Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 8 #3
55%

Capítulo 8 #3

Cecily emitió un sonido que podría haber pasado por una muy poco discreta tos o una risa mal disimulada, Aurelia suspiró, Lavinia se quedó con la boca abierta, y Damian tuvo que tragarse una sonora carcajada.

¿El Conde Oscuro había pensado que lady Beatrice era una fiera?

No lo era. Esa mujer era todavía más arpía de lo que lo fue Aurelia en sus mejores momentos.

Damian consideraba que tal vez debería darle un par de consejos sobre mujeres testarudas que se negaban a dar su brazo a torcer…

Mientras tanto, Rosehaven se negó a que su molestia saliese a la luz, así que sonrió y le dijo a Beatrice:

—Muy ingeniosa, lady Rosehaven.

La dama sintió que el corazón le daba un vuelco al oír por primera vez su nuevo título. Estaba hecho. Se había casado. Era propiedad de un hombre, tanto como lo sería su caballo o su carruaje. Se negó a ponerse nerviosa, así que lo miró a los ojos y le dijo con seriedad:

—Gracias.

Él sonrió con una alegría tan abierta que resultó todavía más irritante. A continuación, se acercó a su oreja y le dijo solo para ella:

—Disfruta de tu pequeña victoria. Esta noche no tendrás ningún lugar en el que esconderte. Me cobraré este y todos los besos que me debes.

Beatrice decidió no darle importancia a ese comentario y actuó como si no hubiese escuchado nada.

Las felicitaciones se produjeron. Ella, a diferencia de Edmund, no se veía como una novia entusiasmada.

Poco después llegó el almuerzo nupcial, que tampoco fue multitudinario. Damian había dispuesto que se sirviera en un comedor pequeño y luminoso, donde la escasez de invitados hacía imposible cualquier formalidad excesiva.

Rosehaven parecía estar disfrutando enormemente de su nueva condición como hombre casado.

Conversaba con Damian, bromeaba con lady Cecily, aceptaba las advertencias de lady Lavinia e incluso consiguió que lady Harrowmere, para disgusto de Beatrice, se riera un par de veces debido a sus ocurrencias.

Cada cierto tiempo le dirigía alguna observación a su esposa con la evidente intención de hacerla participar y Beatrice respondía con corrección, aunque sin darle más importancia de la necesaria.

—¿Piensas tratarme así durante todo nuestro matrimonio? —le preguntó Edmund en voz baja cuando los demás estaban entretenidos en otra conversación.

—¿Así cómo?

—Como si fuese un caballero al que acabas de conocer y todavía no has decidido si merece una segunda taza de té.

Beatrice cogió una copa de agua que un sirviente le había entregado.

—Es posible.

—Entonces tendré que esforzarme por causarte una impresión excelente esta noche. Podrías tomar una copa de champán para templar los nervios. Por más que te esfuerces en demostrar entereza, sé que debes estar muy alterada por lo que nos espera a ambos y un poco de licor puede ser de ayuda.

—Yo no bebo jamás. —No iba a caer en los vicios de su padre. Eso no se lo diría.

—Muchísimo mejor, te quiero bien atenta a todo lo que ocurra en nuestra cama. Te daré tanto placer que, cuando acabe contigo, solo recordarás mi nombre.

Ella casi se atragantó con el agua. Edmund sonrió satisfecho y volvió su atención hacia Damian antes de que Beatrice entablase una batalla verbal con él.

La espera iba a ser insoportable para Rosehaven. Él solo deseaba estar en su casa, con su esposa metida en su cama, desnuda y esperando a que él le mostrase las bondades del matrimonio. ¡Dios! Se le hacía la boca agua.

En cambio, para la dama la situación era un desastre. Tanto deseaba huir de su recién estrenado marido que pensó en si debía desmayarse para poder quedarse con Aurelia esa noche. Descartó la idea porque aplazar lo inevitable no le serviría de nada.

El festejo continuó y poco antes de que terminase el almuerzo, Lavinia se acercó a ella mientras el resto se encontraba ocupado escuchando una discusión entre Damian y Cecily.

—Necesito pedirte algo.

Beatrice reparó inmediatamente en la seriedad de su amiga.

—¿Qué te ocurre?

Lavinia miró hacia los demás antes de responder para asegurarse de que nadie la escuchaba.

—Dentro de poco voy a tomar una decisión importante.

—¿Sobre qué?

—Todavía no puedo contártelo.

Beatrice frunció el ceño.

—Eso no suena tranquilizador.

—Lo siento —Lavinia sonrió ligeramente—, pero necesito hacerlo, y cuando todo se sepa, espero que recuerdes que soy tu amiga antes de decidir que he perdido el juicio.

—Lavinia…

—No intentes preguntarme más porque no voy a responderte. Solo prométeme que, si las cosas salen mal, no serás una de las personas que me dé la espalda.

Beatrice la observaba con preocupación.

Había algo diferente en ella desde hacía semanas, una inquietud que aparecía y desaparecía bajo su habitual seguridad. Cecily también había insinuado en varias ocasiones que Lavinia tenía algún asunto entre manos, aunque nunca quiso explicárselo.

—Jamás te apartaría de mí.

La expresión de Lavinia se suavizó.

—Eso necesitaba saber.

—Pero si estás planeando una locura…

—Por favor —la interrumpió—, ya tengo bastante con Cecily, no necesito ningún sermón, Beatrice.

—De acuerdo. Si estás planeando una locura, entonces espero que sea una locura magnífica —enmendó la reflexión inicial que pretendía hacerle—. No soy la más adecuada para darle lecciones a nadie. Supongo que ya te habrás dado cuenta de que estoy molesta con Cecily y Aurelia por la columna y que…

—Ellas juran que no han sido y te aseguro que yo tampoco tengo nada que ver.

Beatrice negó con la cabeza.

—Tengo demasiados problemas ahora mismo. Lo hecho, hecho está. Solo necesito que sepas que pienso sacarle el mayor partido a mi nueva posición social. Podrás contar conmigo hagas lo que hagas.

—Me alegra saber que cuento con el apoyo de una condesa, una marquesa y una duquesa. Georgiana será de gran ayuda también.

—¿No piensas contarme…?

—¡Lavinia, ven! —la llamó en ese instante Cecily.

Antes de que Beatrice pudiera detenerla, Lavinia se alejó para reunirse con la hermana de Aurelia.

La recién estrenada marquesa se quedó mirándola durante unos segundos, convencida de que aquello no auguraba nada bueno.

Entonces Damian llegó a su lado.

—Supongo que sabrás que Aurelia se refugió en casa de su amiga Georgiana cuando hubo cierta tensión entre ambos —le dijo el conde.

—Sí. Lo sé.

—Bien. Puedes regresar siempre que lo desees, porque este también es tu hogar.

—Gracias, Damian —le agradeció al tiempo que se inclinaba para darle un beso en la mejilla—. Jamás podría olvidar todo lo que has hecho por mí.

—Soy un hombre que toma decisiones que muchas veces no son las adecuadas. Acorralé a mi esposa, como bien recordarás, para que se casase conmigo. Volvería a hacerlo porque ella es lo mejor que me ha sucedido, pero con respecto a cómo logré apartarte de Aldrich y Loxley…

—Está bien, Damian —lo cortó ella al ver que él estaba avergonzado—. Conseguiste alejar un destino que los dos sabemos cómo hubiese podido terminar. No me atrevería más que a mostrarte mi gratitud.