Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

Un desastre increíble

Lady Beatrice Loxley llevaba casi una semana resfriada.

Al menos, eso era lo que creía media sociedad londinense.

La otra mitad probablemente sospechaba que padecía alguna enfermedad más interesante, pues ningún catarro conocido obligaba a una dama a rechazar tres invitaciones, dos paseos, una pequeña recepción musical y una importante cena a la que había confirmado su asistencia con semanas de antelación, dado que ninguna indisposición frenaría las aspiraciones sociales de una dama.

Era bastante común que una joven casadera estuviese a las puertas de la muerte y sonriese mientras bailaba para captar la atención de un buen partido.

¡De acuerdo! Tal vez esa reflexión fuese demasiado extrema; no obstante, nadie en su sano juicio se creería que Beatrice hubiese desaparecido de la noche a la mañana de la esfera social si no tuviera algún asunto que quisiera ocultar.

En realidad, la hija de lord Loxley no tenía fiebre ni presentaba otros síntomas como tos, pero llevaba seis días prácticamente recluida en casa de Aurelia y Damian porque era una cobarde.

Había tratado de convencerse de que solo estaba siendo cautelosa, porque si no se enfrentaba al problema, podría seguir convenciéndose de que aún lo tenía bajo control.

Era mentira. Estaba aterrada. Tenía que admitirlo: había comprobado que la mejor manera de evitar al fabuloso Marqués Radiante consistía en no acudir a ningún lugar donde él pudiera encontrarla.

La estrategia estaba funcionando a medias, porque lord Rosehaven había descubierto otra forma de introducirse en su vida sin necesidad de hacer acto de presencia.

El primer día del encierro de Beatrice, le habían dicho que Rosehaven se había presentado en la puerta acompañado por un enorme ramo de rosas rojas.

En el lenguaje de las flores estaba más que claro lo que aquello significaba.

Ella había alegado un resfriado para evitar verle y él se marchó.

Aurelia y Cecily no le habían preguntado nada acerca de tan inesperada visita…

Bueno. No tan inesperada. Por suerte, Damian no le había hecho tampoco ningún interrogatorio sobre su indeseado pretendiente.

Beatrice ordenó que las flores fueran colocadas en algún rincón de la casa. No las quería cerca.

Al día siguiente recibió un libro, una nota y flores. El volumen permanecía todavía sobre una mesa porque ella se negaba a abrirlo. Cecily lo había hecho por ella y aseguraba que se trataba de una obra bastante divertida sobre los viajes de un caballero inglés por Europa.

La tercera mañana llegaron violetas, la siguiente una pequeña caja de dulces y aquella misma mañana habían aparecido más dulces y flores con una nueva nota y que Beatrice se había negado a leer.

Rosehaven no había intentado visitarla desde el primer día porque sabría perfectamente que ella lo estaba evitando a toda costa.

Gracias al cielo, él no había cometido la imprudencia de enviar nada demasiado valioso que pudiera obligarla a devolvérselo por una cuestión de decoro.

Eso sí habría hecho que Damian tuviese que mediar en el asunto, dado que Beatrice estaba bajo su protección.

Por lo visto, la táctica de Rosehaven se basaba en la sutilidad, pues todo apuntaba a que iba a limitarse a recordarle, día tras día, que seguía ahí, al alcance de su mano. ¡Ella no quería aceptarlo!

No deseaba que la cortejase desde una distancia que le había impuesto y que él parecía aceptar únicamente porque todavía no había descubierto cómo atravesar las murallas. ¿Y si lograse derribar todos sus muros?

No podía arriesgarse a que algo así ocurriese.

Debería estar furiosa con él, porque un hombre decente tendría que aceptar una negativa de modo caballeroso y luego pasar al siguiente asunto.

No, por supuesto que Rosehaven no haría las cosas como correspondía.

Él tenía que tratar de hacerla sentir especial, querida y deseada…

¡Maldito fuese por no apartarse! Se lo estaba poniendo muy difícil.

Tantas veces se había preguntado cómo su bendita y difunta madre no logró apartar a Loxley de su lado…

y, en esos momentos, ella misma se estaba dando cuenta de cuán difícil era alejarse de un hombre que hacía que su corazón palpitase con fuerza, su respiración se agitase y ciertas partes de su cuerpo… Mejor no pensar en eso último.

—No puedo flaquear. No lo haré. Tengo mi meta clara.

Un hombre apuesto no me hará cambiar de opinión —se dijo a sí misma mientras se levantaba de uno de los sillones de su habitación en el que había estado sentada y caminaba hacia la ventana—.

No importa que Calder no sea una opción para mí.

Habrá otro caballero que sea igual de aceptable y seguro…

¡Tiene que haberlo! —gritó en la habitación vacía.

Chasqueó la lengua y se tragó un aullido.

Había recibido una importante noticia aquella mañana.

Lord Calder había abandonado Londres, se había marchado a su finca campestre y, según había averiguado Cecily gracias a sus contactos con algunos sirvientes, el vizconde no tenía previsto regresar hasta dentro de varias semanas.

Rosehaven había tenido razón al presumir de que Calder no estaba interesado en ella.

Cierto que el vizconde no había desmentido los rumores que los relacionaban, pero tampoco había hecho nada para alimentarlos.

Beatrice se sentía humillada. Había tratado de atrapar un buen hombre, más corriente que sobresaliente, utilizando la Pluma Indiscreta para casi servirse a sí misma en bandeja y había fallado en su intento.

Así que… ¿por qué Rosehaven mostraba tanto interés en una mujer que un hombre como Calder había rechazado claramente?

Beatrice no estaba enfadada con él. ¿Cómo podría estarlo? Nunca habían hablado de un cortejo formal y quizá Calder hubiera advertido un interés por parte de ella que no deseaba corresponder. Tenía todo el derecho a retirarse.

Beatrice quería paz, pero empezaba a sospechar que la tranquilidad y la cobardía podían ser fácilmente confundibles.

La puerta de la alcoba se abrió sin que nadie llamara y Cecily entró primero, seguida por Aurelia.

Beatrice se volvió hacia ellas.

—Creía haber dejado claro que estaba descansando —apuntó irritada. Sabía muy bien que la tregua que le habían dado sus amigas se había terminado.

—Llevas seis días descansando —respondió Cecily—. Si continúas así, acabarán teniendo que enseñarte a caminar de nuevo.

Aurelia cerró la puerta.

—Además, las tres sabemos que estás perfectamente bien —apuntó la condesa.

—Estoy resfriada —dijo con la boca pequeña Beatrice.

—Tu dolencia se llama Rosehaven —dictaminó Cecily—, y me temo que no conozco ningún remedio para tal enfermedad más que el matrimonio. Amor se llama, Beatrice. Estás enamorada de él.

—No vuelvas a decir eso, Cecily. ¡Te lo prohíbo! —exclamó al borde del llanto.

Aurelia le lanzó una mirada de advertencia a su hermana.

—Cecily, me has prometido que te comportarías. Nuestra visita no es para hacer sufrir a nuestra amiga.

—Alguien tiene que hablarle claro. Lavinia languidece, Beatrice sufre… ¿Soy la única de las tres que puede vivir con absoluta normalidad pese a…?

—¿Qué le ocurre a Lavinia? —la interrumpió Aurelia.

—Amor. Ya te lo he dicho —respondió la hermana de lady Harrowmere.

—¡Cielos! Los problemas de uno en uno. Primero nos centraremos en el más apremiante. Beatrice nos necesita más… ¿Lavinia puede esperar, hermana? —le preguntó la condesa un tanto desconfiada.

—En realidad no lo sé, Aurelia, pero no tenemos más remedio que hacerlo. Lavinia está decidida a seguir su propio camino y es más testaruda que todas nosotras juntas.

—Tú eres la más testaruda de nosotras —la corrigió Beatrice.

—¿Y eso lo dice la mujer que está locamente enamorada de un hombre que es la perfección hecha carne y que se niega a darle una oportunidad?

—Cecily se dio unos pequeños golpes en la sien con un dedo y luego siguió—: ¿Dónde habré visto yo antes una situación parecida, Aurelia?

—se burló de su hermana porque la condesa hizo sufrir también a su esposo.

—No estás siendo de ayuda, Cecily —la regañó lady Harrowmere.

Beatrice regresó al sillón y se sentó con más fuerza de la necesaria.

—Si habéis venido a hablarme de él, podéis marcharos las dos.

Ninguna se movió. Aurelia tomó asiento frente a ella y Cecily eligió un sofá cercano para hacer lo propio.

—Hay algo que no te conté la temporada pasada sobre cómo Damian consiguió librarte de Aldrich.

En aquel momento pensé que si te contaba los detalles solo conseguiría hacerte más daño.

Y, para ser sincera, ni siquiera yo los conocía todos entonces.

Ha sido ahora, después de que Rosehaven dejase claro su interés por ti, cuando se lo pregunté todo a mi marido.

Aldrich. El cuerpo de Beatrice se tensó. Odiaba a ese hombre con todas sus fuerzas y solo lo había visto dos veces durante su breve noviazgo.

—Hubo una apuesta, ¿verdad? —inquirió la hija de Loxelye.

—Me temo que sí.

—Siempre lo he sospechado, Aurelia. Mi padre apostaba. Aldrich también. Damian era famoso por ser muy hábil con las cartas. Nunca necesité más información para deducir que probablemente los tres acabaron reuniéndose alrededor de una mesa. Sé bien que estoy en deuda con tu marido.

La esposa de Damian apretó las manos sobre su falda.

—En aquella partida hubo un cuarto caballero, Beatrice.

—¿Qué? ¿Quién? —preguntó de inmediato.

—Creo que ya lo sabes —musitó la condesa.

—¿Rosehaven? —inquirió con asombro.

—Sí.

Beatrice soltó todo el aire de golpe y se puso de pie.

—¿Rosehaven? —repitió.

—Sí.

—Mientras mi padre y Aldrich, él… —No pudo terminar la frase.

Aurelia también se puso en pie.

—Beatrice…

—Él participó en esa apuesta cruel. —No fue una pregunta.