Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

¿Qué le sucedía a esa muchacha? Debería estar agradecida de que él le dedicase cinco minutos de su tiempo. Muchas damas habrían dado su mano derecha por lo que él le estaba concediendo.

Lady Beatrice miró a Calder y se colocó más cerca del vizconde. Aquello fue todo. Con ese simple gesto ella acababa de dejar claro que ya había terminado de dedicarle su atención.

Sintió una punzada de irritación. Había mujeres que recurrían a la indiferencia para despertar el interés de un hombre, pero sospechaba que aquella dama no estaba jugando a eso. ¿O sí? Bueno, no importaba, Edmund no pensaba marcharse todavía.

El vizconde pareció encontrarse en el cielo de pronto.

Así lo demostraba la expresión llena de satisfacción de su rostro.

Rosehaven quiso ladrarle alguna impertinencia, pues sospechaba que Calder se había dado cuenta de que ella acababa de dejar clara su preferencia…

¡Como si Edmund hubiese estado buscando la atención de la hija de Loxley!

¡Qué tontería! Ya le hubiese gustado a ella que así fuese.

Y si no se marchaba de un lugar donde le habían dejado claro que no era bienvenido era porque…

porque... ¡porque no le apetecía y punto!

—Como habrá escuchado, milady —tomó la palabra el vizconde para que el silencio incómodo terminase—, lord Rosehaven quiere construir un canal. ¿Qué le parece el asunto a usted?

Lady Beatrice le sonrió a Calder antes de mirar a Edmund y cuando sus ojos se colocaron sobre el marqués su boca era una línea recta de desagrado. ¿Qué le había hecho él para que lo detestase tanto? ¡Pero si ni siquiera la conocía antes de esa noche!

—Si he entendido bien, el propósito de la construcción será facilitarles la vida a los aldeanos. Creo que será algo bueno.

—Lo será —expuso Rosehaven—. Más de un centenar de personas dependen directamente del molino, la cantera o los trabajos asociados.

Beatrice no respondió enseguida. La expresión de desagrado con la que lo había contemplado perdió algo de intensidad.

—¿El molino tendrá que detener su actividad mientras se construya el canal?

Rosehaven parpadeó. No era la pregunta que esperaba.

—Durante algunos periodos, probablemente.

—Entonces esas familias podrían quedarse sin sustento precisamente mientras se lleva a cabo la obra destinada a mejorar sus vidas.

Calder volvió la cabeza hacia ella. Edmund hizo lo mismo, aunque con bastante más interés.

—He previsto esa posibilidad.

—¿De qué manera?

Aquello comenzaba a parecerse a un interrogatorio y, por algún motivo que no lograba comprender, Rosehaven descubrió que no le molestaba.

—Los hombres que no puedan trabajar temporalmente en el molino tendrán preferencia para ser contratados en las obras. Lo mismo sucederá con los trabajadores de la cantera si alguna fase del proyecto interfiere con su actividad. Habrá trabajo para todos los que quieran hacerlo.

Beatrice le sostuvo la mirada unos segundos y luego cuestionó:

—¿Y los que no puedan?

—¿Disculpe?

—Los ancianos. Las viudas. Las familias que dependan de un hombre enfermo o de alguien que no pueda trabajar en la construcción.

Edmund dejó de sonreír. Acababa de darse cuenta de que aquella mujer estaba escuchándolo de verdad y además era inteligente.

La mayoría de los caballeros con los que había hablado del proyecto preguntaban por los costes, beneficios, permisos o el aumento previsto del valor de las tierras.

Lady Beatrice Loxley había tardado menos de un minuto en pensar tan solo en las personas que podían quedarse atrapadas entre una cosa y otra.

—No perderán sus casas —respondió—. Y he reservado una cantidad para atender situaciones excepcionales mientras duren las obras. No pienso mejorar una finca expulsando de ella a quienes han vivido allí durante generaciones.

Ella lo observó con atención, nada de admiración, por descontado… ¿tal vez un poco?

—Eso está muy bien —dijo finalmente la dama.

Solo tres palabras y él se sintió como si lo acabase de bendecir. Rosehaven había recibido elogios mucho más entusiastas por acciones bastante menos loables y, sin embargo, aquellas tres palabras le produjeron una satisfacción extraña.

—Me alegra contar con su aprobación, milady .

—Es el proyecto el que la tiene —lo avisó.

Calder disimuló una pequeña risa, y Edmund debería haberse sentido ofendido, aunque en lugar de eso tuvo que esforzarse por contener una sonrisa franca.

¡Maldita mujer! Había supuesto que lady Beatrice Loxley era poco más que una joven testaruda que se había propuesto despreciarlo antes incluso de conocerlo.

Acababa de descubrir que prestaba atención a aquello que casi todo el mundo pasaba por alto, y que no parecía impresionarse por títulos, fortunas ni buenas intenciones hasta comprobar qué consecuencias tenían para quienes disponían de mucho menos.

Eso sí era bastante más interesante que unos ojos bonitos. ¡Lo había impresionado!

—Yo ideé el proyecto —se obligó a señalar él.

—Y creo que yo lo apoyaré después de escuchar estos detalles —apuntó el vizconde.

Entonces los ojos de la mujer regresaron a Calder y de nuevo le sonrió para después decirle:

—Ha tomado usted la decisión adecuada al valorar la propuesta. Es un hombre brillante además de muy inteligente, milord.

Rosehaven quiso gritar. ¡Calder no quería ni escuchar hablar del proyecto hasta que él se había presentado en la fiesta esa noche para arrinconarlo!

—Dichas apreciaciones, que sé que provienen de una mujer tan piadosa e igualmente inteligente, tienen todavía más valor. Le agradezco sus palabras, lady Beatrice.

—Arg… —se le escapó a Rosehaven. ¿Por qué tenían que ponerse a coquetear delante de él? Se dio cuenta de que ambos lo miraban con una expresión extraña y carraspeó—. Lo inteligente será que el proyecto salga adelante —anunció satisfecho consigo mismo por haber evitado una escena incómoda.

—Lord Calder es conocido por su preocupación por los demás —consideró la hija de Loxley llena de calidez. El vizconde le sonrió más abiertamente. La expresión que Rosehaven tenía en el rostro debía ser un poema oscuro y mal cantado por un bardo.

—Sí, bueno, la idea es mía. Y lord Calder no ha firmado todavía nada —saltó Edmund. Y se dio cuenta de que acababa de sonar como un niño pequeño a quien nadie le reconocía su valía ni le prestaba la debida atención. No se avergonzó.

Beatrice miró al vizconde.

—Estoy segura de que lord Calder tomará en consideración el bienestar de todas esas familias. Ya lo ha dicho y su honor es más que alabado en sociedad.

Rosehaven ocultó una sonrisa. Lady Beatrice Loxley podía ser peligrosa cuando se lo proponía, dado que Calder ya no podría echarse atrás.

—Revisaré los documentos —prometió el aludido—. Rosehaven y yo hablaremos el miércoles. Me honra su confianza, milady . Ahora, milord —siguió al tiempo que observaba a Edmund—, deberá disculparnos. Tengo comprometida esta pieza con lady Beatrice.

Rosehaven volvió la atención hacia ella.

Y otra maldita vez, la hija de Loxley le sonrió abiertamente al que a todas luces era el hombre sobre quien ella había puesto todo su interés.

¿Qué vería una mujer joven en un hombre soberanamente aburrido y que tenía unos diez años más que Edmund?

Cierto que no era bonita, pero seguramente podría aspirar a un partido mejor.

No era que Rosehaven fuese a abandonar su soltería; era más bien que…

que… que… ¡Algo! Lo que fuese. Además, a él no le importaba nada la vida de esa mujer altiva a la que habían subastado durante una partida de cartas…

¿Qué habría sucedido si él hubiese salido como único vencedor de aquella lucha que se orquestó por ella?

Se habría tenido que casar con la dama, por descontado.

Su vida sería tranquila al lado de una mujer que se veía bastante sensata y que no tenía nada con lo que llamar la atención de los hombres…

salvo su aparente inteligencia. ¿Qué mujer se preocupaba más allá de sus vestidos o compromisos sociales?

Interesante. ¿Debería casarse con una mujer similar?

Una cosa era cierta, se sentía bastante posesivo con ella, y eso solo podría ser consecuencia de aquella infame partida de cartas.

—Por supuesto —comentó la dama.