Capítulo 7
Una verdad preocupante
NOTICIAS DE SOCIEDAD
Esta columnista no ha olvidado que, durante la pasada temporada, lady B.
L. logró sustraerse, contra todo pronóstico, a un destino que muchos daban ya por resuelto ante el altar.
Tal feliz aplazamiento, celebrado por unos como prudencia y atribuido por otros a mero capricho, no parece, sin embargo, haber puesto fin a las inquietudes de su notorio padre.
Voces difícilmente desmentibles aseguran que dicho caballero, cuya constancia en materias paternas solo se aviva cuando median la conveniencia y el interés, habría entablado discretas negociaciones con cierto marqués de brillante presencia y reputación tan comentada como su reciente propósito de abandonar, por fin, las ligerezas de la soltería para sentar la cabeza.
Si el acuerdo llegara a confirmarse, no pocos salones hallarían nuevo entretenimiento en conjeturar si una joven que ya escapó una vez de un matrimonio impuesto estará dispuesta a correr igual fortuna por segunda vez…
sobre todo cuando el pretendiente en cuestión parece reunir, con alarmante perfección, todas las cualidades que una madre sensata desearía para su hija y todas las que una muchacha prudente haría bien en observar con cautela.
La Pluma Indiscreta.
Rosehaven había leído con mucha atención la nota aparecida aquella mañana bajo la firma de la Pluma Indiscreta .
La había repasado más de una vez durante el desayuno, deteniéndose especialmente en aquella supuesta negociación entre «el padre de lady B.
L. y cierto marqués de brillante presencia», una descripción tan poco sutil que media aristocracia habría sabido ponerles nombre a ambos antes de llegar al final del párrafo.
El asunto había dejado de ser privado. También convertía en imprudente seguir aplazando una visita que, por simple cortesía, debería haber realizado varios días atrás.
Si pretendía conseguir a Beatrice, y la intención de convertirla en su esposa era firme desde hacía algún tiempo, tendría que hablar con su padre en algún momento.
Eso no significaba que necesitase su permiso, dado que lady Beatrice estaba bajo la protección de Harrowmere y Rosehaven tenía tan poca intención de poner su futuro en manos de Loxley como de consultarle al hombre qué flores debía enviarle a la que esperaba que pronto fuese su prometida.
Sin embargo, las normas existían incluso para quienes, como él, podían permitirse ignorarlas; y Edmund había sido educado para saber cuándo saltárselas suponía una simple incorrección y cuándo hacerlo convertía a un caballero en aquello que otros tenían derecho a censurar.
Era su deber hablar con el desgraciado padre de la dama.
Por ese motivo se encontraba, poco antes del mediodía, en la residencia londinense del padre de Beatrice.
La casa había debido de conocer tiempos mejores, aunque hacía mucho que nadie se molestaba en ocultar que esos tiempos habían terminado.
Desde la calle todavía conservaba cierta dignidad gracias a la piedra firme de la fachada, las ventanas altas y el escudo familiar, pero el interior contaba una historia muy diferente.
Había huecos en las paredes donde antes debieron de colgar cuadros y dos mesas mostraban círculos más claros sobre la madera en los lugares que alguna vez fueron ocupados por objetos valiosos que ya no estaban.
Sin olvidar que las alfombras se habían desgastado hasta dejar visible el suelo en las zonas de mayor tránsito.
Incluso el silencio revelaba la ruina, pues no debían quedar más que un par de criados, además del mayordomo envejecido que le había abierto la puerta.
Lord Loxley estaba en pie, frente a él, tras un escritorio aceptable, con una biblioteca bastante considerable y dos sillones que todavía podían pasar por excelentes si uno evitaba fijarse en el cuero agrietado de los brazos. Sobre una mesa lateral descansaban una botella de brandy y un vaso vacío.
Rosehaven pensó que Rivington se había quedado corto cuando le dijo que tendría que cargar con Loxley. El padre de la dama a la que pretendía desposar no estaba simplemente atravesando dificultades. Estaba arruinado.
—Lord Rosehaven —lo saludó el hombre, con una sonrisa que detestó de inmediato—, ya comenzaba a preguntarme cuánto tardaría en venir a verme.
Edmund, que había esperado alguna muestra de sorpresa, se detuvo antes de ocupar el asiento que le indicaba que tomase mientras el otro volvía a sentarse.
—¿Me estaba esperando, lord Loxley?
—Desde la temporada pasada.
El marqués se sentó. Aquello sí consiguió desconcertarlo.
Edmund se fijó bien en el hombre que tenía delante.
A pesar de la edad y de los excesos que se reflejaban en su rostro, al conde todavía le quedaba suficiente belleza como para comprender de dónde procedía parte del atractivo de Beatrice.
Ella no resultaba hermosa, pero sí muy vistosa.
El cabello del conde se le había vuelto casi blanco, tenía bolsas bajo los ojos y una rojez permanente alrededor de la nariz que delataba que disfrutaba demasiado del licor, pero sus facciones seguían siendo regulares y la sonrisa conservaba algo de aquel encanto que probablemente había utilizado durante décadas para que los demás olvidasen sus defectos.
—No comprendo por qué habría de esperarme desde el año pasado —observó Edmund.
Lord Loxley soltó una risa baja.
—No hace falta que juegue al disimulo conmigo. Creí que vendría mucho antes, en realidad. Su abogado ha tardado más de lo que imaginaba en hacer bien su trabajo.
Rosehaven dejó de pensar en Beatrice por primera vez desde que había entrado en aquella casa.
—¿Mi abogado?
—Sí, el que le debe haber comunicado lo referente a Yorkshire.
El marqués frunció el ceño. ¿Qué tendría que ver la finca que ganó en la partida que Harrowmere organizó el año pasado?
—¿Qué ocurre con Yorkshire?
Loxley se levantó y caminó hasta la mesa del brandy , se sirvió un poco y alzó la botella en dirección a su invitado. Edmund rechazó el ofrecimiento con un movimiento de cabeza.
—La propiedad que ganó era una finca de mi esposa.
—Era suya cuando usted la apostó.
—Eso creía usted.
Rosehaven no entendía nada. Si se había casado con su mujer, las propiedades de la esposa pasaban directamente a pertenecerle al marido.
—Explíquese.
—Con mucho gusto lo haré, pues creo que no lo ha averiguado todavía, o tal vez sí y está jugando conmigo.
No se apure si no lo sabía; yo también me enteré una vez casado.
Son detalles que uno no se espera. Letra pequeña lo llaman.
—Loxley bebió un sorbo más generoso antes de regresar hacia su silla—.
La finca formó parte del acuerdo matrimonial de lady Loxley.
Fue vinculada mediante un fideicomiso que el padre de mi mujer se aseguró de redactar con una cantidad absurda de condiciones porque jamás confió demasiado en mí.
—Empiezo a pensar que el padre de su condesa tenía cierta inteligencia.
El comentario no pareció ofenderlo.
—Un poco, pero no era más inteligente que yo.
Sí que fue tremendamente molesto. Mientras mi esposa viviese, yo podría administrar la propiedad y beneficiarme de una parte de sus rentas.
Después de su muerte, la finca quedó vinculada a nuestra hija.
Hay una cláusula todavía más interesante: cuando Beatrice contraiga matrimonio, el derecho de posesión y administración pasará al hombre que se convierta en su esposo.
El padre de lady Loxley Solo deseaba salvaguardar esa finca de mí, como se habrá imaginado.
Edmund tardó unos segundos en comprender la información. ¡Dios! La finca que ganó en las cartas no era legalmente suya. Seguía siendo de Beatrice a pesar de que su padre había presumido de tener el pleno dominio. Entonces sintió que la ira comenzaba a embargarlo. Asfixiarlo, más bien.
—Usted se apostó un bien que no podía transmitir.
—Hablando con propiedad, me aposté los documentos que acreditaban que yo la administraba y usted los aceptó.
—No juegue conmigo, Loxley. Ambos sabemos que fue un acto deshonesto.
—¿Y qué hará al respecto, Rosehaven? —lo desafió.
Edmund se levantó del sillón. De pronto le resultaba imposible permanecer sentado.
Había invertido una fortuna en aquellas tierras esperando que fuesen rentables.
Incluso había reparado varios edificios, recuperado contratos perdidos, puesto en funcionamiento el molino, estudiado la explotación de la cantera…
Había dedicado meses a proyectar un enlace navegable que aumentaría el valor de la finca y devolvería el trabajo a varias aldeas de los alrededores.
Su abogado había examinado las escrituras antes de completar la transferencia definitiva y no le había hablado de una condición semejante.
Muy pequeña debió haber sido esa letra para que se le pasase por alto.
¡Imposible! No se le hubiese escapado algo así a no ser que estuviese escrito en tinta invisible que saliese a la luz pasados unos años.
—Mi abogado revisó toda la documentación.
—La que recibió sí.
Edmund clavó los ojos en él y no disimuló su enfado.
—¿Usted ocultó deliberadamente la información sobre el fideicomiso? ¿No le envió todos los papeles?
Loxley se encogió de hombros.