Capítulo 5 #2
Rosehaven sonrió. No había nada más excitante que un desafío.
—Ahora sí estás sonriendo de verdad —le señaló Rivington—. ¿No deberías ir a hablar con su padre antes de dar un paso más?
—¿Acaso no sabes quién es su padre?
—Todo el mundo conoce a Loxley.
—Ella está bajo la protección de Harrowmere.
—Veo que conoces todo lo importante que tiene que ver con la joven —volvió a burlarse de su amigo—. De todos modos, debes hablar con Loxley, en especial porque deberás advertirle de que va a formar parte de tu círculo y tendrá que comenzar a comportarse correctamente.
—¿Qué ha estado haciendo últimamente?
—Está arruinado, Rosehaven. Ese hombre será un lastre para ti. Espero que su hija valga la pena. Y hay ciertos rumores.
—¿De qué clase?
—Se comenta que Aldrich ganó a la que fuese su prometida durante un corto lapso en una partida de cartas y que no era la primera vez que Loxley ponía a la chica sobre una mesa de juegos. Tal vez deberías averiguar cómo Harrowmere mantiene atado corto al padre de su condesa.
Rosehaven maldijo entre dientes. El padre de ella sería un auténtico dolor de cabeza, muelas y mucho más.
Si bien era cierto que lord Harrowmere había conseguido que el padre de su esposa fuese más civilizado, él no necesitaba lecciones de nadie.
Ya atajaría el problema que suponía Loxley en cuanto solucionase todos los que se imaginaba que iba a causarle su bendita hija.
—Me las arreglaré. Ahora, por favor, vete.
—Con mucho gusto.
El barón se alejó y Edmund aguardó.
No pensaba correr hacia ella. Al menos, no en esa ocasión. Ya había hecho suficiente por una mujer que se empeñaba en tratarlo como una enfermedad. Si quería ignorarlo durante toda la noche, le permitiría intentarlo.
La dama tardó exactamente ocho minutos en buscarlo con la mirada. ¡Y un cuerno que ella estaba interesada en Calder!
Beatrice había estado hablando con lady Harrowmere, después con Cecily y finalmente con una dama mayor a la que Edmund no conocía. Durante todo ese tiempo ella había evitado mirar hacia él con tanto esfuerzo que la intención resultaba evidente.
Al final, sus ojos se centraron en él. Y como él seguía observándola, la dama volvió la cabeza inmediatamente.
Aquello ocurrió otras cuatro veces. A la quinta, y al ver que la dama se había quedado sola, Edmund decidió apiadarse de ella. Así que dejó la copa que había estado manteniendo y fue a buscarla.
Beatrice se encontraba junto a una columna, fingiendo un interés desmedido por unos arreglos florales.
—Son rosas —comentó, justo cuando llegó a su lado.
La dama no se sobresaltó. Una clara señal de que lo estaba esperando.
—Sé reconocerlas.
—Me tranquiliza. Llevaba varios minutos contemplándolas y empezaba a temer que estuviese esperando que hicieran algo interesante como comenzar a hablar.
Ella se volvió hacia él.
—¿No tiene a ninguna otra dama a la que importunar esta noche?
—Varias, pero usted es la primera de mi lista.
—Busque a otra, a la segunda. Le aseguro que le irá mejor con ella.
—Ninguna de ellas finge tan bien que yo no le intereso.
Beatrice se cuadró.
—No estaba haciendo tal cosa.
—Naturalmente.
—Yo no soy asunto suyo.
—Yo creo que sí que lo es.
—No, no lo soy. Usted es solo un problema.
Edmund la contempló durante un par de segundos y luego preguntó:
—¿Un problema encantador? —Y le ofreció su sonrisa más seductora.
—No. Solo uno muy grande —reconoció.
—Qué alentador —apuntó como si ella le hubiese dedicado el calificativo más formidable del mundo.
—No era un cumplido.
—Acepto lo que pueda conseguir.
Beatrice intentó marcharse, pero Rosehaven dio un paso a su lado y comenzó a caminar con la dama sin pedirle permiso.
—¿No entiende las sutiles señales que le mando, milord? —preguntó ella, para dejar claro que no quería saber nada de él.
Edmund mantuvo el semblante más inocente que pudo.
—¿Ha pensado mucho en lord Calder desde que nos vimos? —rebatió el marqués.
—Eso sigue sin ser asunto suyo.
—Yo creo que no lo ha hecho. Ha debido estar dándole vueltas a mi propuesta de cortejo.
—Beatrice comenzó a observar con más interés el salón de baile porque no estaba dispuesta a ofrecer una sola palabra sobre lo que él acababa de apuntar—.
Deje de mirar a los invitados. Le aseguro que sé de buena tinta que Calder no estará esta noche en la fiesta.
Beatrice lo miró entonces con atención.
—¿Cómo puede estar tan seguro de ello?
—Porque me informo de todo aquello que me interesa y hago lo que debo para que todo salga según los dictados de mi razón.
—¿Qué es lo que ha hecho?
—Nada.
—Rosehaven…
—Me encanta cómo pronuncia mi título cuando sospecha de mí. ¿O era una reprimenda? Lo encuentro delicioso en ambos casos.
—Cualquiera que lo escuche pensará que está tramando un plan o que incluso se ha ocupado personalmente de que lord Calder no venga esta noche. Debería tener más cuidado con sus insinuaciones, milord.
Edmund le sostuvo la mirada y ella se estremeció porque el marqués se asemejaba a un hombre decidido que había decretado… ¿qué?
—No lo quiero cerca de usted, eso es todo.
Los ojos de Beatrice se abrieron de inmediato para mostrarle su indignación.
—¿Qué más le dará lo que yo haga o deje de hacer? No puede sencillamente apartarlo de mí.
—Verá, hay algo que debe saber acerca del hombre que soy. Cuando decido algo, jamás cambio de opinión.
—No puede estar hablando en serio. —Lo que él acababa de dar a entender no tenía ningún sentido.
—No acostumbro a bromear, milady . Además, Calder ha dejado muy claro que usted no le interesa.
—Eso no es cierto.
—¿La ha visitado en su casa? ¿Le ha enviado algún presente?
¿La ha invitado a pasear por Hyde Park después de que apareciera aquella nota en el periódico?
Lo que él pretende es alejarse para no quedar más expuesto.
Usted no le interesa. Solo le levantó el ego al elegirlo frente a mí; él lo disfrutó y ya no quiere nada más.
Cuando vio que ella fruncía el ceño ante sus reflexiones, supo que había logrado su objetivo. La dama cogió aire lentamente y él reconoció de inmediato la furia que comenzaba a encenderse en sus ojos. El marqués sintió el impulso totalmente irracional de besarla.
—Eso no significa nada.
Edmund se inclinó un poco hacia ella.
—Le dije que había captado mi interés, lady Beatrice. No estaba bromeando. Me he propuesto ser correspondido y lo lograré a toda costa. Le irá mejor si admite de una maldita vez que está loca por mí.
—Yo no le he dado permiso para interesarse por mí —dijo sin saber si lo que acababa de soltar tenía sentido o no.
—Por desgracia, parece ser una de esas cosas que suceden sin solicitar la autorización de la otra persona.
—Pues haga que deje de suceder.
—Lo he intentado, créame. —Aquello la hizo callar y Edmund continuó antes de poder arrepentirse—: He pensado en todo lo que no me gusta de usted.
Esos vestidos espantosos que se empeña en utilizar, su temperamento tan desagradable, su tendencia a insultarme, su fascinación incomprensible por Calder…
—No estoy fascinada por él.
—Excelente —opinó de inmediato.
—¡No era eso lo que quería decir! —se dio cuenta de que de todas las cosas que debía haber debatido, esa era la que no debía haber elegido.
Edmund le sonrió.
—También he intentado recordar que me abofeteó.
—Puedo repetirlo si necesita refrescar su memoria —se ofreció ella.
—Sé que lo haría y eso es lo que la ha metido en este lío conmigo.
Usted es diferente; me desafía, no teme escupirme lo que piensa a la cara y no está impresionada por lo que soy y poseo.
Creo que es la clase de mujer que necesito.
Piensa en los demás, en las familias que pueden quedarse sin nada y no en sedas o joyas.
—Dígale lo que acaba de decirme a mí a otra dama y ella reaccionará de inmediato tal y como usted desea. Luego pregúntele si puede cortejarla.
—Esto no es ninguna broma, lady Beatrice.
—Ah, ¿no?
—En absoluto. Le estoy hablando con total sinceridad.
—No lo creo. Sus palabras, su actitud y su postura son tan ofensivas que debe estar bromeando. Asegura que pretende cortejarme a pesar de que le disgusto. ¿Se da cuenta de cómo suena tal confesión?
—Sé muy bien que no me conviene.
—Aférrese a eso. ¿Por qué no lo hace?
Edmund suspiró. No podía hacerlo porque recordaba su risa, eso sin olvidar que se había pasado demasiadas noches ya despertándose con la sensación de que sus dedos aprendían a tocar su cuerpo desnudo mientras él le indicaba cómo tenía que acariciarlo.
Ningún beso le había parecido antes tan peligroso como el que compartieron.
Además, la idea de imaginarse a alguien como Calder tocándola le resultaba una atrocidad que debía evitar.
—Porque cuando intenta convencerme de que no quiere volver a verme pone exactamente la misma cara que puso antes de exigirme que la besara otra vez.
Beatrice palideció y luego se ruborizó de inmediato.
—No vuelva a mencionar eso.
—Lo haré cada vez que usted se atreva a negar lo que existe entre ambos. Los dos nos deseamos.
La dama miró a su alrededor en busca de ayuda. La música acababa de comenzar y varias parejas se dirigían hacia el centro del salón. Aurelia estaba hablando con una dama cerca de las ventanas y Cecily había desaparecido entre los invitados, al igual que Lavinia.
—Necesito aire —murmuró Beatrice justo antes de dirigirse hacia una galería lateral que comunicaba con una pequeña terraza.
Rosehaven cerró los ojos un instante. Aquella mujer realmente tenía algún deseo de arruinarlo. El marqués sabía que debería haberse quedado dentro. No siempre era tan sensato como quisiera, así que la siguió.
La encontró en el jardín, cerca de una ventana.
—¿Por qué me sigue? —le preguntó cuando se dio cuenta de quién debía estar detrás de ella.
—Quería comprobar que estaba bien. A veces puedo ser demasiado brusco. Lo lamento, creo que la he contrariado y… Lo siento.
—Me he ido porque necesitaba alejarme de usted.
—¿Por qué? —preguntó en un susurro.
—Ya lo sabe. Esto no está bien.