Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Ni tú puedes ser tan ilusa como para creer que él se marchará sin dedicarte un par de palabras después de aquellos…

—¡No lo digas! —Beatrice era muy consciente de que Cecily iba a recordar una vez más los besos.

—No lo diré, aunque sí señalaré que él, a pesar de estar sonriendo, no parece demasiado contento. Mantiene la sonrisa, pero frunce mucho el ceño. ¿No se da cuenta de que es una gran contradicción?

—Creo que lo sabe perfectamente.

—Y yo considero que le agradas y no quiere que eso ocurra. Tal vez esté recordando lo agradables que resultaron tus besos y el modo en el que después le diste a entender que eran horribles.

—¿Otra vez con eso, Cecily? Eres un tormento. Nada de ser insufrible. Sigamos caminando, con un poco de suerte no se detendrá —le ordenó Beatrice.

—Eso estamos haciendo. Damos un paseo por Hyde Park —tuvo que recordarle.

—Más deprisa.

—Si echamos a correr parecerá que huimos de él. Y si puedo enfrentarme a un duque, podré desafiar a un marqués.

—¿Un duque? ¿Cuándo te has enfrentado tú a un duque, Cecily?

—Lo importante ahora, amiga mía, es que no debe parecer que le tienes miedo —dijo, para desviar la atención.

—No le tengo miedo —apuntó y ojalá le hubiese salido la voz más firme.

—Entonces deja de caminar como si nos persiguiese un demonio. Es solo un simple hombre. Si Aurelia pudo domesticar a Damian, tú podrás con Rosehaven.

—Pero es que yo no quiero nada de ese caballero, Cecily.

—Sí, sí, ya lo sé… —observó la otra; no obstante, Beatrice sabía que solo le estaba dando la razón porque no quería discutir con ella.

La hija del conde de Loxley redujo el paso. Cecily tenía razón en que debía mostrarse más… menos… ¡Más valiente! Sí, eso era. Ella no le tenía miedo a un simple hombre que no le despertaba ningún interés.

Los dos jinetes abandonaron poco después el tránsito de Rotten Row y se acercaron hacia el camino por el que ellas paseaban.

Rosehaven iba acompañado por un caballero al que Beatrice no recordaba haber visto anteriormente.

El desconocido no habría cumplido los treinta años.

Tenía el cabello oscuro, sus facciones eran agradables y sus ojos eran claros.

No compartía la estúpida perfección de Rosehaven, aunque sí tenía un aire bastante agradable.

Los caballeros detuvieron sus monturas junto a ellas.

— Lady Cecily. Lady Beatrice —las saludó, desde la silla, el marqués.

Beatrice le hizo una reverencia muy corta. Cecily hizo lo mismo. A la hermana de Aurelia le pareció interesante que él supiera su identidad. ¡Seguro que había estado investigando a Beatrice y de ahí que las saludase a ambas como si fuesen grandes amigos! Curioso, sin duda.

—Milord —apuntaron al unísono las damas.

Nada más. Parecía un encuentro correcto y frío, si no fuese porque los ojos azules del marqués se habían detenido sobre Beatrice y no parecía dispuesto a apartarlos.

Cecily se estaba divirtiendo inmensamente y como ni Beatrice ni el Marqués Radiante parecían darse cuenta de que se estaban observando con demasiado interés, la hermana de Aurelia decidió romper el momento antes de que alguien se diese cuenta de la situación y no fuese la Pluma Indiscreta quien comenzase las especulaciones.

—Lord Rosehaven, qué inesperado encontrarlo aquí.

—¿Inesperado? Lo inesperado hubiese sido no encontrarla a usted aquí esta mañana, aunque supongo que se ha tenido que conformar con la compañía de una estimada amiga suya —apuntó Edmund. Y sí. Aunque había sido Cecily la que había hablado, él estaba regañando directamente a Beatrice.

La hija de lord Loxley supuso entonces que Rosehaven había leído la columna, dado que su tono no dejaba lugar a dudas.

No iba a dignificar esa observación con ninguna palabra y estaba rezando para que Cecily se mantuviese callada.

¿Por qué tenía que verse tan enfadado con ella por estar allí buscando al vizconde Calder?

¡Bah! Seguro que ese no era el motivo por el que él seguía frunciendo el ceño con tanta rabia.

¡Maldita fuese Cecily y malditas fuesen todas sus menciones sobre los besos compartidos con él! Se concentraría en no mirarle esa hermosa boca que tanto la había estremecido.

El otro caballero desmontó con agilidad y salvó el incómodo momento.

—Dado que Rosehaven parece haber olvidado sus modales, tendré que presentarme yo mismo.

—No los he olvidado —protestó Edmund mientras descendía de su caballo—. Estaba considerando una curiosa coincidencia y me he detenido más de lo aconsejado en mis propios pensamientos.

—Eso parece muy exigente para esta hora de la mañana. No creo en las coincidencias, amigo mío.

—Yo tampoco —apuntó el marqués.

El desconocido le entregó las riendas a un groom que los había seguido a cierta distancia. Edmund hizo lo mismo con su caballo. El criado se ocupó de ambas monturas y se retiró unos pasos, dispuesto a esperar mientras los caballeros paseaban.

Rosehaven procedió a hacer las presentaciones oportunas:

— Lady Cecily Westcott, lady Beatrice Loxley, permítanme presentarles a Leander Thorne, barón Rivington. Rivington, dos de las damas más peligrosas que conozco.

Beatrice lo fulminó con los ojos.

Cecily le sonrió al Marqués Radiante para luego mirar al recién llegado.

—No le haga caso a lord Rosehaven. Sospecho que tiene cierta tendencia a exagerar cuando una mujer no se comporta como él espera.

Rivington miró a su amigo.

—¿Y cómo cree que debe comportarse una dama en presencia de tan distinguido marqués, milady ? —le preguntó el barón a Cecily en un tono claramente juguetón.

—Desmayándose a su paso —saltó Beatrice sin poder contenerse.

Rivington soltó una carcajada a la que se unió Cecily y después dijo:

—Entonces empiezo a comprender por qué Rosehaven estaba de tan mal humor hace un momento. No veo que ninguna de ustedes se haya desmayado.

Edmund endureció la expresión.

—No estaba de mal humor y no espero que nadie se desmaye en mi presencia —dijo irritado.

—Has condenado el estado de las calles, el precio de los caballos, el proyecto del canal y a un pobre hombre que llevaba un sombrero amarillo.

—Era un sombrero espantoso.

—Sin duda justificaba tanta indignación.

Cecily soltó una nueva carcajada.

Beatrice miró a lord Rivington con algo más de interés. El barón hizo una leve inclinación hacia ella.

—Le aseguro, lady Beatrice, que cuando salimos de casa esta mañana mi amigo parecía un hombre casi soportable.

—Entonces lamento que Hyde Park haya provocado semejante deterioro —apuntó la aludida.

—Yo empiezo a sospechar que Hyde Park no tiene culpa alguna —intervino Cecily.

La mirada que Rosehaven les dirigió a ambas habría intimidado al rey mismo. Rivington pareció decidir que no necesitaba comprender aquel intercambio para disfrutarlo, aunque sospechaba que había algo jugoso ahí.

—¿Nos permiten acompañarlas? —preguntó el barón.

Beatrice abrió la boca para excusarse de un modo cortés.

—Será un placer —respondió la hermana de Aurelia antes de que ella pudiese negarse.

—Cecily… —la llamó al orden con un susurro.

—No podemos negarnos a dar un paseo con dos caballeros tan distinguidos.

Sería terriblemente descortés. Además, nos acompaña un lacayo de Damian y una doncella.

Todo es de lo más adecuado y formal. No estamos haciendo nada malo.

Ni es de noche, ni estaremos solas en medio de un jardín o alguna locura similar, Beatrice.

La última observación fue pronunciada con una inocencia que hizo que Edmund fijara los ojos en Beatrice. Ella supo inmediatamente que Cecily lo había hecho a propósito.

—Desde luego —se limitó a reconocer Rosehaven.

Beatrice estaba tan avergonzada que deseaba que la tierra se abriese bajo sus pies y se la tragase. Hacía un momento, Cecily le había asegurado que la apoyaría siempre y parecía haberse convertido en su peor enemiga. ¡Ya ajustaría cuentas con ella más tarde!

Rivington comenzó a observar alternativamente al marqués y a la hija de lord Loxley.

—Tengo la sensación de haber llegado a la mitad de una conversación.

—Créame, milord —dijo Cecily—, son imaginaciones suyas.

Emprendieron la marcha.

Cecily se colocó junto a Rivington casi de inmediato.

El barón comenzó a preguntarle por una observación que ella había hecho acerca de su caballo y, en cuestión de pocos pasos, ambos estaban enfrascados en una discusión sobre si un animal especialmente inteligente podía llegar a comprender cuándo su jinete estaba haciendo el ridículo.

Beatrice los observaba con cierta sorpresa.

Cecily parecía haberse encontrado con alguien capaz de seguirle el ritmo.

Rivington no parecía intimidado por sus comentarios o su fuerte carácter.

Se reía con ella, la contradecía cuando le apetecía y, cada vez que Cecily decía algo particularmente provocador, parecía animarla a continuar.

¡Y eso que solo habían pasado unos minutos conversando!

Un movimiento a su lado le recordó a Beatrice que ella tenía problemas bastante más inmediatos.

Rosehaven le estaba ofreciendo su brazo, tal y como el barón había hecho con Cecily.

No podía ni debía estar cerca de él. Beatrice se desplazó discretamente unos centímetros hacia el borde del camino y comenzó a caminar bastante separada de él, a diferencia de su amiga, que iba felizmente del brazo del barón.

Edmund advirtió la reacción de la dama y colocó los brazos a la espalda, bien lejos de ella.

Por supuesto que lo hizo. Beatrice era muy consciente de lo desconsiderada que estaba siendo, nada más y nada menos que con un marqués.

Ofrecerle el brazo a una mujer era un gesto de cortesía que ella acababa de despreciar.

Que Dios la perdonase por la grosería, pero era lo mejor para ambos.

—No tema, milady . He comprendido que mi proximidad le resulta repugnante. Me mantendré a una distancia prudente.

—Me tranquiliza comprobar que es capaz de aprender. —No pensaba dejarse intimidar por él.