Entregada al Marqués Radiante (Sombras y Luces 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Un revés inaudito

El marqués de Rosehaven necesitaba al vizconde Calder.

Aquella circunstancia lo incomodaba por dos razones.

La primera era que Edmund Bellgrave no disfrutaba necesitando a nadie.

La segunda, bastante más molesta, residía en que lord Calder tenía la virtud de obligar a los hombres a perseguirlo para ofrecerle negocios con los que cualquiera más ambicioso se pondría a dar saltos de alegría.

Calder no frecuentaba los clubes de caballeros salvo en ocasiones inevitables, detestaba las cenas que se prolongaban hasta la madrugada y abandonaba cualquier conversación en cuanto sospechaba que alguien pretendía adularlo.

No tenía deudas, amantes, hijos ilegítimos ni aficiones vergonzosas a las que Edmund pudiera recurrir para despertar su interés.

Según el marqués había podido averiguar, el vizconde se levantaba temprano, administraba sus propiedades con mano de hierro y parecía considerar que una velada estaba bien aprovechada cuando lograba regresar a casa antes de que la mitad de Londres comenzase a divertirse.

Un hombre irreprochable. Un maldito dechado de virtudes sin parangón.

El marqués desconfiaba profundamente de aquella clase de personas.

Solían esconder algo o, peor aún, no ocultaban nada y obligaban al resto de los mortales a sentirse deficientes en su presencia.

A pesar de ello, Calder poseía dos cosas que Rosehaven necesitaba: unas tierras situadas entre el río Ure y una finca de Yorkshire que Edmund había adquirido el año anterior, y una reputación tan sólida que su sola mención bastaría para tranquilizar a los inversores más temerosos.

Rosehaven pretendía construir un ramal navegable de cinco millas que comunicase la finca con el río.

La propiedad de Yorkshire había llegado a sus manos cargada de deudas, con una cantera casi abandonada, un molino de lana, cuyos productos no podían transportarse a un precio razonable, y varias familias que dependían de trabajos cada vez más escasos.

El canal permitiría trasladar piedra, lana y grano y devolvería la actividad al molino y reduciría los costes que estaban asfixiando a los arrendatarios.

También multiplicaría el valor de la finca, un detalle que Edmund no tenía la hipocresía de considerar secundario.

El trazado atravesaba una franja de terreno perteneciente a Calder.

Para conseguir la autorización parlamentaria, Rosehaven necesitaba que el vizconde respaldase el proyecto y permitiese el paso por sus propiedades.

Sin su apoyo, tendría que desviar el canal hacia el norte, añadir dos esclusas y gastar una fortuna absurda para evitar unas tierras que, en opinión de Edmund, ni siquiera eran especialmente hermosas.

Rosehaven le había enviado tres cartas al vizconde. Calder le había respondido a las tres con cortesía y ninguna decisión concreta. Edmund empezaba a sospechar que aquel hombre disfrutaba haciéndolo esperar.

Esa misma tarde, mientras Edmund había estado hablando con un caballero en White’s acerca de un asunto que ninguno de los dos consideraba verdaderamente importante, oyó mencionar que Calder asistiría al baile de lord y lady Harrowmere.

Rosehaven no había recibido una invitación, pero no consideró que aquello constituyera un impedimento para presentarse allí.

Nadie le cerraba la puerta a un marqués que vestía bien, sonreía en el momento oportuno y era tan codiciado por las damas, en especial las casaderas.

Algunos lo llamaban arrogancia. A sus treinta y un años, Edmund prefería pensar que conocía su verdadero valor. Era apuesto, rico y tenía un título superior al de muchos. Un marqués solo estaba por debajo de un duque, y del rey, por descontado.

Así que se había presentado en la fiesta sin haber sido invitado.

Tenía que cazar a Calder. El mayordomo de Harrowmere llevaba cuatro segundos observándolo mientras trataba de decidir qué hacer con él.

Rosehaven observaba el conflicto desarrollarse detrás de su expresión impasible: el deber le exigía rechazar a quien no figuraba en la lista; el instinto le advertía que dejar a un marqués en la calle podía ocasionarle una conversación desagradable con su patrón.

Edmund lo presionó:

—Anúncieme.

—Milord, tendré que consultar si…

—Por supuesto —consideró Edmund.

El mayordomo envió a un lacayo al salón. El muchacho regresó poco después, se inclinó ante su superior y murmuró algo que Edmund no alcanzó a escuchar. Sin embargo, la tensión desapareció del rostro del hombre.

—Es usted bienvenido, milord.

Rosehaven le sonrió.

—Jamás lo dudé.

Mientras atravesaba el vestíbulo para entrar en el salón de baile, se preguntó si aquella autorización habría procedido de la anfitriona o de su esposo.

El conde de Harrowmere no era un hombre que permitiera intrusiones en su casa por temor a un título, y entre ambos existía una relación extraña desde que se batieron en una especie de duelo en una partida de cartas celebrada el año anterior.

No habían vuelto a hablar de aquella noche.

Edmund se había quedado con el dinero, los pagarés y la propiedad de Loxley en Yorkshire; el conocido como Conde Oscuro, con la protección de la hija de Loxley y un contrato que impedía a Aldrich reclamarla.

Los dos habían dejado la mesa sin mostrar sus cartas, por lo que estuvieron de acuerdo en que la partida terminase en una especie de tablas.

—Edmund Bellgrave, marqués de Rosehaven.

El mayordomo pronunció su nombre desde la entrada del salón y, durante unos segundos, el movimiento de la fiesta sufrió una interrupción bastante satisfactoria… para él.

Le gustaba que le prestasen atención. ¿Qué había de malo?

Era un hombre acostumbrado a causar sensación entre el género femenino y lo disfrutaba.

El poder de su sonrisa era legendario. No eran pocas las damas que habían desfallecido cuando Edmund les mostraba su mayor encanto.

Era un caballero muy seguro de sí mismo que podía sentirse más que cómodo con su apariencia. Era varonil y hermoso a partes iguales.

Varias cabezas se volvieron. Un grupo de jóvenes caballeretes dejó de hablar.

Dos damas casadas sonrieron con una familiaridad que ninguna de ellas habría sabido justificar delante de sus esposos.

Los caballeros próximos a la puerta se apartaron para permitirle el paso y una muchacha rubia bajó el abanico con tanta rapidez que golpeó el brazo de su acompañante.

Edmund estaba acostumbrado. Conocía el efecto que producía.

Su difunta madre le había repetido desde la adolescencia que la belleza masculina resultaba útil únicamente hasta que un hombre abría la boca, y Rosehaven había dedicado los años posteriores a demostrar que podía conservar la ventaja después de comenzar a hablar.

Buscó a Calder entre los invitados de lord y lady Harrowmere.

Lo encontró cerca de la pista de baile, acompañado por lady Harrowmere —la conocía porque era su deber saber quiénes eran las mujeres de los hombres influyentes de la sociedad— y por una dama vestida de azul grisáceo.

Fue aquella desconocida quien retuvo toda su atención.

Edmund no comprendió de inmediato por qué.

El vestido que llevaba no la favorecía en absoluto; parecía haber sido escogido para evitar cualquier elogio.

No había bordados en la falda, encajes en el escote ni adornos capaces de atraer la luz hacia ella.

La dama no llevaba joyas. Sus cabellos castaños, recorridos por reflejos rojizos bajo las lámparas de las arañas, estaban recogidos con una severidad que habría resultado más apropiada para una institutriz empeñada en combatir las inclinaciones alegres de sus pupilas.

El color del vestido tampoco la favorecía. Apagaba su tez y disimulaba unos ojos cuyo tono Edmund no podía distinguir desde su posición todavía.

Era joven. De nacimiento distinguido, a juzgar por su postura y por la naturalidad con la que permanecía junto a la condesa de Harrowmere. Sin embargo, parecía haber empleado mucho esfuerzo en convertirse en la mujer menos memorable de la estancia.

Aquello era insólito.

Las damas, en especial las casaderas, acudían a los bailes para ser vistas, admiradas y adoradas.

Incluso lo hacían las damas casadas y aquellas que proclamaban despreciar la atención también dedicaban varias horas a conseguir que su indiferencia se ajustase bien al cuerpo y combinara con sus pendientes.

Londres estaba lleno de mujeres que aseguraban no interesarse por la moda mientras enviaban a sus doncellas a investigar qué color se proponía vestir una rival.

La desconocida había renunciado a todas las armas disponibles. ¿Estaría casada ya?

Edmund comenzó a avanzar hacia Calder sin poder apartar la mirada de ella. ¿Por qué la observaba tanto? No lo entendía. En ese instante, la dama volvió la cabeza hacia él.

Sus miradas se cruzaron durante un momento; lo suficiente como para que Rosehaven advirtiese que tenía unos ojos preciosos, de un verde cálido, mezclado con destellos avellana.

Esperó el cambio habitual en la desconocida, como una sonrisa involuntaria, una corrección apresurada de la postura, un rubor o cualquier otro reconocimiento de que su visión le había producido algún efecto.

Nada. Ella no reconoció su presencia o su atractivo; se limitó a regresar la vista hacia Calder y reanudó la conversación con el vizconde.