Capítulo 4
Cuando los planes no salen bien
NOTICIAS DE SOCIEDAD
La espléndida velada ofrecida por la condesa de H. ha dado a esta ciudad mucho más que admirables flores, excelente música y una concurrencia escogida con el esmero que cabía esperar de su anfitriona.
Entre tantos caballeros y damas dignos de mención, esta columnista no puede evitar comentar la agradable estampa que dicen que formaban cierto vizconde de reputación intachable y una joven cuyo porvenir matrimonial lleva demasiado tiempo despertando la curiosidad de Londres.
Hablamos, naturalmente, de lord C . y lady B.
L. Quienes tuvieron la fortuna de contemplarlos durante el baile aseguran que la conversación entre ambos resultó animada, que las sonrisas fueron frecuentes y que la dama pareció sentirse particularmente cómoda en compañía de un caballero cuya discreción, sensatez y respetabilidad son bien conocidas.
¿Estaremos ante el comienzo de una amistad más prometedora?
Sería prematuro afirmarlo, aunque esta columnista considera que pocas cosas resultan tan reveladoras como la manera en que una dama sonríe cuando olvida que todo un salón puede estar observándola.
La velada, por cierto, contó también con una presencia inesperada. El marqués de R. , más conocido como el Marqués Radiante , decidió honrar la casa de lord y lady H. con su llegada pese a que, según fuentes bastante fiables, nadie lo esperaba.
Quizá algunos caballeros poseen suficiente seguridad para considerar que una invitación escrita constituye una formalidad prescindible.
No será esta servidora de ustedes quien discuta semejante confianza, aunque a nadie le amarga un dulce… ¿cierto?
Mucho más interesante será descubrir si la atención que lord C. y lady B. L. parecieron dispensarse encuentra ocasión de repetirse lejos de una pista de baile.
¿Es probable que la sociedad vea pronto a la pareja cortejando animadamente por los bonitos jardines de Hyde Park?
La Pluma Indiscreta.
Hyde Park se encontraba aquella mañana exactamente como Beatrice necesitaba que estuviese, era decir, concurrido.
Los carruajes elegantes recorrían los caminos, varios jinetes avanzaban por Rotten Row y numerosos miembros de la buena sociedad paseaban sin demasiada prisa con la intención evidente de ver y, sobre todo, de ser vistos.
El cielo londinense se había mostrado sorprendentemente generoso y dejaba pasar unos rayos de sol débiles entre las nubes, lo suficiente para convertir aquella salida en una ocasión para estrenar elegantes sombrillas, preciosos sombreros, intercambiar saludos y descubrir quién acompañaba a quién.
En esos momentos, Beatrice caminaba junto a Cecily. Una doncella de Aurelia y uno de los lacayos de Harrowmere las seguían a una distancia prudente, lo bastante cerca para satisfacer las exigencias del decoro y oportunamente lejos para no escuchar cuanto las dos amigas se decían.
—Deja de mirar hacia Rotten Row —murmuró Cecily.
Beatrice volvió inmediatamente los ojos al frente.
—No estaba mirando hacia Rotten Row.
—Naturalmente.
—Estaba contemplando los árboles.
—Los árboles están al otro lado.
Beatrice frunció el ceño.
—¿Por qué estás tan insoportable esta mañana? O mejor todavía: ¿por qué estás más insolente que nunca?
—Porque no me gusta especialmente pasear por Hyde Park y llevamos casi media hora dando vueltas como dos mujeres que han perdido algo.
—No estamos dando vueltas.
—Hemos pasado dos veces junto al mismo banco.
—El parque es muy grande.
—Y, aun así, consigues conducirnos exactamente hacia el lugar por el que sabes que lord Calder acostumbra a pasar a caballo. ¿Por qué no me has dicho simplemente que querías que te acompañase para verle?
Beatrice se llevó una mano al borde del sombrero para asegurarse de que una ráfaga no se lo moviera.
—No tiene nada de malo que desee encontrarme con un conocido. ¿No puedes dejarme tener secretos?
Cecily sonrió.
—Ah, mi querida Beatrice, sé mucho más de lo que te imaginas sobre grandes secretos; ni la misma Lavinia podría superarme.
—¿A qué te refieres? ¿Qué secretos tienes, Cecily? ¿Y Lavinia? ¿Qué es lo que no me estás contando?
—Olvídate de eso. Lo importante es que no tiene nada de malo que la Pluma Indiscreta haya sugerido esta mañana que Londres podría ver muy pronto a lord Calder y a lady Beatrice —arrastró las dos palabras— paseando animadamente por Hyde Park.
No te condenaré por querer apresurar las cosas, amiga mía.
Era del todo lógico que quisieras venir; solo trato de hacer una observación.
—¿Qué observación?
—Es evidente que podré ayudarte mejor a cazar a tu presa si sé exactamente lo que te propones en cada instante.
—¡Cecily! Tu hermana tiene razón. Eres insufrible. ¿Acaso me ves con un arco y una flecha? No soy ninguna amazona.
—No, porque no te hace falta para la clase de caza que planeas, pero seguro que vas bien armada con una sonrisa dulce, palabras elocuentes y varias artimañas femeninas más que desplegarás cuando veas a tu presa —razonó de modo casual.
Beatrice suspiró.
—Insufrible es poco para calificarte, Cecily.
—Ah.
—¿Qué significa ese «ah» ahora?
—Nada. Me maravilla comprobar hasta dónde alcanza tu compromiso con la exactitud periodística.
Nuestra columna habló de Hyde Park y un paseo, y ahora mismo aquí nos encontramos las dos.
¿Cuál es el motivo por el que te empeñas en negar lo evidente?
Como veo que no te gusta que utilice la palabra cazar, señalaré que quieres pescar a tu lord Calder y yo pienso ayudarte, así que no trates de jugar al despiste conmigo.
Yo te apoyaré hagas lo que hagas siempre.
Incluso si eso supone tenderle una trampa a alguien.
Beatrice se esforzó por conservar la dignidad. Cecily tenía razón. No debería esconder lo que en verdad planeaba. De las tres amigas solteras que quedaban, Cecily era la más avispada y haría bien en confiar en ella.
Además, habían escrito la nota las dos juntas.
Cecily había insistido en que una insinuación carecía de utilidad si después no proporcionaban a la sociedad alguna imagen que pudiera alimentarla, y Beatrice había decidido que haría todo lo posible por acabar dando un paseo con lord Calder sin confesárselo a su amiga.
Todo ello sin olvidar que aquella nota tenía la segunda misión de llamarle la atención al Marqués Radiante.
La simple mención del marqués en la columna, acompañada de la observación poco halagadora de que se había presentado sin invitación en la fiesta de Aurelia, debería haber dejado claro que la Pluma Indiscreta no lo consideraba precisamente el caballero más deseable de la velada.
En cambio, Calder aparecía descrito como respetable, sensato y particularmente bien avenido con lady Beatrice.
Seguramente ese hecho evitase que él pudiese llegar a pensar que los besos compartidos fueron algo más que un simple error.
Si Rosehaven llegaba a leer la nota, cosa bastante probable teniendo en cuenta que media aristocracia comenzaba el día buscando la sección de cotilleos, entendería que ella tenía posibilidades con Calder. Y eso era exactamente lo que Beatrice quería.
Un vizconde conveniente. Poco importaba que ella llevase varios días sin dormir debido a aquella temeridad cometida que implicaba labios y lenguas…
Si al menos pudiese olvidar cómo logró ese hombre estremecerla.
¡No! ¡No debía recordarlo! No acabaría como su madre, subyugada a un hombre que podría acabar traicionándola.
Calder. Calder era la mejor decisión. ¿Cómo podría convencerlo para que la besase sin parecer una falda ligera?
¡No! Era mejor que el hombre que había escogido para casarse no le hiciese perder la razón contra una balaustrada en mitad de un jardín.
Ay, pero las sensaciones que Rosehaven despertó en ella fueron tan inesperadas y satisfactorias que…
—Beatrice, ¿me estás escuchando?
—Maldito sea por besar tan bien… —masculló sin darse cuenta de lo que decía.
—Veo que no puedes olvidarte del Marqués Radiante —se burló Cecily llena de picardía.
Beatrice sintió de pronto mucho calor.
—En absoluto. Y no entiendo el motivo por el que lo has apodado así. No debí haber dejado que me convencieras para calificarlo de ese modo. No es radiante, ni nada que se le parezca.
—Damian se refirió a él así una vez y me pareció oportuno —le aclaró—. Estás más roja que un tomate, Beatrice. Admitir que disfrutaste de un par de besos secretos no te condena.
—Hace calor. Es solo eso.
Cecily alzó el rostro hacia un cielo casi cubierto. Hacía frío.
—Por supuesto que sí. No volveré a recordarte que cuentas con mi apoyo y toda mi discreción. Solo quiero que sepas que estaré a tu lado cuando me necesites y decidas lo que decidas.
Beatrice estaba a punto de darle las gracias cuando el sonido de varios caballos acercándose por Rotten Row consiguió que volviera la cabeza.
Lo hizo con demasiada rapidez. Y Cecily también.
Dos caballeros avanzaban a buen ritmo sobre un par de magníficas monturas. Uno cabalgaba sobre un caballo castaño de largas patas. El otro, sobre un ejemplar negro y se movía en la silla con una naturalidad que indicaba muchas horas de práctica.
Beatrice reconoció el cabello rubio antes de distinguir al propio jinete. Su estómago se contrajo.
—Oh, no.
Cecily tardó un segundo más en darse cuenta de lo que se avecinaba.
—Oh, sí. Parece que no estabas destinada a encontrarte con quien necesitabas y sí con quien deseabas.
Edmund Bellgrave, marqués de Rosehaven, acababa de verlas y comenzó a sonreír de un modo ampliamente radiante.
—No digas tonterías, Cecily, y te ruego que te comportes.
—Soy un modelo de corrección, el epítome de la educación elegante y práctica —apuntó la hermana de Aurelia.
Beatrice se tragó una maldición en cuanto se dio cuenta de que si él se acercaba tendría que hablarle. Quería evitarlo a toda costa.
—Que pase de largo, que pase de largo… —comenzó a murmurar como si fuese una plegaria.