conmigo. Ahora te contaré mi secreto: hace tiempo que no pienso más que en compartir intimidad con una sola mujer.
Entonces él dio un paso para marcharse de allí y ella alzó la mano para detenerlo. Él se quedó quieto y miró el lugar por el que ella lo retenía.
—¿Alguna cosa más, Beatrice?
—Yo… —Lo soltó como si quemase nada más darse cuenta de lo que había hecho. Y realmente no tenía la menor idea del motivo por el que lo había agarrado por la muñeca.
Se inclinó un poco hacia ella y la observó con atención. Había algo en la mirada de su esposa que le agitaba el corazón.
—Vámonos —decidió el marqués.
—Todavía no ha terminado el recital.
—Ya he escuchado suficiente piano para una noche.
—Yo no.
—Beatrice, estás arrebatadora y quiero irme a casa con mi esposa.
—Siempre quieres algo que yo no deseo —dijo, sin comprender bien lo que él acababa de decir, pero teniendo alguna sospecha sobre el sentido de la frase.
—Es cierto. Últimamente quiero una sola cosa y llevo semanas comportándome con una paciencia que merece reconocimiento. Los dos sabemos de lo que hablo.
Ahí ella tuvo la confirmación de que él…
él… él, ¿qué? ¿Iba a desnudarla en cualquier momento, besarla hasta hacerle perder la razón y luego exigirle que abriese las piernas?
¡Dios! Algo en el centro de su feminidad se encendió ante ese pensamiento.
Era una mujer casada y se suponía que debía estar al tanto de todos los misterios de la carnalidad, pero no sabía prácticamente nada sobre el asunto.
—Nadie te ha pedido que seas paciente.
—Tú necesitas que sea paciente y lo seré por ti.
Aquello bastó para callarla. Edmund no insistió; se limitó a ofrecerle el brazo y esperó hasta que ella lo aceptó y ambos se dirigieron a su carruaje en silencio.
Edmund la ayudó a subir, se sentó frente a ella y tuvo la extraordinaria cortesía de no acercarse, aunque Beatrice descubrió que aquello no la tranquilizaba en absoluto, porque sentía que algo en él había cambiado de repente.
No dejaba de observarla. Notaba sus ojos sobre ella cada vez que la luz de una farola atravesaba las cortinas.
—Deja de mirarme.
—No.
—¿Por qué?
—Porque llevo semanas mirándote desde el otro lado de cualquier estancia mientras finges que no existo y me he cansado de que no me hagas caso.
Beatrice volvió el rostro hacia la ventana.
—No finjo que no existes. No podría hacerlo ni, aunque me lo propusiera.
—Entonces has perfeccionado un talento extraordinario para ignorar a tu marido.
—He sido una esposa irreprochable. —Dios sabía el esfuerzo que estaba haciendo por seguir todas las recomendaciones de su madre.
—Ese es precisamente el problema.
Ella frunció el ceño. Rosehaven estaba más serio de lo normal.
—No entiendo qué quieres de mí.
—Ya deberías saberlo, porque te lo he dicho en reiteradas ocasiones.
—¿Y qué es lo que quieres, si puede saberse?
—Te quiero a ti.
La respuesta llegó sin vacilación y Beatrice sintió que algo se tensaba dentro de su pecho.
—No creo que…
—No quiero a esa mujer que sonríe cuando corresponde, acepta todo lo que digo y desaparece detrás de sus amigas en cuanto termina nuestro primer baile en las fiestas. No me casé con ella.
—Quizá deberías haber pensado mejor con quién te casabas —musitó, bastante insegura. Su esposo tenía la mirada muy afilada. Parecía un león y la hacía sentirse como una gacela.
—Lo hice. Me he casado con una mujer que me insultó, me abofeteó, se rio de mí, me comparó con una lámpara inútil y consiguió que quisiera besarla mientras estaba considerando seriamente estrangularla.
Beatrice tuvo que contener una sonrisa, pues disfrutó de cada falta cometida contra él.
—Eso no suena muy sensato. Cualquiera en tu lugar hubiese corrido en la otra dirección.
—Yo no soy cualquiera. Sé lo que quiero en cuanto lo veo, Beatrice, y jamás me doy por vencido. —La mirada que le dedicó no dejó duda alguna de que él sí que pensaba comérsela enterita. Era un auténtico león. Ella deseaba desaparecer y que su corazón latiese con menos fuerza.
El carruaje se detuvo frente a la residencia de Rosehaven un segundo después y ella pudo respirar.
La dama salió del vehículo antes que su esposo y bajó con la ayuda de un lacayo.
Si hubiese mirado hacia atrás, hubiera visto la sonrisa de satisfacción que Edmund tenía dibujada por haberla alterado tanto.
El marqués bajó después y se colocó a su lado sin mencionar nada más.
Ambos entraron en casa en completo silencio.
Beatrice comenzó a caminar hacia la escalera y se dio cuenta de que él la seguía.
No le hizo el menor caso. Al llegar hasta la puerta de su habitación, el marqués se detuvo mientras ella colocaba la mano en el pomo.
—Buenas noches, Rosehaven.
—No.
Beatrice se volvió hacia él. Su negativa había resultado bastante rotunda.
—¿No?
—No pienso aceptar otro «buenas noches» como una despedida cortés.
Ella tragó saliva con fuerza.
—Acordamos que no…
—Decidiste que yo tendría que esperar hasta que supieras que no estabas embarazada y que dormiría sin ti en mi cama cada noche. Lo recuerdo muy bien
Ella alzó el mentón. Había sabido que su marido no se contentaría solo con que fuese una marquesa impecable.
Aurelia le habló de necesidades físicas que no solo tenían los caballeros, así que no le sorprendió la charla que, al parecer, iban a tener.
En honor a la verdad, para Beatrice su esposo había tardado bastante en hacerle esa recriminación, pues, según Aurelia, Damian no lograba soportar más que un par de días sin ponerle las manos encima.
—Sé muy bien lo que te pedí —apuntó sin tratar de titubear.
—Quiero hacerte el amor, Beatrice. —Edmund se acercó despacio a ella y le colocó un mechón de pelo que se le había escapado tras la oreja, tal vez al bajar tan rápido del carruaje—.
Necesito que confíes en que puedo hacer que disfrutes cuando te toco.
La cama no es solo un lugar para engendrar hijos; allí podemos conocernos mejor, solo tienes que confiar en mí.
—¿Vas a obligarme a cumplir con mis deberes conyugales? —preguntó un poco inquieta.
Edmund dejó de acariciarle la mejilla y dio un paso atrás de inmediato.
—Si quieres que me vaya a mi habitación, dilo ahora y lo haré.
Él se veía muy resignado. ¿Triste? Ella no lograba interpretar su gesto.