Capítulo 3 #3
—Por amor de Dios… Eres deliciosa —confesó sin la debida etiqueta.
—Quiero más besos —dijo sin ser consciente de lo que le pedía.
Él abrió los ojos.
La absoluta ignorancia con la que ella había formulado la petición habría resultado divertida en cualquier otra situación.
—Esto es… peligroso… —le decía él sin dejar de besarla—.
Estoy intentando recordar que estamos en el jardín de Harrowmere, a pocos…
pasos de cincuenta personas y… con un conde que ya me ha advertido que no me acerque a ti.
Debo estar loco, porque no puedo parar de disfrutar de tus besos. Te daría lo que quisieras.
Beatrice retiró lentamente la mano de su cabello.
—Cállate y bésame —volvió a ordenarle al tiempo que le cogía la cabeza para apretarlo contra su boca.
—No deberías permitirme esto.
—Probablemente no.
Seguían hablando entre besos apasionados, llenos de ardor.
—Detenme, Beatrice.
—Lo haré en un momento, en cuanto recuerde que eres un engreído insufrible.
—No olvides que soy estúpido.
—También. Y arrogante y vanidoso.
—Estoy dispuesto a concederte lo que desees, pequeña arpía, si me besas así de bien. Dios… eres tan inocente, tan arrebatadora. Tu lengua me matará. Moriré feliz.
Y antes de que ella pudiese recriminarle cualquier cosa, él se apresuró a besarla con mayor ímpetu si cabía.
Ella jadeó y comenzó a moverse contra él.
Rosehaven era muy consciente de lo que ella necesitaba, pues él se moría por alzarle la falda, hurgar entre sus enaguas y averiguar si estaría tan húmeda como se imaginaba.
El marqués sintió una presión extraña en el pecho.
¡La deseaba con una fuerza desconocida hasta el momento!
Y hasta el punto de morirse si no la poseía.
¿Qué diablos le estaba ocurriendo? Podría tenerla.
Ahí, en un jardín, ella no lo frenaría. Era más, sospechaba que le daría la bienvenida de inmediato si seguía seduciéndola de ese modo.
¿O era ella la que lo seducía a él? Lo que fuese, pero Edmund no quería ganársela de ese modo tan burdo.
Buscó el último resquicio de honor que en medio de la lujuria encontró y se aferró a él.
Se separó de ella y se dio la vuelta. Beatrice casi se cayó al suelo por la rudeza de la acción.
—Es suficiente, milady —dijo él, con la respiración entrecortada. Sonó más brusco de lo que pretendió. La erección que pulsaba contra sus pantalones lo estaba matando.
—Yo diré cuándo es suficiente. No puede empezar lo que ha comenzado y luego ponerle fin de ese modo, Rosehaven. —Ella no era ninguna pusilánime y no se amedrentaría frente a él.
—El hecho de que ya nos tratemos con el debido respeto es prueba suficiente de que los dos hemos recuperado la cordura.
—¿Ahora será cuando le escuche decir que esto ha sido un error?
—No me oirá decirlo. Lo que acaba de ocurrir ha sido una insensatez y ambos lo sabemos.
—Qué caballero tan elocuente ha resultado ser, milord. Supongo que ha logrado lo que se proponía. La dama más fea se ha derretido en sus brazos y su orgullo se ha recuperado por completo.
—No ha sido eso y usted lo sabe.
—Ah, ¿no?
—No —se reafirmó él.
—No importa, no me avergonzará. Quería un beso de uno de los caballeros más radiantes de todo Londres y lo he conseguido.
Edmund se dio la vuelta en ese instante.
Permanecieron mirándose con gran intensidad el uno al otro.
La música del salón se había convertido en un murmullo lejano.
El viento movía las hojas de los setos y alguna voz llegaba desde el extremo opuesto del jardín, aunque ninguno prestaba atención a nada que no fuese el otro.
—¿Por qué me mira así? —preguntó ella en voz baja y bastante abrumada.
Rosehaven no supo qué responder. Acababa de descubrir que aquellos ojos, que había considerado hermosos al verla desde lejos, poseían motas doradas alrededor de las pupilas; aquella boca, que lo había insultado sin compasión hacía unos minutos, era mucho más suave de lo que había imaginado…
¡Dios!
—Estoy intentando averiguar qué acaba de pasar —admitió.
El marqués levantó la mano y le rozó la mejilla con la yema de los dedos.
Beatrice no se apartó. Cerró los ojos un instante y se dejó acariciar por él.
Algo había vuelto a cambiar entre ellos.
Apareció nuevamente esa sensación inexplicable, íntima y peligrosa, como si ambos hubiesen reconocido algo para lo que ninguno estaba preparado.
Beatrice abrió los ojos. Lo que vio la dejó asombrada. El marqués se inclinó hacia ella otra vez, aunque en esa ocasión no había furia ni orgullo herido detrás del gesto. Solo deseo. Un deseo tan claro que la asustó.
—¿Por qué me causas tal desasosiego, muchacha extraña? —regresó al trato informal.
—¿Por qué solo puedo pensar en que necesito que me beses si sé que no me convienes? —preguntó ella a su vez.
—¡Beatrice! —Una voz femenina atravesó el jardín.
Los dos se separaron de golpe. Rosehaven la colocó detrás de su cuerpo para protegerla.
Lady Cecily Westcott se dirigía hacia ellos sujetándose la falda con ambas manos y caminando con tanta rapidez como la dignidad le permitía. La recién llegada se paró frente a la pareja y abrió mucho los ojos.
—Por todos los cielos —musitó la hermana de Aurelia.
Beatrice dio un paso a un lado para salir del resguardo del marqués y él se lo permitió.
—Cecily…
—No. Ahora mismo no quiero saber nada. —Se centró entonces en Rosehaven y le dijo—: Usted tiene que marcharse de inmediato si no quiere ver de lo que es capaz lord Harrowmere.
Beatrice le dio un empujón a toda prisa.
—Váyase… ¡Corra! ¡Ahora! —le gritó la hija de Loxley al ver que él no se movía.
—No pienso irme a ningún lugar. —Si ella creía que era ese tipo de hombre, era que no lo conocía en absoluto. ¡De acuerdo! Ella no sabía cómo era él, porque además de ser consciente de su aspecto físico, tenía más honor en un dedo meñique que el condenado Calder. Daría la cara y haría lo correcto.
Beatrice pareció leerle la mente y se negó a asustarse.
—Por amor del cielo… No me haga esto. No me quedaré atrapada con un hombre al que desprecio tanto como usted por dos besos que no han significado nada.
Lo vio apretar la mandíbula y supo que había logrado su cometido. Lo acababa de humillar y rezó para que su orgullo hiciese el resto. Dios la perdonaría porque así se salvarían los dos.
Lord Rosehaven se irguió, tan alto como era, le hizo una reverencia de lo más educada y luego se dio la vuelta para no mirar atrás.
Cuando las dos vieron que él había desaparecido de su campo de visión, se relajaron.
—¿No has sido un poco dura?
—¿No entiendes lo que me ocurriría si me obligasen a casarme con un caballero así, Cecily?
—Tendrías más suerte que Aurelia. Rosehaven es mucho más apuesto que Damian.
—¡Oh, por amor de Dios! ¿Tan poco me conoces como para creer que aceptaría la mano de alguien como él?
Cecily reparó en el aspecto tan desaliñado que una de sus mejores amigas presentaba.
—A mí me parece que para no agradarte…
—No termines esa frase, Cecily, te lo advierto. Ayúdame a arreglarme antes de que Damian me encuentre en esta tesitura.
—Oh, no, no, Beatrice. No te preocupes, Harrowmere no sabe ni que has desaparecido.
—¿Qué?
—Está bailando con Aurelia, pero Lavinia y yo te vimos salir del salón y luego nos dimos cuenta de que Rosehaven te seguía los talones.
Le dije que yo me ocuparía. Creo que ella tenía también una cita clandestina con su enamorado.
—Se quedó un momento pensativa—. Tuve que haberla seguido a ella y dejar que tú te divirtieses un poco más.
—¡Me has dado un susto de muerte! —la acusó, al tiempo que le daba un pequeño empujón para mostrarle su disgusto.
—¿Qué has hecho, Beatrice?
La interpelada suspiró.
—No lo sé.
—¿Te ha besado él a ti o tú a él?
Beatrice abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
—¿Y eso qué importa?
—Muchísimo. Si él ha sido el que ha iniciado el beso, tienes problemas.
—¿Y qué sabrás tú sobre besos, Cecily?
—Más de lo que te crees —musitó por lo bajo.
—¿Qué has dicho? —Beatrice no la había llegado a entender.
—Fue él quien te besó, ¿no?
—Sí.
—Más vale que tengas un plan.
—¿Plan? ¿Qué plan?