Capítulo 3
Cuando la locura se desata
Lord Rosehaven no lo entendía. Ahí seguía él, observando a la pareja como si fuese un hombre celoso al que le acababan de vapulear el orgullo. ¡Y además lo había hecho una mujer que no le importaba nada!
Entonces lady Beatrice soltó una risa suave y franca y Edmund gruñó.
Calder no era gracioso. No lo había sido nunca.
El marqués había compartido con él dos cenas, una reunión sobre la administración de ciertas tierras y una conversación particularmente larga acerca del deterioro de los caminos rurales.
En ninguna de aquellas ocasiones el vizconde había pronunciado una frase capaz de provocar nada más jubiloso que un asentimiento respetuoso.
Aun así, su compañera de baile se volvió a reír por alguna fascinante ocurrencia del vizconde.
Rosehaven entrecerró los ojos. Quizá Calder poseyese de pronto un ingenio secreto que solo sacaba a relucir ante las mujeres vestidas como institutrices.
Resultaba improbable, pero Londres había construido fortunas y matrimonios enteros sobre circunstancias menos creíbles.
La pareja se separó al compás de la música.
La mujer enlazó la mano con otra dama, giró y regresó junto a Calder.
El vizconde se inclinó hacia ella para hacerle un nuevo comentario.
¡Otra sonrisa más! Edmund estaba furioso y no entendía el motivo.
La muchacha apenas le había dirigido dos frases.
Era más, le había dejado muy claro que su aspecto le parecía excesivo y su presencia innecesaria…
—Calder es un bailarín muy preciso.
La voz de Harrowmere sonó a su lado.
El marqués no se sobresaltó, aunque no había advertido la llegada del hombre al que llamaban el Conde Oscuro.
Eso era poco habitual en Edmund. Damian Dargrove se situó junto a él y cruzó las manos detrás de la espalda.
No miró a Rosehaven, su atención parecía centrada en las parejas que avanzaban por la pista.
—Harrowmere —lo saludó Edmund.
—Rosehaven —correspondió el otro—. Me ha sorprendido que me dijesen que pretendías colarte en la fiesta de mi esposa.
No te importará que prescinda de la formalidad en mi trato hacia ti después de haberte permitido colarte en el baile, ¿verdad?
Solo alguien que se considerase amigo mío se atrevería a presentarse en mi casa sin la debida invitación.
Edmund era muy consciente de que ahí había muchas recriminaciones.
—Suponía que a tu condesa no le importaría tener a un marqués entre sus invitados. Además, creo que después de nuestro… último encuentro, sí que podemos hablarnos sin tanta ceremonia.
—Te aseguro que a mi mujer no le ha agradado lo más mínimo que te haya permitido la entrada. Me lo hará pagar. —No mentía. Damian le había confesado a Aurelia que Rosehaven estaba ahí porque él le había dicho al sirviente que podía dejarlo entrar y ella no estaba contenta con su decisión.
Edmund volvió la cabeza lo justo para observar el perfil de Damian.
—Déjame adivinar… ¿ Lady Harrowmere me considera tan innecesario como una vela encendida en pleno día?
—¿Qué? —El conde se había perdido algo.
—Olvida lo que acabo de decir.
—Solo si tú te olvidas de lo que estás observando.
Los ojos de Rosehaven volvieron por inercia a observar a la pareja que tanto se estaba divirtiendo.
—No puedo complacerte, Harrowmere. Tengo negocios que atender con lord Calder. Te confieso que ese es el motivo por el que me he visto obligado a colarme —arrastró la palabra— en la maravillosa fiesta de tu condesa.
—Las cartas sobre la mesa, Rosehaven —se cansó ya Damian.
—Tenía entendido que ya no jugabas.
—Y no lo hago, pero sé reconocer el interés cuando lo veo y ambos sabemos que podrías haber venido a mi casa para abordar a Calder por algún motivo que no deseo conocer, pero tu objetivo va en otra dirección ahora mismo.
Edmund se dio cuenta demasiado tarde de que lady Beatrice acababa de pasar frente a ellos y de que sus ojos la habían seguido durante todo el recorrido. Damian también lo habría advertido, supuso el marqués, así que se obligó a dirigir la mirada hacia el otro lado del salón.
—Desconozco lo que crees saber, pero te aseguro que estás muy equivocado. Solo me ha parecido extraño el comportamiento de Calder. El vizconde nunca me pareció aficionado a nada que le acelerase el pulso.
—Más te vale que esa sea la única razón de tu interés. —Y a Damian no le tembló el pulso al decir aquella frase tan incendiaria.
Edmund sonrió sin humor.
—¿Debo interpretar tus palabras como una amenaza?
—Como una advertencia. Hay damas que no son para hombres que no las merecen.
La frase arañó el orgullo, ya maltrecho, de Rosehaven. Entonces volvió la cabeza hacia Harrowmere.
—Puesto que has dicho no hace demasiado que nos podemos considerar amigos, seré muy directo contigo: ¿quién te ha nombrado juez en eso de decidir qué hombre merece a qué mujer, Harrowmere?
Damian lo miró por fin. Sus ojos grises carecían de cualquier amabilidad.
—En honor a… esta recién estrenada amistad nuestra te lo diré: tuviste la oportunidad de tenerla.
Solo debiste haberla cortejado y luego convencerla de que te aceptase como esposo.
No quisiste ni escuchar hablar de matrimonio, así que como la dama a la que no has dejado de mirar desde que te colaste —arrastró la palabra como había hecho Edmund— en la fiesta de mi esposa, está bajo mi protección, te digo que la olvides.
Calder es el hombre que ella ha elegido.
—¡Por amor de Dios, Harrowmere! —saltó el marqués enfadado—.
Estás llevando esto demasiado lejos. La dama sería la última mujer a la que yo…
—se silenció de inmediato al ver que Damian había cruzado los brazos sobre el pecho y lo miraba dispuesto a saltarle a la yugular.
Rosehaven apretó los dientes—. Lo que quiero decir es que la mujer no me interesa.
—Pues no la mires más.
—Maldita sea… —murmuró ya sin paciencia—. Solo me ha causado cierto interés, del todo inofensivo, te lo aseguro, al saber que era la hija de Loxley. Nada más —le confesó a regañadientes.
—Has sido debidamente advertido —le dijo.
El Conde Oscuro se apartó antes de que Edmund pudiera añadir algo más.
Cruzó el salón en dirección a lady Harrowmere, quien lo recibió con una mirada interrogante, y Damian se inclinó hacia ella para murmurarle algo junto a su oído.
La condesa buscó a Rosehaven entre los invitados y, al encontrarlo, frunció ligeramente el ceño.
¡Magnífico!
La esposa de Harrowmere también le estaba advirtiendo algo desde la lejanía. ¿Qué diantres tenía esa mujer llamada lady Beatrice para que todo el mundo estuviese tan pendiente de ella?
Rosehaven volvió la atención hacia la pista sin darse cuenta de lo que hacía.
La música se acercaba a sus últimos compases.
Calder y la muchacha se encontraron en el centro de la formación y avanzaron juntos antes de separarse.
El vizconde le dijo algo más y Edmund se preparó para otra de aquellas sonrisas indulgentes.
Beatrice soltó una carcajada. No fue escandalosa ni especialmente alta, pero sí tan espontánea que varias personas próximas se volvieron hacia ella.
La joven se llevó los dedos enguantados a los labios, como si también ella se hubiera sorprendido, y Calder sonrió con una satisfacción que Edmund consideró del todo injustificada.
Aquella risa había transformado a lady Beatrice.
Sus ojos verde avellana resplandecieron, sus mejillas adquirieron un tono más intenso y no había rastro de la expresión casi amarga que había mantenido durante los minutos que había hablado con él.
Edmund dejó de ver a una dama corriente escondida dentro de un vestido desfavorecedor y durante unos segundos contempló a una mujer cálida, llena de vida y dueña de la sonrisa más franca que había visto en mucho tiempo.
No era ninguna beldad; no obstante, había algo en ella que no conseguía identificar todavía. Algo bastante más peligroso que la hermosura.
La música terminó.
Calder se inclinó ante ella. Beatrice le hizo una perfecta reverencia y le regaló otra sonrisa, más pequeña, aunque igual de sincera. Edmund sintió que su animadversión contra el vizconde aumentaba sin una causa digna de ser defendida.
La pareja intercambió unas palabras. Después Calder fue interceptado por un caballero mayor que lo abordó igual que había hecho él. La muchacha aguardó unos instantes, sin embargo, al comprender que la conversación se prolongaría, se apartó discretamente.
Rosehaven siguió sus movimientos, porque no podía evitarlo. Tal vez fuese una hechicera y por tal motivo todos los caballeros a su alrededor caían rendidos.
Ella cruzó entre los invitados, evitó a dos jóvenes que parecían dispuestos a solicitarle una pieza y se dirigió hacia las puertas abiertas de la terraza.
Nadie la acompañaba. Más allá de los cristales se distinguían varias antorchas encendidas entre los setos y algunas parejas paseando cerca de la casa. Después solo se divisaba la oscuridad.
Lady Beatrice salió al jardín.
Edmund permaneció inmóvil durante el tiempo necesario para recordarse a sí mismo que había conseguido cuanto deseaba.
Calder se reuniría con él el miércoles. Podía marcharse.
Ella era problema de Harrowmere, pero ¡maldito fuese aquel hombre!
, solo tenía ojos para su esposa y no se había percatado del peligro que ella estaba corriendo al saltar hacia la oscuridad de un jardín.
Suspiró. Harrowmere ya había reparado en su interés, por lo que seguir a la joven solo confirmaría sus sospechas.
Rosehaven dejó una copa que no recordaba haber cogido sobre la bandeja de un lacayo y se encaminó hacia la terraza. Se aseguraría de que nadie la molestase, la obligaría a regresar al baile y luego se marcharía. Era un plan sencillo.
Y así comenzó.