Capítulo 7 #2
—Había perdido la partida. Supuse que cuando la chica se fue a vivir con Harrowmere, ustedes dos debieron llegar a un acuerdo sobre cómo repartirse las ganancias, porque él no ganó la finca.
O eso, o usted no encontró aceptable a Beatrice y se la cedió a ese maldito bastardo.
No lo culparé por no quererla, ¿sabe? Me costó bastante que Aldrich la admitiese como pago por una apuesta fallida.
No es bonita, pero sí joven y le dará hijos sanos, aunque mi esposa no me dio a mí más que una hija no se preocupe tampoco por eso.
La chica tiene una salud mucho mejor que la que tuvo mi condesa, así que estoy convencido de que le dará un heredero y un par de repuestos.
A Aldrich le valió esa explicación. Como se imaginará, no le hablé de la propiedad de Yorkshire.
—Estamos hablando de la finca, no de mis asuntos o el desgraciado de Aldrich —le recordó.
—Cierto, cierto. Verá, no le dije nada porque no estaba de humor para facilitarle la victoria y supuse que en algún momento alguien se acabaría dando cuenta, y esperé pacientemente para verle la cara cuando se enterase de que había perdido parte del botín frente a Harrowmere.
La chica valía más de lo que supuso. Ah, pero usted no es tan torpe como creía.
Ya está tratando de enmendar su error. He leído la nota del periódico esta mañana.
Es astuto, así que confiese que lo sabía, hombre.
Yo no lo censuraré. ¿Cree que me hubiese casado con la madre de Beatrice si el padre de mi condesa no hubiese aportado una dote tan generosa como la que obtuve por ella?
Anne —ese era el nombre de su condesa— no era la más hermosa, pero sí la más rica que pude encontrar.
Rosehaven tuvo que recordarse que golpear al padre de la mujer a la que pretendía convertir en su esposa posiblemente no fuese la manera más adecuada de proceder… Ay, pero ¡qué a gusto se quedaría si le estampase el puño derecho en el estómago!
—¿Dónde está el documento?
—Mi antiguo abogado conserva una copia. Imagino que el original estará entre los papeles de los fiduciarios. No he tenido necesidad de buscarlo porque sabía que tarde o temprano usted descubriría la situación.
—¿Y decidió esperar solo por placer?
—Tenía curiosidad.
—Usted sabía que yo estaba invirtiendo mucho dinero en una propiedad que no era ni suya ni mía.
—También sabía que tarde o temprano acabaría llamando a mi puerta. ¡Emparentaré con un marqués! —exclamó satisfecho—. La jugada me ha salido bastante bien; se podría decir que perdí la batalla, pero ganaré la guerra. Usted me conviene muchísimo más que Aldrich.
—¿Se da cuenta de lo que ha hecho?
—Oh, sí. Debo decirle que le he seguido de cerca.
Después de todo lo que supongo que habrá invertido en Yorkshire, no puede más que tratar de luchar por mi hija con uñas y dientes si no quiere perder hasta la camisa.
Escuché decir que Calder, antes de marcharse al campo, aceptó su oferta para el canal.
—¡Por amor de Dios! ¿De verdad cree que yo me casaría por interés?
—Ese botarate no tenía la menor idea de lo que había causado.
Edmund despreciaba los matrimonios arreglados y si la verdad llegase a salir a la luz…
¿Qué pensaría Beatrice de él? No era ningún estúpido; sabía bien lo que podría parecerle a cualquiera su repentino interés por la hija del despreciable Loxley.
—Estoy bastante seguro.
—Entonces ha perdido el juicio.
—¿Eso cree? —Loxley señaló con el vaso el periódico que descansaba abierto sobre el escritorio en una clara referencia a la nota publicada esa mañana—.
Según parece, hemos estado negociando su matrimonio con mi hija desde hace algún tiempo.
Debo confesar que me ha sorprendido descubrirlo mientras desayunaba, pero no voy a quejarme.
La noticia resulta extraordinariamente conveniente… para usted.
Edmund suspiró. Si lo zarandease un poco… ¿lograría disipar la rabia? Sería mejor no tentar a la suerte, porque podría acabar matándolo con gran facilidad.
—Los periódicos publican muchas estupideces.
—Cierto, pero algunas estupideces adquieren gran utilidad en el debido momento.
Después de esta publicación, media sociedad estará esperando que usted pida la mano de Beatrice.
La otra media estará preguntándose qué ha conseguido el padre de la dama del Marqués Radiante, dado que mis circunstancias son…
un poco complicadas y saben que la chica no tiene dote.
—Loxley sonrió—. Y si usted retrocede ahora, mi hija volverá a convertirse en la pobre muchacha que ha sido rechazada después de librarse de Aldrich.
No creo que quiera jugar con su reputación.
Se comenta que es usted honorable y todo eso.
Y luego, claro está, tenemos lo referente a la finca de Yorkshire.
—Su mente está podrida, Loxley.
—¿La mía? Es usted quien ha descubierto que necesita —arrastró la palabra— casarse con la chica.
—Se equivoca —le dijo de inmediato.
—¿Entonces no está aquí porque quiere casarse con Beatrice? —preguntó el conde con el ceño fruncido.
—Quiero casarme con ella; no necesito casarme con ella.
Loxley se encogió de hombros.
—No veo la diferencia.
—La hay, se lo aseguro. He venido a verle porque estoy interesado en su hija y considero que un hombre de honor debe presentarse ante su padre antes de avanzar más de lo razonable. Eso es todo.
Loxley lo contempló por encima del borde del vaso.
—¿Y quiere que crea que Yorkshire no tiene ninguna influencia?
—Quiero que entienda que hasta hace cinco minutos ignoraba que la propiedad estuviese vinculada a Beatrice.
—Si lo que dice es cierto, su abogado es pésimo.
—Mi abogado va a pasar una tarde muy desagradable.
—Eso sí que me lo creo.
Edmund se acercó al escritorio y apoyó una mano sobre el respaldo del sillón que había abandonado hacía unos minutos.
—También quiero que comprenda otra cosa. Aunque usted siga siendo su padre, ya no decide sobre el futuro de lady Beatrice. Está bajo la protección de Harrowmere, aunque cualquier decisión sobre mi propuesta de matrimonio será exclusivamente de ella. Mi visita constituye una cortesía hacia usted.
Loxley se rio por lo bajo.
—Sí, sí… no tiene que ver con Yorkshire. Está bien, como desee, lord Rosehaven. ¿Algo más?
—Sí. Hay otra cuestión que debemos tratar. Si Beatrice acepta casarse conmigo, usted pasará a formar parte de mi familia; por tal motivo, no permitiré que continúe comportándose como hasta ahora.
La diversión desapareció poco a poco del rostro de Loxley.
—¿Disculpe?
—Me ha oído perfectamente. Está endeudado, bebe más de lo conveniente, continúa jugando y su nombre aparece relacionado con demasiados asuntos que una marquesa no debería tener que soportar cuando se hable de su padre.
—¿Y pretende educarme?
—Lo que voy a hacer es mantenerlo bajo control.
Loxley dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Y cómo piensa hacerlo? —se burló de él.
Rosehaven había pensado en aquello antes de presentarse y no necesitaba demasiado tiempo para responder.
—Le asignaré dos mil libras al año. Sus gastos básicos se pagarán directamente y dispondrá de una cantidad mensual suficiente para vivir como le corresponde a un hombre de su rango sin necesidad de volver a empeñar hasta los pomos de las puertas.
Los ojos de Loxley se iluminaron de inmediato.
—Eso resulta bastante generoso. Podría soportar tal grado de control.
—Todavía no he terminado. A cambio dejará las cartas, no contraerá nuevas deudas y reducirá el alcohol hasta un nivel que le permita recordar dónde ha pasado la noche.
No tendrá contacto con su hija jamás, a no ser que ella disponga lo contrario.
Tampoco hablará jamás de lady Beatrice, ni comentará nada sobre la apuesta que perdió con Aldrich o la que hizo en la partida que Harrowmere organizó.
Haga que su hija se enfade con usted y pagará las consecuencias.
El director de un manicomio situado al norte es un buen amigo mío y si compruebo que usted no está en pleno uso de sus facultades, no dudaré en recomendar su inclusión para que se mejore allí de sus debilidades.
Yo no doy segundas oportunidades. Tengo honor, como ha dicho, pero soy implacable cuando me propongo algo. Nunca lo olvide.
La expresión del conde se endureció.
—No soy un niño.
—Entonces no debería resultarle difícil comportarse como un adulto.
—¿Y si me niego?
—Hablaré con los clubes en los que tengo influencia.
También con los hombres que administran las casas privadas de juego que usted frecuenta y con cada prestamista que todavía esté dispuesto a concederle una guinea.
Puedo conseguir que descubran repentinamente que su firma vale menos que el papel sobre el que está escrita.
Loxley lo miró durante un buen rato.
—Está hablando de encerrarme financieramente.
—Más bien de impedir que vuelva a destruir a su hija para pagar sus vicios o que me acabe arruinando a mí. Los dos sabemos que, cuando los acreedores no puedan cobrar sus deudas, será a mí a quien se las pedirán. No tiente su suerte, Loxley.
—Ella es suya, y antes se la quedó Harrowmere. No puedo utilizarla, así que no se preocupe demasiado por Beatrice —apuntó de mala gana—. Ahora bien, si me quita el juego, ¿qué me quedará?
—Una vida decente —expuso Edmund mientras contenía las ganas de lanzarle un puñetazo.
Loxley sostuvo su mirada y, para sorpresa de Edmund, terminó sonriendo.
—Dígame una cosa, ¿cómo ha logrado que la chica lo acepte?
—¿Por qué tendría que negarse a convertirse en mi esposa?
—Oh, Rosehaven. ¿No conoce a la mujer a la que asegura que no desea solo por la inversión que ha hecho en Yorkshire? —Edmund se cuadró de inmediato y Loxley supo que había hecho diana.
—¿Cómo dice?
—Ahí está lo que estaba buscando.
—No sé de qué habla.
—Por supuesto que sí. —El hombre volvió a coger el vaso, aunque esa vez no bebió—. Tiene un problema, Rosehaven, y no es la finca de Yorkshire.
Edmund perdió la paciencia.
—Si piensa entretenerme con acertijos…