Capítulo 10
Como la vida misma
Las primeras semanas de matrimonio transcurrieron con una normalidad que Rosehaven habría considerado satisfactoria si no hubiese empezado a sospechar que aquella tranquilidad acabaría volviéndolo loco.
Oh, sí, ella había cumplido su palabra. Al día siguiente de su nefasta noche de bodas, su esposa comenzó a mostrarse razonable, tranquila y dócil con él, tal y como le correspondía a una marquesa.
Beatrice y Edmund coincidían durante el desayuno cuando ninguno tenía compromisos demasiado tempranos, compartían la cena si estaban en casa y se encontraban algunas veces en la biblioteca o en algún corredor.
Poco más. Edmund tenía asuntos que atender casi todos los días, entre ellos la finca de Yorkshire y el proyecto del canal, mientras que Beatrice había decidido aprender cómo funcionaba su nuevo hogar con una dedicación que incluso sorprendió al ama de llaves y al mayordomo.
Lady Rosehaven revisaba los menús, se interesaba por las cuentas domésticas, estudiaba qué proveedores utilizaban y preguntaba por las costumbres que su marido había mantenido durante los últimos años.
También se aprendió los nombres de los criados.
Se estaba convirtiendo en una marquesa ejemplar.
Eso debería haberlo complacido. ¡No lo hacía!
Y no tenía nada que ver con su frustración sexual, pues Edmund había respetado escrupulosamente lo que Beatrice le había pedido durante su noche de bodas.
Ella le había dicho que no deseaba verlo de nuevo en su cama hasta tener la certeza de que aquella primera unión no había producido un embarazo, y él, aunque la petición le había disgustado sobremanera, no volvió a cruzar la puerta de su alcoba.
Dormía al otro lado, sabiendo que su esposa estaba a unos pasos y procurando no pensar demasiado en cuánto la deseaba.
Cabría señalar que su disciplina se volvía cada día más débil.
Beatrice parecía agradecer su paciencia sin reconocerla jamás, por supuesto. Ella había cambiado.
Al principio fueron detalles tan pequeños que Edmund apenas reparó en ellos.
Una mañana apareció con el cabello recogido de otra manera.
Días después estrenó una muselina de un tono intenso con encajes que se ajustaba perfectamente a su cuerpo y hacía que sus ojos pareciesen más claros.
Luego llegaron otros vestidos muy elegantes, guantes elegidos con mayor cuidado, sombreros, cintas y todo tipo de complementos que cada vez la hacían más notable.
Aunque la transformación fue lo bastante gradual como para que nadie pudiera señalar el momento exacto en que la discreta hija de lord Loxley había desaparecido, Edmund se dio cuenta de todo.
La mujer que se enfrentaba a él en cada ocasión que podía se había esfumado para comenzar a dar paso a la casi perfecta marquesa de Rosehaven.
A Edmund aquello no le gustaba lo más mínimo. Y eso que, tras tres semanas de matrimonio, su esposa podía entrar en cualquier salón y atraer más miradas masculinas de las que él había logrado con las femeninas.
La sociedad pareció descubrir entonces algo que Rosehaven consideraba bastante molesto; y eso era que Beatrice era una mujer extremadamente hermosa.
Los mismos caballeros que apenas habían reparado en ella durante las temporadas anteriores comenzaron a observarla cuando cruzaba un salón, y las damas que habían contemplado con extrañeza la precipitación del matrimonio parecían haber encontrado por fin una explicación.
El rumor que circulaba entre la alta sociedad era que el gran Marqués Radiante había tenido prisa porque había visto antes que los demás lo que se ocultaba bajo aquellos vestidos apagados y esos peinados severos.
Edmund habría debido sentirse orgulloso. En cambio, cada nueva mirada masculina dirigida hacia su esposa despertaba en él el impulso bastante animal de colocarse delante para impedir que continuaran contemplándola con tanta lascivia.
Beatrice no hacía nada para provocar a los supuestos caballeros.
Era una dama impecable, incluso demasiado.
Aceptaba cumplidos con una sonrisa educada, conversaba lo indispensable y rechazaba con delicadeza todas las invitaciones para bailar.
Solo le concedía a su marido la primera pieza de la noche y, una vez terminada, encontraba el modo de refugiarse junto a Aurelia, Cecily, Lavinia o cualquier dama de confianza que estuviese presente.
Nunca coqueteaba con el género masculino, tampoco les daba esperanzas o hacía nada que Edmund pudiera reprocharle.
Y aquello conseguía inquietarlo todavía más, porque su esposa se comportaba como la marquesa ideal que cualquier hombre sensato habría deseado tener.
Era hermosa, prudente, cortés, administraba su casa con eficacia, respetaba su posición y evitaba cualquier comportamiento que pudiera alimentar un rumor.
El problema era que él no se había interesado por aquella mujer, sino por una completamente diferente.
Echaba de menos a la joven que lo había comparado con una lámpara encendida a pleno día porque brillaba mucho y no hacía ninguna falta.
Añoraba que lo mirase con abierta irritación, que discutiera, que le devolviera cada provocación y hasta la expresión furiosa que aparecía en su rostro cuando él se mostraba demasiado seguro de sí mismo.
La mujer que ahora compartía su título rara vez discutía con él.
Si Edmund opinaba algo, Beatrice asentía o encontraba una forma educada de terminar la conversación; si él llegaba tarde, ella jamás preguntaba dónde había estado; si tenía que salir, le informaba con corrección; si coincidían durante la cena, se interesaba por su día y después hablaba de cualquier asunto que no tuviese demasiada importancia. Se había vuelto fría.
Le ponía las cosas fáciles, sí; no obstante, Rosehaven cada día se daba cuenta de que detestaba profundamente que su esposa fuese tan sumisa, cordial, correcta y tan condenadamente educada y servicial. ¿Dónde estaba la arpía que lo había desafiado desde el primer momento?
Había algo entre ellos que se estaba apagando, y no sabía cómo impedirlo. La distancia que había entre los dos era cada vez más grande y él estaba muy desesperado.
Y era muy consciente de que no podía reprenderla porque no había hecho nada malo.
Edmund se esforzaba por tratarla con consideración, dominaba su temperamento cuando ella levantaba una de aquellas barreras invisibles y respetaba su decisión de no permitirle hacerle el amor.
¡Dios! Cada día la deseaba con más fuerza, por lo que tampoco podía fingir que aquello no le suponía un grandísimo sacrificio.
¿Quién iba a pensar que se casaría y tendría que utilizar su mano mucho más que antes para complacerse, mientras su imaginación febril fantaseaba con todo lo que le haría si ella se lo permitiese?
Deseaba poseerla mientras ella le pedía que nunca se detuviese, escuchar sus gemidos llenos de desesperación y sus ruegos para que le diese paz, lamer sus delicados pliegues resbaladizos, acariciarle los pechos que no le había permitido ni contemplar, ¡mamar de ellos sin descanso!
Dios… ¡Cuánto le gustaría contemplarla desnuda a plena luz del día y hacerla llegar al éxtasis mientras él veía cada una de sus reacciones… !
Se estaba volviendo loco por su esposa, una mujer que había dejado muy claro que no lo quería cerca. ¡Maldición!
Cada día se decía a sí mismo que tenía que ir despacio con ella.
El marqués consideraba que, si le concedía espacio, Beatrice terminaría acercándose a él por su propia voluntad.
¡Qué equivocado estaba! En lugar de eso, cada día su mujer parecía escalar otro peldaño que los distanciaba más.
Y mientras él trataba de descubrir cómo alcanzar a su esposa sin obligarla, otros hombres habían comenzado a reparar en ella sin disimulo alguno.
Aquello le despertaba un miedo que Rosehaven no sabía que existía.
El monstruo verde apareció. Jamás había sentido celos.
De acuerdo, de acuerdo. Comenzó a saborearlos cuando ella se encaprichó con Calder, pero antes de la llegada de Beatrice él no había sabido lo que eran.
Así pues, lo que estaba experimentando desde que Beatrice decidió sacar a relucir todo su encanto físico era un infierno.
Y no se trataba de que él quisiera que su esposa fuese vestida con mayor discreción o utilizase peinados más recatados para que nadie se fijase en ella, pues se enorgullecía de que los demás hombres codiciasen lo que era suyo, pero no se trataba de eso.
No. La sencillez de ella siempre lo había fascinado y por tal motivo no entendía a qué venía tanto adorno, así que comenzó a temer que algún día pudiese aparecer otro Calder, era decir, un hombre capaz de ofrecerle a Beatrice aquello que ella necesitaba y que Edmund todavía no había conseguido comprender.
¿Y si se le cruzaba un caballero que resultase menos arrogante, más tranquilo que él y llamase la atención de su mujer hasta el punto de serle infiel?
Esa idea lo atormentaba. Incluso había tenido un par de pesadillas en ese sentido. No recordaba haber tenido nunca tanto miedo de perder algo.
Así que allí estaba él, en medio de un acto social pensando en que no estaba satisfecho con su vida y sin saber qué debería hacer para enmendar la situación.
Aquella noche habían acudido a un recital de piano ofrecido en casa de los duques de Langford, uno de esos acontecimientos a los que la aristocracia asistía para dejarse ver y no tanto para escuchar la música. Estaban en el intermedio de las actuaciones.