Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Quiero que esto termine de una vez.

—No puedo hacerlo si no me permites acariciarte, besarte y hacer que te sientas bien.

—Yo… yo creo que… lo que debes hacer es… —No podía hablar debido al nerviosismo que sentía.

—¿Qué debería hacer, Beatrice? —preguntó con suavidad.

—No soporto esta angustia. Antes te mentí. Estoy aterrada.

—Lo sé, por eso podríamos…

—No —lo interrumpió—. Lo mejor es hacerlo.

—¿Hacerlo?

—Sí, tienes que… que…

—¿Qué? —le preguntó cuando ella se quedó callada.

—Poseerme. Hazme tuya, Edmund —le pidió, al tiempo que se alzaba el camisón para invitarlo.

El marqués valoró sus palabras. Las encontró realmente tentadoras.

Además, era la primera vez que utilizaba su nombre de pila.

Tal vez podría mostrarle lo que era en realidad el acto de un modo simple, para poder comenzar desde ahí.

Si la reclamaba con paciencia y ella comprobaba que no debía tener miedo, la siguiente vez que le hiciese el amor, todo podría ser más sencillo.

—¿Estás segura de que eso es lo que quieres?

—Sí, solo… hazlo, por favor.

Edmund comprendió que prolongar aquella situación solo conseguiría aumentar la angustia de su mujer. Así que como ella se veía muy segura, decidió cumplir con su petición.

Sin quitarse la camisa, se colocó de nuevo sobre el cuerpo de su esposa, le separó las rodillas y confió en que hubiese podido excitarla con sus besos.

Sostuvo su virilidad y, cuando encontró su entrada, gimió porque ella estaba resbaladiza.

No era tan indiferente como le había hecho creer.

Fue conquistándola poco a poco, con paciencia.

—Eres tan estrecha… —apuntó con los dientes apretados.

—Edmund, por favor… que acabe ya.

—Si lo hago demasiado deprisa, te haré daño.

—¡Hazlo! Hazlo de una vez —lo urgió.

Así que terminó haciendo lo que se había prometido evitar.

Edmund apresuró la consumación del matrimonio y puso fin a todo tan pronto como pudo.

Beatrice sintió una molestia breve, un momento de desconcierto y después la certeza de que ya estaba hecho.

Él había emitido algunos sonidos roncos, como si también le hubiese dolido el acto, y luego algo cálido le bañó las entrañas.

Aurelia no había descrito que su noche de bodas sería así.

La condesa le dijo que su esposo sabría qué hacer, y que ella debería imitarlo en todo cuanto él le hiciese a ella para complacerse ambos.

¡Si ella no tenía la menor idea de lo que debía hacer más allá de los besos!

Bueno, eso y que no deseaba perderse en él.

Su marido permaneció unos segundos inmóvil antes de apartarse de ella y maldecirse en silencio.

Edmund era muy consciente de que había perdido el control con una rapidez que habría resultado humillante incluso para un muchacho en su primera aventura de cama y, aunque una parte de él se sintió aliviada porque Beatrice no tendría que soportar mucho más aquella noche, la satisfacción de la liberación le duró muy poco.

Había sido un desastre. ¡Una hecatombe para los dos!

Y la carga de esa culpa le correspondía a él.

Era el hombre quien debía hacerle el amor a su esposa y darle placer.

Y estaba muy seguro de que ella no habría sentido más que dolor e insatisfacción.

¡Mujer testaruda! Rosehaven se quedó junto a ella mientras recuperaba el aliento, furioso consigo mismo porque había entrado en aquella habitación convencido de que podría demostrarle que no tenía nada que temer y había terminado comportándose con mucha menos habilidad de la que esperaba de sí mismo.

—Lo siento —le dijo finalmente.

Beatrice volvió el rostro hacia él.

—¿Por qué?

—Porque debería haberlo hecho mejor.

Ella agradeció que la oscuridad ocultase su expresión de asombro.

—No importa. Ya ha terminado.

El modo en que lo dijo lo irritó mucho más de lo que debería.

—No hables como si acabaras de sobrevivir a un cataclismo.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Rosehaven se incorporó ligeramente.

—¿Tan mal esposo me consideras que me condenarás desde el principio y no me darás una oportunidad? ¿Tan horrible ha sido estar conmigo esta noche?

Beatrice apretó los labios.

La verdad era peligrosa. No había sido horrible…

del todo. Le había gustado saber que se habían fusionado como un solo ser.

Lo que no soportaba era haber descubierto que, incluso con miedo y estando decidida a mantenerse distante, había habido momentos, mientras lo sentía hurgar en su feminidad y acariciarla ahí , en los que estuvo a punto de rendirse a su toque y olvidarse de todo lo demás.

Lo deseaba con tanto ardor que, si no iba con cuidado, acabaría cegada por ese caballero de brillante armadura.

—Ha sido soportable —dijo con cierta cautela porque no sabía qué más decirle y sospechaba que la paciencia de él estaría al límite. Era muy consciente de que no le había hecho ni una sola concesión durante la consumación de su matrimonio.

—Qué extraordinario elogio —ironizó él al borde de la furia más cruda. Edmund soltó una exhalación para tratar de controlar su temperamento y después se dispuso a tumbarse junto a ella.

Beatrice se tensó de nuevo al sentir su pecho a su espalda y sus brazos preparándose para abrazarla.

—¿Qué haces?

—Dormir.

—Aquí no —dijo de inmediato.

Él se quedó quieto y con el ceño fruncido.

—¿Disculpa?

—Yo… Bueno… Preferiría que nuestro matrimonio siguiese las costumbres habituales. Tú tienes tu habitación y yo la mía. Podemos utilizar la puerta comunicante cuando sea necesario.

—Cuando sea necesario —repitió sin dar crédito a lo que estaba escuchando. ¡Ella se había apartado de él cuando pensaba abrazarla y darle ánimos! Era más, se había colocado al otro lado de la cama, bien lejos de él.

—Sí. Te haré saber lo antes posible si la noche de hoy ha sido infructuosa y tienes que repetir… —carraspeó incómoda—. Es decir, que creo que será mejor esperar a saber si tu semilla ha arraigado antes de volver a…

Rosehaven se incorporó del todo.

—Acabo de convertirme en tu marido y ¿ya estás estableciendo horarios para que pueda entrar en tu dormitorio? —la interrumpió.

—No he dicho eso… exactamente.

—Ah, ¿no? Yo creo que acabas de dejar perfectamente claro que esperas que no vuelva a tocarte si estás embarazada.

—¿Acaso no es engendrar hijos lo que se pretende con la intimidad entre un hombre y una mujer? Niños. —Beatrice se obligó a mantener la voz serena.

—Por amor de Dios… Eres tan obstinada que no me dejarás mostrarte todo lo que entraña una relación carnal placentera.

—Preferiría esperar a saber si estoy o no embarazada —se reafirmó ella.

Edmund tenía la boca completamente abierta. No podía creerse lo que estaba escuchando.

—¿Tratas de probar si soy una bestia y te fuerzo a acostarte conmigo? Porque debes saber que no te tocaré jamás sin tu consentimiento.

—Bien. Entonces te agradecería que tuvieses en cuenta mi preferencia por dormir sola.

La oscuridad no le permitió ver inmediatamente la expresión de Edmund, pero sabía que él no estaba contento en absoluto.

—¿Me echas de tu cama ahora también?

—Por supuesto que no. Únicamente creo que deberías usar tu propio lecho para descansar. Yo solo te molestaría.

—¡Qué considerada te has vuelto con tu maldito esposo de pronto, mujer! —exclamó sin poder contenerse más. Comenzó a negar con la cabeza como si estuviese viviendo un mal sueño—. No te entiendo. De verdad que no puedo comprenderte, Beatrice.

—No tienes que hacerlo.

—Ese es precisamente el problema. Sé que me deseas.

Lo sé porque he sentido cómo respondes cuando dejas de luchar conmigo, pero después vuelves a levantar una muralla como si yo hubiera cometido algún crimen por conseguir que disfrutes de estar cerca de mí, de mis caricias, de mis besos y de mi cuerpo.

Tampoco me has permitido disfrutar de ti.

¡Ni tan siquiera me he podido desprender de esta maldita camisa de dormir y tú sigues llevando ese camisón anticuado y ridículo! —se quejó.

Beatrice giró el rostro hacia la almohada.

—Ha sido un día largo y estoy muy cansada. No quiero discutir.