Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Beatrice llevaba un vestido burdeos oscuro con encaje dorado que Edmund no podía negar que le favorecía.

Sería un hipócrita si dijese que la prefería vestida con un saco de patatas…

Estaba hecho un mar de contradicciones sobre cómo la prefería.

Tal vez solo necesitaba saber que ella estaba cómoda con su cambio de apariencia.

¿Y si tenía un motivo oculto para tratar de destacar tanto?

¿Pero cuál sería? No la entendía. ¿Alguna vez lograría comprender su mente femenina?

El vestido era espectacular. El color hacía resaltar sus ojos y el nuevo modo en que llevaba recogido el cabello dejaba al descubierto la elegante y sensual curva del cuello, con los rizos cayendo en la parte derecha de su cabeza.

Había añadido unos pequeños pendientes de diamantes y un collar discreto que él recordaba haber visto entre las joyas familiares.

Oh, sí. Él le había hecho entrega de todas las joyas que, como su marquesa, tenía el derecho de utilizar a su antojo.

Tres hombres la miraron antes de que hubieran avanzado diez pasos por el salón.

Edmund los había contado. Y mientras él se cocía en su jugo celoso, Beatrice actuaba como si nada de aquello tuviese importancia.

Iba de su brazo y no prestaba atención a las muestras de admiración que le iban dedicando a su paso.

No eran pocos los que se acercaban para saludarlos, en especial a ella. Su esposa no alimentaba ninguna atención masculina y se conducía de un modo irreprochable, como siempre, pero eso no le impedía a él tener ganas de repartir varios puñetazos.

—Si es Edmund Bellgrave, el brillante marqués de Rosehaven. —Una voz femenina consiguió que abandonara sus pensamientos violentos.

El aludido se volvió y una sonrisa genuina apareció en su rostro.

—¡No puede ser! —exclamó él.

Una mujer de unos treinta años, alta, pelirroja, de ojos oscuros y con un vestido de color dorado se acercaba hacia donde estaban Beatrice y Edmund.

—Oh, querida —la saludó el marqués con muchísima simpatía—, pensaba que te habías ido a Bath.

—Y yo creía que tú seguirías soltero hasta que todos fuéramos demasiado viejos como para soportar tus quejas sobre el matrimonio.

Beatrice observó cómo su marido se inclinaba para besar la mano de la recién llegada con una familiaridad que rara vez mostraba con otras mujeres.

—Permíteme presentarte a mi esposa. Beatrice, Honoria Fall, condesa de Marston. Honoria, mi esposa, lady Rosehaven.

La mujer le dirigió toda su atención a Beatrice. Ambas se saludaron como correspondía a su título y educación. Incluidas las reverencias.

—Así que usted es la célebre joven que ha cautivado a Edmund hasta el punto de hacerle perder el juicio por completo.

—Honoria… —comenzó a regañarla él.

—No te alteres tanto, siempre he sabido lo que debía o no decir, o cuándo decirlo. Permíteme la licencia. No te imaginas lo que estoy disfrutando al verte como un cachorrito, desde aquí veo la correa que te has dejado poner por tu esposa —se mofó.

—Recuérdame por qué somos amigos —preguntó el marqués.

Ella alzó una ceja de lo más sardónica.

—¿De verdad quieres que te recuerde los beneficios de mi amistad, Edmund?

Beatrice, cansada de que nadie le hiciese caso, carraspeó.

—Es un placer conocerla, milady .

—Oh, no, no. Le aseguro, lady Rosehaven, que el placer es del todo mío. Veo el motivo por el que Edmund se mostró tan vehemente cuando me pidió que…

—Honoria, ¿no tienes a alguien más a quien saludar? —la interrumpió.

—Lo cierto es que sí. The Times me ha pedido que haga una breve nota sobre este evento. A mi esposo no le agrada nada que siga escribiendo, pero cuando una amiga me pide el favor, no puedo negarme.

Los ojos de Beatrice se abrieron de golpe.

—¡Es usted! —exclamó como si fuese una acusación—. Lady Marston, o lo que es lo mismo, la mismísima lady Honoria que escribía los Susurros del Salón antes de casarse.

La aludida alzó las cejas con cierto asombro y después miró a Edmund.

—Me agrada tu esposa. Has sabido elegir bien. Primero me ha mirado con todo su disimulado desdén, como debe hacerlo una mujer de su rango, y ahora que me ha reconocido, me alaba con gran franqueza.

—Oh, ella es capaz de engrandecer el orgullo de alguien para luego pisoteárselo sin mostrar compasión alguna, dale un poco de tiempo y comprobarás lo que te digo —soltó él.

Beatrice lo miró con una sonrisa que le llegó a los ojos y le dijo:

—Eso solo lo hago contigo. Necesitas que alguien te recuerde que no eres tan radiante o brillante como te crees.

—Oh, cierto, sí. Era radiante, no Marqués Brillante. Me he equivocado —aseguró Honoria.

Las dos comenzaron a hablar y Edmund se había quedado fascinado debido a la respuesta de su mujer, dado que era la primera vez, desde que se casaron, que ella se permitía tal ligereza con él. ¡Y le había sonreído abiertamente! ¿Qué estaba ocurriendo?

La carcajada de Honoria por algo que había dicho su esposa, otra burla sobre él, lo trajo de nuevo a la tierra.

—Definitivamente me gusta. —Los ojos de la dama se centraron en él y chasqueó la lengua—. Cierra la boca, Edmund, es de muy mal gusto que un esposo comience a babear por su mujer en medio de un salón tan abarrotado. Veo que además de parecer un cachorrito adorable, te comportas como tal.

—¿Te han dicho alguna vez que eres insoportable, querida?

—Hasta la fecha nunca, y más te vale que Marston no te escuche. Es mejor espadachín que tú y te lo hará pagar.

Beatrice no le dio importancia a ese intercambio entre su esposo y la dama.

No podía dejar de sonreír mientras miraba a la denominada Honoria.

Había sentido una admiración inmediata por aquella mujer.

Los Susurros del Salón fue una de las columnas sociales más conocidas de Londres durante muchos años, famosa por manejar los escándalos con una mezcla de elegancia y crueldad que conseguía que incluso sus víctimas esperasen con ansiedad la siguiente publicación.

—Su columna era fabulosa —le confesó Beatrice—. Lamenté mucho que dejara de publicarla.

—Mi marido se sintió aliviado cuando lo decidí. Decía que le resultaba incómodo desayunar junto a la mujer que podía destruir la reputación de cualquiera antes de terminar su té. Un poco dramático, dado que jamás hice tal cosa.

—¿Entonces no lamenta haber dejado de escribir?

—No exactamente. Pronto descubrirá que los hombres, cuando se apropian de una esposa, esperan que ella les dedique todo su tiempo.

¿He dicho que Edmund era un cachorrito? No.

Todos son como niños pequeños deseando recibir nuestra atención.

—Se quedó un momento pensativa—. Es cierto que en alguna ocasión ayudo a escribir algún pequeño texto, como esta noche.

Mi querida amiga Anne se ha indispuesto y me pidió el favor de estar atenta a lo que aquí suceda.

Edmund negó con la cabeza.

—Siempre te ha gustado enterarte de todo antes que los demás. Adoras escribir y por eso lo harás por tu amiga esta noche.

—Lo sé, querido.

Beatrice se revolvió un poco inquieta. Una nueva muestra de la familiaridad que ambos compartían. Negó sutilmente con la cabeza para olvidarse del trato que se profesaban ambos.

—¿Disfrutas más escribiendo o leyendo, Honoria? Siempre me lo he preguntado —cuestionó el marqués.

—Ambos. Ahora tenemos a esa Pluma Indiscreta —continuó Honoria—. No es demasiado original, aunque reconozco que resulta de lo más entretenida. ¿No te parece, Edmund? —preguntó en una clara alusión a que él había sido el protagonista de las últimas dos publicaciones.

—No especialmente —resolvió él.

Beatrice tuvo que controlar su expresión.

—¿Le gusta esa columna?

—Oh, sí. La leo, aunque no tan a menudo como me gustaría, y algunas de sus observaciones son excelentes.

—Es un gran elogio viniendo de usted. Quien esté detrás se lo agradecería —consideró decir.

—Parece que le has causado una grata impresión a mi esposa; en cuanto te conozca, cambiará de opinión.

Honoria le pellizcó el brazo. Beatrice observó aquel gesto y no le gustó lo que sintió al ver esa camaradería entre ambos.

—Eres un demonio. ¿Qué harías sin mí? Tienes mucho que agradecerme y no pienso permitir que lo olvides nunca.

—Apuesto mi fortuna a que no lo harás.

La marquesa veía que Edmund estaba cómodo mientras charlaba con Honoria.

Mucho. Hablaban con la soltura de dos personas que se conocían desde hacía años y Honoria sabía cosas de Edmund que Beatrice jamás había escuchado.

Cuando la condesa recordó cierta noche en Vauxhall, su esposo le pidió que tuviera la bondad de no destruir la buena opinión que su marquesa pudiera tener sobre él.

Luego hubo una pausa en la conversación entre ambos que ella no supo cómo interpretar.

—Le debo mucho a Honoria —explicó, mientras miraba a su mujer.

—Siempre me ha gustado ser de ayuda —le aseguró la dama.

—¿Qué le debes? —la pregunta salió sin que Beatrice pudiese detenerla.

Edmund y Honoria suspiraron al unísono. ¿También tenían que hacer eso a la vez?, se preguntó lady Rosehaven con enfado.

—Me salvó de cometer una estupidez hace muchos años.

—Varias —lo corrigió Honoria.

—Una especialmente importante.

—Y todavía no me has recompensado como merezco.

—Te envié un caballo.

—Era un caballo muy feo.

—Era extraordinario.

—Era feo y lo sabes.

Beatrice permanecía en silencio mientras ellos recordaban otros asuntos del pasado.

¿Habrían sido amantes? La cuestión apareció en su mente sin más.

No tenía ningún motivo para interesarse por ello.

Edmund había tenido una vida antes de casarse y ella sabía de sobra que un hombre como él habría conocido íntimamente a mujeres.

¿Cuántas? No quería saberlo. Honoria, además, era hermosa, inteligente y parecía capaz de entenderlo con una facilidad que Beatrice no poseía.

No era que ella estuviese celosa. ¡No sentía celos! De acuerdo. Quizá una cantidad insignificante. Tan insignificante que no merecía ni ser reconocida ni siquiera en su fuero interno.