Capítulo 8 #4
—Podrías estar bien con Rosehaven. Le juré a Aurelia que siempre me ocuparía de ti y no pienso dejar atrás mi juramento, aunque ahora le pertenezcas a él. Estaré aquí para ti si lo necesitas.
—Aurelia tuvo mucha suerte contigo.
Ella se enjugó una lágrima y luego permitió que lord Harrowmere le diese un abrazo.
—¿Debo estar celoso? —Su marido apareció junto a ella.
Beatrice volvió la cabeza y Harrowmere no se apresuró en soltarla, aunque la dejó libre de su abrazo sin demasiada demora. Era un hombre prudente cuando así lo decidía.
—En absoluto —le aseguró Damian—. Solo estaba explicándole a Beatrice que siempre contará conmigo para cualquier cosa que precise, como por ejemplo hacer un largo viaje por Europa si las cosas no saliesen como ella espera.
—¡Oh, por Dios, Damian! —exclamó la condesa, quien había escuchado el último intercambio entre ellos dos—. No deberías decirle esas cosas a Rosehaven.
—Gracias —habló el aludido.
—¿Por qué no? ¿Te negarías a que la apartase de él si no supiera cómo hacerla feliz, esposa?
—Por supuesto que no, amor mío, pero él no necesita esa información. No lo pongas sobre aviso.
—Yo creo que sí debo hacerlo, Aurelia —siguió hablando Damian bajo la asombrada mirada de Edmund—. Rosehaven será más proclive a obrar como su esposa se merece si sabe que yo estaré vigilándolo. Él podrá ser el Marqués Radiante, pero yo sigo siendo el Conde Oscuro —se enorgulleció.
—Y por eso cada día te amo más y más —apuntó lady Harrowmere—. Eres un hombre inteligente, Damian. Está bien, no te regañaré por darle el aviso.
—¿Aviso? —saltó Edmund—. Yo creo que era una amenaza, y no soy un hombre que deje pasar este tipo de insinuaciones.
—Oh, sí, sí… Ahórratelo, Rosehaven. Los dos sabemos que ahora dirás que Beatrice es tuya, que matarás a cualquiera que trate de apartarla de ti… bla, bla, bla y más bla…
—¿Disculpa? —Rosehaven había dejado de tratarlo con formalidad también.
—Hazla feliz y nadie te la arrebatará —concluyó Damian.
—Es un buen consejo —opinó Aurelia—. Damian hizo eso mismo. Logró que lo amase con todo mi corazón y te aseguro, Rosehaven, que en muchos aspectos yo puedo ser más tozuda que tu esposa. Mi marido tenía tantas posibilidades como tú de lograr un imposible —prescindió de la formalidad.
—¿Me está infundiendo ánimos, lady Harrowmere? —se sorprendió.
Ella sintió.
—Aurelia. A partir de ahora, puedes llamarme Aurelia. Y no es necesario que nos andemos con tantos remilgos en nuestro trato.
Le tocó el turno a Edmund de asentir.
—Después de tal ofrecimiento consideraré que cuento con tus bendiciones, Aurelia.
—Los ojos de Rosehaven se quedaron fijos en su esposa, quien observaba el intercambio con una expresión impasible—.
Cuando me propongo lograr algo, rara vez fallo.
Incluso siendo un hombre honorable, tal y como me considero, puedo estar dispuesto a dejar a un lado mi moralidad cuando las circunstancias lo requieren.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Beatrice con interés.
—Significa —tomó la palabra Aurelia— que está dispuesto a hacer cualquier cosa por ti, Beatrice. Y lo sé porque veo en tu esposo la misma determinación que veía en Damian cuando me casé con él.
—Es una buena observación, Aurelia —consideró Rosehaven.
—¿Es preciso que él te llame Aurelia, amor mío? —cuestionó Damian—. Yo creo que con un sencillo lady Harrowmere estará bien. Además, prefiero que te trate con suma cortesía.
—¡Oh, después de tanto tiempo y sigues poniéndote celoso por tonterías, Damian! —lo regañó su condesa.
—¡Está bien, está bien! Le permitiré que te llame como desees, pero me recompensarás por mi benevolencia.
—Lo haré si sigues comportándote, amor.
—Lo harás esta noche, condesa. Ni lo he zarandeado mientras lo amenazaba, y eso se merece una gran recompensa.
—¡Eres imposible! —coqueteó Aurelia con descaro sin dejar de sonreírle a su marido.
—Por amor de Dios… ¿Tenéis que hacer esto ahora mismo? —saltó Beatrice alterada.
—No sé por qué te muestras tan remilgada, amiga mía. Te he dado un par de lecciones que no solo tú me agradecerás. —Aurelia le guiñó un ojo a Rosehaven y Damian se cuadró.
—No hagas eso si no quieres que lo degüelle, amor mío. Tus muestras de complicidad son solo mías.
—¡Es que él agradecerá la charla que he tenido con Beatrice sobre su noche de bodas!
—¡Oh, Dios mío! ¿Por qué seguís aquí? —les preguntó mortificada Beatrice.
Rosehaven comenzó a reírse y su marquesa lo fulminó con la mirada. Gracias a Dios, lord y lady Harrowmere ya se estaban alejando de la pareja.
Rosehaven estaba sonriendo. Siempre sonreía.
—¿Así que tu amiga te ha preparado para lo que sucederá entre ambos dentro de poco? —la tanteó él.
—También me ha explicado que cuando no está con ánimos de atender sus obligaciones conyugales, le sobreviene un terrible dolor de cabeza.
—Si crees que alegar un dolor de cabeza impedirá que te haga el amor esta noche…
—¿Amor? ¿Hacer el amor, dices?
—Sí. Es lo que un hombre y una mujer hacen cuando se casan, Beatrice.
—Esto no funcionará jamás… —soltó para luego darse la vuelta y huir de él.
El marqués se quedó en su lugar sin saber qué había hecho mal.
¡Las mujeres estaban todas locas!