Capítulo 9 #3
—Yo tampoco quería, pero me estás diciendo que no me permitirás compartir tu cama hasta dentro de por lo menos un mes, cuando te asegures de que no estás embarazada.
—Tal vez sean nueve meses. Eres un hombre muy viril, seguro que has tenido éxito en tu… En esto —dijo, al no saber cómo catalogar lo que acababa de suceder entre los dos.
—¡Maldita sea, Beatrice! Lo has conseguido. Llevas todo el día tratando de hacerme perder los nervios. ¡Enhorabuena! Has cumplido tu cometido. Es mi noche de bodas y ya me arrepiento de nuestra unión.
—Pudiste haber roto el compromiso. No es culpa mía que…
—¡Por Dios! —la interrumpió—. Ten el buen juicio de quedarte callada de una maldita vez.
—¿Por qué debería hacerlo? No te tengo miedo, Rosehaven.
—¿Ni ahora, que aún tengo la prueba de tu virginidad sobre mi hombría, vas a utilizar mi nombre?
—La ley dice que te pertenezco, pero no. Necesito que recuerdes que no soy una de tus propiedades. Soy tu esposa, sé lo que tengo que hacer, pero no será esta noche. Mañana. Mañana empezaré a cumplir con mi deber como tu marquesa, pero hoy no me someterás.
—¡No quiero someterte! —volvió a gritar—.
Quería hacerte el amor de un modo más placentero y dormir contigo.
Eres mi esposa. Hemos recitado nuestros votos delante de un ministro de Dios y esta noche hemos consumado ese matrimonio.
¡Eres mía! —sentenció con una posesividad evidente—.
¡Eres mía en el mismo sentido en que yo soy tuyo!
—recalcó—. No hay otra mujer para mí, ni habrá otro hombre para ti.
Eso es lo que significa nuestro matrimonio y harás bien en nunca olvidarlo, Beatrice.
Lady Rosehaven lo miraba, aunque apenas podía distinguirlo.
Aquella posesividad debería haberla enfurecido, en cambio, le causaba un gran desconcierto porque era algo nuevo para ella.
¿Un hombre hablando de fidelidad? Cierto que lo había observado en Damian, pero… ¿podría Rosehaven serle fiel a ella?
¡Imposible!, ¿no?
No obstante, su padre jamás había hablado de su madre en aquellos términos tan absolutos. Loxley había considerado que su esposa le pertenecía cuando necesitaba su obediencia, pero nunca había parecido considerar que él también tuviese obligaciones hacia ella.
Él permaneció en silencio durante varios segundos y después se levantó de la cama.
Beatrice escuchó el roce de la ropa y sus pasos atravesando la estancia.
Al llegar a la puerta que comunicaba ambas habitaciones, se detuvo.
Ella esperó un nuevo grito. Eso no llegó a ocurrir.
Lo que sí se escuchó fue un sonoro suspiro y lo vio pasarse una mano por el rostro antes de avanzar a su alcoba y cerrar la puerta con suavidad tras de sí.
Eso no lo había previsto. Pensó que daría un portazo muy violento, tal y como habría hecho su padre cuando su madre no se plegaba a sus deseos.
Beatrice se echó sobre la cama y se quedó muy quieta.
Rezó para que él no regresase. Le había faltado tan poco para pedirle que tratasen de ser un matrimonio parecido al que tenían Aurelia y Damian…
Haber escuchado la desesperación en la voz de su esposo la había hecho flaquear.
Cerró los ojos y se lamentó profundamente por cada decisión que había tomado en su vida, por haber nacido en el seno de una familia tan rota y desdichada.
Y entonces, toda la fortaleza que había mantenido durante toda la noche y gran parte del día comenzó a resquebrajarse sin remedio.
Las lágrimas llegaron primero despacio y después con una violencia que la obligó a llevarse ambas manos a la boca para que Edmund no pudiera escucharla sollozar a través de la puerta.
Había conseguido exactamente lo que pretendía.
La noche fue un desastre. No había permitido que él la condujese demasiado lejos ni que convirtiera aquellos instantes en algo que pudiera añorar al día siguiente.
Había logrado mantener la distancia con él para protegerse, pero de poco le había servido, dado que estaba sufriendo muchísimo.
Le dolía tanto el corazón que pensaba que acabaría muriéndose de pena.
Estuvo muy cerca de rendirse porque estaba enamorada de él.
Sus besos habían conseguido que olvidase el miedo de convertirse en una sombra como su madre durante algunos segundos.
Sus manos habían despertado sensaciones que ella había tenido que combatir con todas sus fuerzas y, cuando Edmund le había pedido que dejara de luchar contra él, una parte de sí misma había deseado obedecerle.
Aunque lo peor de todo el asunto era que no sabía cómo iba a sobrevivir junto a un hombre al que amaba mientras fingía que podía mantener su alma y su corazón fuera del alcance de él.
Por primera vez desde que tenía uso de razón, Beatrice lamentaba haber convertido su fuerza de voluntad en un escudo impenetrable.
Lady Rosehaven empezaba a sospechar que el hombre al que pensaba mantener fuera de su vida quizá no fuese el único condenado a sufrir detrás de aquella barrera invisible que ella había alzado.