Capítulo 3 #2
Nada más salir al exterior, Edmund se dio cuenta de que el aire nocturno resultaba más frío de lo que había esperado. La brisa era agradable. Varias lámparas iluminaban el camino principal, aunque las sombras se volvían más densas conforme el sendero se alejaba de la casa.
La arpía no podía haberse ido demasiado lejos.
Dos pasos después, la encontró. Ella figuraba junto a una balaustrada que separaba la terraza de los jardines, con una mano apoyada sobre la piedra y el rostro vuelto hacia la oscuridad.
Desde allí todavía podía verse el salón y las figuras de los invitados tras los ventanales, aunque la música y las conversaciones llegaban amortiguadas.
Edmund se acercó. Ella debió de reconocer sus pasos, porque la rigidez de sus hombros cambió antes de que se volviera. Al verlo, su expresión no mostró alegría alguna, más bien todo lo contrario.
—Milord.
— Milady .
La joven inclinó la cabeza con una cortesía mínima y se dispuso a caminar lejos de él.
Edmund se movió lo suficientemente rápido para ocupar el espacio por el que ella pretendía pasar. No la acorraló ni redujo demasiado la distancia, aunque dejó clara su intención de impedir que aquella segunda conversación terminara con la misma rapidez que la primera.
Beatrice se detuvo sorprendida.
—¿Desea algo?
—Una explicación.
—Temo que tendrá que ser más preciso. Imagino que un hombre como usted debe de necesitar muchas a lo largo del día.
—Me refiero a su descortesía —expuso, mientras hacía caso omiso de lo que ella había querido insinuar. ¿Qué significaría eso de un hombre como él? Sospechaba que sería algo malo.
Las cejas de la dama se alzaron.
—¿Mi descortesía?
—Ha hecho todo lo posible por ignorarme desde que me vio.
—No recuerdo haber contraído la obligación de prestarle una atención especial.
—La cortesía no exige que sea especial. Bastaba con que fuese perceptible.
Beatrice lo contempló durante unos segundos.
La luz procedente de una antorcha lejana alcanzaba una parte de su rostro y convertía sus ojos en una mezcla de verde, oro y sombras.
En realidad, era el hombre más apuesto que había visto en toda su vida.
Posiblemente lo fuese más que su propio padre durante sus mejores años.
—Lo saludé, respondí a sus preguntas y bendije su proyecto. ¿Qué más esperaba?
—Que me mirara mientras hablábamos habría sido un comienzo razonable.
—¿Disculpe? —Eso sí que no se lo esperaba.
—No estoy acostumbrado a que me pasen por alto —dijo y a continuación gruñó al darse cuenta de cómo habría sonado su reflexión.
Beatrice se tragó su indignación y decidió convertirla en otra cosa.
—No sabía que los caballeros necesitasen tanta atención como las damiselas en apuros. Le pido disculpas. Le aseguro que la próxima vez…
—Está siendo descortés de nuevo —la cortó—. Lo que me interesa saber es qué le he hecho yo para que deje tan patente su repugnancia hacia mí.
—Usted no me repugna.
—No mienta, milady —la acusó.
—Lo que me causa repulsión es su aspecto. Desde que lo vi entrar en el salón comprendí que es usted un hombre acostumbrado a que las damas lo veneren.
—¿Y qué si así fuese? Eso no justifica que pueda desdeñarme solo por ser apuesto.
Yo no tengo la culpa de que usted solo pueda atraer la mirada de un viejo aburrido como Calder.
—Beatrice alzó la mano, pero se detuvo a tiempo para no abofetearlo.
Y en ese momento Edmund fue consciente de lo que acababa de espetarle—.
Yo… lo siento. Mi descortesía ha sido más patente que la suya.
Un contagio que no debería haber permitido.
Acepte mis más sinceras disculpas, se lo ruego.
—No sabe ni disculparse adecuadamente. Me dice que ha sido más grosero solo porque yo empecé.
Si tan seguro estaba de que yo lo había desdeñado nada más verlo, ¿por qué ha tenido que seguirme?
¿Tan frágil es su orgullo que la mujer más fea del baile lo ha agitado por no haberle prestado la debida atención?
—¡Sí, maldita sea! —estalló—. Usted no es bonita ni agradable y, pese a ello, no he podido más que pensar en el motivo por el que le desagrado tanto. ¿Por qué no cae rendida a mis pies como hace el resto?
Beatrice se quedó asombrada por el estallido, más porque el marqués de Rosehaven había dado varios pasos hacia su posición y estaba bastante cerca de ella, tanto que podía oler un tenue aroma a champán en sus labios. Ella no iba a retroceder ni un solo paso.
—Lord Calder es mucho mejor que usted en todos los aspectos. La belleza no significa nada, se marchita llegado el caso; en cambio, la inteligencia, la bondad, el valor y el honor siempre permanecen.
—¿Y cree que su adorado Calder posee todas esas cualidades?
—No lo creo, lo sé —se reafirmó ella, todavía pegada a Rosehaven.
—Es usted una hipócrita. Me condena solo por mi apariencia y no ha sido capaz de darme ni una oportunidad para conocerme. ¿Por qué da por hecho que mi valor solo reside en el aspecto que tengo?
—¿Y eso me lo pregunta el hombre que me ha calificado como la fea del baile?
—Yo no he dicho eso.
—Puede que no lo haya dicho con esas mismas palabras, pero los dos sabemos lo que piensa.
—Si tan desagradable la encuentro, ¿cuál es el motivo por el que he salido corriendo tras sus faltas, milady ? Yo se lo diré: porque me he dado cuenta de que su apariencia no es lo único que la define. Sus reflexiones sobre las familias de Yorkshire me han impresionado.
—Tonterías, tonterías y más tonterías. Está furioso porque posiblemente he sido la única mujer que se ha negado a suspirar mientras usted avanzaba por el salón de lord Harrowmere.
¿Qué quiere que le diga? ¿Qué es usted el hombre más apuesto que he visto jamás?
¿Para qué, si ya lo sabe? Mi admisión no cambiará el hecho de que lo repudiaré porque me recuerda demasiado a mi padre.
—¿Me compara con Loxley? —saltó indignado—. ¿Acaso yo la apostaría en una mesa de juego? ¿Acaso yo se la entregaría a lord Aldrich por una deuda de juego a sabiendas de que no hace otra cosa que enterrar a sus esposas?
Y esa vez, Beatrice alzó la mano y lo abofeteó con todas sus fuerzas. Edmund no había tratado de detener el gesto que sabía que se avecinaba. El marqués se pegó a ella. Beatrice no retrocedió. Aquello, a Edmund, le gustó más de lo que debería. Era una mujer muy valiente.
—Usted no es más que un desgraciado —le escupió ella toda su ira.
—Debo serlo, y estúpido también, porque ahora no quiero otra cosa más que besarla y es lo que pienso hacer. Si cuando termine desea destriparme, yo mismo iré a buscar el cuchillo más afilado, pero, por Dios, que no puedo ni quiero refrenarme.
La joven abrió los ojos con verdadera sorpresa.
Rosehaven observó que un rizo se había desprendido por completo de su peinado y descansaba junto a su mejilla, así que levantó la mano y se lo colocó detrás de la oreja.
Y al ver que ella no había huido despavorida ante su confesión y contacto decidió seguir adelante.
Ella lo sabía. Beatrice era muy consciente de que realmente iba a besarla.
No era un farol. Debería apartarse, marcharse y buscar a Damian para que le diese su merecido…
Seguramente si el hombre de confianza de Harrowmere, llamado Finch, todavía siguiese a su servicio, ya hubiese salido de entre las sombras para ponerlo en su lugar.
Y a pesar de saber que dejarse llevar sería una locura, se encontró cerrando los ojos para ver si el beso de un hombre apuesto sería tan increíble como decían las damas que lo era.
En cuanto vio que ella se preparaba para recibir su beso, Edmund supo que estaba perdido. Aquella respuesta acabó con su resistencia. Bajó el rostro hasta quedar a un suspiro de su boca y luego se olvidó de la decencia y la sensatez.
Buscó sus labios como si fuese un hombre hambriento que no hubiese conocido el sabor de la dulzura durante toda su vida. La sujetó por la cintura y profundizó el beso con una mezcla de necesidad y protección que no sabía que poseía.
Durante unos segundos, Beatrice permaneció rígida entre sus brazos. Edmund lo notó y estuvo a punto de apartarse, convencido de que había llevado aquella locura demasiado lejos, pero entonces los dedos de ella se cerraron sobre las solapas de su chaqueta y toda la resistencia desapareció.
Beatrice le devolvió el beso. No sabía muy bien cómo hacerlo.
Eso resultaba evidente en la inseguridad de sus movimientos, en la forma en que vacilaba antes de imitarlo y en el pequeño sonido de sorpresa que escapó de su garganta cuando Edmund deslizó una mano hasta su nuca y la inclinó un poco para besarla mejor.
Y, por alguna razón incomprensible, aquella inexperiencia lo trastornó todavía más.
Había besado a mujeres que sabían exactamente cómo provocar a un hombre. Mujeres que conocían la fuerza de una caricia, el momento adecuado para detenerse y la forma de utilizar una sonrisa para prometer algo que quizá nunca llegaría a suceder.
Ella no estaba haciendo nada de eso. Se estaba dejando llevar. Y él con ella.
Edmund suavizó el beso cuando comprendió que la estaba abrumando. Rozó sus labios con mayor lentitud, permitiéndole respirar y acostumbrarse a la cercanía. La mano que rodeaba su cintura dejó de apretarla con aquella posesividad absurda y comenzó a acariciarla a través de la seda.
Beatrice se estremeció. El marqués separó apenas la boca de la suya.
—¿Tiene frío? —murmuró.
Ella respiraba con dificultad.
—No.
Edmund sonrió contra sus labios.
—Entonces se estremece por mí.
—No se sienta demasiado satisfecho. Béseme —le ordenó.
—No me lo tendrá que repetir dos veces, milady .
La besó de nuevo. Esa vez Beatrice no esperó a que él guiara cada movimiento.
Se alzó ligeramente sobre las puntas de los pies y llevó una mano hasta su cabello.
Los dedos se hundieron entre los mechones rubios y deshicieron parte del orden que su ayuda de cámara había tardado varios minutos en conseguir.
Rosehaven dejó escapar un sonido ronco.