Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

—Mi hija no se casará con usted por las buenas. Encontrará un modo de escapar. No importa de qué modo la corteje o lo que le prometa. Y si por algún milagro consigue que lo acepte, no se permitirá amarlo nunca.

—Está diciendo tonterías.

—Oh, fui el peor de los maridos. Dios sabe que lo intenté… un poco, pero nunca he sido un hombre de una sola mujer. Demasiado llamativo para quedarme quieto. Usted se parece mucho a mí, Rosehaven, y mi hija lo habrá advertido ya.

Edmund sintió una punzada de irritación.

—No se atreva a compararme con usted.

—¿Por qué no? A los ojos de mi hija tenemos bastante en común, ya se lo he dicho.

—No nos parecemos en nada.

Lord Loxley sonrió con una suficiencia que Edmund encontró profundamente desagradable.

—Cuando tenía su edad yo era más apuesto que usted.

Rosehaven levantó una ceja.

—Ser apuesto no es ningún mérito.

—Ya lo creo que lo es. Pregúntele a cualquier mujer.

Casadas, viudas o solteras, pocas se molestaban en ocultar su interés y yo no encontraba motivos para rechazarlas.

Siempre he disfrutado de las cartas y, aunque no lo crea, ganaba muchas veces.

Y el licor… un buen whisky escocés… ¿Quién se negaría a semejante capricho?

Edmund sintió que la mandíbula se le endurecía.

—Sigue sin describirme.

—No importa lo que usted crea de sí mismo.

Le estoy explicando lo que ve Beatrice cuando lo mira.

Un hombre apuesto que juega, que conoce el efecto que produce y al que las mujeres estarían encantadas de seguir hasta el infierno si les sonriese mientras las conduce hasta allí.

Mi hija vio a su madre consumirse por alguien exactamente así.

No estoy orgulloso de lo que hice, pero ¿acaso le pedí yo a mi condesa que se enamorase ciegamente de mí?

No. Lo nuestro debía ser como cualquier otro matrimonio.

Con Beatrice no tendrá suerte. Ella nunca ha sido tan dócil como mi esposa.

Harrowmere me libró de un auténtico dolor de cabeza cuando se la llevó.

—Loxley se quedó un momento pensativo y luego preguntó—: Dígame, ¿no le importa que ella no sea pura?

Dudo mucho que Harrowmere no se haya cobrado…

Loxley no llegó a decir una palabra más. El puñetazo que Rosehaven había estado conteniendo acabó por cerrarle la boca. El conde no lo había visto acercarse hasta su posición, tan concentrado como estaba en sus repugnantes suposiciones.

Loxley trastabilló hacia atrás por la fuerza del golpe y tuvo que apoyar una mano sobre el escritorio para no perder el equilibrio. Cuando volvió a mirar a Rosehaven, tenía sangre en la comisura de la boca y una expresión de absoluto asombro. Entonces mostró una pequeña sonrisa.

—¡Está encaprichado con ella! —exclamó al darse cuenta de la verdad—.

La conozco bien. Si quiere casarse con mi hija y no acabar volviéndose loco, le iría mucho mejor si lo hiciera por interés.

Dígale que quiere Yorkshire, que necesita una marquesa y que ella resulta adecuada.

Convierta el matrimonio en un acuerdo sencillo, comprensible y sin sentimientos de por medio.

Eso, quizá Beatrice sí pueda aceptarlo. Lo que jamás soportará es enamorarse de un hombre al que crea capaz de hacerle lo mismo que yo le hice a su madre.

Se saldrá con la suya, aunque le aseguro que se pasará el resto de su vida arrepintiéndose de su decisión porque la chica le hará pagar por cada uno de los pecados que a mí me atribuye.

¿Por qué cree que me costó tanto que alguien la aceptase en una apuesta? Ella es insoportable.

—Ya le he dicho lo que pretendía. No se desvíe del camino y no me haga venir a llamarle la atención, Loxley.

Y tras esas palabras, el marqués de Rosehaven se dio media vuelta y se marchó de aquella odiosa casa.

***

Mientras tanto, aquella misma mañana, pero en otro lugar diferente, el conde Harrowmere, Damian, estaba sentado detrás del escritorio de su despacho, con Aurelia frente a él y Cecily instalada en uno de los sillones.

Los tres levantaron la cabeza cuando Beatrice entró sin anunciarse, cerró la puerta a su espalda y avanzó hacia ellos con el periódico apretado entre los dedos.

—Espero que estéis satisfechas —les dijo la hija de Loxley.

Aurelia frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

Beatrice dejó el periódico sobre el escritorio de Damian con tanta fuerza que el tintero tembló.

—No me tomes por estúpida.

Cecily se incorporó.

—Beatrice…

—¿Cuánto tiempo llevabais preparando esto? ¿Desde que decidisteis que Rosehaven era perfecto para mí? ¿Desde que Calder se marchó? ¿O tal vez desde que llegasteis a la conclusión de que ya he abusado bastante de vuestra hospitalidad?

El semblante de sus amigas cambió de inmediato.

—¿A qué te refieres? ¿Y cómo podrías pensar que no te queremos aquí? —preguntó Aurelia desconcertada.

—Porque alguien ha publicado esto y sé que yo no he sido —dijo con retintín.

Damian cogió el periódico y tanto Cecily como Aurelia se colocaron detrás para poder leer lo que fuese aquello a lo que Beatrice se refería. La expresión de ambas fue de asombro, mientras que Damian no se alteró lo más mínimo.

—Uhm… la Pluma Indiscreta … ¿al fin me confesarás que estás detrás de esta columna, amor mío? —preguntó con interés el Conde Oscuro.

Cecily abrió mucho los ojos y Aurelia lo miró enfadada.

—¿Eso es lo que te preocupa ahora? ¿Te parece que es un buen momento para que te confirme mi autoría en esto, Damian?

Él se encogió de hombros.

—Llevaba bastante tiempo sospechándolo y me ha parecido un buen momento para desenmascararte por completo.

Beatrice soltó una risa incrédula.

—Ya te lo confirmo yo, Damian. Aurelia, Cecily, Lavinia, Georgiana y yo, las cinco, somos la Pluma Indiscreta . Ya no hace falta proteger el gran secreto, porque alguien de este despacho ha decidido utilizarlo contra mí. ¿Quién ha sido?

—Yo no he escrito eso —dijo Cecily.

—Ni yo —añadió Aurelia.

Beatrice miró a Damian. El conde arqueó una ceja.

—¿Yo? ¡Si acabo de confirmar mis sospechas! Además, no sabría imitar vuestra columna ni, aunque me pagasen por hacerlo.

—Beatrice —intervino Aurelia—, ninguna de nosotras ha publicado esa nota. Y Damian no sabría escribir un chisme con nuestra destreza.

—Entonces explícamelo, porque alguien asegura que mi padre está negociando mi matrimonio con Rosehaven precisamente después de que vosotras dos os pasarais una mañana entera tratando de convencerme de que le diese una oportunidad.

Cecily se puso de pie.

—Yo jamás escribiría algo que le diera a Loxley poder sobre ti.

—Pero sí escribirías algo para empujarme hacia Rosehaven si creyeras que estoy siendo una cobarde.

Tú eres así, Cecily. Estás cargada de buenas intenciones y no mides las consecuencias de tus actos.

—Ladeó el rostro y buscó a la condesa—. ¿Y tú, Aurelia?

¿Tampoco has sido tú? —El modo en el que lo preguntó dejó en evidencia que no iba a creerse nada.

—Por supuesto que no.

Beatrice las contempló a ambas y después volvió los ojos hacia Damian. Comenzó a negar con la cabeza.

—Los tres pensáis que él es un partido magnífico. Un marqués rico y, según parece, lo bastante interesado en mí como para solucionar el pequeño inconveniente que supone tenerme viviendo aquí.

Aurelia palideció.

—No vuelvas a decir eso. Esta será tu casa durante todo el tiempo que quieras.

—Pues alguien parece bastante interesado en que no tenga más alternativa que aceptarlo como esposo. —Sacó una carta doblada que llevaba escondida entre los pliegues de la falda y la sostuvo delante de ellos—. Vuestro pretendiente ideal me ha escrito. Su nota acaba de llegar hace poco.

Cecily perdió de inmediato parte de su indignación.

—¿Y qué dice?

—Que después de la publicación de la columna nuestra situación se ha vuelto insostenible, que la sociedad ha comenzado a interpretar públicamente un cortejo que hasta ahora no había sido formal y que debemos decidir qué vamos a hacer antes de que todo se nos vaya de las manos.

Damian extendió la mano.

—Déjame leerla.

Beatrice apartó la carta.

—No.

—Solo quiero saber exactamente qué pretende.

—Casarse conmigo. ¿No ha quedado claro?

El silencio imperó en la habitación y Aurelia fue la primera en reaccionar:

—Entonces… ¿te lo ha pedido?

—De una forma muy propia de él. Ha señalado que, puesto que todo Londres parece convencido de que existe un acuerdo, lo más razonable sería que dejásemos de comportarnos como dos necios y lo convirtiésemos en una realidad.

Cecily abrió la boca, pero Aurelia no le permitió hablar:

—No te lo habrá pedido así… —se lamentó la condesa.

—Ha sido práctico —expuso Beatrice, restándole importancia al asunto.

—Uhm… Hombres prácticos, Dios nos proteja de ellos —comentó Aurelia mientras miraba a su marido, quien tuvo el buen juicio de mirar hacia otro lado. La proposición de Damian fue un desastre y él se arrepentía de ello.

—¿Qué le vas a responder? —preguntó Cecily con suavidad.

Beatrice sintió que los ojos comenzaban a arderle, aunque se negó a llorar delante de ellos.

—Ya le he respondido. Le he dicho que acepto su propuesta.

—Los tres se quedaron muy quietos—. Así que podéis felicitarme y daros un par de palmaditas en la espalda porque ya lo habéis conseguido.

Me casaré con vuestro maravilloso Marqués Radiante y todos podremos fingir que este ha sido un desenlace magnífico.

—Beatrice, si no quieres casarte con él, no tienes que hacerlo —le dijo Aurelia.

—Demasiado tarde. Tú mejor que nadie deberías saber lo que significa para una dama dar su palabra.

—Nunca es demasiado tarde; puedes retractarte —intervino Damian.

Ella se volvió hacia él.

—¿De verdad? ¿Le habrías permitido a Aurelia salir del compromiso que acordasteis?

—Aquello fue completamente diferente, Beatrice —le dijo el conde.

—Una manera muy sutil de decir que no, Damian. Rosehaven tampoco se detendrá. Después de este rumor, cree que tiene que responder como corresponde a un hombre de su posición. No lo dejará correr.