Capítulo 8
Las consecuencias de lo inevitable
NOTICIAS DE SOCIEDAD
La aristocracia está expectante. Parece que las conjeturas despertadas en torno a lady B.
L . y el marqués de R. pueden darse por resueltas.
Esta columna se encuentra en disposición de confirmar que la pareja contraerá matrimonio en circunstancias poco ortodoxas.
Se habla de un amor inesperado y tan impaciente que podría desembocar en el uso de una licencia especial y una ceremonia reservada al círculo más íntimo de ambos.
La rapidez del enlace ha provocado, como era de esperar, numerosas especulaciones, aunque quizá la explicación sea mucho menos escandalosa de lo que algunos desearían.
Según fuentes del todo fidedignas, el Marqués Radiante ha descubierto que la paciencia pierde buena parte de su encanto cuando toca esperar para convertir en esposa a la dama que ha conseguido ponerlo de rodillas.
Resulta reconfortante comprobar que incluso los caballeros más seguros de su atractivo pueden perder la compostura cuando aparece la mujer adecuada.
Hay que celebrar un cambio en las posiciones.
Siempre se espera que sean las damas quienes suspiren y confíen en ser escogidas; esta servidora de ustedes celebra que, por una vez, sea un caballero quien parezca incapaz de aguardar.
En cuanto a lady B. L. , nada hace pensar que su próximo ascenso social vaya a volverla más dócil.
Quienes esperen verla rendida ante la deslumbrante presencia de su futuro esposo quizá sufran una pequeña decepción.
Para una dama de semejante carácter, casarse con el Marqués Radiante podría significar no quedarse cegada por su resplandor.
Sobre si ambos serán felices, esta columnista prefiere no aventurarse.
El amor puede explicar muchas decisiones precipitadas, pero nadie asegura que facilite la convivencia entre un caballero acostumbrado a salirse con la suya y una dama que lleva varias temporadas demostrando que no se deja conquistar con facilidad.
Lo que sí puede esperar la sociedad, incluida esta columnista, es que una pareja tan imprevista dé muchísimo de qué hablar.
La Pluma Indiscreta.
Habían transcurrido dos semanas desde que Beatrice aceptó convertirse en la esposa del marqués de Rosehaven y, durante ese tiempo, hizo todo lo posible por no esconder que lamentaba profundamente su decisión.
Ella misma había escrito la nota en el periódico que buena parte de la aristocracia esperaba que apareciese anunciando el próximo matrimonio.
Beatrice consideró que tomar las riendas de su situación a través de la columna sería lo mejor.
Se sentía traicionada, triste y temerosa debido a su futuro.
Así que dejó las cuestiones de la boda en manos de Damian y él acordó que las nupcias serían a la mayor brevedad posible.
No volvió a discutir con Aurelia ni con Cecily acerca de la columna anterior publicada por la Pluma Indiscreta porque, sencillamente, dejó de hablar con ellas sobre cualquier asunto que tuviese relación con el matrimonio.
Se mostraba educada durante las comidas, respondía cuando alguien se dirigía a ella y no llegó a cometer la grosería de encerrarse permanentemente en su habitación, pero había establecido una distancia tan evidente que, hasta Lavinia, que estaba poco acostumbrada a rendirse cuando una de sus amigas sufría, acabó comprendiendo que cualquier intento por atravesar aquella barrera solo conseguiría que Beatrice se replegara todavía más.
Aurelia trató de hablarle de los preparativos para la boda en dos ocasiones.
Cecily lo intentó tres veces. Lavinia, con bastante menos delicadeza, llegó incluso a sentarse una tarde frente a ella y anunciarle que no se marcharía hasta que Beatrice admitiese que estaba comportándose como una lunática. Ninguna tuvo éxito.
Rosehaven tampoco.
El marqués se presentó varias veces en casa de lord y lady Harrowmere y pidió verla con tal insistencia que hizo que el servicio de la casa se pusiera nervioso debido a su vehemencia.
Damian tuvo que explicarle en cada ocasión que Beatrice no deseaba recibirlo y que, mientras ella permaneciese bajo su protección, respetaría aquella decisión.
Edmund no reaccionó bien; se enfrentó a Damian, gritó y lo amenazó, pero el Conde Oscuro se contuvo porque él mismo había estado en las botas de Rosehaven.
Además, el marqués no causó ningún escándalo que pudiese llegar a oídos de la sociedad.
A la cuarta negativa de ella por recibirlo, ya nadie en aquella casa ignoraba que la paciencia del pretendiente de la dama estaba empezando a agotarse.
Beatrice llegó a sospechar que todos creían que lo estaba poniendo a prueba deliberadamente, como si quisiera comprobar cuánto tardaría su prometido en cansarse de una mujer que ni siquiera accedía a verlo antes de la boda.
La idea no era del todo absurda. Una pequeña parte de ella sí esperaba que Rosehaven reconsiderase su decisión, recuperase el buen juicio y descubriera que casarse con una mujer que llevaba dos semanas escondiéndose de él era una idea pésima.
Eso no ocurrió. Edmund Bellgrave resultó todavía más persistente de lo que nadie habría supuesto.
La última vez que se presentó en casa de Harrowmere dejó claro, ante Damian, Aurelia y Cecily, que se casaría con Beatrice y que más le valía a su prometida presentarse a la hora acordada porque, si decidía escapar, él mismo iría tras ella, aunque tuviese que perseguirla hasta el fin del mundo.
Lo había dicho con la suficiente seriedad como para que nadie lo confundiese con una broma.
Damian lo creía, pues él mismo lo hubiese hecho con Aurelia.
Además, el conde comprendía aquella certeza irracional mejor de lo que estaba dispuesto a reconocer, dado que él mismo había necesitado muy poco tiempo para saber que Aurelia terminaría formando parte de su vida.
Para lord Harrowmere, el Marqués Radiante no era tan diferente de él; por ese motivo comenzó a sentir cierta simpatía por el pretendiente agraviado, a pesar de que su esposa lo regañaba por no mostrarse más firme cuando Rosehaven irrumpía en su casa con sus exigencias sobre su prometida.
Además, para Damian, el tipo era bastante valiente, porque ni siquiera parecía importarle que el Conde Oscuro lo observase como si estuviese calculando cuántos segundos necesitaría para dejarlo tendido en el suelo.
Rosehaven estaba demasiado enfadado y decidido como para ocultar hasta qué punto lo obsesionaba la hija de Loxley.
Damian mismo había tenido que convivir con esa sensación de desear besar a su esposa y, al mismo tiempo, zarandearla por ponerle tan complicadas las cosas durante el inicio de su relación.
Beatrice, por supuesto, se mantenía al margen de toda la situación; incluso daba la sensación de que ella no era la que iba a casarse.
Ah, pero el paso del tiempo no se podía detener y el día de la boda llegó.
La ceremonia iba a celebrarse en casa de lord y lady Harrowmere gracias a una licencia especial y no habría más invitados que los condes, Cecily y Lavinia, además de los novios, por descontado.
Georgiana estaba embarazada de nuevo y su salud era un poco delicada, así que no podría acudir.
Beatrice agradecía aquella intimidad. Sin salones repletos ni mujeres observando su vestido, o caballeros deseosos de averiguar si la joven que había escapado de Aldrich estaría satisfecha por entregarse a un marqués.
Aun así, mientras se estaba mirando en el espejo, no podía hacer otra cosa más que desear con todas sus fuerzas encontrarse en cualquier otro lugar.
Había elegido deliberadamente el vestido menos favorecedor para su boda.
Era de una seda marfil demasiado apagada, con líneas sencillas y casi sin adornos, con un escote muy modesto y unas mangas que no hacían nada por realzar la belleza.
El cabello lo tenía recogido con la misma sobriedad de siempre, sin más ornamento que unas pequeñas flores blancas que Aurelia había insistido en colocarle y sin joyas.
Beatrice se contemplaba con atención. Su aspecto era exactamente el que pretendía mostrar. No parecía una marquesa ni mucho menos una mujer digna de atraer la atención de un hombre como Rosehaven.
—Podrías haber escogido cualquier otro vestido —comentó Cecily detrás de ella.
Beatrice no se volvió.
—Este es adecuado.
—Es horrible.
—Gracias.
Aurelia le lanzó una mirada de advertencia a su hermana, aunque ella tampoco parecía especialmente satisfecha con el resultado.
—Estás hermosa, Beatrice.
—No lo estoy y lo sabes.
—Si crees que Rosehaven —tomó la palabra Cecily— saldrá horrorizado en cuanto te vea, te aseguro que te llevarás una auténtica decepción.
Los hombres testarudos son los peores y creo que tu marqués es mucho más terco que el propio Damian.
¿No te iría mejor con otra táctica, Beatrice?
No sé… tal vez si comenzases a verte deslumbrante y lo atas más a ti, podría ser que él perdiese por completo la cabeza.
¡Oh, qué tontería! Si Rosehaven ya está loco por ti.
—Él no está loco por mí, Cecily —refunfuñó su amiga.
—Lo está. ¿Qué otro hombre hubiese soportado que su dulce prometida le echase a un lado y no le concediese ni un minuto de su tiempo después de aceptar el compromiso?
Lavinia, que estaba apoyada junto a una de las ventanas, inclinó el rostro para ver mejor a su amiga.
—No seas tan dura con Beatrice, Cecily —dijo Lavinia—. Creo que ella tiene una táctica, tal y como la tenía Aurelia, y debemos dejarla equivocarse o acertar. Es su futuro lo que está en juego. Además, tú, de todas nosotras, eres la que menos sermones debería ofrecer —le dijo con cierta perspicacia.
—¿Que yo no debería sermonear? Menos deberías hacerlo tú —resolvió la otra.
—¿Qué está pasando aquí? —las interrumpió Aurelia.
—Nada —saltaron Cecily y Lavinia al unísono.