Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

—Aurelia no tenía otra opción, Beatrice. Ni ella ni su hermana tenían otro plan para escapar de Westcott; tú me tienes a mí.

—En realidad, sí que teníamos otra opción —intervino Cecily—. Mi hermana eligió casarse contigo porque quiso —expuso mientras observaba a Damian—, al igual que Beatrice lo hace con Rosehaven.

—Cecily —habló Aurelia—, yo no tuve más remedio que aceptarlo, aunque doy gracias cada día por la decisión que tomé. —Luego le sonrió a su marido, quien correspondió al gesto.

—Oh, no, Aurelia. Yo tenía un plan para salir del embrollo y tú te lanzaste a los brazos de Damian porque te impresionó. Al igual que Beatrice —insistió de nuevo.

—¡Por amor de Dios! —se quejó la hija de Loxley—. Rosehaven sería el último hombre que hubiese elegido para casarme.

—Pero bien que le permitiste besarte —le recordó Cecily con suavidad—. Si no estás segura de lo que quieres hacer, dile que necesitas tiempo antes de casarte, proponle un año de compromiso.

—¡No quiero tiempo! Quería que me dejarais decidir mi vida sin intervenir.

—¡No hemos sido nosotras! —protestó Cecily, quien miró de reojo a su hermana y se apresuró a decir—: Bueno, yo no he sido.

—Te conozco lo suficiente como para saber que no confesarías algo así hasta que yo nadase en un mar de arcoíris —apuntó Beatrice.

—Estás siendo injusta —refutó Cecily.

Beatrice miró a sus amigas llena de furia.

—Cuando sea desgraciada con él vendré a visitaros. Os prometo que lo haré. Me presentaré en este mismo despacho y os agradeceré personalmente cada día de amargura que me haya proporcionado el marido que estabais tan convencidas de que me convenía.

—No vas a ser desgraciada —sentenció Aurelia.

—¿Cómo estás tan segura?

—Porque Rosehaven no es tu padre.

Aquella frase terminó de agotar su paciencia.

—¡Eso no lo sabes! Nadie puede saberlo. Mi madre tampoco era consciente de qué clase de marido tendría cuando se casó y terminó consumiéndose por un hombre al que amaba demasiado.

Cecily se acercó un paso.

—Beatrice…

—No. —La voz le tembló y esa vez no consiguió esconderlo—.

No entendéis por qué tengo tanto miedo… Creéis que puedo protegerme simplemente siendo prudente.

Y ya no puedo. ¡Lo amo! —volvió a gritar—.

Estoy enamorada de Rosehaven y precisamente por eso no quería casarme con él.

Porque si algún día descubro que otra mujer le interesa más que yo, si empieza a llegar tarde a casa, a beber o perder una fortuna mientras juega, yo no podré soportarlo.

Con él corro más peligro que con otro de acabar convertida en mi madre, y todas sabemos el motivo por el que ninguna deseaba casarse sin sus propias condiciones.

La confesión había salido de ella cargada de rabia y, una vez pronunciada, ya no había forma de negar la verdad.

Aurelia tenía los ojos húmedos al ver que las lágrimas corrían por las mejillas de su mejor amiga.

—Él no es Loxley —insistió, porque no sabía qué más podía decirle—. Yo pensaba como tú. Temía que Damian pudiese herirme y sabes que todo ha salido bien. Mi esposo me adora y yo lo amo.

—Espero que tengas razón, porque, como no salga bien y termine igual que mi madre, os agradeceré que tengáis la delicadeza de no presentaros en mi sepelio para proclamar que solo queríais mi felicidad.

—¡Beatrice! —exclamó Cecily horrorizada.

La hija de lord Loxley ya estaba junto a la puerta de salida y la había abierto.

—¡Disfrutad de vuestra victoria! —exclamó para luego salir del despacho y cerrar dando un sonoro portazo. Tan violenta fue la acción que incluso un cuadro de detrás de Damian se movió y se quedó torcido.

Durante varios segundos ninguno de los tres dijo nada. Fue el conde quien carraspeó.

—Rosehaven no tiene ninguna posibilidad de domesticar a semejante fiera. Ella es bastante más conflictiva que tú.

Aurelia giró lentamente la cabeza hacia su marido.

—Damian… —lo regañó con el uso de su nombre.

—Es un elogio sincero. —El conde miró hacia la puerta por la que Beatrice acababa de desaparecer—.

Estará bien con él. Esa muchacha es mucho más fuerte de lo que cree.

Si Rosehaven intenta comportarse como Loxley, Beatrice se lo merendará y escupirá sus restos antes de que el pobre infeliz descubra qué ha ocurrido.

—No sé si eso me sirve de consuelo.

—A mí me tranquiliza bastante —musitó Damian.

Lady Harrowmere volvió entonces la mirada hacia Cecily y la observó con mucha perspicacia.

—No me mires así, Aurelia.

—Tú estabas convencida de que ella debía darle una oportunidad a Rosehaven, hermana.

—¡Eso no significa que haya escrito la columna! —se defendió la acusada.

—Conoces perfectamente el estilo.

—¡Tú también!

Damian puso de inmediato los ojos en su esposa. Aurelia reparó en ello al instante.

—¡Ni se te ocurra insinuarlo! —le advirtió a su marido.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando.

—Solo intento averiguar quién de vosotras decidió incendiar Londres antes del desayuno.

—Yo no he sido —insistió Cecily.

—No sería la primera vez que usas la columna sin consultar a nadie. Yo misma sufrí las consecuencias de tus bienintencionadas acciones cuando decidiste hablar sobre la escena tan indecorosa que Damian y yo protagonizamos en el teatro.

—Dios santo… No me acordaba de eso —dijo él, mientras ataba cabos. ¡Así que de airear aquello se ocupó Cecily!

—¿Y no te sirvió para que tu esposo comenzase a adorarte? —se defendió la otra hermana.

—¿Es una confesión de que has sido tú de nuevo? Solo puedes haber sido tú, Cecily.

—¿Yo? ¿Y por qué no Damian o tú?

—Cecily, si confiesas…

—Piensa lo que desees de mí, siempre lo haces —la cortó su hermana pequeña. Acto seguido abandonó el despacho como si fuese una gran duquesa a la que habían ofendido para toda la eternidad.

Damian seguía mirando a su esposa con fijación.

—Yo no he sido, Damian.

—Yo tampoco —le aseguró el conde.

Los dos se centraron en el periódico que seguía abierto sobre el escritorio sin poder desprenderse de sus sospechas. ¿Habría sido Lavinia? ¿Georgiana desde el campo? ¿Quién?