Capítulo 9
Un muro infranqueable
Ya no sería nunca más lady Beatrice. Se había convertido en la marquesa de Rosehaven y se sentía como si él le hubiese puesto un par de grilletes.
Como si en cualquier momento pudiese tomarse la licencia de sacarla a pasear por Londres con ella bien atada para demostrarle a todo el mundo que le pertenecía.
¡Qué tontería! Para su marido ella no tenía ningún valor, como tampoco lo tuvo su madre para Loxley.
De acuerdo… Las damas como lady Loxley y ella tenían la función de parir herederos para perpetrar el linaje. Nada más.
No quería que su noche de bodas se produjese, y, sin embargo, llevaba tanto tiempo contemplando la puerta que comunicaba su alcoba con la de su esposo, que ya no sabía qué sentía, si expectación o auténtico terror.
Se había quedado sola en su dormitorio hacía casi media hora, después de que su doncella la ayudara a ponerse un sencillo camisón de algodón blanco y le recogiera el cabello en una trenza sencilla.
No había querido perfume, ni ponerse cintas o alguno de los pequeños adornos que una recién casada podría utilizar para resultarle más atractiva a su compañero de cama.
Bastante esfuerzo le había costado llegar hasta aquel momento, sin salir huyendo, como para presentarse en esos instantes ante Rosehaven convertida en una cortesana seductora.
Beatrice suspiró y volvió a echarle un ojo a su nueva alcoba.
La habitación era hermosa, tal vez demasiado.
Había flores frescas, un fuego agradable y velas suficientes para llenar de luz hasta el último rincón.
La cama parecía enorme, con las sábanas perfectamente extendidas y las cortinas recogidas.
Beatrice deseó que todo fuese mucho más oscuro.
Cuando la puerta que comunicaba ambas habitaciones se abrió, se puso rígida. Había llegado el momento de la verdad.
Rosehaven apareció vestido con una bata oscura sobre la camisa de dormir y cerró detrás de él. Durante algunos segundos se limitó a mirarla.
—Estás aterrada. —No fue una pregunta.
—No —respondió ella de todos modos.
Él arqueó una ceja.
—Podría apagar las velas y seguiría viendo que estás mintiendo.
Beatrice arrugó la tela del camisón con las manos.
—En realidad, sí preferiría que las apagases todas.
Aquello sí pareció sorprenderlo.
—¿Todas? —repitió.
—Sí.
Edmund la estudió durante un instante antes de obedecer. Fue apagando las velas una a una hasta que únicamente quedó la claridad tenue del fuego de la chimenea, pero Beatrice volvió a pedirle que redujese también aquella luz. Finalmente, la habitación se quedó sumida en una oscuridad casi completa.
—¿Mejor?
—No, pero tendrá que bastar —comentó la marquesa.
Escuchó sus pasos acercándose hasta su posición y se contuvo para no echarse a temblar, aunque retrocedió por puro instinto hasta sentir el borde de la cama detrás de las piernas. Estaba aterrada.
—No voy a hacerte daño —trató de tranquilizarla.
—Eso ya me lo has dicho antes.
—Y continúa siendo verdad.
—Y yo sigo dudándolo.
—En algún momento tendrás que confiar en mí. Espero que los dos pasemos muchos años juntos, cielo mío.
—¿Cielo mío? —preguntó ella desconcertada.
—Me di cuenta de que Harrowmere y su esposa tienen apelativos cariñosos; he pensado que, en los momentos de intimidad, tú podrías ser mi cielo.
—No. Creo que no.
—Bueno, lo seguiré diciendo a ver si te acostumbras y llega a gustarte.
—Preferiría que me llamases Beatrice.
—¿Ni siquiera en esto cederás?
—Me he casado contigo y estás en mi habitación; creo que, desde que nos conocimos, ceder es todo lo que he hecho.
—No pienso ponerme de mal humor, cielo —la llamó así con toda la intención del mundo—. Llevo demasiado tiempo esperando este preciso instante como para que algo o alguien me lo estropee.
—Todavía es temprano, todo puede suceder.
Rosehaven se detuvo delante de ella. No la tocó inmediatamente y aquel detalle, en lugar de tranquilizarla, consiguió hacerla estremecer.
—Cielo, mírame.
—Está oscuro.
—¿Y de quién es la culpa? Ahora trata de mirarme porque sabes perfectamente lo que te estoy pidiendo.
La dama levantó el rostro, aunque apenas distinguía sus facciones masculinas. E incluso en la penumbra ella se dio cuenta de que el maldito Marqués Brillante era hermoso.
—No quiero hacer esto —musitó.
—Estamos casados; lo que haremos Dios lo permite. ¿No recuerdas lo mucho que disfrutabas de mis besos? Te prometo que haré que te guste muchísimo, tanto como para exigirme que cada día te haga el amor. Comprendo que estés nerviosa, pero te aseguro que no tienes motivos; sé lo que hago.
—¿Por qué no me sorprende que sepas tan bien lo que vas a hacer? —le dijo con irritación.
—No me enfadaré contigo digas lo que digas. No tienes por qué comportarte como si estuvieras siendo conducida a la horca, cielo mío.
—A diferencia de ti, yo no he estado antes en una situación como esta —insistió.
Rosehaven soltó una risa muy baja.
—Todo saldrá bien.
—Permite que lo dude.
Él alzó la mano y le acarició la mejilla con suavidad.
Beatrice tuvo que contener el impulso de inclinarse hacia aquella mano para disfrutar de su contacto.
Eso era precisamente lo que temía, abandonarse a sus caricias y olvidarse de sí misma.
Era un error que no pensaba cometer. Cumpliría con su deber como esposa y nada más.
—Sigues haciendo lo mismo —murmuró Edmund.
—¿A qué te refieres?
—Me deseas, pero te empeñas en comportarte como si te repugnase.
—No sabes lo que deseo o lo que siento.
—Sí que lo sé.
Ella se apartó.
—Tu arrogancia resulta agotadora.
—Y tu determinación de hacerme creer que te soy indiferente empieza a ser absurda.
Te he besado, Beatrice. Sé cómo reaccionas cuando dejas de pensar que soy tu enemigo.
Lo que haremos esta noche no es tan diferente a lo que ya hemos hecho.
Si bien la relación física es algo más compleja, considero que no hay nada más íntimo que un beso.
—Quiero que esto termine de una vez —alegó exasperada.
Edmund soltó un gran suspiro.
—Jamás una mujer me había tratado con semejante desconfianza.
—Entonces considéralo una experiencia novedosa.
—No hablaba de novedad. —Su voz se volvió más seria—. No entiendo por qué luchas contra mí incluso cuando yo no te he dado motivos para hacerlo. Sé que me deseas y tú sabes que yo te deseo. ¿Qué ganas negándolo?
—Mantener algo de control —dijo sin poder evitarlo.
Aquella respuesta sí que la entendió. Rosehaven volvió a acercarse, esa vez con mucha más cautela, y la besó.
Beatrice permaneció inmóvil al principio, aferrándose a toda la fuerza de voluntad que había reunido durante años, aunque conocía demasiado bien el peligro de aquella boca infame.
Cuando él profundizó el beso, su cuerpo estuvo a punto de traicionarla, porque por un instante había levantado los brazos para abrazarlo, pero no llegó a hacerlo.
Edmund lo notó.
—Ahí está: me quieres y te contienes —susurró contra su boca.
Aquellas palabras consiguieron que Beatrice recuperase la resistencia por completo.
—Eso no es verdad —dijo con seguridad.
Él se apartó ligeramente.
—¿Quieres que me marche?
La pregunta era sencilla y Beatrice habría podido decirle que sí.
No lo hizo porque eso sería aplazar lo inevitable.
Rosehaven esperó unos segundos más antes de besarla nuevamente y, cuando comprendió que ella no iba a detenerlo, dejó que el ardor sustituyese a la paciencia que llevaba acumulando durante semanas.
Se había imaginado aquella noche de una forma muy distinta.
Pensó que, una vez solos y lejos de las miradas de los demás, conseguiría que Beatrice olvidase sus temores.
Sabía cómo tratar a una mujer e infundirle ánimos, y había creído que tendría la habilidad suficiente para hacer de aquella primera experiencia algo que ella recordase con deleite.
No estaba del todo seguro de poder conseguirlo, porque no lograba relajarla a pesar de estar besándola con toda su pasión.
Ella no respondía como lo había hecho las otras veces.
No se estaba entregando a él tal y como Edmund se estaba entregando a ella.
No había contado con la extraordinaria obstinación de su esposa.
El contacto de su lengua sobre la de ella no estaba funcionando, ni siquiera besarle el cuello hacía que ella bajase la guardia.
Cada caricia parecía provocar en su esposa una batalla entre lo que sentía y lo que estaba decidida a permitirse sentir.
Cuando Edmund comprendió que seguir de pie solo aumentaba la tensión entre ambos, la condujo hacia la cama.
Beatrice no se negó, aunque una vez tumbada volvió a encerrarse en sí misma.
Cada vez que él la besaba, ella se removía para escapar de sus labios; cuando le alzó el camisón para palparla con la única finalidad de prepararla, ella saltó de su contacto.
Era una lucha sin tregua donde Beatrice tenía todas las de ganar.
Se detuvo, se sentó a un lado de la cama y lanzó un gemido lleno de desesperación.
Jamás había forzado a una mujer a aceptar sus atenciones y no pensaba hacerlo nunca.
La erección que se escondía tras su camisa de dormir le dolía como la muerte misma.
No se había atrevido a desnudarse por si ella salía corriendo al verlo.
Tampoco había logrado quitarle el camisón; ella no se lo había permitido cada vez que él lo había intentado.
Tomó una larga bocanada de aire y buscó una paciencia que creía que no le quedaba ya.
Se recordó que su esposa era una mujer inocente, cuyo padre era un bastardo sin corazón, había perdido a su madre demasiado pronto y tal vez la charla que mantuvo con la condesa de Harrowmere solo había logrado perturbarla más.
¡Debía ser paciente! Ah, pero saber que debía serlo y llevarlo a cabo eran dos cosas muy diferentes.
—Cielo mío, no es preciso que continuemos. Puedo esperar —le dijo, porque, aunque sería una agonía tener que hacerlo, lo haría por ella.