Capítulo 4 #4
—¿Y se considera usted un caballero, lord Rosehaven?
Puede que yo me haya comportado de un modo desvergonzado y grosero, pero usted me ha superado con creces.
Nos besamos, recuerdo perfectamente lo que sucedió entre ambos.
Sé bien lo que sentí y lo que le dije. Insensatez y error son las mejores palabras para definirlo.
Así que este asunto se termina aquí y ahora.
Edmund negó con la cabeza.
—Calder no la hará temblar como yo.
—¿Va a obligarme a abofetearlo en Hyde Park, lord Rosehaven?
—Los dos sabemos que eso la condenaría más que si la hubiesen encontrado rogando por mis besos en aquel oscuro jardín que tan consideradamente ha tenido a bien recordar su amiga.
De aquí tendríamos que ir directos a una vicaría para celebrar una boda.
Su reputación no podría soportar las habladurías por abofetearme.
¿Tiene acaso la intención de tenderme una trampa?
¿Pretende ponerme celoso con Calder? Si ese ha sido su plan desde el principio…
—¿Se está escuchando, milord? Lamento tener que decirle que usted no es el ombligo del mundo.
Si abofetear a un caballero fuese el camino más rápido para acabar frente a un altar, le aseguro que lord Calder estaría recibiendo ahora mismo una bofetada mía —le aseguró, llena de rabia.
No se había parado a pensar lo que acababa de confesar.
—Así que pretende casarse con él y no le importa nada más. ¿Qué clase de mujer planea embaucar a un hombre mientras se deja besar por otro? ¿Una que no es respetable?, me pregunto.
—Me está ofendiendo, lord Rosehaven. Y no lo abofetearé a pesar de que parece empecinado en que lo haga. ¿Acaso quiere acabar casado conmigo?, me pregunto yo.
—No sea absurda —le dijo.
—¿Tan impresionantes fueron los besos que compartió conmigo? —siguió ella.
—Es bastante inexperta.
—¿Y tan celoso está de que pueda interesarme un hombre como Calder y no alguien como usted?
—Es un caballero demasiado aburrido para alguien que besa como usted.
—De verdad, sé que mis cuestiones están fuera de lugar, pero no puedo dejar de preguntarme qué le importa si pretendo casarme o no, o con quién lo haga. —Oh, sí. Ella no iba a darle importancia a ninguna de las respuestas de ese pomposo arrogante.
—Yo también me lo pregunto.
La respuesta fue tan rápida que ella lo miró asombrada. El marqués tenía la mandíbula tensa. Algo en aquella expresión le provocó a Beatrice una satisfacción vergonzosa.
—¿Qué quiere decir?
Rosehaven suspiró y se pasó una mano por la frente.
—No lo sé. ¿Por qué tuvo que sonreírle tanto a Calder aquella noche?
Beatrice abrió los ojos por completo.
—¿Ahora tampoco puedo sonreírle a quien yo quiera?
—Puede hacerlo cuanto quiera.
—Gracias por concederme permiso —ironizó.
—Todo esto es culpa suya. Si no me hubiese tratado como si yo no valiese nada y fuese una muchacha sin sesera, no estaríamos así.
—¿Cómo ha dicho? —Beatrice no daba crédito a lo que acababa de oír.
—Mire, se lo diré sin florituras: ha conseguido un imposible
—¿Qué es lo que he conseguido?
—Captar mi interés. Así que deje de hablar de Calder. Por alguna razón, me molesta muchísimo que lo haga. No sé cómo lo ha conseguido, pero me tiene aquí, frente a usted y totalmente interesado —reconoció de una vez por todas.
Ella tuvo que contenerse para no darle una patada en el trasero.
—¿Se ha dado algún golpe en la cabeza, milord?
Cecily y lord Rivington continuaban caminando por delante sin reparar en ellos. Y los vigilantes que iban por detrás hacían lo propio.
—Eso parece. Disfrute del momento, milady . He pasado por alto a damas mucho más bonitas, agradables y corteses que usted. Su táctica ha funcionado a las mil maravillas.
Beatrice lo miraba como si él se hubiese vuelto loco.
—Debe estar muy enfermo o ciertamente ha recibido hace poco un severo golpe en la cabeza. No encuentro ninguna otra explicación.
—¿Quiere un cortejo largo o corto? Preferiría que fuese uno corto.
—Esto no puede estar pasando —musitó incrédula.
Rosehaven iba a añadir algo cuando Beatrice desvió la mirada. Su rostro se iluminó de inmediato y Edmund siguió la dirección de sus ojos.
Un jinete avanzaba por un sendero, sobre un caballo gris.
Llevaba una chaqueta de montar oscura, guantes claros y el sombrero perfectamente colocado.
Su postura era irreprochable. También su expresión.
Hasta el caballo parecía consciente de que debía comportarse con moderación bajo semejante jinete.
—Calder —murmuró Beatrice sin darse cuenta de lo que hacía.
Había tanta satisfacción en esa única palabra que Edmund sintió cómo se endurecía cada músculo de su cuerpo.
Lady Beatrice ya no parecía enfadada o incómoda. Contemplaba al vizconde con un interés abierto mientras Calder paseaba al otro lado sin reparar ni tan siquiera en ella.
Entonces la dama sonrió. Una maldita sonrisa cálida y franca que Edmund habría querido que le dedicase a él y solo a él.
Rosehaven comenzó a hervir en su propio jugo lleno de furia. Y así, por primera vez en su vida, el Marqués Radiante comprendió que los celos podían ser una emoción extraordinariamente violenta.
¿A qué estaba jugando esa mujer? ¿No le había dicho ya que él estaba interesado en ella? ¿Por qué tenía que seguir atormentándolo?