Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—Yo creo que ha quedado en evidencia que está más que bien. ¿Sabe cuántos matrimonios llegan a compartir lo que surgió entre nosotros aquella noche? Muy pocos.

Ella se volvió hacia él.

—¿Por qué no puede dejarme en paz?

La pregunta no contenía irritación. Estaba cargada de una angustia que Edmund conocía demasiado bien, porque él también trataba de luchar contra lo que ella le despertaba.

—¿De verdad quiere que lo haga? —Beatrice abrió la boca para responder.

No logró emitir ni un solo sonido y agachó la mirada al suelo—.

Dígamelo —insistió él—. Míreme y dígame que no quiere volver a verme.

Entonces no volveré a buscarla. Es la última oportunidad que le daré.

Si no me echa de aquí ahora mismo, tendrá que aprender a vivir con su decisión.

La joven alzó los ojos. Durante varios segundos solo fue consciente del sonido atronador de su propio corazón.

Lord Rosehaven ya se había acercado hacia ella y la estaba abrazando.

Se removió en sus brazos con poca efectividad.

La dama acabó claudicando y cedió ante él.

Estaban muy juntos, fundidos el uno en la mirada del otro.

—No quiero que me bese otra vez —susurró ella con la voz muy trémula.

Edmund sintió una punzada de decepción.

—Entonces, ¿qué quiere que haga?

—No lo sé… —confesó.

—¿Me tienes miedo, Beatrice? —A Edmund le pareció oportuno tratarla sin formalidad.

—Sí.

—No te haré daño.

—Lo harás, si te lo permito. —Ella se había olvidado de la etiqueta también—. Nunca te lo permitiré. ¿Lo entiendes?

—Me gusta ese planteamiento. Sospecho que tu palabra tratará de ser la última frente a la mía. No sé si lo lograrás. Estoy acostumbrado a salirme siempre con la mía, pequeña —le dijo, mientras le acariciaba la mejilla con los dedos para luego llegar hasta el borde de su escote.

—No me gusta en qué me convierto cuando estamos así.

—A mí sí. Eres una mujer increíble y cuando me permites tocarte… Creo que podría olvidarme de todo y de todos. Dime que te sucede lo mismo.

—No tienes derecho a hacerme esto. No quiero que lo hagas.

—Los dos sabemos que has salido del salón esperando que te siguiera.

Te estoy dando lo que me has pedido. Tuviste la oportunidad de enviarme al infierno y no lo has hecho.

Te concedo una oportunidad más, Beatrice.

Una sola palabra y me iré. Dímela si quieres que me mantenga alejado de ti.

Solo tienes que decirme que no quieres que te acaricie —le tocó el hombro derecho—, que no deseas que te bese —le rozó la boca con el pulgar—.

Adelante, ordéname que te suelte y no volverás a verme jamás.

Yo mismo iré a por Calder y te lo serviré en bandeja.

Puedes tenerlo si realmente lo quieres, me ocuparé de que así sea.

—Esperó un momento su respuesta y al ver que se quedaba callada se apretó más contra su cuerpo—: Me deseas tanto como yo a ti, por eso no puedes evitar temblar cuando me tienes cerca.

No debes avergonzarte de lo que te hago sentir.

Es correcto que reacciones del modo en que lo haces cuando estamos juntos.

Yo también tiemblo por ti, aunque no me veas estremecerme, Beatrice.

—Estoy condenada… —murmuró.

—Lo estamos los dos.

Beatrice levantó la mano y le agarró la solapa de la chaqueta.

Edmund cerró los ojos y esperó a que ella lo besase primero.

El primer contacto llegó tímido y tentativo, apenas un roce de labios destinado a cumplir la promesa de convertirse en un beso prohibido.

Todo cambió en cuanto ella se aferró a sus dos hombros y trató de profundizar el beso.

Edmund se lo tomó como la confirmación que estaba esperando y fue entonces cuando cedió a sus impulsos.

Rosehaven perdió cualquier intención de mostrarse honorable o prudente, pues no podía detenerse en esos momentos.

Deseaba besarla con todas sus fuerzas y solo un necio se privaría.

La besaba con una necesidad que había estado acumulando desde Hyde Park. Beatrice respondía sin pudor a sus exigencias, sin vacilación, como si durante aquellos días ella tampoco hubiese podido pensar en nada más que en el hecho de cómo sería volver a compartir esa clase de intimidad.

Edmund soltó un sonido ahogado cuando ella gimió contra su boca.

—Dios, mujer…

—Bésame.

—Empiezan a gustarme tus órdenes.

Él volvió a besarla.

Edmund la sostenía con fuerza. Los dedos femeninos se deslizaron hasta la nuca del marqués y él sintió un placer desconocido por algo tan inocente. Le estaba besando el cuello mientras ella se retorcía llena de placer.

—Si sigues haciendo eso —le decía entre beso y beso—, conseguirás que olvide que tengo que comportarme como un caballero.

—Un caballero no habría seguido a una dama hasta aquí. No te detengas, luego ya nos arrepentiremos de eso, pero no ahora.

—No, ahora no lo haremos.

Siguieron besándose con auténtica pasión.

La lujuria los había alcanzado por completo.

Él sabía que tenía que detenerse o acabaría poseyéndola ahí mismo.

Se aferró a la última brizna de autocontrol que le quedaba dentro y separó los labios de los de Beatrice.

No le permitió retirarse; la rodeó con los brazos e hizo que ella apoyase la cabeza sobre su pecho.

La intimidad del gesto los sorprendió a ambos, aunque ninguno iba a comentar nada al respecto.

Edmund bajó la mirada hacia el cabello de Beatrice y se lo besó.

—Esto no me parece un error.

Ella permaneció quieta.

—Sí que lo es.

—¿Por qué?

Beatrice intentó apartarse y él la retuvo.

—Tiene que soltarme, lord Rosehaven.

—No creo que pueda. ¿Por qué vuelves a tratarme con formalidad?

—Porque esto no está bien.

—Eso ya lo has dicho, pero no he escuchado el motivo por el que está mal que disfrutes de mis besos.

—Tengo que regresar al baile, por favor, suélteme.

—Eres una mujer demasiado terca —le dijo, al tiempo que la dejaba salir de su abrazo—. Yo no voy besando a las damas solteras a menos que tenga la voluntad de actuar como el honor exige. ¿Lo comprendes, Beatrice?

Sus ojos se encontraron.

—Por favor, no vuelva a tratar de acercarse a mí de ningún modo. Esto no nos traerá más que problemas si continúa.

—¿Es así como decides actuar? ¿Me besas, te deshaces en mis brazos y luego me mandas al infierno? ¿Qué clase de mujer me permite tales libertades y no me exige que cumpla con mi deber?

—Una que le pide disculpas y que se aleje de ella, porque no me casaré con usted jamás —le aseguró en tono firme.

A continuación, Beatrice se dio la vuelta y Rosehaven le permitió la retirada.

—Nunca pensé que fueses una mujer tan cobarde. ¿De qué tienes miedo? Ya te he dicho que nunca te haré daño.

Ella no se detuvo, aunque ralentizó el paso y ladeó el rostro para decirle por encima del hombro:

—No aceptaré a un hombre tan apuesto, que además juega y disfruta tentando a las mujeres. Mi madre murió triste y amargada. El único pecado de ella fue amar a un hombre con todo su corazón. No me arriesgaré a convertirme en ella. Olvídese de mí, se lo ruego —terminó de decirle.

—Esto no se ha acabado, Beatrice.

—Para mí, sí.

—Sabes que no.

Ella no alegó nada más. Para lady Beatrice Loxley el asunto con lord Rosehaven terminaba con un segundo grave error que no volvería a cometer.

Se convenció de que él solo se había fijado en ella porque no le había dedicado la debida atención la primera vez que se vieron.

El capricho se le pasaría en cuanto una mujer más hermosa, dulce y atenta con él, desfilase ante sus ojos.

Beatrice se olvidaría de que una vez había permitido que un hombre como su padre casi le hubiese hecho desviarse del camino.