Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

Ambos comenzaron a caminar por el sendero tras los pasos de sus amigos. La doncella y el hombre de Damian iban detrás, bastante alejados para darles cierta intimidad.

—Tres noches parecen haber obrado maravillas en su memoria, pues está olvidando que hubo un momento en que me consideró adecuado para sujetarla entre mis brazos.

La voz era tan baja que nadie podía escucharlos.

Beatrice mantuvo la mirada al frente.

—No sé a qué se refiere.

Rosehaven soltó una risa sin alegría.

—Naturalmente.

—Si hemos de pasear juntos, agradecería que hablásemos de cualquier asunto apropiado. —No quería pensar más en sus besos o en verdad acabaría desmayándose a sus pies.

—¿El tiempo?

—Sería perfecto.

Edmund levantó el rostro hacia el cielo.

—Está nublado.

—Lo había advertido.

—Magnífica conversación —masculló enfadado consigo mismo.

—Es mucho más agradable que algunas de las que he mantenido con usted.

—Curioso. Hace tres noches no parecía desagradarle demasiado —insistió sin controlar el volumen de su aseveración.

Beatrice sintió que el calor regresaba inmediatamente a sus mejillas.

—Baje la voz.

—Estoy hablando muy bajo.

—No lo está haciendo y podrían escucharlo.

—Y eso le preocupa muchísimo, ¿verdad?

Ella se volvió hacia él.

—¿Qué pretende decir?

Edmund la miraba sin disimular su irritación.

—Que hace tres noches no parecía especialmente preocupada por la posibilidad de que alguien nos descubriera —apuntó en un tono adecuado para una conversación tan delicada.

—Aquello fue solo un error.

El marqués se tensó. Beatrice notó el efecto de sus palabras y se obligó a continuar andando.

—Ya está —dijo Edmund después de unos segundos—. Por fin lo ha reconocido.

—¿A qué se refiere?

—Acaba de decir las palabras que llevaba esperando desde que la he visto. ¿No le parece curioso que en aquella ocasión me retase a manifestar que lo sucedido entre ambos fue un error y que sea usted ahora quien lo haya sacado a relucir?

—No entiendo por qué tendría que importarle.

—No me importa.

—Perfecto.

—Perfecto, pues —remató él.

Caminaron varios pasos en silencio.

Beatrice apretaba los labios para no decir nada.

—Miente muy mal —murmuró Rosehaven.

—¿Disculpe?

—Lo que sucedió aquella noche puede haber sido una insensatez o un error, pero algo importante ocurrió entre nosotros. Usted lo sabe tan bien como yo.

—¿Ahora pretende decirme lo que debo o no pensar?

—No. Le estoy diciendo una verdad innegable.

Beatrice volvió la cabeza hacia él.

—Lo que ocurrió fue que perdí momentáneamente el juicio.

—Varias veces.

—No fueron varias veces.

—Exigió más besos. No los besos de ningún vizconde, los míos, milady , y la complací varias veces —le recordó sin titubear.

La joven tropezó con una pequeña irregularidad del camino. Edmund le sujetó el brazo antes de que perdiera el equilibrio. El contacto hizo que Beatrice se apartara de inmediato de él.

—No vuelva a decir eso.

—¿Por qué? ¿Tiene miedo de recordarlo?

—Tengo miedo de que alguien pueda oírlo, ya se lo he dicho.

—¿Y tan malo sería si alguien la escuchase decir que disfrutó de mis besos? Me pregunto si le preocuparía lo mismo si el que la hubiese besado hubiera sido… ¿tal vez un vizconde y no un marqués?

Beatrice respiró profundamente.

—Lord Rosehaven, no quiero discutir con usted.

—Eso también es nuevo.

—Quiero disfrutar del paseo.

—¿Esperando a Calder, milady ?

Ella se quedó inmóvil. Edmund continuó caminando y tuvo que detenerse también y luego regresar a su lado.

Beatrice lo miró con cautela.

—¿Qué ha dicho?

—No soy aficionado a las columnas maliciosas, pero cuando hablan de mí, acabo descubriéndolo. Me recomendaron leer algo llamado La Tinta Indiscreta esta mañana.

Maldita fuese Cecily, otra vez, por haberla convencido de escribir aquello.

—Se llama la Pluma Indiscreta , milord.

Rosehaven se acercó más a ella. La expresión que mantenía resultaba peligrosamente serena.

—Veo que también la ha leído. Ha sido una lectura extraordinariamente instructiva.

Al parecer, todo Londres debe prepararse para contemplar a lady Beatrice Loxley paseando animadamente por Hyde Park con lord Calder.

Permita que diga los nombres completos y no los abrevie como lo ha hecho la columnista.

—Lo dice como si yo fuese culpable de algo.

—Qué afortunada coincidencia que usted haya decidido venir precisamente esta misma mañana que ha salido publicada la columna.

—Paseo por Hyde Park cuando me apetece.

—Y Calder cabalga por aquí cuando le apetece. Eso es todos los días.

—Puede ser, no estoy al tanto de todo lo que tiene que ver con el vizconde.

—Naturalmente. Sin duda el destino está trabajando muchísimo para facilitarles el cortejo.

Beatrice entrecerró los ojos.

—¿Está insinuando algo?

—Estoy admirando las coincidencias en las que no creo.

—Pues admírelas en silencio —le dijo para luego emprender el paseo.

Edmund volvió a caminar junto a ella.

—¿Le ha causado un gran disgusto haberme visto a mí en lugar de a su preciado vizconde, milady ?

Beatrice se envaró.

—Estoy segura de que esa pregunta está fuera de lugar.

—¿Lo está?

—Ya lo creo que sí.

—Me besa como si yo fuese el único hombre en el mundo, a continuación, me despide peor que a un perro molesto y días después la encuentro en Hyde Park mendigando la atención de lord Calder. Perdóneme si he obviado algún detalle importante, milady .

Beatrice seguía caminando mientras miraba al frente.

—No sé lo que espera conseguir con esta conversación…

—Reconozca que le gustaron mis besos.

Beatrice se detuvo una vez más. Miró hacia todos los lados para asegurarse de que nadie la escuchaba y luego le dijo: