Capítulo 6 #2
Había aprendido a sobrellevar el hecho de que su reputación estuvo sobre una mesa de cartas y que si Damian había tenido que llegar a ese extremo fue solo para salvarla.
En esos momentos, la verdad era mucho más delicada.
Rosehaven había estado allí. Conocía su mayor vergüenza.
Su padre la había apostado. Y después lo habría hecho Aldrich.
—Me temo que sí —repitió.
—Cuéntamelo todo —le exigió a Aurelia.
—No creo que necesites conocer cada detalle.
—Lo necesito, por favor —le rogó.
La condesa asintió.
—Damian organizó la partida porque quería librarte de Aldrich.
Invitó a tu padre y al vizconde y se aseguró de que los derechos que Aldrich decía poseer sobre ti acabaran formando parte del juego.
Antes de permitir que la partida continuara exigió que, si conseguía vencerlos, ambos firmasen una renuncia que te dejara libre de cualquier compromiso matrimonial, económico o familiar.
Beatrice se abrazó a sí misma.
—¿Y Rosehaven? ¿Cuál fue su papel? ¿Quería también probar suerte y ganarme?
—En realidad, Damian lo invitó por otra razón.
—¿Cuál?
Aurelia estaba claramente incómoda.
—Solo… —suspiró y luego añadió—: quería jugar contra él.
Beatrice parpadeó un par de veces.
—¿Qué?
—Mi esposo tiene muchas virtudes, pero también defectos. Su orgullo era uno de ellos. Rosehaven tenía fama de ser el mejor jugador de Londres y Damian quiso comprobar si podía vencerlo en la que pretendía que fuese su última partida.
Cecily soltó un pequeño bufido.
—Muy masculino todo.
Aurelia la ignoró.
—Loxley y Aldrich perdieron los primeros. Llegó un momento en que únicamente se quedaron Damian y Rosehaven.
Beatrice recordó entonces unas palabras que el marqués había dicho en el jardín y a las que ella no les dio toda la importancia que merecían.
«¿Acaso yo la apostaría en una mesa de juego?»
—Por favor, dime que Rosehaven no ganó.
—No ganó porque Damian le propuso quedar en tablas.
—¿Por qué?
—Verás, Damian no estuvo seguro de poder vencer a Rosehaven y decidió no arriesgarse. No quería comprometer tu futuro.
Aquello sí consiguió sorprenderla.
—¿Mi futuro?
Aurelia respiró profundamente.
—Damian había establecido una condición.
Si Rosehaven ganaba y pretendía reclamar lo que Aldrich y tu padre habían colocado sobre la mesa, solo podría hacerlo casándose contigo.
Y, según me ha explicado mi esposo, Rosehaven le recordó que él no necesitaba una esposa. Casarse no entraba en sus planes.
Beatrice se quedó inmóvil.
—Él no quería casarse conmigo.
—No quería casarse con nadie.
—Es lo mismo.
—No, Beatrice.
—Para mí sí.
Aurelia se acercó a su amiga.
—Damian se había informado sobre él antes de invitarlo.
Rosehaven tenía fortuna, un título, no arrastraba ningún escándalo y, aparte de su afición por las cartas, poseía una reputación decente.
Mi marido estaba convencido de que iba a ganar, pero contempló todas las posibles consecuencias.
Si fracasaba y Rosehaven obtenía la victoria, prefería que tú acabaras teniendo la posibilidad de aceptar la mano de un hombre así antes que permanecer sometida a Aldrich.
Fue su alternativa en caso de que todo saliese mal. Al menos, está convencido de ello.
Beatrice se pasó una mano por la frente.
—¿Me hubiese convertido en su amante y no en su esposa porque casarse no entraba en sus planes?
Aurelia negó con la cabeza.
—La sociedad apodó a Damian el Conde Oscuro por un motivo. Harrowmere le dejó muy claro a Rosehaven que la posibilidad de que te reclamase solo sería posible si te convertía en su esposa. Tienes que saber que mi marido no hubiese permitido que tú…
—No me debes más explicaciones sobre Damian, Aurelia —la cortó Beatrice—.
Él no tenía ninguna obligación de salvarme de mi destino y lo hizo.
No lo culpo. Cada uno tiene que hacer lo que considera correcto.
Lo que no logro comprender es el motivo por el que Rosehaven se muestra tan interesado en mí, ahora mismo, cuando en el pasado no lo hizo.
¿Me entiendes? —Aurelia no respondió y Beatrice comenzó a caminar por la habitación.
—¿Te ha pedido que te cases con él? —trató de averiguar Cecily.
Beatrice se volvió hacia ella.
—En Hyde Park me dijo que estaba convencido de que yo me hacía la indiferente porque era una táctica para captar su atención y habló de cortejarme. Él me informó de que prefería un cortejo corto.
—¡Qué pomposo arrogante! —saltó Cecily.
—¿Por qué no nos habías dicho nada? —cuestionó Aurelia.
—Porque no había nada que contar. Calder era a quien yo había elegido. Rosehaven no tenía posibilidades.
—Pero Calder, claramente, se ha retirado —tomó la palabra Cecily—. Y acabas de decir que Rosehaven no tenía posibilidades. ¿Las tiene ahora, Beatrice?
—¡Dios santo! ¿Cómo he llegado a esto?
—Cecily me ha dicho que os vio besándoos. Necesito saber si ha habido algo más…
—¡No! —saltó de inmediato Beatrice—. Es cierto que cuando está cerca no logro comportarme como debo y olvido todos los juramentos que me hice a mí misma, pero no ha ocurrido nada que sea irremediable —les aseguró—.
Oh, cielos… ¿y si en realidad no quiere cortejarme?
¿Y si solo lo hace porque cree que soy una falda ligera?
Dios sabe que me he comportado terriblemente mal.
No debí haberle permitido besarme. Tantas mujeres…
¿y por qué me ha elegido? ¿Qué se propone? No lo entiendo…
Cecily rodó los ojos.
—Los hombres como él pueden escoger a cualquier mujer y te ha elegido porque ha visto que eres un diamante, Beatrice.
—Mírame, Cecily.
—Te estoy mirando.
—No soy ninguna belleza. Me esforcé tanto como Aurelia para que nadie me mirase más de la cuenta y, pese a ello, Aldrich casi consigue su propósito al obligarme a aceptarlo.
—Vales muchísimo más de lo que te crees —le aseguró la condesa.
—No. Jamás he pretendido ser hermosa. Rosehaven puede entrar en un salón y conseguir que veinte mujeres se vuelvan hacia él. ¿Por qué tendría que interesarse precisamente por alguien como yo?
Aurelia la observó con tristeza.
—Quizá te ha visto precisamente porque no has nutrido su vanidad.
Beatrice negó con la cabeza.
—Eso sería todavía peor. Significaría que soy un desafío para su orgullo. En cuanto consiga lo que quiere, perderá el interés.
Y aquello era exactamente lo que más miedo le daba.
Cecily se levantó.
—Hay algo más que deberías saber sobre aquella partida. Díselo, Aurelia.
Beatrice fijó los ojos en la condesa.
—¿Qué?
—Cuando Damian propuso las tablas, Rosehaven aceptó con condiciones.
—Siempre obtiene lo que quiere, ¿no?
—Supongo que sí, porque se quedó con el dinero, los pagarés y una propiedad que había pertenecido a Loxley.
Beatrice cerró los ojos un instante.
—La finca de Yorkshire. —Era la última propiedad que le quedaba a su padre. Así que él había buscado a Calder para devolverle el esplendor a aquel lugar que ella no llegó a conocer y del que su madre tenía tan gratos recuerdos de su niñez.
—Exacto.
—¿Y qué ocurrió conmigo?
Aurelia siguió con el relato:
—Renunció a cualquier reclamación sobre ti.
Exigió únicamente que Damian le prometiera que estarías bien bajo su protección y que jamás permitiría que nadie volviese a utilizarte como habían hecho tu padre y Aldrich.
Además —continuó Aurelia—, antes de aquello dejó claro que no aprobaba que una dama fuese tratada como una posesión.
Damian me contó que se mostró bastante indignado cuando comprendió lo que estaban haciendo contigo.
Beatrice miró hacia la ventana. No sabía qué hacer con esa última parte de la historia.
Rosehaven había sido otro hombre sentado en una mesa donde su padre y Aldrich pretendían decidir sobre ella.
Podía odiarlo por eso. Resultaba muy humillante saber que había estado allí, jugando y, cuando llegó el momento en que podía obtener algún derecho sobre ella, había decidido marcharse con el dinero y la propiedad a cambio de garantizar su libertad.
Era lo mejor, ¿cierto? Ella no lo hubiese aceptado entonces.
Lo que no comprendía era por qué estaba tan furiosa con él por no haberla reclamado en aquella partida de cartas. ¡Estaba hecha un lío!
—No sé qué pensar —admitió por fin la interesada.
Cecily se acercó a la mesa donde descansaba la nota que Rosehaven le había enviado aquella mañana.
—Podrías empezar leyendo esto.
Beatrice la miró.
—No.
—Te ha enviado flores durante seis días.
—Cinco.
Cecily arqueó una ceja. Beatrice comprendió demasiado tarde lo que acababa de revelar.
—Así que los has contado.
—No significa nada.
—También te ha enviado dulces y dos libros.
—Uno.
—El segundo ha llegado hace poco. Por lo visto hubo algún problema con el envío desde la librería.
Beatrice miró hacia Aurelia. La condesa sonreía.
—No puedo. Me destruirá. No puedo hacerlo… —insistió—. Sé que me estáis pidiendo que le dé una oportunidad, pero no… yo no… —confesó la verdad.
Aurelia suspiró.
—No quiero decirte lo que debes hacer. Solo creo que no deberías condenarlo por adelantado.
Beatrice soltó una risa amarga.
—Tú condenaste a Damian desde el primer instante.
—Precisamente.
Aquello la hizo callar. Aurelia se acercó y le sostuvo las dos manos entre las suyas.
—Estaba convencida de que sabía qué clase de hombre era Damian. Veía su pasado, su reputación y todo aquello que me asustaba, y utilizaba cada cosa como prueba de que jamás podría hacerme feliz. Me equivoqué porque estaba demasiado ocupada protegiéndome para mirar al hombre que tenía delante.
—Rosehaven no es Damian.
—Y tú no eres yo. No estoy comparando nuestras historias. Solo te digo que el miedo puede hacernos muy buenas encontrando razones para alejarnos de alguien.
Beatrice retiró suavemente las manos.
—Mi madre murió amando a un hombre como él.
—Tu padre y Rosehaven no son iguales.
—Los dos son apuestos, jugadores, y saben perfectamente el efecto que producen sobre las mujeres.