Capítulo 2 #4
El marqués recordó que ella estaba aceptando bailar con Calder. ¿Eran celos lo que sentía? Seguro que no. Él no quería bailar con ella. Lo que ocurría era que nunca lo habían desairado y que precisamente lo hiciese una mujer como lady Beatrice Loxley era un desprecio todavía mayor.
Calder le ofreció el brazo a la irritante mujer.
—¿Utiliza gafas, lady Beatrice? —La pregunta acababa de salir de Edmund. Debería haberse puesto rojo por la imprudencia. No lo hizo.
—¿Disculpe? —inquirió ella con el ceño ligeramente fruncido.
—Olvide lo que he dicho. Disfruten ambos de su baile.
Como era lógico, Beatrice no le concedió mayor importancia y pasó a centrar toda su atención en Calder.
¿Qué tenía ese hombre que no tuviese Edmund?
La dama apoyó los dedos sobre la manga del vizconde y antes de alejarse recordó las normas sociales, pues inclinó la cabeza hacia Rosehaven como si fuese un gran fastidio.
—Milord.
— Milady .
Y después, Edmund los vio dirigirse hacia la pista.
Calder era un hombre correcto. También aburrido, solemne y demasiado satisfecho con la respetabilidad de sus propias opiniones.
Vestía como si temiera que un color algo vivo pudiera provocarle un deterioro moral y hablaba con una prudencia que muchos habían calificado como santurronería.
Y la condenada muchacha insolente parecía encantada de acompañarlo.
Rosehaven no comprendía qué podía encontrar cualquier mujer en un vizconde cercano a los cuarenta cuya idea de una emoción temeraria consistiría, probablemente, en leer su correspondencia después de la cena.
—Me sorprende que Rosehaven no la haya impresionado.
Beatrice lo miró con desconcierto.
—¿Por qué habría de impresionarme?
Edmund sintió que algo se tensaba en su mandíbula. Tenía un oído que era un prodigio y los escuchaba de lleno porque todavía no estaban demasiado lejos.
—Permítame ser franco, sé que una mujer como usted lo valorará. El marqués es un hombre al que las damas consideran extremadamente apuesto, atento y un sinfín más de cualidades en esa dirección y usted parecía inmune a lo que catalogan como un hechizo.
Beatrice pareció reflexionar sobre la cuestión. Le gustaba que Calder fuese tan abierto con ella.
Edmund esperó su reflexión impaciente. Tanto deseaba conocer el resto de la conversación que estaba a unos pasos detrás de la pareja. Si ellos tenían la poca vergüenza de no asegurarse de que nadie los escuchase, él no iba a preocuparse más que ellos.
—Ah, ¿sí? No he visto nada que merezca tal consideración por mi parte. Le seré también honesta: está demasiado pulido para mi gusto —decidió ella—. Me recuerda a una lámpara encendida a pleno día: brilla mucho, desde luego, pero no hace ninguna falta.
Calder le sonrió encantado y tuvo la audacia de reírse por su apreciación.
La orquesta inició la pieza y las parejas ocuparon sus posiciones. Beatrice le hizo una reverencia al vizconde. No se veía como una mujer que acababa de reducir a uno de los hombres más deseados y admirados de Londres a un objeto decorativo e innecesario.
Edmund estaba estupefacto.
¡Tan inútil como una lámpara encendida a pleno día!
Había recibido elogios exagerados, proposiciones indecentes, poemas mediocres y cartas perfumadas de mujeres que no recordaba haber conocido…
Algunas lo habían comparado con Apolo, otras con un ángel y una viuda especialmente entusiasta, con una respuesta divina a muchos años de plegarias insatisfechas.
Para ninguna de ellas resultaba innecesario.
Volvió a observar a la pequeña arpía desalmada.
Bailaba con Calder como si él fuese Zeus.
Su sonrisa había regresado y estaba destinada enteramente al vizconde.
Bajo las luces del salón, el vestido azul grisáceo seguía pareciendo deslucido y el peinado demasiado severo; era una mujer sin adornos, de belleza muuuy discreta e incapaz de justificar el interés que había despertado en él desde que atravesó la puerta.
Edmund debería marcharse y olvidarse de su impertinencia.
Ya había conseguido su propósito por lo que permanecer en una fiesta a la que no había sido invitado a fin de observar a una dama que acababa de insultarlo rozaba una clase de comportamiento que prefería atribuirles a hombres con menos dignidad.
No pudo mover un solo pie del lugar donde permanecía.
Lady Beatrice Loxley había esperado un año en los márgenes de su memoria como una beldad desconocida por la que varios hombres habían arriesgado muchísimo.
En esos momentos que la tenía delante, descubría que no se parecía en absoluto a la mujer que se había imaginado que sería.
¿Qué era lo que ella tendría y que él no estaba encontrando?
Seguro que nada. Y, aun así, no conseguía apartar los ojos de ella. Se preguntó qué demonios le ocurría.
Por primera vez en muchos años, Edmund Bellgrave tuvo la desagradable sensación de haber perdido una mano sin haber visto siquiera las cartas.
¡Y contra Calder, nada más y nada menos!
¡Si él jamás perdía!