Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Lo que había que evitar

Rosehaven todavía no comprendía en qué momento exacto había perdido el juicio. ¡Pero y tanto que se había vuelto loco!

Había salido una mañana a cabalgar con Rivington, algo muy normal, después se había encontrado a lady Beatrice paseando por Hyde Park acompañada por lo que parecía ser una inseparable amiga y confidente.

Un encuentro fortuito… Y menos de media hora después, se había escuchado a sí mismo preguntándole cuánto pretendía hacer durar un cortejo.

¡Un cortejo!

¡Todo aquello lo había hecho él!

Edmund Bellgrave, marqués de Rosehaven, había pronunciado aquella palabra sin que nadie lo amenazase, lo chantajeara ni le pusiera una pistola contra el pecho. Lo peor era que no se arrepentía.

Recordaba perfectamente la expresión incrédula de la pequeña arpía cuando le confesó que había conseguido captar toda su atención.

También cómo apenas unos segundos después, ella había visto aparecer a Calder y su rostro se había iluminado de una manera que consiguió despertar en Edmund unas ganas absolutamente impropias de tirar al vizconde de su caballo y darle su merecido.

¿Qué tenía ella que lo obligaba a plantear cuestiones sin haberlas estudiado y a tener esos pensamientos tan violentos?

Y cuando él creía que la inesperada situación no podía torcerse más, las dos damas habían salido casi corriendo en dirección hacia el maldito Calder.

Rosehaven las había observado alejarse primero con incredulidad, aunque segundos después comenzó a sentir una furia desconocida.

En honor a la verdad, se calmó de inmediato cuando Calder no llegó a verlas.

Un carruaje se interpuso entre ellos, el vizconde giró hacia Rotten Row y las dos jóvenes se quedaron detenidas junto al sendero viendo cómo desaparecía.

Edmund no pudo contener una radiante sonrisa. Beatrice se volvió en aquel instante y lo encontró observándola. En ese momento, ella le dedicó una mirada capaz de quemar todos los setos de Hyde Park.

Aquello había ocurrido varios días atrás.

Durante ese tiempo habían coincidido en varias ocasiones, más de las que Edmund consideraba razonable atribuir al azar, y Beatrice había demostrado poseer una habilidad extraordinaria para evitarlo. Y no era que él la estuviese persiguiendo… ¡No la perseguía!

La había visto en Bond Street acompañada por lady Cecily y, antes de que consiguiera acercarse, ambas se habían refugiado en una tienda.

Al día siguiente, volvieron a coincidir en una pequeña recepción ofrecida por lady Jackman, donde Beatrice se mantuvo siempre rodeada de suficientes damas como para impedirle aproximarse sin llamar demasiado la atención.

Incluso aquella misma tarde la había distinguido desde su carruaje y ella, que sin duda también lo había visto, había encontrado más fascinante mirar hacia el otro lado que observarlo a él.

Y como esos, había varios ejemplos más de lo bien que lograba huir de él.

Rosehaven comprendía perfectamente el mensaje.

Lady Beatrice Loxley estaba haciendo cuanto podía para no volver a quedarse a solas con él.

Lo más desagradable del asunto era que cada nueva evasión conseguía justo lo contrario de lo que ella pretendía, pues Edmund estaba cada vez más interesado en alcanzarla.

Desde entonces, Rosehaven había pensado demasiado en una mujer que, según todos los principios que había defendido durante su vida adulta, no debería ocuparle más de unos minutos en el pensamiento.

No era deslumbrante, pero sí muy interesante. Muchísimo menos, dócil. No le impresionaba su título, fortuna o aspecto. ¿Sería por eso último por lo que él la encontraba tan adecuada para convertirse en su marquesa?

Edmund estaba empezando a pensar que lady Beatrice Loxley constituía un castigo enviado por alguna deidad particularmente creativa para darle su merecido, pero… ¿por qué necesitaba él un correctivo si no había hecho nada malo en su vida?

Había conseguido insultarlo, abofetearlo, besarlo hasta hacerle olvidar dónde se encontraba y marcharse después en busca de otro hombre. Por eso, aquella noche, se había asegurado de que Calder no asistiese al mismo baile que ella.

No estaba orgulloso de la maniobra… tampoco especialmente avergonzado.

El vizconde llevaba semanas interesado en conocer a un ingeniero especializado en canales y mejoras fluviales que solía frecuentar las reuniones de sir Malcolm Pembroke.

Le interesaba por otro proyecto que Calder tenía en marcha y Edmund iba a aprovecharse de esa ventaja.

Así que el marqués se había limitado a comentar de modo casual que el hombre estaría aquella noche en una pequeña reunión organizada por Pembroke y que quizá fuese conveniente que Calder acudiera si deseaba formarse una opinión completa sobre su proyecto.

No le había mentido… del todo. El ingeniero estaría allí y Rosehaven había logrado impresionarlo con las mejoras sugeridas en aquellas tierras que tan celosamente reservaba el vizconde.

Edmund se había sentido muy satisfecho de sí mismo hasta que comprendió que acababa de reorganizarle la agenda social a otro hombre para mantenerlo lejos de una mujer que ni siquiera había aceptado que la cortejase.

Aquello era bastante preocupante porque tenía miedo de que su nivel de locura aumentase todavía más.

¡Bah! No importaba, siempre se salía con la suya con facilidad sin hacer nada descabellado. Y sería así con lady Beatrice Loxley.

—Estás sonriendo otra vez, y aunque es un rasgo muy característico tuyo, te ves bastante más pletórico que en otras ocasiones. ¿Vamos a hablar de si te gusta o no que te hayan apodado el Marqués Radiante?

Edmund dirigió la mirada hacia Rivington. El barón estaba junto a él, sosteniendo una copa mientras observaba el salón.

—No me llegaste a contar qué te pareció lady Cecily. Te vi bastante interesado en la dama —decidió desviar el asunto.

—Ni tú, el motivo por el que intercambiabas tantas miradas con la amiga de esa dama. Te veías más interesado que yo.

— Touché . Debo decir que no estaba sonriendo antes.

—Llevabas varios minutos haciéndolo. Incluso ahora lo sigues haciendo.

—Tal vez me divierta la música.

—Posiblemente lo que te divierta es que una dama no se haya lanzado a tus pies como suele hacer el resto. Dime, amigo mío, ¿te duele mucho el orgullo?

Rosehaven bebió un poco de champán.

—¿Por qué te he invitado a acompañarme?

—Porque necesitas a alguien que te recuerde cuándo estás comportándote como un imbécil.

—Entonces estás incumpliendo gravemente tu cometido.

Rivington se rio por lo bajo. Edmund dejó de escucharlo.

Lady Beatrice acababa de entrar en el salón.

Aquella noche no iba vestida de azul grisáceo.

El vestido era verde pálido, bastante discreto, aunque el color avivaba los matices de sus ojos y hacía más cálidos los reflejos rojizos de su cabello.

No llevaba joyas ni adornos llamativos y el peinado continuaba siendo sencillo, pero algo había cambiado en ella.

Edmund la encontraba mucho más llamativa de lo que habría considerado prudente.

—Ahí está la dama que no se desmaya al verte, pero ya veo que la has visto —murmuró Rivington.

Rosehaven no apartó los ojos de ella.

—Ni una palabra más.

—Está bien. Me callaré.

—Mientes.

—Es muy posible. Te atormentaré hasta el fin de tus días si la dama que has elegido no te corresponde. ¿Te imaginas lo que dirían si alguien llegase a enterarse de que la perdiste frente a Calder, nada más y nada menos?

—No me digas que hay apuestas sobre algo así —preguntó horrorizado.

—Entonces, no te lo diré.

—Por amor de Dios, ¿ya no se respeta nada?

—Me temo que fuiste muy evidente en Hyde Park ante la sociedad.

Ver al Marqués Radiante paseando junto a una joven…

¿Entiendes por dónde voy? Nunca habías estado en un lugar público escoltando a una mujer soltera a la que le dedicaste tantas atenciones.

Te avisé de que eso te pasaría factura. Alguien de nuestro club de White’s debió haberte visto en Hyde Park y comenzaron las apuestas.

No temas por el asunto de Calder, no es público todavía y no lo será si la conviertes en tu esposa, pues solo yo sé que la dama salió corriendo tras los pasos de ese vizconde.

Gruñiste más de lo normal. —El barón se quedó un momento pensativo y luego añadió—: Aunque no creo recordar haberte escuchado nunca gruñir.

Creo que tu orgullo debe estar sangrando —se burló de él.

—Una apuesta así no me parece correcta. Ganar no es siempre lo más importante. Hay límites que deberían respetarse. —No iba a mencionar ni a Calder ni nada sobre gruñidos que él no emitió. ¡No los emitió! Y su orgullo estaba a salvo.

—¿Y eso me lo dice un hombre que se retiró de las apuestas hace un año para que nadie pudiese alardear de que lo había vencido? ¿Qué pasó la temporada pasada para que tomases una decisión tan drástica?

—Me retiré porque ya estaba cansado de ganar a todo el mundo, no porque tuviese miedo de que alguien me derrotase. —No le contaría a un alma viviente que su última partida en una mesa de juego terminó en una especie de tablas y que ahí tomó la decisión de dejar de jugar.

Se fijó en ese momento en que lady Beatrice estaba recorriendo el salón con la mirada. Edmund supo exactamente a quién buscaba y no era a él.

Calder.

Sintió una satisfacción bastante infantil cuando vio aparecer una sombra de decepción en su rostro. El vizconde no estaba allí y no aparecería.

Esa noche, si lady Beatrice deseaba encontrar a un hombre capaz de hacerla temblar, tendría que conformarse con él.

La idea le pareció excelente. La esperanza palpitaba en su corazón…

hasta que ella lo vio observándola sin disimulo.

Sus ojos se encontraron a través del salón.

Beatrice permaneció inmóvil durante un instante y Edmund levantó la copa a modo de saludo.

Ella frunció el ceño para después apartar la mirada.