Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

—Vi lo que hizo Damian cada vez que Aurelia tensaba la cuerda de su orgullo.

Lo que tú has hecho con él para lograr que se marchase no se quedará sin el debido castigo.

No puedes decirle a un tipo así que sus besos no son nada y que lo desprecias.

¿No sabes que los hombres son criaturas impredecibles a las que no puedes zarandear por la cola?

—Ha sido solo una pequeña locura.

—Eso parece.

—Una completa locura.

—De acuerdo.

—No volverá a suceder.

Cecily ladeó la cabeza.

—Por supuesto —alegó con retintín.

Beatrice la miró.

—¿Por qué dices eso de esa manera?

—Porque te conozco.

—Precisamente por eso deberías saber que no permitiré que vuelva a suceder.

—También sé que tienes los labios hinchados y que todavía estás mirando embelesada hacia el lugar por el que se ha marchado.

Beatrice se llevó una mano a la boca.

Cecily sonrió.

—No hagas eso.

—¿El qué?

—Recordármelo

—No estoy haciendo nada. Ya lo haces tú solita, amiga mía. Estás acordándote de lo que ha sido besarlo y estar entre sus brazos.

Eso era precisamente lo que Beatrice estaba haciendo: rememorando la presión de sus brazos, la calidez de su boca, la manera en que le había dicho que no quería refrenarse y aquel instante, mucho más peligroso que el beso, en el que ambos se habían quedado mirándose sin saber qué les estaba sucediendo.

Se obligó a apartar esos pensamientos.

—Calder es mi mejor opción.

Cecily suspiró.

—Ya estamos otra vez. No quieres a alguien totalmente opuesto a tu padre. Te aburrirás de él antes de que termine la boda, Beatrice.

—Es sensato, respetable y amable. No tiene ninguna de las cualidades que hicieron desgraciada a mi madre.

—Tampoco parece tener ninguna que pueda hacerte perder la razón, tal y como supongo que te ha ocurrido con Rosehaven.

—Eso es precisamente lo que quiero evitar. Él no me conviene.

—¿Estás segura?

Beatrice la miró con firmeza.

—Completamente. —Cecily no pareció convencida, pero se quedó callada y Beatrice continuó—: Rosehaven es arrogante, vanidoso, impulsivo y demasiado consciente de su aspecto. Todas las mujeres lo miran. Hasta las casadas. ¿Has visto lo que ha sucedido cuando ha entrado en el salón?

—Sí. Sería un pecado no contemplar a un hombre con sus… cualidades. El problema, Beatrice, es que te conozco desde hace demasiado tiempo y jamás habías perdido la cabeza antes por un…

—Me desagrada —la cortó.

—Sí, por descontado, y para mostrarle cuánto te desagradaba lo besaste.

—¡No pensaba hacerlo! Solo… solo… ocurrió. No volverá a suceder. Ya te lo he dicho. Voy a olvidarlo.

—¿A quién? ¿A Calder?

—A Rosehaven y sus estúpidos besos.

—Ah —apuntó escéptica.

—Ha sido un error provocado por una discusión absurda. Nada más.

—Naturalmente.

—Y voy a continuar con mi plan.

—Calder.

—Sí. Lord Calder es el hombre adecuado para mí.

Cecily suspiró.

—En ese caso tenemos un problema.

—¿Qué problema?

—Rosehaven.

Beatrice frunció el ceño.

—No pienso darle ninguna oportunidad.

—Después de lo que acabo de ver, no creo que necesite que se la des. Si ese hombre decide perseguirte, no va a detenerse porque tú le expliques educadamente que prefieres a Calder.

—Entonces tendré que ser desagradable.

—No creo que se rinda. ¿Has visto cómo se ha marchado después de que declarases que sus besos eran horribles? Pienso que a la menor oportunidad tratará de darte una lección.

—No he dicho que fuesen horribles.

—Supongo que es porque los habrás encontrado deliciosos. Estás en verdaderos problemas, Beatrice.

La hija de lord Loxley abrió la boca para protestar, pero ninguna respuesta consiguió salir. Entonces Cecily sonrió lentamente. Era una sonrisa que Beatrice conocía demasiado bien; la misma que aparecía justo antes de que la hermana de Aurelia tuviese una idea capaz de provocar una catástrofe.

—¿Qué estás pensando?

—Que existe una manera bastante sencilla de conseguir que Rosehaven te deje en paz.

Beatrice sintió una punzada de desconfianza.

—No me gusta esa expresión tuya.

—Debería gustarte. Voy a solucionar tu problema.

—La última vez que dijiste algo parecido tuvimos que inventar tres rumores distintos para evitar un escándalo.

—No lo recuerdo.

—Cecily…

Su amiga enlazó el brazo con el suyo y comenzó a conducirla hacia el salón.

—Si estás decidida a casarte con Calder, entonces solo necesitamos convencer a Rosehaven de que se eche a un lado.

Beatrice se detuvo.

—¿Qué significa eso?

Cecily tiró suavemente de su brazo para obligarla a continuar.

—Te lo explicaré a su debido momento, amiga mía.

—Cecily…

—Ahora sonríe. Damian no sospecha nada y no queremos darle pistas sobre lo malvada que has estado siendo.

—Lo haces sonar más indecoroso de lo que ha sido. ¿Qué piensas hacer?

Cecily le dedicó una sonrisa angelical.

—Ahuyentar al Marqués Radiante.

—Uhm… El cielo me ampare. Ahora dime… ¿Lo que has dicho sobre Lavinia al principio de nuestra conversación era una broma?

—¿El qué?

—Acerca de que tenía una cita con su enamorado.

—Desde luego que sí. ¿Te imaginas a Lavinia siendo tan malvada como tú? Ella es una joven muy sensata.

—¿Quieres dejar de decir que soy malvada? —se quejó Beatrice.

—Lo haré, pero eso no evitará que hayas sido malvada —se burló.

Y Beatrice no añadió una palabra más porque su amiga tenía toda la razón del mundo.