Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Beatrice dejó de centrar su atención en sus amigas y volvió a contemplarse en el espejo.

—Si todavía existe alguna posibilidad de que mi prometido recupere el sentido común cuando me vea, no pienso impedírselo. Me recluiré en un convento escocés y allí seré feliz.

—Qué dramática —musitó Cecily—. Si yo he podido sobrevivir a… —Negó con la cabeza.

—¿A qué has podido sobrevivir, Cecily? —preguntó con picardía Lavinia.

—A lo mismo que tú.

—¡Oh, ya basta! —las cortó Aurelia—. O habláis claro o será mejor que os calléis. Hoy es un día especial para Beatrice. Debemos apoyarla, no irritarla.

Cecily dejó escapar un suspiro.

—Faltan menos de treinta minutos para que se case y parece que va a presenciar su propio entierro. Rosehaven podría salir corriendo. ¡Tan bonita como es y no quiere sacarse partido para ponerlo de rodillas!

—¿Por qué tratar de ponerlo de rodillas si lo que pretendo es que salga corriendo? —preguntó la hija de Loxley.

—No lo hará —consideraron las otras tres.

—Pero yo todavía podría huir. ¿Y si me escabullese por una ventana?

Aurelia se acercó a ella y le sostuvo una mano entre las suyas.

—¿Quieres hacerlo?

La verdad resultaba mucho más complicada que un sí o un no. Había cometido un error cuando aceptó, llevada por el enfado, aquella proposición matrimonial.

Cerró los ojos. Todavía podía ver la nota que cambiaría el rumbo de toda su vida.

Mi estimada lady Beatrice:

He llegado a la conclusión de que cortejarla exige más paciencia de la que imaginaba poseer.

Me ha permitido besarla cuando le ha apetecido y me ha besado cuando se le ha antojado, me ha pedido después que la deje en paz y lleva días escondiéndose de mí como si yo fuese algún tipo de enfermedad contagiosa.

He tenido que conformarme con enviarle flores, libros y notas a una mujer que se niega incluso a concederme cinco minutos de conversación, lo cual resulta bastante humillante para un hombre que hasta hace poco creía saber desenvolverse con cierto éxito entre las damas.

Supongo que encontrará divertida mi situación. Yo bastante menos.

Esta mañana, además, todo Londres considera que su padre y yo llevamos algún tiempo negociando nuestro matrimonio.

No pienso tolerar que su nombre quede unido al mío para que después se diga que la he perseguido sin intención de responder por ello, y tampoco voy a seguir permitiéndole que me bese como si pudiera olvidarme al día siguiente. Así que dejaré de perseguirla.

Tenemos que casarnos.

Podrá seguir discutiendo conmigo cuanto quiera, evitar mis sonrisas, insultar mi vanidad y recordarme todas las veces que ha conseguido hacerme perder la paciencia.

Incluso aceptaré que continúe fingiendo durante algún tiempo que no siente nada cuando me acerco a usted, pero tendrá que hacerlo siendo mi marquesa.

Si todavía pretende obligarme a desistir, me temo que ha escogido al hombre equivocado.

Con menos paciencia que ayer, Rosehaven.

Y ante aquella nota, ella simplemente le envió una en la que puso un escueto: «acepto». Ni más ni menos.

Durante las dos semanas posteriores había buscado una salida cada mañana y, cada noche, había terminado llegando a la misma conclusión: sería ella quien tendría que pronunciar las palabras que rompiesen el compromiso y enfrentarse después a Rosehaven, a la sociedad y a todo lo que sentiría al verlo alejarse. Y no había sido capaz de hacerlo.

—Beatrice, ¿quieres casarte con él? —inquirió de nuevo Aurelia.

—No lo sé —admitió—. Pero sé que tengo miedo.

—Eso sí que lo entiendo muy bien.

Beatrice contempló sus dedos entrelazados con los de su amiga.

—Después de hoy ya no habrá vuelta atrás. Y si me convierto en su esposa tendré que hacerlo bien.

Cecily frunció el ceño y luego preguntó:

—¿Qué significa eso?

—Lo que mi madre me enseñó. Tendré que cuidar mi aspecto, ocuparme de que me encuentre agradable al regresar a casa, procurar que nunca tenga motivos para mirar demasiado a otra mujer y convertirme en alguien a quien no quiera perder.

Las tres guardaron silencio durante unos momentos y Aurelia fue la que finalmente habló:

—Beatrice, un marido que necesita todas esas cosas para ser fiel no merece que te esfuerces tanto.

—No quiero sufrir, Aurelia.

—Solo puedes esperar y ver de qué pasta está hecho él. ¿Crees que yo confiaba en Damian? Tú estabas conmigo cuando nos abrió la puerta el ama de llaves…

—¡No me lo recuerdes! No sé cómo pudiste seguir adelante después de aquello.

—Tienes que darle una oportunidad, porque no solo se la estarás concediendo a él, sino a ti también. Damian lo ha investigado bien, Beatrice. Rosehaven es un buen hombre.

—Seré una buena esposa para él; es todo lo que puedo ofrecerle.

No me perderé por un hombre —aseveró convencida.

Y no añadió que, después de casarse, jamás permitiría que Rosehaven volviese a verla como estaba aquella mañana.

Sería la marquesa que él esperaba, vestiría como correspondía, aprendería qué colores lo obligaban a mirarla dos veces y qué peinados conseguían que sus ojos se detuviesen en ella.

Si tenía que competir durante el resto de su vida con todas las mujeres que encontrarían atractivo a su esposo, lo haría con todas las armas que su madre le había enseñado.

Solo había una cosa que nunca pensaba entregarle: su corazón.

Y jamás le confesaría que se había enamorado de él.

Podría funcionar. Si se convertía en la marquesa perfecta, tal vez ambos tuviesen una relación cordial y acabasen respetándose el uno al otro… Pero eso ocurriría al día siguiente.

****

Edmund Bellgrave, marqués de Rosehaven, no era un hombre impresionable.

Era más bien de los que causaba impresión, por tal motivo era más increíble todavía que se hubiese quedado sin respiración al verla.

La había echado terriblemente de menos. Ninguna mujer lo sacaba de sus casillas de un modo tan encantador como ella.

Beatrice apareció al otro extremo del salón acompañada por lady Harrowmere y avanzaba hacia él con una expresión tan seria que cualquier otro hombre podría haber interpretado aquella falta de alegría como una clara advertencia. Rosehaven no. Él amaba los retos y valía la pena intentarlo.

Nunca la había visto tan formidable. Su vestido era sencillo hasta rozar la austeridad, apenas llevaba adornos y su cabello estaba recogido sin ninguna de las sofisticaciones que otras damas utilizarían para una ocasión semejante.

Sin embargo, cuanto menos parecía esforzarse Beatrice por llamar la atención, más difícil le resultaba a Edmund mirar hacia otro lado, porque ella no necesitaba de ninguna floritura para destacar.

La sencillez que la envolvía era suficiente como para hacerla destacar frente al resto.

Lo volvía loco. Se veía tan madura, tan segura, tan…

tan… ¡tan formidable! ¿Ya había pensado que estaba formidable?

Oh, sí, cierto, lo había pensado una y mil veces, ¡porque realmente lo era!

Una Venus perfecta, sencilla, sin diamantes, sin exceso de seda, encajes o muselina…

Era una mujer que le demostraba que era más valiente de lo que él podría llegar a pensar.

Admiraba su ímpetu y su fortaleza. Eso era lo que lo había conquistado desde el principio.

Él le mostró su vanidad, se aferró a su título y fortuna, y ella no tuvo ningún reparo en tratarlo como a un simple hombre.

Una mujer increíble que pronto sería toda suya.

Sería un mentiroso si no reconociese que había tenido sus dudas sobre si ella se presentaría para casarse con él, así que el alivio fue tan intenso que Edmund sintió deseos de reírse de sí mismo.

Durante dos semanas, había imaginado demasiadas veces que llegaría el momento de la ceremonia y alguien tendría que informarle de que lady Beatrice Loxley había huido hacia Escocia, Francia o la India con tal de no convertirse en su esposa.

No lo había hecho. Aquel pequeño diamante testarudo estaba aceptando de verdad convertirse en su mujer.

Rosehaven sonrió; Beatrice lo vio y la dama frunció el ceño.

Aquello consiguió que su sonrisa se ensanchara y fuese, no solo brillante, sino muy franca.

Si el marqués hubiese podido leerle la mente, se hubiera dado cuenta de lo decepcionada que ella estaba, pues había previsto que él la miraría y mostraría desagrado.

¿Por qué se le apreciaba tan contento?, se preguntó Beatrice.

Entonces la dama llegó a su lado; él sacó pecho y la ceremonia comenzó.

Edmund apenas escuchaba algunas de las palabras pronunciadas por el ministro de Dios porque estaba demasiado pendiente de la mujer que permanecía a su lado, de la tensión con la que mantenía las manos unidas sobre su vientre y de la forma en que evitaba mirarlo incluso de reojo.

En el momento de pronunciar los votos, Beatrice lo hizo con la voz firme y Rosehaven respondió del mismo modo.

Cuando todo terminó y el sacerdote le indicó al marido que podía besar a su esposa, un emocionado Edmund se volvió hacia ella con una satisfacción que no tenía intención de disimular.

Y como Beatrice recordaba que Aurelia, durante su propia boda, había conseguido evitar que Damian la besase como esperaba, no se lo pensó dos veces e hizo lo que sabía que debía hacer.

La nueva marquesa de Rosehaven ladeó el rostro justo cuando su esposo se disponía a formalizar la unión, de tal modo que los labios del Marqués Radiante encontraron su mejilla en vez de sus labios.