Capítulo 6 #3
—Estás enamorada de Rosehaven, por eso has dejado que se acerque tanto a ti. Negarlo no te hará libre. Tienes que intentarlo —intervino Cecily.
Beatrice volvió a negar.
—No.
—Beatrice, puedes hacerlo ahora. Antes no tenías a nadie que te protegiese. Tu padre no era un guardián adecuado y Dios sabe que Westcott era igual de patán, pero ahora cuentas con Damian. Él siempre te protegerá.
—No puedo pedirle eso a tu esposo —apuntó ella.
—No hace falta que se lo pidas —argumentó Cecily—. Llamó al señor Finch para que se ocupase de vigilarte desde que vio a Rosehaven observarte más de la cuenta en la fiesta que organizó Aurelia.
—¿Qué? ¿Finch? ¿El Finch de Elspeth? Por favor, decidme que no lo hizo regresar a Londres y dejar a su hijo y a su esposa solo para ser mi niñera…
—gruñó en cuanto Cecily y Aurelia desviaron la mirada.
Finch y Elspeth habían sido dos amigos y empleados de Damian que se habían marchado hacía unos meses para construir su propio hogar.
Beatrice se sentía culpable por haber sido el motivo de que Finch hubiese tenido que regresar.
¡Un momento!—. Por favor, decidme que Damian no sabe que Rosehaven y yo nos hemos besado.
Os lo ruego, confirmadme que Finch no ha llegado a espiarme tanto como para…
—Damian sabe que Rosehaven te siguió, que estuvisteis a solas más tiempo del conveniente y que en la última fiesta en la que os encontrasteis, volvisteis a desaparecer juntos —le indicó Cecily.
—Entonces vosotras ya sabíais que no había ocurrido nada serio entre los dos cuando entrasteis en mi habitación.
Aurelia suspiró y se tocó la frente.
—Damian quería ir a pedirle cuentas a Rosehaven cuando Finch le dijo que en la última fiesta él te arrinconó.
—No me arrinconó. Más bien pude haber sido yo la que… ¿Qué ha dicho Damian?
—Le he pedido que se mantenga al margen por el momento, pero se niega a que Finch deje de seguirte.
—¿Y dónde se aloja Finch? ¡Pero si no lo he visto! ¿Cómo lo ha hecho?
—Ese es su trabajo, Beatrice. Él sabe dejarse ver cuando es necesario y ocultarse cuando la ocasión lo merece.
—¿Damian espera que me case con él?
—Mi marido quiere que hagas lo que desees, aunque lo considera un buen partido para ti.
—Oh, Dios… Damian debe pensar lo peor de mí.
—En absoluto. Cree que debería ir a darle un par de puñetazos a Rosehaven. Me ha pedido que te pregunte si deseas que haga eso precisamente.
—¡No! —saltó de inmediato.
—Otra señal más de que no quieres que él sufra. Yo creo que es un buen hombre.
—Lo conoces muy poco, Aurelia.
—Lo suficiente para saber que un caballero que solo quiere satisfacer su orgullo no se pasa una semana enviándole detalles a una mujer que se esconde de él.
—Los hombres orgullosos pueden ser muy perseverantes.
—También los enamorados.
—¡Cecily, él no está enamorado de mí! —exclamó ofendida como si su amiga le hubiese proferido el peor de los insultos.
—Si no lo está, pronto lo estará. Vi lo que le sucedió a Damian con Aurelia y dudo mucho de que tu Marqués Radiante pueda ser diferente.
Aurelia sonrió.
—Claramente está muy interesado en ti —añadió la condesa.
—Pues yo en él no.
—Mentirosa —la acusó Cecily.
Beatrice se dejó caer de nuevo en el sillón.
—No quiero casarme con Rosehaven.
Cecily perdió parte de su expresión divertida.
—Sí que quieres. Lo que te aterra es que él pueda herirte como le ocurrió a tu madre con Loxley.
Si todas dejásemos que nuestros miedos gobernasen nuestras vidas, no nos casaríamos nunca.
Hay que ser valiente, Beatrice. Viste los errores que cometió tu madre.
Haz lo posible por no cometerlos tú con Rosehaven.
—¿Y lo dices tú que vives cómodamente bajo la protección y el amparo de tu hermana? No olvides que Aurelia se casó para salvarte de las garras de Westcott. No pretendo ser insensible, pero sí que quiero que admitas que es fácil ser valiente desde la seguridad que te confiere tu posición.
—Te equivocas. Aurelia se casó con Damian porque había hecho un trato con él y no quiso retractarse. Yo pude haberla salvado a ella, pero no me dio opción.
—¡Suficiente! —intervino la condesa antes de que ambas dijesen algo que las hiciese enfadarse—. Retomemos el asunto inicial.
—No será Rosehaven. Calder no quiere saber nada de mí, así que volveré a concentrarme en pretendientes adecuados. Damian tendrá que ir a hablar con el marqués y explicarle que…
—Dios santo… y yo soy la terca —se quejó Cecily—. Acabarás casada con Rosehaven y cuanto antes comiences a trabajar en tu felicidad con él, mejor. Ahora me voy, porque Lavinia está planeando…
—¿Qué está planeando Lavinia? —la interrogó con preocupación Aurelia cuando su hermana se detuvo de súbito en la explicación.
—Uhm… Una salida por Hyde Park. Ella también quiere encontrar al pretendiente adecuado —apuntó Cecily.
—Hermana, sé bien cuándo mientes. ¿Debo preocuparme por Lavinia?
—No.
—Puedo ocuparme de Beatrice, y sé que si le pedimos a Georgiana que regrese del campo a la ciudad, no pondrá obstáculos. Ella se encargará de Lavinia.
—Georgiana es feliz lejos de la sociedad, cuidando de su hijo. Vino a tu fiesta solo para decirnos que está embarazada de nuevo y se marchó tan pronto como llegó. Dejémosla disfrutar de la paz. Lavinia es mi amiga y cuidaré de ella. Si hace alguna locura, prometo que os lo contaré.
—Me preocupan más tus locuras, Cecily —le dijo su hermana.
—Dejemos a Beatrice para que reflexione sobre los beneficios que tendría ser la esposa de Rosehaven. Y si no acepta nuestros consejos siempre podemos obligarla a casarse con el hombre del que se ha enamorado.
—Eres odiosa, ¿lo sabes, Cecily? —replicó la aludida.
—Es mi mayor virtud. Ya me lo agradecerás todo cuando seas feliz. Recuerda que te ayudé cuando lo necesitabas.
—Vámonos, Cecily. Sospecho que estás irritando a Beatrice más de lo que ya lo estaba.
Y con esas últimas palabras, las hermanas salieron para dejarla pensando en qué debería o no hacer con cierto marqués con el que soñaba cada noche.
¿Por qué las cosas tenían que ser tan complicadas? ¿No había alguna manera de saber el futuro? Agradecería mucho que alguien le dijese qué sería lo mejor que podría hacer, porque sabía que el resto de su vida dependía de cada una de las decisiones que tomase a partir de ese momento.