Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Edmund disminuyó el paso. Aquello sí que era novedoso.

Tal vez no lo hubiese visto bien. Posiblemente la desconocida usase gafas, por coquetería no las llevaba puestas, y por tal motivo no habría podido reparar en su aspecto.

Negó con la cabeza. No le parecía que alguien que vistiese de ese modo tan corriente se preocupase por no llevar las gafas.

Se dijo que no le importaba lo que una mujer tan sencilla pudiese pensar de él.

¿Acaso no había muchas otras que se desmayarían a sus pies si él se dignase a hablar con ellas?

No obstante, Rosehaven miró alrededor para comprobar si algo más interesante había reclamado la atención de la joven. Calder seguía hablándole mientras lady Harrowmere se alejaba de ellos en dirección a su esposo.

Siguió avanzando. Había asistido al baile para hablar con Calder.

La desconocida carecía de importancia. Tal conclusión habría resultado más convincente si hubiese logrado dejar de mirarla.

A medida que se acercaba, advirtió otros detalles.

Sus rasgos eran agradables, aunque no extraordinarios.

Tenía una boca bonita, las mejillas con un rubor natural y una expresión muy decidida.

¿Decidida a qué?, se preguntó Edmund. Y sospechaba que su pelo sería muy hermoso.

¿Cómo se vería toda esa preciosa mata de pelo suelta y extendida sobre su almohada?

¡Un momento! ¿De dónde diantres había salido ese pensamiento y por qué no dejaba de imaginársela desnuda?

Desvió aquellas preguntas tan maliciosas antes de que pudiesen ser respondidas con tonterías.

Lo único que le sucedía era que ella no le había concedido el protagonismo que sabía que él tenía. Eso era todo.

Calder reparó en su cercanía cuando apenas los separaban unos pasos. Su expresión no fue hostil; el vizconde carecía de la descortesía necesaria para demostrar esa clase de sentimiento. Sin embargo, tampoco mostró alegría. ¿Por qué la mostraría?

—Rosehaven —lo saludó de inmediato.

—Calder.

Edmund se detuvo ante ellos y esperó una presentación que parecía que no iba a llegar. El vizconde le sostenía la mirada con… ¿incertidumbre?

—No sabía que fuese amigo de los Harrowmere.

—El conde y yo hemos compartido muy buenos momentos en torno a una mesa de juego —dijo. No era mentira del todo.

La dama permanecía junto a Calder sin intervenir.

No volvió la cabeza hacia Rosehaven cuando él estuvo a su lado.

La mirada de la desconocida estaba puesta en la pista de baile, como si los movimientos de unas parejas que ejecutaban los últimos compases de una contradanza mereciesen mayor atención que él. ¡Ridículo!

—Es bueno saberlo, milord —musitó el vizconde sin saber muy bien qué más decir.

—Me alegra mucho encontrarle esta noche. Le he escrito tres veces —le advirtió con suavidad.

—Y he respondido a sus tres cartas.

—De un modo que habría despertado la admiración de cualquier diplomático encargado de evitar una guerra. Todavía ignoro si está dispuesto a reunirse conmigo.

—Le dije que estudiaría los planos.

—Lleva seis semanas estudiándolos. Empiezo a temer que pretenda memorizar hasta la última piedra del canal antes de permitirme hablar.

—El proyecto atravesaría unas tierras que pertenecen a mi familia desde hace más de doscientos años. Comprenderá que no me precipite.

—Su familia ha dedicado esos doscientos años a dejar que esas tierras no hagan más que permanecer intactas. El canal podría darles una ocupación más provechosa.

—Permanecer es todo lo que a veces se necesita.

¿Por qué arriesgarse a perderlo todo? Supongo que un jugador consumado como usted no lo entendería, así que se lo explicaré: arriesgar no implica siempre ganar.

Ser precavido es una opción muy válida, y a veces la mejor.

Además, las tierras inundables tienen utilidad, milord.

Edmund vio entonces que los labios de la desconocida se curvaban tibiamente. ¿Un amago de sonrisa? ¿Satisfacción por la respuesta de Calder? ¡Dios! Tenía que dejar de estar tan pendiente de esa dama tan corriente.

—La mayor parte del año, su utilidad consiste en impedir que mis arrendatarios lleven mercancías al río.

—Sus arrendatarios vivían allí antes de que usted adquiriese la finca y no se quejaban.

La frase hizo que Edmund se tensase.

—Y sus familias seguirán viviendo allí cuando nosotros nos hayamos muerto.

Esa es la razón por la que pretendo devolverle la actividad al molino, reabrir la cantera y proporcionarles un medio de transportar lo que producen.

No estoy construyendo un canal para contemplarlo desde las ventanas de mi carruaje.

Es necesario para que las familias tengan un futuro mejor.

Y hay una cosa que sé y es toda una certeza; se la explicaré, milord: mejorar las condiciones de vida de quienes dependen de nosotros es nuestro deber, se quejen o no.

Calder afirmó un par de veces con la cabeza y lo observó con mayor atención. Edmund conocía aquella mirada. El vizconde intentaba determinar si sus palabras nacían de un interés verdadero por los habitantes de la finca o del deseo de aumentar sus rentas.

La respuesta era ambas cosas. No veía contradicción alguna. Un proyecto capaz de mejorar la vida de los arrendatarios y enriquecer al propietario poseía más posibilidades de sobrevivir que una obra sostenida únicamente por nobles sentimientos.

—Hablaremos —le concedió Calder—. La próxima semana.

—Mañana.

—La próxima semana.

—El lunes.

—El miércoles, Rosehaven, y no tiente su suerte.

Edmund le sonrió.

—A las once.

—A mediodía.

—Hecho.

Calder inclinó la cabeza para advertirle que estaba de acuerdo. Rosehaven debería haberse dado por satisfecho. Había conseguido la reunión que lo había traído hasta esta fiesta. Sin embargo, la desconocida seguía a menos de un brazo de distancia y la curiosidad por ella no había menguado.

Durante la conversación había mirado varias veces a Calder, una a los músicos y otra hacia una dama que cruzaba el salón con una pluma ridículamente grande situada sobre su cabello. A Edmund no le había concedido ni una mirada más que aquella que le había dado cuando entró en el salón.

—¿Se le antoja algo más, lord Rosehaven? —le preguntó el vizconde al ver que Edmund no se marchaba de allí.

Los ojos del marqués se centraron en la desconocida. Un claro gesto de que estaba esperando algo del vizconde.

Lord Calder buscó con la mirada a la joven que seguía cerca de él y suspiró. A Rosehaven le pareció que a Calder no le hacía ninguna gracia tener que hacer lo que iba a llevar a cabo. Por fin una fisura en un hombre tan condenadamente perfecto…

—Perdone mis modales —dijo el vizconde. Su tono indicaba que habría preferido no recordar la etiqueta—. Milady , permítame presentarle a Edmund Bellgrave, marqués de Rosehaven. Milord, lady Beatrice Loxley.

Edmund se quedó completamente inmóvil. Ella era la hija de Loxley.

Durante un instante regresó a la habitación estrecha donde había compartido mesa con Harrowmere, Aldrich y el padre de aquella mujer.

Recordó el olor del alcohol, los pagarés amontonados, la casa de Yorkshire colocada en el centro y la voz del vizconde hablando de una muchacha como si su virtud fuese otra pieza susceptible de cambiar de dueño.

También estaba rememorando sus propios pensamientos.

Durante aquella partida había deseado conocer a la beldad que había convertido en enemigos a Loxley, Aldrich y Harrowmere.

No es que Edmund hubiese pensado mucho en ella durante el último año; no obstante, sí que se había construido, sin proponérselo, una imagen de lady Beatrice Loxley.

La había imaginado extraordinariamente hermosa.

Una de esas mujeres cuya aparición en un salón justificaba el silencio, la codicia y una cantidad considerable de estupidez masculina.

Loxley había intentado utilizarla para cubrir sus deudas, Aldrich había hablado de su posesión con una avidez repugnante, mientras que Harrowmere estuvo dispuesto a dejar correr una fortuna para liberarla del yugo del padre y de aquel prometido indeseable.

Edmund había supuesto que sería una belleza absoluta. La dama que tenía delante era… agradable. Eso siendo muy generoso. No había nada en ella que explicase aquella partida desmesurada.

Salvo los ojos. De cerca, el verde avellana resultaba más intenso. No lo miraban con admiración, y quizá por esa razón Edmund reparó en ellos con mayor detenimiento del habitual.

Lady Beatrice ejecutó una reverencia breve. Y él hizo lo propio.

—Milord.

— Milady .

Ella no dijo nada más. Rosehaven no estaba acostumbrado a que una mujer lo obligase a buscar un tema de conversación durante una presentación. Por lo general, bastaba con sonreír y formular cualquier observación para que la dama se apresurase a facilitarle el resto.

Beatrice no se veía dispuesta a ayudarlo. Era más, ¡parecía estar ansiosa por despacharlo!

—Me alegra conocerla al fin —se encontró diciendo él.

La expresión de la joven cambió de inmediato. Si antes había sido tediosa, en esos momentos estaba llena de ¿preocupación?, ¿desdén?

¿Por qué? Y lo más importante: ¿desde cuándo Edmund se hacía tantas preguntas a causa de una mujer que no le importaba ni un par de viejas botas?

—¿Al fin?

Rosehaven advirtió entonces su error. No podía explicarle que había oído su nombre mientras su padre y Aldrich discutían quién tenía derecho a colocarla como apuesta.

Tampoco podía decirle que había salido de aquella partida con la finca de su familia en el bolsillo y que se había retirado de la justa cuando Harrowmere le indicó que si ganaba se tendría que casar con ella… ¡Qué lío!

—Quería decir que conozco a su padre.

—Uhm… —se limitó a observar ella, al tiempo que dejaba de mirarlo a los ojos.

¿Qué demonios había sido aquello? Ese sonido sin significado alguno no dejó duda de que ella lo acababa de reprobar.

—¿Le incomoda que conozca a su padre?

—En absoluto —dijo sin emoción alguna.